Luis Scola aprendió rápido que ser el más grande no es fácil. De chico tenía que agacharse para pasar por las puertas. Eso lo avergonzaba. Entre los doce y los trece años creció doce centímetros. De un metro ochenta y cinco pasó a un metro noventa y siete. Tuvo que descartar toda su ropa y conseguir nueva. Hasta le costaba conseguir zapatillas.

Hoy nadie se anima a negar que el básquet argentino es mejor gracias a la existencia de Scola. Pero décadas atrás, cuando todavía era Luis el hijo de Mario Scola, el básquet apareció para salvarlo a él. La pelota naranja era un integrante más de su familia, su padre jugó en Boca, Obras, Ferro, Vélez, Hacoaj y la selección. Su tío era técnico cuando él empezó a sentir que las manos le quemaban por tener una pelota entre sus manos. El básquet lo salvó. Le hizo sentir que su altura no era algo raro. Ya no quería ser como los demás, quería crecer. Quería ser todavía más grande.

Cualquiera hubiera pensado que era una locura. Que no se podía ser más grande. No era la única locura que pasaba por la cabeza y el corazón de Luis. Tres letras aparecían entre sus sueños una y otra vez. “Pero Luis, eso es casi otro planeta”, le habrán dicho para bajarlo a tierra. Pero él seguía con la marcha firme hacia el objetivo de las tres letras: NBA.

Cuentan quiénes lo vieron en las juveniles que ya hacía cosas de profesional. Cuando todos corrían atrás de la pelota, el se movía hacia los claros y la pedía. Defendía y atacaba. Hacía volcadas. Tenían que pedirle que por favor no se colgara del aro porque podía romperlo. Y sí, no todos los aros soportan tanta grandeza.

Si fuera una película o un libro, quizás sonaría exagerado. Pero esto es la vida real y sabemos que a veces se empecina en hacer increíble lo real. Porque Luis no solo la rompía de pibe, sino que además para ayudarlo en su camino lo esperaba un gran maestro. Su salto a los flashes de la Liga Nacional, llegó de la mano del actor fundamental de la historia del básquet argentino: León Najnudel.

De la mano del inventor de la Liga Nacional, Luis debutó a los quince años. En su segunda temporada ya era titular. El resto es historia: el extranjero más joven en debutar en la Liga ACB, los títulos en el Tau Cerámica, la gloria con la selección nacional y la obsesión de las tres letras, la NBA. Entre muchas otras cosas, claro.

Cuando hacía sus primeras armas en Ferro, León Najnudel le dijo a Julio Lamas que Scola sería el mejor cuatro de la historia argentina y que llegaría a la NBA. “El fue el mejor y más increíble jugador que haya nacido en este territorio”, coincidió más de dos décadas después y entre lágrimas Sergio Hernández. No fue lo único que dijo su último técnico en la Selección Argentina. “Me enseñó que ganar es chiquito”. Para grande ya estaba él.

Juan Stanisci

Twitter: @juanstanisci

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