El 20 de mayo de 1942 Reinaldo Yiso registró el tango El Sueño del Pibe. Canción inmortal que narra los sueños de millones de pibes y pibas que sueñan con llegar a primera. Reflejo de la vida de Diego, que la hizo carne cantándola cada vez que pudo. Escribe Lucas Bauzá.

La fría tarde del 20 de mayo de 1942, el ignoto joven emergió de la tibia boca del subte en Tribunales, caminó por Tucumán con paso raudo y llegó a la puerta de SADAIC minutos antes de la hora del cierre. Apurado, había salido una hora atrás desde Liniers, el barrio de toda su vida, con una carpeta debajo del brazo. En ella llevaba un papel y un vinilo, que juntos conformaban un sueño, su sueño.

-¿Nombre? –le espetó secamente el grisáceo burócrata, largando un bostezo.

-Yiso, Reinaldo.

-Nombre de la pieza, pibe.

-Ah, disculpe.

  Reinaldo se lo dijo.

-¿Autores?

-Yiso, Reinaldo: letra. Música de Juan Puey.

-Al pelo. Firmame acá.

  Reinaldo recibió la lapicera, firmó el sobre lacrado donde había depositado su última composición y se volvió al barrio. Unos años atrás, en 1940, su amigo José María Arnaldo, miembro de la barra de amigos que se juntaba en la plaza Irigoyen de Liniers, había recibido una citación para que se presentara a jugar en la Primera de San Lorenzo. Unos años después, en 1945, su amigo y también vecino Roberto Chanel, acompañado por la orquesta del maestro Osvaldo Pugliese, le ponía la voz y el corazón a la letra de su tango llamado “El sueño del pibe”. Desde ese momento, el sueño frustrado de Reinaldo Yiso, que había llegado a la Reserva de Vélez Sarfield pero no alcanzó a debutar en Primera por culpa de una grave fractura, pasó a ser el sueño a realizar de muchos pibes, muchísimos, que querían ser “un Baldomero, un Martino, un Boyé”. Claro, aún nadie quería ser como Diego porque este ni siquiera había nacido. Es más: Diego “Chitoro” Maradona y Dalma “Tota” Franco aún estaban en Esquina, Corrientes, y no llegaban a los veinte años. 

***

  Del sueño del pibe llamado Diego, de la primera citación, se sabe mucho. Fue Juan Carlos Montes, y no la voz de un cartero, quien lo llamó aparte en la práctica del martes 19 de octubre de 1976 para anunciarle que al día siguiente iría al banco de la Primera de Argentinos Juniors. “Y prepárese bien –agregó Montes, según Diego–, porque usted va a entrar”. Lo que vino después está grabado en nuestros oídos, en nuestras pupilas, en nuestros corazones, porque Diego se encargó de contarlo una y otra vez: la corrida hasta Fiorito para avisarle a sus padres, el llanto de Don Diego mirando para el cielo, el cariñoso reproche de Doña Tota, la noticia corriendo como reguero de pólvora por las calles de tierra que lo habían visto nacer, el calor insoportable, “la camisa blanca y el pantalón de corderoy turquesa, con la botamanga ancha, ¡el único que tenía!”.

  Doña Tota lo acompañó hasta la puerta de la casa y le dijo que iba a rezar por él. Don Diego, al mismo tiempo, se encontraba gestionando un permiso para salir antes del trabajo. El patrón accedió porque la ocasión lo ameritaba: el hijo de Don Diego, un enganche zurdito de apenas quince años, salía a la cancha para dar el primer paso en busca de la consagración.   

***

  “El sueño del pibe” transformó la vida de Reinaldo Yiso. Su tango pegó de inmediato y pegó en lo más profundo de la Buenos Aires cabecita, tanguera y futbolera de mediados de la década del cuarenta, que todavía lloraba al Zorzal a la par que se deleitaba con la fulgurante aparición de “La Máquina” de River Plate, los boinazos blancos del boquense Severino Varela y el “Terceto de Oro” de San Lorenzo. Yiso se incorporó a la orquesta de Pugliese como presentador en los bailes que organizaban clubes y organizaciones sociales a lo largo y ancho de la ciudad y del conurbano, a cambio de cinco pesos por función, y sus letras bohemias y barriales pasaron a formar parte del repertorio de las más renombradas orquestas típicas de la época: además de Pugliese, también lo musicalizaron Alfredo Gobbi, Enrique Alessio y Ricardo Tanturi, “El caballero del tango”.

***

  No se puede precisar cuándo se inició la historia de amor correspondido entre Diego Maradona y el tango “El sueño del pibe”, aunque podemos tomarnos una licencia e imaginarnos a un Diego ya jugador, pero todavía pibe, tropezándose con esa canción que brota de un combinado y parece estar escrita por él y para él. En esos días, el Flaco Menotti está armando la Selección que se prepara para el Mundial del 78, él está entrenando con los juveniles del maestro Ernesto Duchini, a unos pocos metros de los mayores, y cuando escucha la canción por segunda o tercera vez, se anima a cantar arriba de la voz de Chanel y reemplaza los nombres de Baldomero, Martino y Boyé.

-Seré un Maradona, un Kempes, un Olguín –sueña Diego en voz alta, todavía transpirado por el entrenamiento, con los ojos cerrados, y cuando los abre está encandilado por los reflectores de un estudio de televisión, viste un traje, tiene a Antonio Gasalla a su izquierda, un pianista acompañándolo enfrente y el mundo a sus pies. Corre el año 1994, desde hace mucho tiempo que todos quieren ser como él y está grabando el primer registro fílmico que da cuenta del romance entre él y el tango firmado por Yiso. Diego vuelve a cerrar los ojos y continúa, federal e irreverente, cambiando el club Oeste de la letra original para incluir a sus seguidores del interior del país–. Dicen los muchachos… del Norte argentino… que tengo más tiro que el gran Bernabé.       

***

  Amante del fútbol al punto de haber fundado el club Oeste Argentino junto a sus amigos del barrio Liniers, Yiso también escribió otras dos letras dedicadas al deporte más lindo de todos: en 1946, la dupla Pugliese-Chanel volvió a musicalizar la poesía del autor, en este caso el tango “La mascota del barrio”. Autobiográfica y desolada, cuenta la historia de un pibe que pintaba para crack, pero se lesiona gravemente. El arranque es tan trágico como hermoso:

“Del club Once Estrellas era el centrofóbal,

prometía el pibe ser un Bernabé.

Todos los domingos en andas volvía,

los goles del triunfo los hacía él.

Pero fue en una tarde, fatal esa tarde,

en una jugada su pierna quebró

 y el mejor del cuadro, destino cobarde,

en andas al barrio nunca más volvió”.

  El final, unos versos después y cuando nada hacía preverlo, relata el regreso épico del jugador lesionado que resurge de los infiernos y recupera su lugar de héroe de la tribu. Como Diego, tantas veces. Como Diego, cuando resurgió de sus cenizas y apareció con ese artificio descomunal y sublime que dieron en llamar “La Noche del 10”.  

***

  En su primer programa, Diego invitó a Ricardo Darín, Gabriel Batistuta, Gabriela Sabatini, María Gracia Cucinotta y Edson Arantes do Nascimento Pelé. Promediando el programa, sentados mano a mano, el argentino le pidió al brasilero que le cantara una canción mientras una asistente más rápida que Caniggia le alcanzaba una guitarra. Pelé transpiró, dijo que le daba vergüenza. Diego se lo pidió por favor y agregó: “Si tú te animas a cantar una canción, yo me animo a cantar un tango”.  Pelé accedió y se despachó con una cándida e inolvidable balada en la que ambos terminaron cantando “Tu querer ser yo y yo quiero ser você”. El astro del Santos aclaró que la letra hablaba de las multitudes que querían ser como Maradona o Pelé, y que ellos querían ser, apenas, Diego o Edson.  

  Llegó el turno de Diego, que de pronto se puso serio, como si estuviera frente a algo de extrema importancia: “Bueno, yo voy a… Yo voy a hacer un tango que habla de un chico. De un chico que recibe una citación para jugar al fútbol, ¿no? Golpearon la puerta de la humilde casa… No, sin música. Sin música. Golpearon la puerta de la humilde casa…”.

  En esta ocasión, Diego reemplazó a Baldomero, Martino y Boyé por “un Maradona, un Bati, un Pelé”; otra marca particular de esa inolvidable noche es que encaró la canción con los ojos cerrados, de inicio a fin, como si estuviera solo y no le importara que todo el país estuviera frente a la televisión viendo a su ídolo máximo. Recién cuando terminó, y se paró para abrazarse con Pelé, abrió los ojos. La Tota, en el estudio junto a su marido, aplaudía sonriente como una madre orgullosa. Su hijo la había emocionado una vez más.   

***

  La letra de “La número cinco” no se queda atrás en lo que refiere al destino cobarde y traidor: en el otro tango futbolero firmado por Yiso, grabado por la orquesta de Gobbi con voz de Jorge Maciel, se cuenta de manera lineal la historia de un hincha llamado Roberto, postrado en una cama del Hospital Muñiz desde hace dos años, que le escribe el sábado “al bravo centro half”, capitán de su team, para pedirle de regalo “esa número cinco con la que ustedes jugarán”.

  El team de Roberto gana el domingo. El mismo cantor Maciel relata el gol, que a su vez ha sido relatado por el mítico Fioravanti. Y lo que sucede al día siguiente cierra el conmovedor tango.

“El lunes de mañana, el médico de guardia,

con extrañeza enorme, halló en la sala dos,

once hombres y un purrete llorando, que abrazaba

una número cinco contra su corazón.”

  Reverbera, en esa relación del hincha con el ídolo, el “Fuerza, no te caigas, mis piernas son tus piernas” que Diego dijo al oído del totorense Hernán Fonseca, en un partido a beneficio jugado en mayo de 1995. 

***

  La última vez que Diego cantó en público “El sueño del pibe” fue donde todo comenzó: el sábado 14 de diciembre de 2019, en el “Diego Armando Maradona”, se realizó un partido a beneficio de la familia del periodista fallecido Sergio Gendler. Diego se escapó de la estrecha marca de sus captores y volvió al barrio, donde al llegar declaró que estar en La Paternal “es como volver de vacaciones a la casa de mamá”. Ahí lo esperaban los amigos de siempre, sus ex compañeros y Cebollitas, y un personaje muy particular: Hernán Cucuza Castiello.

  “Cucuzita”, como lo llamaba Diego, fue un lateral derecho surgido del Semillero del Mundo que compartió camada con el Negro Cáceres y Fernando Redondo. Dirigido por Pékerman y Nito Veiga, no llegó a debutar en la Primera del Bicho, y a los veinticuatro años, al igual que el tanguero Reinaldo Yiso, sufrió una grave lesión que lo obligó a retirarse tempranamente del fútbol.

  Por suerte, para cumplir los sueños frustrados de Cucuza y de tantos otros, estaba Diego. En el Mundial 86, junto a otros chicos de las inferiores, Cucuza fue invitado por Lalo y compartió todas las hazañas del 10 frente a la televisión de la familia Maradona. La consagración de Diego era la consagración de todos.     

  Terminado el partido a beneficio de la familia Gendler, uno más en la infinita lista de hechos que demuestran que a Diego hay que quererlo como jugador, pero más como persona, Pelusa agarró el micrófono y dijo: “Ahora como regalo me va a cantar Cucuzita, que no lo conocí yo, porque tenía unas mechas que se le caían por acá, ¿viste?, y ahora lo tengo pelado acá al lado mío”. Cucuza carcajeó, se frotó la cara para comprobar que estaba despierto y cantó con su ídolo parado a centímetros. El final los vio abrazados, a los besos, con Cucuzita “(…) en un estado de limbo. Mi hijo y mi mujer me preguntaban si estaba bien, cómo me sentía, porque saben mi fanatismo por Maradona. Temieron por mi salud, porque me vuelvo loco”.

  Diego lo había dado todo, una vez más. Con camiseta y gorra de Argentinos Juniors, prometió que algún día lo iba a dirigir y se despidió de la gente que lo había visto debutar: “Hasta siempre, muchachos. Hasta siempre”.   

***

  Reinaldo Yiso murió el 15 de diciembre de 1978, mientras se caían a pedazos las almas de esta gran ciudad, dos días antes de que Vélez venciera 2 a 0 a un Argentinos Juniors que no contó con Diego en la cancha. Según el archivo de SADAIC, registró 532 obras, de las cuales 143 permanecen inéditas, 114 fueron editadas, 109 grabadas y 166 editadas y grabadas. Una de esas llegó al corazón de todos los argentinos, entre ellos Diego Armando Maradona. No sabemos si Yiso lo conoció, pero sí que lo vio jugar… La tarde en que compuso su tango inmortal, el joven letrista vio gambetear a un pibe entre sus papeles, vio la humilde casa, vio el glorioso domingo, vio el fuerte tiro quebrar el marcador y vio al pibe hecho un hombre consagrado, cantando su propia canción cuando esta adquiere la totalidad de su significado: el tango, dicen los que saben, es más tango cuando se es consciente de que lo mejor ya quedó atrás.   

***

  Un Diego otoñal y melancólico, un Diego verdaderamente increíble y cercano, recorre junto a un periodista las calles de Moscú. Están a bordo de una combi y suena un tango. Afuera se está jugando un Mundial, pero lo que importa está adentro.

  “Ese sueño del pibe lo tienen muchos, pero pocos lo consuman. Cuántos nos quedamos sin el sueño del pibe, todos quisimos ser jugadores de fútbol. Tu tuviste el sueño y además de haber sido el más grande”, le comenta el joven periodista al astro, que toma un mate y lo devuelve. “Y sí, el tema es que todos anhelamos lo mismo… Llegar a Primera… Respetar la novena, octava, séptima, sexta, quinta y cuarta…”, es lo primero que responde Diego, con humildad, antes de resumir su meteórico camino a la gloria: “Yo tuve la suerte de jugar en novena, jugué tres partidos en quinta, dos partidos en tercera y Juan Carlos Montes me citó para la Primera, así que lo mío fue quemar etapas muy, muy rápidamente, y debutar en Primera mucho más rápido que otros chicos”.

  Diego canta el tango de una manera única. Después se toma otro mate, mira por la ventanilla las calles donde se está jugando el último Mundial antes de que la Argentina se quede huérfana, y dice, sin mirar a la cámara, como si estuviera solo: “Tangazo, ese”.     

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Ilustraciones en el texto por Nach.

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