El genocida Josef Mengele pasó sus últimos días en una favela de Sao Paulo. Ahí se mezcla su historia con la del Palmeiras. Mengele convivió con algunas noches de gloria del Verdao. Escribe Farid Barquet Climent.

¿Cómo se cruzan los caminos de un genocida nazi y un equipo de Sao Paulo? ¿Cómo convive un científico obsesionado con la raza aria y una favela en la que solo viven negros y mulatos? De alguna manera la vida se burló de Josef Mengele. No fue juzgado en un tribunal ni condenado por sus crímenes. Pero vivió sus últimos días encerrado entre festejos de una de las zonas más pobres de Brasil. Rodeado de todo lo que él había querido exterminar.

Josef Mengele estudió en la Universidad de Munich, en la que Max Weber había fundado el primer instituto de sociología de toda Alemania. También estudió en la de Fráncfort, cuando ya habían sido expulsados y orillados al exilio Horkheimer, Adorno y Marcuse.[1] Y también estuvo en las aulas de la de Viena, la que a principios del siglo XX, tres décadas antes del ingreso de Mengele, “aún tenía una aureola especial, romántica”, como la recordaba Stefan Zweig.[2] Pero Mengele no vivió esos edificantes ambientes universitarios, sino que se dejó arrastrar por la atmósfera de “los años treinta, los del gran vuelco”[3] provocado por el ascenso del nazismo, según lo relata Oliver Guez, el periodista francés que ha escrito la biografía novelada de Mengele.

Mengele no fue discípulo de grandes humanistas sino alumno predilecto de perversas “eminencias”[4] de la eugenesia, a las que Mengele, muy solícito, se ofreció a ayudar como asistente en el Instituto del Tercer Reich para la Biología y la Pureza Racial.

A sus 26 años Mengele pronto se convirtió en el favorito de sus mentores y por eso uno de ellos, Otmar von Verschurer, sociópata con bata y genetista obsesionado en descubrir las causas de la existencia de humanos gemelos con miras a clonar individuos sin sangre mezclada, decidió financiar, con cargo al Instituto Kaiser Wilhelm de Antropología, Herencia Humana y Genética de Berlín, una estancia para que Mengele pudiera realizar experimentos durante 21 meses en el que para von Vershurer era “el mayor laboratorio de la Historia”:[5] el campo de concentración de Auschwitz.

 En Auschwitz Mengele pasaría de ser el diligente aprendiz de médicos fanatizados por el discurso hitleriano según el cual Alemania se encaminaba hacia la supremacía sobre Oriente y Occidente,[6] a convertirse en El Ángel de la muerte: “La eliminación de cientos de judíos en las cámaras de gas es para él un deber patriótico”.[7] Convertido en adalid de la superioridad de la raza aria, ordenó la muerte de 400 000 personas.[8]

  A pesar de la derrota de Alemania en la segunda guerra mundial y de la liberación de Auschwitz por tropas soviéticas, Mengele “creyó que escapaba al castigo”[9] que le preparaban las potencias aliadas vencedoras. Sin la protección de Hitler ni de Himmler, muertos en abril y mayo de 1945, respectivamente, Mengele huyó a Sudamérica gracias a la documentación apócrifa que impidió su identificación. Se refugió con nombres falsos en la Argentina[10] de Perón y en el Paraguay de Stroessner, país este último que incluso llegó a extenderle un pasaporte. Oculto en Buenos Aires y en Asunción logró eludir la captura que contra él ordenó la Alemania de Adenauer y escapó también del cerco que le tendieron los servicios de inteligencia del Estado de Israel. Pero en su siguiente escondite Mengele habría de vivir el peor suplicio imaginable para alguien como él, quintaesencia de la rubiedad que fantaseó con una humanidad de tez láctea y mirada del color del cielo.

 Viejo, enfermo y paranoico Mengele pasó los últimos años de su vida furtiva sin poder ver un solo rostro blondo, ni siquiera una áurea cabellera, rodeado como estuvo de negros y mulatos. Los pobladores de Eldorado, una miserable favela de los suburbios de Sao Paulo, Brasil, a donde fueron a botar a Mengele sus últimos encubridores a finales de 1975.[11] 

Cuando Mengele se internó en Sao Paulo, a la dictadura militar brasileña todavía le quedaban 10 años de vida. El yugo castrense aún seguía sometiendo al país del Ordem e Progresso, imponiendo a rajatabla el orden, pero sin generar más que un ficticio progreso. Los estragos de los llamados “años de plomo” del régimen, los más cruentos de la época dictatorial, los del gobierno de Emílio Médici (1968-1974), empezaban a quedar atrás. Barrios como Eldorado, habitados por negros pobres —valga el pleonasmo—, aprovechaban el relajamiento de la persecución a sindicalistas y opositores, recogían las migajas del crecimiento económico de 10% anual en promedio —obtenido gracias a un exorbitante abultamiento de la deuda externa— y se entregaban bulliciosamente a la gran pasión nacional: el futbol.

El racista Mengele, el eugenista germanófilo que esquivó recibir sentencia en Nuremberg porque se le creía muerto, en Eldorado no pudo evitar ser condenado, casi treinta años después de los juicios, “cuando ya no es más que una ruina humana”,[12] al que para él fue un auténtico castigo: vivir en medio de la negritud. Sus escandalosos vecinos afrodescendientes incordiaban recurrentemente sus hábitos de prusiana disciplina con “las borracheras de los fines de semana y los delirios colectivos las noches de partido de fútbol y de macumba”.[13] [14]

A la rua Alvarenga, la calle sobre la que se ubicaba la buhardilla de Mengele en Eldorado,[15] la escoltaban entonces, como la escoltan hoy, cientos de palmeras milenarias que, a pesar de la pobreza y el abandono circundantes, se mantienen erguidas como rescoldo de una belleza que se resiste a desaparecer. Las paredes de estuco del lúgubre cuchitril,[16] rodeado de palmeras, en el que Mengele prolongaba su clandestinidad, eran traspasadas por la sonora algarabía bullanguera de los moradores negros cada vez que otros negros como ellos hacían regates de remarcada belleza enfundados en las camisetas verdes, como hojas de palmeras, de un populoso club de futbol local que, paradójicamente, al igual que Mengele, tuvo que cambiar de nombre por la segunda guerra Mundial, pues estallada la conflagración fue obligado a camuflar que su fundación fue obra de extranjeros, por lo que tuvo que cambiar su denominación original y, para sustituirla, no encontró otra mejor que una tan alusiva al trópico brasileño como las palmeras. Y por eso decidió llamarse en adelante precisamente así: Palmeiras.

Cuando Mengele se mudó a Sao Paulo, el club Sociedade Esportiva Palmeiras llevaba más de 30 años contando con futbolistas de raza negra. Destacaba un extremo izquierdo rapidísimo y gambetero, nacido en el municipio paulista de Nova Europa, conocido menos por su nombre, Elias Ferreira Sobrinho, que por su apodo, “Nei”, jugador determinante para la conquista del campeonato paulista de 1976, título que obtuvo el equipo Albiverde en un partido contra el Esporte Clube XV de Novembro de Piracicaba, gracias al gol de otro negro: su compañero Jorge Mendonça.

El primer jugador negro en ponerse la verde del Palmeiras fue Og Moreira, mediocampista que salió tres veces campeón del paulistão en la década de los 40.[17] Después aparecería otro que fue todo un histórico del futbol mundial: Djalma Santos, lateral izquierdo del equipo durante 10 temporadas, en las que jamás vio la tarjeta roja, y que fue bicampeón del mundo junto a Pelé y Garrincha en 1958 y 1962, incluido en el primer once ideal elaborado por la FIFA en 1963, e integrante del equipo de estrellas de tres Copas del Mundo, distinción que además de él sólo la ostentan los alemanes Franz Beckenbauer y Philipp Lahm. Y en épocas más recientes otros negros extraordinarios se han ganado a pulso a los torcedores del Verdão. Basta mencionar a dos: otro lateral izquierdo de ensueño, el mago de la comba imposible, Roberto Carlos, que militó 3 temporadas en el Palmeiras antes de emigrar en 1995 a su primera escala europea, el Inter de Milán, previa a sus años de gloria en el Real Madrid; y el actual centro delantero de la canarinha y del Manchester City de Guardiola, Gabriel Jesús, quien pasó de pintar con los colores de la selección brasileña las banquetas de la favela paulista donde vivía, Jardim Peri, la víspera del Mundial de 2014,[18] a debutar en el primer equipo del Palmeiras en 2015 y, al año siguiente, 2016, con tan sólo 19 años y tras haber marcado 28 goles en 85 encuentros, emigrar a Inglaterra para enrolarse con los citizens.

La secuela de jugadores negros palmeiristas inaugurada por Og Moreira no habría existido de no ser por la segunda guerra mundial. Porque la entrada de Brasil a la conflagración trajo consigo que el hoy Palmeiras, que entonces se denominaba Palestra Italia, tuviera que cortarse el cordón umbilical que lo unía, y en cierto modo lo circunscribía, a sus orígenes italianos.[19] Porque, como ya dije, el Palmeiras no siempre se llamó Palmeiras. Antes de llamarse Palmeiras se llamó Palestra Italia. Ese fue el nombre que le pusieron sus fundadores en 1914. Pero veintiocho años después, cuando Brasil le declaró la guerra a Alemania, Italia y Japón, el gobierno del presidente Getúlio Vargas, a través del Consejo Nacional de Deportes, dictó un decreto, el 1.466, que obligó a todas las organizaciones que tuvieran nexos con las naciones del Eje Berlín-Roma-Tokio a modificar sus denominaciones porque se consideró que así se borraba su vinculación con los tres países con los que Brasil entró en conflicto bélico.[20] En cumplimiento del decreto, primero se suprimió la palabra Italia del nombre del club, quedando sólo como Palestra. Pero según el historiador Gilberto Agostino, hubo quien estimó que la sola voz Palestra (que en italiano significa gimnasio) aludía directamente a la colonia italiana radicada en Sao Paulo.[21] Entonces hubo que buscar una denominación que permitiera conservar la “P” de su escudo y al mismo tiempo guardara cierta similitud fonética con el nombre que se le prohibió seguir llevando. Y así fue como Pa, Pal, Palestra, devino en Pa, Pal, Palmeiras. De acuerdo con el periodista argentino Jorge Barraza, el cambio se aprobó en la asamblea del 14 de septiembre de 1942. “Moría el Palestra Italia, nacía el Palmeiras”.[22]

Una de las noches de delirio colectivo por el fútbol que tanto atormentaron a Mengele en Eldorado, seguramente fue una en la que jugó el Palmeiras: la del 21 de enero de 1976, a pocas semanas de que el sádico doctor empezó a guarecerse ahí. Se jugaba la edición 207 de un clássico paulista: Palmeiras vs Corinthians. Sebastião Cardoso Silva, el mulato “Tião”, adelantó al equipo branco e preto al 35’, pero faltando 2 minutos para que el árbitro José de Assis Aragão diera por terminado el encuentro el conjunto albiverde empató por conducto del negro Nei,[23] el camiseta ‘11’ de aquel Palmeiras, el ponta que corría como una ráfaga y que a veces me hace pensar que en esos días terminó por ser a Mengele lo que el negro velocista estadounidense Jesse Owens a Hitler: la personificación de la falsedad de sus “teorías” supremacistas.

En noches como esa, de futebol y de baile y de alegría mestiza y caótica[24], un Mengele “abandonado a sí mismo, esclavo de su existencia, acorralado”[25], siente que “las entrañas de Brasil se disponen a devorarlo”.[26] Y por eso busca darse un respiro, tal como lo intentó la mañana del 7 de febrero de 1979, día en que acepta una invitación a relajarse en una playa cercana. Bañándose en esas aguas de la localidad paulista de Santos, el genocida fugitivo al que nadie pudo encontrar y menos apresar durante siete lustros siente que “bruscamente su nuca se engarrota, sus mandíbulas se cierran, sus miembros y su vida se paralizan”.[27] Mengele se infarta y se ahoga “sin haber tenido que enfrentarse a la justicia de los hombres ni a sus víctimas por sus nefastos crímenes”.[28] Le llega la muerte “en la inmensidad del océano, bajo el sol de Brasil”[29].

Tapa del diario brasileño Folha da tarde, luego de se exhumaran los restos de Mengele para comprobar que efectivamente era él

El cadáver del “símbolo de la crueldad nazi”,[30] del engendro que en Auschwitz mató a cientos de miles de personas —entre éstas algunos futbolistas[31]— en nombre de la pureza de la raza aria, quedó flotando en las aguas atlánticas que mojan la arena de las playas de Santos, las mismas en las que un niño negro proveniente de Minas Gerais, al que en sus inicios apodaban “Dico” y que respondía al nombre Edson Arantes do Nascimento, descalzo y con pelotas hechas con trapos descubrió los secretos del futbol, juego creado por blancos, pero que ese niño, al paso de los años, cuando el mundo ya lo conocía como Pelé, supo llevarlo a su máxima expresión hasta convertirlo en el juego de toda la humanidad.

Farid Barquet Climent

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[1] Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse integraron la que con el tiempo sería conocida como “Escuela de Fráncfort”, “nacida a comienzos de los años veinte entre los círculos académicos judíos” de esa ciudad, en torno al “proyecto interdisciplinar para las ciencias sociales” creado por Horkheimer que llegó a aglutinar “reflexiones epistemológicas, estéticas y teórico-sociales” de una gama de autores tan disímbola que va de los tres ya mencionados hasta Erich Fromm o Walter Benjamin. Véase Francisco Colom González, Las caras del Leviatán. Una lectura política de la Teoría Crítica, Barcelona-México, Anthropos-Universidad Autónoma Metropolitana, 1992, p. 17. De acuerdo con Víctor Flores Olea, “la Escuela de Frankfurt alude a un grupo de teóricos, sobre todo alemanes y estadounidenses, que con los instrumentos metodológicos del marxismo, en los años veinte y treinta, pero con prolongaciones que llegan hasta los años setenta, decidieron estudiar el capitalismo de las últimas décadas”. Véase Víctor Flores Olea, La crisis de las utopías, Barcelona-México, Anthropos-unam, 2010, p. 75.

[2] Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo (trad. Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek), Barcelona, Acantilado, 2001, p. 128.

[3] Olivier Guez, La desaparición de Josef Mengele (trad. Javier Albiñana), México, Tusquets, 2018, p. 78.

[4] Ibidem, p. 78.

[5] Ibidem, p. 79.

[6] Jürgen Habermas, “Conciencia histórica e identidad postradicional”, en Identidades nacionales y postnacionales (trad. Manuel Jiménez Redondo), Madrid, Tecnos, 2ª ed., 1998, p. 84.

[7] Guez, La desaparición de Josef Mengele, op. cit., p. 122.

[8] Ibidem, p. 127.

[9] Idem.

[10] De acuerdo con investigaciones de los argentinos Miguel Ángel Giordano y Alejandra Ricard, en el arroyo Brazo Largo, cercano al río Paraná Guazú, uno de los brazos más grandes del Delta del Paraná, “había una escuela de y para alemanes”, fundada por ex soldados y oficiales de la SS y del ejército nazi.  “Entre los años 1946 y 1947, la escuela fue incendiada por los criollos argentinos, nativos de esta tierra. ¿El motivo? No fue la fuerte discriminación de los alemanes que no permitían el acceso a nadie que no fuera de su raza. La razón fue que en la única sala de la escuela en donde se dictaban las clases a los chicos, en vez de tener un cuadro con la imagen de San Martín o de Sarmiento, tenían la de ¡Adolfo Hitler!”. Véase Miguel Ángel Giordano y Alejandra Ricard, Gran libro del Delta (inédito).

[11] Guez, La desaparición de Josef Mengele, op. cit., p. 205.

[12] Ibidem, p. 208.

[13] Ibidem, p. 207.

[14] El filósofo germano-brasileño Anatol Rosenfeld escribió en 1956 todo un libro precisamente sobre los negros, la macumba y el futbol: Anatol Rosenfeld, Negro, macumba e futebol, Perspectiva, Sao Paulo, 1993.

[15] Guez, La desaparición de Josef Menguele, op. cit., p. 205.

[16] Idem.

[17] En Río de Janeiro la incorporación de la población negra a la práctica del futbol fue más pronta y acelerada que en Sao Paulo. Rostros negros aparecieron en las alienaciones de los equipos cariocas desde las postrimerías del primer lustro del siglo XX. En 1904 la compañía textilera de capital inglés Progreso Industrial fundó un club de futbol, al que dio por nombre el del suburbio donde tenía sus instalaciones: Bangú. A diferencia de otros clubes también creados por inmigrantes extranjeros (sobre todo ingleses e italianos), el Bangú tuvo desde sus inicios un público multirracial y popular y desde luego jugadores extraídos de todos los sectores sociales. De acuerdo con el antropólogo brasileño Sérgio Leite Lopes, “el aislamiento geográfico de Bangú impuso la incorporación no solamente de jefes y empleados extranjeros y brasileños, sino también de obreros”. Fue así como en el Bangú nace “la figura del obrero-jugador; el operario que se destaca menos por su trabajo fabril que por su desempeño en el equipo de la empresa”. Los futbolistas negros no sólo fueron nutriendo paulatinamente diversos planteles, sino que también contribuyeron a la conquista de títulos a partir de los años 20. El club de Regatas Vasco da Gama lo integraban socios que provenían de la colonia portuguesa, pero empleaba como futbolistas a negros y mulatos que conformaron la base del scratch que salió campeón de primera división por primera vez en 1923. Véase Sérgio Leite Lopes, “Futbol y clases populares en Brasil. Color, clase e identidad a través del deporte”, Nueva Sociedad No. 154, marzo-abril 1998, pp. 129-131.

[18] Juan Stanisci, “El chico que pintaba calles”, Lástima a nadie, maestro No. 1, 2020, p. 27.

[19] El diario Farfulla, medio de comunicación de la colonia italiana en Sao Paulo, publicó la convocatoria para que el 13 de agosto de 1914 se fundara el Palestra. Véase Lisbeth Rebollo Gonçalves et al, São Paulo imaginado, Bogotá, Convenio-Andrés Bello-prolam-Taurus, 2006, p. 246.

[20] Hubo cambios obligatorios de nombre también en los países del Eje, incluso antes de la guerra, para exacerbar el nacionalismo y usar a los clubes como propaganda política. En Italia, por ejemplo, el Inter de Milán, cuya denominación oficial es Football Club Internazionale Milano, en 1928, en pleno régimen fascista de Benito Mussolini, mutó a Associazione Sportiva Abrosiana-Inter, quitándole las palabras en inglés “Football Club” que le daban ribetes británicos. Además, tuvo que cambiar su uniforme aurinegro tradicional por una camiseta blanca con una cruz roja, símbolo de armas de la ciudad, rematada por el fascio littorio, el escudo fascista. Fusilado Mussolini en abril de 1945, el Inter recuperó su denominación y su vestimenta nerazzurrri el año siguiente.

[21] Gilberto Agostino, Vemcer ou Morrer: futebol, geopolítica e identidade nacional, Río de Janeiro, faperj-Mauad, 2002, p. 146.

[22] Jorge Barraza, “La bella historia del Palmeiras”, El Tiempo, 7 de febrero de 1999.

[23] Antonio Carlos Napoleão, Corinthians x Palmeiras: rivalidade e paixão no futebol paulista, Río de Janeiro, Mauad, 2001, p. 77.

[24] Guez, La desaparición de Josef Mengele, op. cit., p. 205.

[25] Ibidem, p. 127.

[26] Ibidem, p. 205.

[27] Ibidem, p. 228.

[28] Idem.

[29] Idem.

[30] Ibidem, p. 234.

[31] En Auschwitz fueron asesinados al menos 4 futbolistas: el polaco Antoni Lyko, jugador del Wisia de Cracovia, mundialista en 1938, fue enviado al campo de concentración, donde le asignaron el número de preso 11 780, por supuestos vínculos con la organización de resistencia denominada Unión para la Lucha Armada (zwz, por sus siglas en polaco) y fue fusilado el 3 de julio de 1941; el también polaco y para entonces exjugador Marian Einbacher, que murió en la cámara de gas el 12 de enero de 1943, 18 años después de su retiro de las canchas por una lesión; el alemán Julius Hirsch, combatiente por la causa de Alemania en la primera guerra mundial, campeón con el Karlsruher en 1910, primer futbolista judío en integrar la selección de ese país, que ingresó a Auschwitz en marzo de 1943 y fue declarado muerto el 8 de mayo de 1945; y el estadounidense Eddy Hamel, nacido en Nueva York en 1902, que viajó a la tierra de sus padres, los Países Bajos, para hacer carrera en el futbol, siendo el primer jugador judío en vestir la camiseta del Ajax de Amsterdam, equipo para el que militó 8 temporadas hasta 1940, año en que fue capturado por soldados nazis y asesinado en Auschwitz en la cámara de gas el 30 de abril de 1943.

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