“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“Con vos o el Toro jugando al Llanero Solitario arriba no llegamos a ningún lado, Rodríguez. Hay que traer gente que haga la diferencia en generación de juego y que venga con hambre.”

Marcelo Lozano, inicio de pretemporada de verano (2007)   

  Había que hacerlo rápido o no lo haría jamás.

  El sábado 4 a la tarde, dos días después de haberme enterado que Ignacio Driscoll estaba a tiro, los senté al Mosca y a Fabricio en el patio de casa y les conté lo que tenía en mente. Era tan arriesgado ir solo, que después de haberlo meditado mucho me había decidido a involucrarlos: dudaba de qué tan serenos y cautelosos podían llegan a ser cuando las papas quemaran, porque con el pasar de las horas, y si todo salía bien, se nos vendrían encima todas las fuerzas del Estado; imaginarme el despliegue represivo de los fierros federales, provinciales y municipales sobre las cabezas de dos volados como Fabricio y el Mosca era imaginarme lo peor. Pero el Mosca vivía en La Olla, muy cerca del agujero negro que llevaba directamente hacia los fondos del Lamarque Club. Y además confiaba ciegamente en la lealtad de ambos, en su entrega y su absoluta disposición, en la leche que tenían contenida por el amigo muerto. 

-Voy a confiar en ustedes, muchachos. Solo no puedo.

-¿Y cómo estás tan seguro que vas a poder?

-Porque ya lo hizo, Mosca. Está seguro de hacerlo porque ya lo hizo. La onda es pasar la barrera del primero, ¿no, Van Basten? Una vez que lo hacés ya está, no te cabe ninguna.

-¿Vos lo pusiste a Matías? Fabri… ¿Lo puso o no?

-Sí, lo puso.

-¿Lo pusiste o no?

-Sí, Mosca. Pero a medias.

  Con el ojo derecho latiéndome ligeramente, les conté lo que habíamos hecho con el Santo: el secuestro, el tiro en la rodilla, el auto negro que nos había seguido y el asesinato, del que no sabíamos nada.

  Se quedaron sin palabras. Era una buena señal.

-Quédense tranquilos porque se lo merecía. Y se vendió por la cancha, no por el predio de inferiores.

-Ya fue, es lo de menos, Caza. Ya está, le re cabió y vos no fuiste. Pero este mono es otra cosa, debe tener seguridad las veinticuatro horas. ¿Querés levantarlo?

-No, ¿estás en pedo?  

  Pasé a contarles detalladamente el camino que me llevaría directo al encuentro con el hombre más importante de Almafuerte. No mencioné al Bola en ningún momento, para no exponerlo, pero dejé en claro que podíamos confiar en él.

-¿Y si llamamos a uno más poronga para que lo haga? –propuso Fabricio.

-No, lo voy a hacer yo.

-La idea parece buena. Eso es tierra de nadie –aprobó el Mosca, que había asentido varias veces durante mi larga exposición.

-¿Hay quinientos metros desde que termina la última casa hasta el fondo del club, Mosca? –pregunté.

-Sí. Más o menos, sí. Es cortito, llegás al toque mandándote por ahí. 

-¿Y de tu casa al río?

-Tres cuadras hasta Río 1 y Panamá, que es donde muere el barrio. Yo estoy en Río 2 y Honduras.

-Y a mitad de cuadra.

-Claro. Treinta metros más. Hacés: treinta y tantos metros por Río 2, agarrás Honduras y bajás al río. Y ahí dos cuadras.

-Entonces, a ojo, estoy a casi un kilómetro desde el estacionamiento hasta tu casa. Está bien.

-¿Bien, no? –quiso asegurarse Fabricio. 

-¿Y el fierro? –preguntó el Mosca, con tono conspirativo.

-Lo pongo yo.

-¿Qué fierro?

-Tema mío.

-Tema tuyo, la verga.

-No arranquen, pajeros –nos retó el Mosca–. No es joda esto… Valentín, vos nos tenés que contar todo.

-¿Viste, boludo?

-Una carabina.

-¿Y desde cuándo tenés una carabina? ¿Sabés tirar?

-Aprendí.

  El Mosca levantó las cejas y cruzó los brazos. Fabricio prendió un cigarro.

-¿Cómo la ves, Mosca? Vos sos de ahí.

  El Mosca bamboleó la cabeza con delicadeza.

-Bien, pero hay que ser muy justo. Tenés que correr casi un kilómetro, ponele que sea un kilómetro, y no es asfalto. Además vas a ir de noche, y ahí no se ve un choto.

-Tenés razón.

-Y otra son los cantina. Algunos saben ir a colocarse al río, o se tiran a escabiar… Depende de cómo esté ese día.

-Tiene que ser como dijo el Santo, día de lluvia.

-Puede ser. Pero con lluvia se destapan todos los soretes de la zona, se pone corte pantano.

-¿Por qué el Santo no está? –preguntó Fabricio.

-Le parece una locura.

-Y…

-Che… –cambió de tema el Mosca– ¿Y si se te moja el fierro qué pasa? ¿Sale igual el tiro?  

-Ni idea –respondí.

-No creo, boludo. En el Soldado Ryan se cagan a tiros y están todos empapados.

  Lo miré.

-Tratemos de ser serios, Fabricio.

-¡¿Y qué dije de malo?! No empecés a hacerte la estrella como siempre.

-Chupame la verga.

-Basta… Volvamos a esto: día de lluvia, aunque yo diría que mejor sin lluvia, martes o viernes, nueve de la noche… ¿Qué más? Dijiste que tenés todo armado, Cazador.

-¿Ponemos La Renga? –preguntó Fabricio–. Está para escuchar unos pares de rocanroles bien explosivos.

-No me gusta La Renga –salté.

-Hacete coger, gato –cerró la discusión, poniéndose de pie para ir a buscar el parlante.

-Bancame, Mosca –le pedí, para mirar el teléfono. Jazmín estaba por la estación El Palomar–. Ya en un toque rajo, Mosca. Viene este boludo y cerramos todo.

-Dale, tranqui.

  Fabricio volvió a sentarse, ya con la banda de Mataderos sonando para todo el barrio. Lo miré como para cagarlo a trompadas. Nos acercamos un poco más a la mesa.

-¡Tres temas tenemos: teléfonos, internet, cámaras…! ¡¿Sabés si hay muchas cámaras en esas tres cuadras?!

-¡¡En la entrada del barrio sabe haber varias!!

-¡¿Cuatro?!

-¡Varias!

-¡¡¡Bajá un poco, Fabricio!!! ¡No se escucha un porongo, boludo!

-¡Ahí bajo, maricón!

-¡¡Pero la concha de su madre, viejo!!

-Ahí está, Van Basten, llorón de mierda. Ahora te pongo un disco de Almendra así nos dormimos una siesta.

-Andá a cagar… Vamos a meterle seriedad, boludo, no me rompás las pelotas… Si querés escuchar música

-Dale, cerrá el orto y seguí.

-Concha de tu madre… Decía que tenemos tres quilombos. Tres. Teléfonos nuestros, internet y cámaras de seguridad. Vos dijiste que en la entrada del barrio hay un par.

-Un par, sí. Del municipio. Hay alguna que otra, más adentro, pero cerca cerca, no. Creo que no, bah. Pero bueno, hagamos de cuenta que no.

-¿Cómo hagamos de cuenta que no, Mosca? No, boludo. Hay que tener todo recontra chequeado… La concha de la lora, eso lo hizo el Santo y salió como si fuéramos invisibles.

-Y bueno, llamalo –dijo Fabricio.

-No, no podemos. Tenés que ser vos, Mosca. Pero lo tenés que hacer bien… Excelente lo tenés que hacer.

-Bueno, lo hago excelente.

-No, ahora me entró la duda… Eso no puede fallar, loco, métanse en la cabeza que medio hueco que dejamos y terminamos los tres en cana. Nos meten presos, chabón, chau, nos rompen el orto a los tres…

-Bueno, el pibe ya te dijo que se encarga él –tranquilizó Fabricio en vano. Yo estaba pensando en el Santo.  

-Sí, tranquilo, Cazador. Hay una vieja re perseguida que tiene cámara en la casa, es a la vuelta de la mía. Pero si entrás por la otra no vas a tener drama. Creo. Igual yo en estos días me doy una vuelta y confirmo.

-Le tenés que hacer un planito.

-Un planito, sí. Te hago un planito, Valentín.  

-Bueno, sí. Después lo vemos. Esperenmé un segundo que le mando un mensaje al Santo.

  Le escribí “Estás?”. Me paré para ir al baño. Cuando estaba meando leí su respuesta: “¿Si estoy para qué?”. Insistí: “Estás? Por favor”. Volví con los pibes, que estaban hablando del último partido del Furgón. Me senté para leer la respuesta del Santo: “Estoy, hijo de puta”.

  Sonreí.

-Olvidensé del tema cámaras. Olvídensé completamente… Mosca: como si no hubiera dicho nada, eh, hacé la tuya tranqui que eso ya está.

-Si vos lo decís… Yo te barro esa zona y te hago todo.  

-Hacele Alumbrado, Barrido y Limpieza, Mosca, porque él busca la excelencia.   

  Se la dejé pasar porque estaba apurado.

-Vamos a lo segundo: teléfonos. Ese día nos vamos a comer un asado en tu casa, tipo dos o tres de la tarde. Yo voy a ir en el auto con mi ropa y una muda aparte que ya tengo armada… Camperita Reebok con capucha, joggin, todo usado y que no existe.

-Alta preparación, Hombre en llamas.

-¿Y lo del teléfono? No entiendo, Caza.

-Sí, me fui de tema. Cuando se dé lluvia y día de entrenamiento, una lluvia copada y día que entrenen estos chabones, arreglamos un asado en tu casa. Y ahí mandás, como si nada… “¿Fabri, hacemos unos choris? ¿Te caés? Avisale a tu hermano”. O algo así, bien tranqui. Y que estemos los tres. Tampoco la piensen tanto, como algo normal.

-Dale. Mirá que yo tengo franco los lunes–aclaró el Mosca.

-Ah. Uh. ¿Y a qué hora salís?

-No, temprano. De seis a dos laburo.

-Y bueno, entonces estamos bien. Escuchen los horarios. 

-¿Tiene que ser llovizna o lluvia fuerte?

-Ah, no sé –respondí–. Denme un par de días y les digo.

-Dale. Martes o viernes, lluvia, y yo espero el mensaje del Mosca.

-Yo digo que la lluvia te va a complicar mucho.

-Después lo vemos. Pero acuérdense que por ahí es verdad que Lozano nos pinchó los teléfonos a todos, o nos mandó a ver con una antena de no sé qué, así que de esto no decimos nada, ni hablamos, ni nada.

-Solo face to face. Anotá, Mosca.

-Dale, Fabricio, la concha tuya. Solo cara a cara. Y siempre acá, no vamos a ir a lo del Mosca hasta este día. Hasta acá estamos joya. Entonces… Comemos a la tarde, dos o tres de la tarde, y cuando se pueda yo corto para el río. A las nueve volvemos a prender el fuego. En teoría yo nueve y pico ya tendría que estar de vuelta.

  El teléfono interrumpió lo que estaba diciendo. Era Jazmín.

-Sí –atendí–. Hola, Jaz. Dale, sí. Voy.

  Corté.

-Se va a pudrir todo, Caza. Tenés que salir de ahí más rápido que Usain Bolt porque se va a llenar de gorra.

-¿Tan así?

-Sí, fija que sí. La otra vez, hará un par de años, los del Pájaro Hernández fueron a meter caño a los autos del Acceso y mataron a un chico… No sabés lo que era el barrio, parecía que había venido hasta el FBI. Y al toque, eh, el hermano del Pájaro no llegó ni a cruzar el río, lo cocinaron ahí nomás.

-¿Tiene silenciador la carabina? –preguntó Fabricio, intentando ocultar en vano la preocupación que lo atravesaba.

-No, no tiene. Igual no pasa nada… –mentí, porque lo que le había pasado a ese Pájaro me erizó hasta los últimos pelines de la canaleta–.  Lo último, porque Jaz ya está en Bella Vista. No, lo anteúltimo: de esto, nada a nadie. Ni a Juan, ni al Gordo, ni a nadie más. Somos nosotros tres. Los demás están todos con pibes y no tienen que saber nada de nada. Y ya saben lo que pasó con el cabeza de pija ese del Equi.

-Con nadie, Mosca, eh –recalcó Fabricio.

-Si el jetón sos vos –se defendió el otro.

-Pero si yo no pienso decir ni mu, pancho. 

-Bueno, a nadie, boludos. Otra cosa: no busquemos nada de Driscoll, nada de nada. Ni su perfil de Facebook, ni una noticia en el diario… No existe más hasta ese día.

-Listo, cancelado Driscoll.

-Y lo último, ahora sí: tenemos que volver al Andén, creo, por las dudas… –opiné, mientras ellos se miraban–. ¿Qué pasa? Es ir a ver un partido, como que todavía estamos ahí pero tranqui, bien bajo perfil y por una vez sin quilombos…

-Nosotros seguimos yendo –respondió Fabricio.

-¿Cómo que siguen yendo? ¿Qué habíamos dicho?

-Pero no pasa nada, boludo… Obvio que seguimos yendo. Y además no pasó nada.

-¿Nada de nada? ¿Quién está yendo?

-Nosotros dos y nadie más.

  Me rasqué la barba, algo sorprendido.

-Y bueno, che, creo que no estuvieron mal. No… Mejor. Ahora nos conviene que hayan ido, para no levantar la perdiz si llegamos a meter el vizcachazo con este Driscoll. ¿Cuándo juegan?

-Mañana a las once.

-Ah, ¿mañana? Entonces, por ahí voy.

-Y sí, venite, boludo.

-¿Y Sánchez Morando, che? ¿Apareció?

-Se fue a Europa. Está en Italia, dicen.

-¿En Italia?

-En Italia, sí… Se cagó todo y se fue corriendo.

-¿Pero qué pasó con el gerenciamiento? No sabía nada, boludo.

-Y más vale, si no hablás con nadie. Te hacés el Ravi Shankar acá encerrado y el mundo sigue, no frena para esperarte a vos.

-Me bardeás porque te la mandaste, Fabricio. ¿Qué pasó con el gerenciamiento, Mosca?

-Y nada, que voló por los aires. Se les debe el año completo, y por lo que se está hablando en junio van a llover embargos y cartas documento.        

-Entonces estamos hasta el moño.

-Para mí que estamos poniendo una cinta scotch en el Titanic, Cazador. Y ni siquiera entiendo qué hizo este viejo choto de Driscoll y qué tiene que ver con Dardo. Pero bueno, si vos decís que está metido…

-Me voy que vino Jazmín, che –me escapé por la ventana rápidamente, porque no tenía la certeza de que Ignacio Driscoll fuera responsable tanto de lo del Andén como de lo de Dardo. Estaba casi seguro. 99 por ciento seguro. Pero no completamente seguro.   

  Lo que quería, dentro de mi confusión, y siendo muy consciente de mi escasa materia gris, era dar que hablar, patear el tablero para que la furia y la confusión pasaran al otro bando, el cual todavía se me hacía imposible delimitar con precisión. Si se la pegaba en el medio de la frente al dueño del circo, pensaba, los monos de abajo no iban a saber para dónde correr. Y ahí tenía que estar yo otra vez: viendo quién corría y en qué dirección.  

  Al día siguiente fuimos con Jazmín, Fabricio y el Mosca al Andén. Por primera vez en mucho tiempo, no me pasó nada fuera de lo común: el Furgón le ganó 3 a 1 a Central Ballester y a falta de seis fechas quedó a cuatro puntos del ascenso directo. Según lo que se rumoreaba, el Chelo Lozano había arreglado el tema de la deuda con Miguelo y el plantel: el acuerdo era que ellos siguieran yendo al frente hasta el final del campeonato y que él se encargaría de conseguir la plata; ya les había tirado cincuenta lucas a repartir, una miseria, y esto no era un rumor porque me lo había confirmado el Zurdo Daniel, a quien me crucé en el entretiempo y me preguntó si tenía dos minutos para hablar con él. 

-Decime, Zurdo.

-¿Vos te comiste la del predio del Tanque, la que tiró el Chelo?

-No.

-Ni ahí, mono. Si yo mismo lo escuché al Román diciendo la cancha, ¿qué Tanque? Acá… ¿Cómo es? Estamos a la espera que se definan las candidaturas, es un bondi lo nuestro. Estamos a mayo y todavía no se sabe si va el Chelo, el Albertito Rendo o Trujillo.

-Estás hablando del municipio.

-De acá, sí, de Almafuerte. Y no sabemos nada. En estos momentos define el Armenio. Porque mañana viene el Armenio y dice “Gente, es Lozano”, y vamos con el Chelo. Estas cosas son así, de guacho era lo que nos decía el Chelo, pero ya no. Si la moneda grande la baja el viejo Mouratian.

-Claro –comenté, sin saber por qué me estaba hablando de eso cuando había arrancado mencionando lo del predio del Tanque.

-Ese es el tema. Que el Chelo dice una cosa y por ahí el Armenio te dice lo contrario por atrás. Es así, te llama a tomar un helado a la peatonal, donde para él, y te dice “Estos son tres pelotudos que me responden a mí, Zurdito”. ¿Y yo qué le voy a decir? Te lo explica clarito: “Si el Chelo te dice A, y yo te digo Z, vos hacés X, Y y Z”. Así de corta te la hace, es su manera. “Listo, hacemos el abecedario completo, Armenio”.

  Un silbatazo del árbitro, llamando a los equipos para que salieran a jugar el segundo tiempo, interrumpió el discurso del Zurdo.

-¿Sabés por qué te cuento esto?

-La verdad que no, Zurdo –confesé.

-Porque si se llegan a zarpar con el Andén no le voy a responder ni al Chelo ni al Armenio. Ni el Papa Francisco me va a decir lo que tengo que hacer si pasa eso. ¿Vos sabés que acá están las cenizas de mi hermano fallecido?

-Sí, Zurdo. Obvio que sé.

-Por eso.

-¿Vos decís que están metido el Armenio y el Chelo?

-Yo digo que hay que estar pillos. Nada más. Pillos, Rodríguez. Y dar señales. Que nos vean hablando acá es un mensaje… Vos sos un guacho del club, sos intocable, si Docabo no te salió a pinchar el pulmón aquella vuelta fue porque les paré el carro yo. A él, al Chelo y al que sea. Vamos hablando, pero cualquier cosa yo cuento con ustedes. Con vos, con tu hermano, son pibes del club y nosotros también. Buen pibe, el Fabri.

-Sí…

-Los guachos míos también, vamos a ir al frente si estos nos salen con un martes trece.

-Ya sé, Zurdo –le respondí, pero no lo sabía.

  -¿Qué te dijo el barra?

-¿Quién?

-El barra que te habló en la cancha.

-Ah, el Zurdo. Nada, boludeces.

  Mi evasiva le transformó la cara. Seria, se desprendió de mi abrazo y se acercó a las vías para ver si venía el tren que la llevaría de regreso a la Capital. De la cancha habíamos ido directamente a la estación. Un sol rojizo y anaranjado terminaba de arder a nuestras espaldas, pero estábamos demasiado ensimismados como para permitirnos disfrutarlo. Había sido un fin de semana normal, rutinario, en el que estuve demasiado ausente. No podía hacer dos cosas a la vez, y lo único que había hecho fue pensar en Ignacio Driscoll.

-Así no vamos a llegar muy lejos…

-¿Así cómo?

-Así para el orto, Valentín. Estamos para el orto. Es como si estuviera hablando sola todo el tiempo.

-Es que estoy medio bajón. El frío me pone bajón.

-¿El frío? Vos me estás tomando de idiota. No dormís, no te acercás a darme un beso, estás ahí… No sé, estás ahí con esa cara de…

-No peleemos, dale. Disculpame, pasa que venir acá al Andén me hace medio mal.

-Y no vengas más. No entiendo a qué vinimos.

-Bueno, no venimos más.

-Íbamos a ir a Tigre, ¿o no? Es un embole esto, vengo o venís vos, es lo mismo, y no hacemos nada. Te ponés a ver la tele, pero ni eso. No hacés nada.

-Tenés razón. Ahora en unos días ya dijimos de sacar los pasajes, dale… ¿No nos vamos a Tandil en las vacaciones de invierno? Ya falta poco.   

-Todo es en unos días para vos. No nos vamos nada a Tandil.

-¿Cómo que no? Dale, Jazmín.

-Viene el tren.

-Pero dale, tuve una semana difícil… El miércoles voy para allá y vamos al cine si querés. Y el finde dicen que va a estar lindo para hacer algo.  

-Estás diciendo cualquier cosa. ¿Y sabés qué? Ya sé que tuviste una semana difícil. Se te nota. Y me da bronca que no me lo quieras decir.

-Bueno.

-Espero que no estés haciendo ninguna locura. Porque hablamos otra cosa nosotros. Otra cosa.

-Jaz –elevé la voz, con la locomotora avanzando a unos pocos.  

-Yo te juro que te dejo.

-Jaz… Dame un beso, me está mirando la vieja esa y quedo como un boludo. 

-Andá a besar a la vieja.

  Me reí. Por primera vez en el fin de semana que habíamos compartido, me reí y tuve ganas de comerla a besos. Estaba tan cubierto de mierda, y en un lugar tan oscuro, tan metido para adentro, que acababa de descubrir que Jazmín estaba a mi lado justo cuando se estaba por ir.

-Quedate. No te vayas.

-No seas pendejo.

-Te amo, Jazmín.

  Se frenó. El tren también.

-Valentín… –habló, largando un suspiro de aflicción. 

-¿Qué, Balmaceda?

-No te creo. Vos no podés amar a nadie así como estás –dijo, y se metió en el vagón con lentitud, un momento antes de que sonara la chicharra.

  Me quedé fumándome un cigarro en el andén vacío, con la cancha de fondo cubierta por una compacta capa de cielo negro. Había demasiados mensajes en esa postal, pero preferí no leerlos.

  Saqué el teléfono de la campera y le mandé un audio al Santo.

-Santopietro… ¿Estás para escabiarte bien escabiado?

  Tiré la colilla sobre las vías y arranqué a caminar. Tenía los pies helados y una sensación de desesperación difícil de explicar. El teléfono vibró antes de que llegue al final del andén. El audio tenía dos voces.

  “Venite, Mc Clane. Estoy con Nacho viendo al Rojo, pero ya se va porque tiene que darle de comer al hámster. ¡Dejá de mentir, hijo de puta! Estoy para tomar una birrita con el Cazador… Ch, ch, callesé la boca, maleducado, que estoy hablando con mi amigo y tenemos que tratar cosas serias”.    

  Escabié más en esos días que en todo el año. Escabié con el Santo, con los pibes, con mi abuelo, con Jazmín y solo. Escabié vino, cerveza, champagne, fernet, caña y whisky. Escabié con tristeza y con alegría. Escabié mirando el suelo y el cielo.

-¿Está goteando, loco?

-No creo.

  Estábamos con Fabricio en el patio de casa, mano a mano, meta cerveza. Ya habían pasado casi dos semanas desde que lo había involucrado en lo de Driscoll y todavía esperábamos por la Santoseñal: Manuel nos diría cuándo, proponiendo un asado en lo del Mosca. El cielo indicaba que su mensaje era inminente.   

-Parece que a fin de año vuelve Rosario, che… 

-¿Cuándo hablaste, Fabri?

-La semana pasada.

-Nos va a venir bien si vuelve.  

-¿Por?

-Y, porque tenemos que salir ya de esta locura. Esto no es sano.

-Mucho no. Pero es lo que hay.

  El difícil escenario que nos esperaba del otro lado de la próxima tormenta había logrado que nos pudiéramos sentar a escabiar sin andar peleando como dos perros. Prendí un cigarro.  

-Un mundo me trajo esta herida… De un mundo cobarde y traidor… Otro mundo quedó tras las rejas y guarda las quejas que nadie escuchó…

-¿No hay otra cosa para poner, Fabricio?

-Aguante La 25, cornudo. Mirá que la vida siguió después de Los Redondos.

-No, sí, estaba jodiendo. Dejalos.

  Pelearnos era el único método que teníamos para descargar el aturdimiento que nos envolvía. Nuestra familia había volado por los aires en un abrir y cerrar de cantos, de manera salvaje, y cuando nos pudimos acomodar después del huracán, solo quedábamos Totó, él y yo.    

-Bajá un poco, boludo, lo vamos a despertar al viejo.

-Uh, sí.

-Qué ganas de que el viejo tenga treinta años menos, ¿no?

-¿Para?

-Para que esté con nosotros en esta, boludo.

-El viejo perdió, Valentín. Los Solís le ganaron el club a su camada.

-Sí, puede ser.

-Les faltaron huevos cuando se murió Don Amancio. Ahí fue la cagada. No habérsele plantado al Bebi. 

-Era otra época. Y ya ir por el Andén es demasiado, ¿quién lo iba a pensar?

-No, nadie. Pero mejor que nos tocó a nosotros, por ahí si lo hacían veinte años atrás nadie del barrio iba a mover un dedo. Y al viejo le faltaron huevos, loco.

-En los noventa hubiera sido letal. 

-Seee. Este baile dameló, desde que tiraste la de ir a meterle a Driscoll que estoy con la cabeza a diez mil por hora.

-Pasa eso. Pero mirá que después se te viene en contra, no te cebés con los mambos.

-Nah, lo manejo de una.

-Y no fumen porque les va a agarrar una paranoiqueada que van a quedar dados vuelta del cagazo.

-Yo no fumo más, gato.

-Ah. Bueno –murmuré, buscando las palabras para que no pareciera una orden–: no escabiemos más que parece que se llueve todo. Bien caretas, mañana.  

-Mañana llueve o llueve.    

-Olvidate –asentí, mirando el cielo y ya de pie, estirando las piernas y acomodando el escabio en el balero.

-¿Y cómo lo vas a hacer?

-Haciéndolo.

-Es muy poronga, loco…

-Ya sé. Ahora sí está goteando, me cayó una.

-¿Te cayó una vergota?

  Ni le respondí. Prendí un cigarro, cerré los ojos y recibí con infinito placer un remolino de viento en la cara.  

-¿Vamos a dormir o nos tomamos una más en la cocina?

  Abrí los ojos. Fabri y el cielo estaban igualmente picados y relampagueantes.

-Bien caretas, dijimos. Yo me voy a dormir que mañana hay que estar con todas las luces.

-Buena, jugador… Vos concentrá, yo estoy para una más.

-Hacé lo que se cante el papo, pero bajá la música que necesito dormir.

  Una seguidilla de truenos hizo temblar levemente la casa. Fumé lo que restaba del Chestefield mientras me desvestía, apagué todo y me acosté, sabiendo que sería imposible dormir. Prendí otro cigarro.

  Faltaban horas para enfrentarme con un gigante, al que le podía ganar, pero con el que también podía perder. El miedo a una derrota con Ignacio Driscoll, cuando avanzaba en mi cabeza, era terror. Y nadie duerme cuando está aterrado.

  Apagué el cigarro y prendí otro.        

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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