Futbolista lúdico, gambeteador marginal y creador de goles maravillosos, Luis Miguel Rodríguez es un jugador que nos devuelve el amor por el juego. Escribe Gustavo Grazioli.

¿Qué está pasando en el fútbol argentino? Es la pregunta que se hace la mayoría. Por qué el juego bajó tanto el nivel y solo se piensa en cuidar resultados de pocos goles. En un contexto donde todo es físico, correr y pase largo, intentar jugar se ha vuelto una osadía. Una falta de inteligencia o en criollo: “arriesgar al pedo”. Pero siempre hay alguien o algún equipo que rompe lo especulativo, que hace saltar por los aires lo estático y devuelve esa imagen de diversión – primigenia del fútbol — que nunca se tendría que haber perdido. ¿Antihéroe? ¿Antiestablishment? Tal vez. Luis Miguel Rodríguez, a.ka. El Pulga, es esa piedra en el zapato de la táctica actual. Un jugador que no corre como un pibe de 23 años, porque no le hace falta. La diferencia crucial la saca con el pensamiento. El “Dios de los goles lindos”, como también se lo apoda, todavía juega como en el potrero.

El Pulga le hizo trampa a la competencia, no se dejó ganar y sigue jugando con alegría. Antes de empezar los partidos, en pleno sorteo y foto protocolar con rival y los jueces, se atreve a tirarle un caño al referí del partido. El humor es el motor de su estrategia y lo lleva como bandera para todo. “Yo no soy de mirar mucho fútbol, pero sí miro los resúmenes, los goles… Y vi que los árbitros en el sorteo siempre están con las piernas abiertas y la pelota en el medio, entonces dije, a alguno le voy a tirar un caño a ver si se enojan”, explicó el actual jugador de Colón de Santa Fe a Olé a principio de este año.

El media punta del Sabalero, nació hace 36 años en Simoca, una ciudad que está a 60 km de San Miguel de Tucumán y que según el último censo del 2010, cuenta con 8351 habitantes. Ahí se crio, ahí vive y ahí morirá. De familia numerosa, nueve hermanos, antes de dedicarse de lleno al fútbol hizo de todo para poder ayudar con el plato de comida. Trabajó de carpintero, ayudante de albañil, entre otras cosas. Siempre le gustó el fútbol y en la canchita del barrio empezó a tallar sus habilidades marginales, fuera de toda play station. Jugó por plata en medias y sin canilleras, tuvo un representante codicioso que lo llevó desde muy jovencito a probar suerte a Italia y estuvo cerca de quedar en la filas del Inter, luego se fue a España y surgió una oportunidad en el Real Madrid, pero su tutor (“representante”) terminó diciendo que no convenía y le habló de algo en Rumania, pero la experiencia volvió a fallar y quedó varado en suelo rumano.

“El representante nos llevó, arregló y no sé si le dieron plata o no, porque yo no tenía conocimiento, era muy ignorante. Tenía 16 años. Lo que sí decían es que nos iban a pagar una plata que nunca nos pagaron. Cumplimos el mes, nos cargaron en un tren, dijeron este es el pasaje, vayan en el tren éste que van a ir a la capital y de ahí van a ir a Italia. Cuando llegamos a la capital no había nadie. Estábamos ahí con cuatro compañeros y no teníamos plata. Nos sentamos en un McDonald’s y pensamos “de última alguien se comunicará”. En ese momento yo pensé que nos quedábamos en Rumania. Hay que laburar y conseguir para volvernos. Uno de mis compañeros tenía un teléfono, juntamos 100 pesos argentinos que teníamos entre los cinco para cargar crédito y llamamos al padre de él: ‘Hola, nos dejaron tirados’”, contó a Infobae en enero de este año.

Fuente prensa Colón

Aquellas vivencias truncas y algunos cortocircuitos con el representante de ese entonces, lo hicieron no querer saber más nada con el fútbol por un tiempo y volvió a las changas de albañilería. Pero gracias a su hermano mayor que lo convenció, decidió regresar a las canchas. Primero vistió la camiseta del club UTA de San Miguel de Tucumán y luego vino su querido Atlético Tucumán, club donde pudo mostrar sus habilidades marginales. Sin ninguna propaganda detrás ni marca que lo auspiciara. Los goles lindos ahora serían televisados. La sutil picada por arriba del arquero – “uno trata de alejarla del arquero y que entre al arco, nada más” —  la pelota al pie y el pase exquisito para armar juego asociado, fueron su marca registrada. Tuvo un breve paso por Newell’s Old Boys, volvió al Decano y desde el 2019 hace lo suyo en el Sabalero.

En 2009 vivió su máxima alegría con el fútbol: Maradona lo convocó a la selección Argentina y jugó un amistoso ante Ghana. “Llamé a uno de los dirigentes de Atlético y le dije: “Escuchá loco, no conozco ni para llegar a Ezeiza. ¿Me podés dar una mano?”. Y él me contestó: “Quedate tranquilo, te voy a esperar, vamos a desayunar y después te llevo al predio”. A las 11 de la mañana ya estaba ahí y entrenábamos a las 4 de la tarde. No estaban Diego ni Mancuso. Me llevaron los utileros a mi habitación, me dijeron que me quedara tranquilo, que ahí era lo mismo el que tenía 100 partidos y el que tenía 1. Comí y me fui a dormir la siesta. Cuando fueron llegando todos, estaba de espaldas charlando con Campestrini y me dice: “Ahí viene el enano”. Empecé a transpirar las manos y me gritó de atrás: “¿Qué hacés Pulga, todo bien?”. Sí, todo bien, le digo, no puedo ni hablar. Nos quedamos charlando ahí. Bah, hablaba él porque yo no podía ni hablar y Campestrini menos. Y dice: ‘Bueno los dejo porque parece que no saben hablar ustedes. Nos vemos en la cancha’”, contó a Infobae sobre aquella única experiencia con la Selección.  

Un ejemplar de jugador que cada vez se agota más rápido, pero que cuando surge parece darle una bocanada de aire fresco a este juego de 22 jugadores. La tribuna pide a gritos una jugadita, como decía Galeano: “una linda jugadita”. Y ahí están los Pulga Rodríguez para complacer y resistir exigencias anticreativas. Como dice Pez en una canción: “El fútbol por lo menos les enciende el alma/ Y se cagan en todo y en todos/ Y no le creen a nadie, y ya no esperan nada/ El fútbol por lo menos les devuelve el alma/ La pelota manda”.

Gustavo Grazioli

Twitter: @Discolo1714

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