Hace 18 años Javier Mascherano debutaba en la primera de River, un mes antes había debutado en la selección argentina en un amistoso contra Uruguay. Un hincha de River recuerda al Mascherano de River del 2005 y le sirve para aminorar la herida del no saludo en la final del Mundial de Clubes 2015. Escribe Jonatan Scheffer.

Se me hace difícil encontrar las palabras justas para referirme a Mascherano en el marco del punto final que le colocó el año pasado a una carrera más que esmerilada, por sacrificio, calidad, clubes por donde pasó y logros en cada uno de ellos. Porque fueron casi 18 años en su carrera que me acompañaron en una etapa crucial en mi formación de apreciación  futbolística.

Arrancó en un River en donde, por más que uno se aboque exhaustivamente a escudriñarle momentos de continuas alegrías, resulta difícil encontrarlas debido a que fue justamente esa época donde el ritmo de conquistas noventoso que se había disfrutado en el pináculo del siglo pasado ya había arrancado a menguar en el equipo del cual soy hincha.

En esos tiempos, con mis casi en extinción 11 años, veía en ese pibe de San Lorenzo que Pellegrini iba mechando en la alta competencia, a un hijo no reconocido del jefe Astrada. Por talante, ascendencia en sus compañeros a pesar de su corta edad y por ubicuidad táctica de un longevo capitán de la selección, futbolísticamente hablando. El destino así lo interpretó también con el paso de los años.

Tenía menos de 22 años cuando en el 2004, ya con año y medio de carrera en el lomo, encabezaba la renovación de una selección de Bielsa mal trajinada por la eliminación en primera ronda, de la Copa del mundo de Corea Japón 2002. Fue el mismo entrenador rosarino quien en un amistoso contra Uruguay en julio del 2013 lo hizo debutar antes que en su club, como años más tarde Sabella haría con Emmanuel Mamanna. A partir de allí empezó el idilio con el liderazgo.

Más allá de haber perdido dos partidos claves entre la semifinal de la Copa Libertadores de América 2004 contra Boca, por penales, y por la misma vía una final de Copa América ante Brasil, se le notaba una entereza inefable. Una prosapia que efectuaba aceptación nacional en todas las hinchadas, sin distinción de colores. Y que al mismo tiempo la gente de River lo enarbolaba, más allá de su juventud y de un puñado de títulos ganados, a un pedestal que sólo acunaba a los grandes dioses del Olimpo millonario.

Después de eso y de haberse redimido en Atenas, siendo vital en la conquista de la primera medalla de oro en la historia de la albiceleste (la volvería a ganar en Beijing, siendo el único jugador hasta hoy en tener doble medalla dorada), me resulta imposible no acordarme de una cuestión puntual.

Corría mediados de julio del 2005, en menos de dos días, Argentina y Brasil encuadraban un trinomio de enfrentamientos. Entre mundial Sub 20, final de copa Confederaciones y semifinal de Copa Libertadores 2005, la cual el sucedáneo de Leonardo Astrada ya de DT en ese momento decía que “no se nos puede escapar”, post eliminación a Banfield en los cuartos de final de esa misma edición y ya sin Boca en el camino, por quedar eliminado con las Chivas de Guadalajara.

Promediaban los 28 minutos del ST, River debía redimir un 0 a 2 en el global y perdía 2 a1 de local en el Monumental. Con mis 13 años y probablemente como observador obsesivo de los detalles, dilucidaba que había jugadores que denotaban frustración porque el resultado era irremontable. Pero observaba a ese número 5 ya vendido al Corinthians y parecía por su mirada que no le importaba nada y quería convencerse pese a ser imposible que se podía lograr la épica, casi que refrendando a Bilardo en esa frase que decía que “hasta que el corazón no deje de latir del todo, uno no muere, entonces hay que seguir corriendo”

Fue así que ya con amarilla, y ante una corrida en la que Alex (el stopper izquierdo que ubicó en defensa Paulo Atori, DT que sacaría campeón de América finalmente en ese torneo al equipo brasileño) le ganó en velocidad, su ya mitológica barrida en la dividida lo fauleó generando una enorme y generalizada frustración en Núñez. Porque todos los allí presentes sabíamos que el referí debía expulsarlo.

Mascherano también lo supo y fue hasta tragicómico como su nobleza lo hizo empezar a despedirse por sí mismo con la gente de River, que ya lo extrañaba pese a faltar un último partido del torneo local contra Huracán de Tres Arroyos para despedirlo. Caminaba por fuera de la línea de cal que daba al banco local. No recuerdo bien quién le avisó que no lo habían expulsado, ni logré avizorarlo desde la Sívori Alta tampoco, pero generaba tanta adhesión general su temple y entrega entre todos los que estábamos en la cancha, que el coreo de la hinchada hacia su figura era ensordecedor.

Post 3 a 2 ya consumado en contra, River se impuso a los 4 días ante Huracán de Tres Arroyos, con gol de Carlos Diogo (triunfo que lo dejó en repechaje de la Libertadores del año siguiente). Se despedía para siempre de los riverplatenses con la banda roja surcando el blanco pabellón de su pecho. “Teque teque toca toca, esta hinchada está re loca, traigan 11 Mascheranos si quieren ganar la Copa”, sonaba en las tribunas. “A Mascherano nunca lo vamo’ a olvidar”, se escuchaba también. Se marchaba un hijo pródigo, cuyo lugar en esos días se especulaba que lo llegaran a ocupar Almeyda post retiro (se daría más adelante) y paradójicamente Pep Guardiola, quien transformaría diametralmente la forma de jugar y observar al fútbol del Jefecito.

Nunca supe si lo del 2015, su destrato por ahí sin darse cuenta hacia una hinchada que hacía 9 años que no lo veía en un partido ligado a River, fue por reivindicar aquel episodio con Corinthians en el 2006. Donde fue expulsado en ese 3 a 2 a favor del equipo de Pasarella (técnico nuestro en ese entonces), ante aquel equipo en el que también jugaba Tévez (marcó el 1 a 0, pese a no haberle servido de nada). Porque el periodismo deportivo amarillo de Argentina hizo leña del árbol caído, elucubrando con que se hizo expulsar  por no querer enfrentar al club de sus amores.

Pero lo cierto es que tuve sentimientos encontrados con su persona, a partir de allí. Hasta hace horas nomas, para no irme demasiado lejos en el tiempo.

Cuando en la cuestión conversacional de fútbol se toca al capitán sin cinta de la selección, no puedo no separar como hincha termo itinerante al Mascherano héroe y convertidor de héroes contra Holanda, en la semifinal del Mundial de Brasil 2014, o mejor dicho al sentipensate número 5 (San Benito de Abad dixit), que jugó siempre con su genitalidad en la punta de la suela con la celeste y blanca en su piel, de aquel pibe de las inferiores de River. No por no haber vuelto, sino por esa elocuente indiferencia hacia la gente del club que lo vio nacer. Es decir dolió que aquel pibe que como decía Delem “vio uno nacer de potrillo (figurativamente)” se fuera saludando a un grupo de Japoneses con la camiseta del Barcelona y no a quienes incluso llegaron a corear su nombre en los ejercicios pre-competitivos en el Mundial de Clubes de Japón 2015, como lo ovacionaron en el 2005.

Mientras escribo lo que queda de este texto o de esta cosa sea lo que sea, asumiendo mi grado de letargos para fijar una posición en la opinión que el personaje en cuestión me merece, sintetizaré con la ayuda de Maquiavelo sobre que “a la palabra se la debe sostener en tanto y en cuanto siga existiendo la razón por la que se dijo”. Si bien mantengo mi dolor por ese episodio de 2015, aminoraré mi termismo filípico para recordarlo, como el oriundo de San Lorenzo quería que lo recordaran cuando recién daba sus primeras entrevistas. Elevando las comparaciones de su carrera al prócer que recuperaba las Malvinas con un escarbadiente, “más que como San Martín, a quien admiro y leo permanentemente,  me identifico más con el Sargento Cabral”. Una radiografía de su personalidad. Sobre que el equipo es el otro.  O que entre el yo y el nosotros, privilegia lo segundo. Gracias, Masche.

Jonatan Scheffer

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