“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada semana un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“¡Terminalo, juez!”

Fito Vargas, Ferrocarril San Martín 3 – Atlético Almafuerte 2 (2008)

  Me acomodé en un cajón de botellas vacío. Con el Santo no nos veíamos desde la mañana de las elecciones del club. Estaba para seguir metiéndole al escabio, como si no hubiera un mañana. Pero lo habría. Y qué mañana.  

-Che, no estaba el flaco leyendo en la vereda –comenté, con el primer vaso de birra en la mano.  

-No. Hace días que no… Agarrate porque se viene el fin de mundo, esto es el acabose total. Marcianos, guerra mundial, nos espera algo groso en cualquier momento.

-Olvidate.

-Encima se le estaba dando por escribir, al pajuerano.

-¿Escribiendo qué?

-Y qué sé yo, boludo. Llenó como tres cuadernos en veinte días.

-Mirá vos… –comenté, con un tono seco, porque lo vi llegar al Mosca.

-Muchachos…

-¿Qué hacés, Avispón? –lo saludó el Santo.

  El Mosca sacó un vaso de la galera, se lo llenó hasta el tope y se sentó del otro lado de la silla ocupada por el Santo.

-Acá –respondió el Mosca–. Hola, Caza.

-Hola, chabón.

-¿Mañana vas? –me preguntó, como si nada–.

-¿Adónde?

-A la plaza. Están diciendo que tocan Los Caballeros de la Quema y La Renga.

-No sé todavía. No tengo con quién ir, me da paja ir solo hasta allá.

-Vení con nosotros.  

  Me quedé en silencio. Juan apareció por la puerta que daba al salón del bar.

-Gente…

-Traete la balón del mostrador, Avispón –le pidió el Santo al Mosca, que se puso de pie inmediatamente, y luego miró a mi primo–. Vos y yo tenemos algo que arreglar.

-Cuando quieras –le respondió Juan, mientras me acercaba la mano abierta para que lo saludara.

-Ahora quiero –dijo el Santo, mirándome con el ceño fruncido. Entendí y le di la mano a mi primo.

-Dale.

  Desde los parlantes comenzó a sonar “Casi sin pensar”, de Intoxicados. El Mosca volvió acompañado por el Gordo Leandro y por Brizuelita.

-¿Qué cuenta el maracaje?

-Acá andamos, Panza. Traete dos frescas, Brizuela, que Juancito se va a pagar la vuelta para los pibes –canchereó el Santo, haciendo un gesto para que le pasaran la anaranjada.

-¡Esaaa!

-Vamos a ver, vamos a ver…

  Saludé a los dos. Pregunté por mi hermano. El Santo, de espaldas al aro, picó la pelota dos veces y tiró sin mirar. La embocó como si estuviera poseído por el espíritu de Stephen Curry.   

-Está hablando con Marito adelante. Ahí viene, Caza.

  Liquidé el vaso y prendí un cigarro. Saboreé el reencuentro, las carcajadas que el Santo comenzaba a sacar, los misiles yendo y viniendo.

-Che, avisó Juancho que estaba para caerse –comentó el Mosca–. Dijo que estaba para tomarse un cajón de birras con la banda.

-Y que se venga, si le da la nafta. Mandale un mensaje.

-Ahí le mando.

-Seguro está con Santino y Lucio.

-Que vengan los tres.

  El Santo dejó la pelota girando sobre su dedo índice y pidió silencio.

-¿Acá no labura nadie, viejo? Es lunes, hijos de puta.

-Son las siete de la tarde, no rompás las pelotas y arranquemos, dale.

-Ah, ¿ya te llamó tu señora, bigote? Dale, arranco yo –aceptó el Santo, y recién soltó la pelota cuando llegó a los veintiún tantos. Para ese entonces, Fabricio ya estaba en el patio, cerca del Mosca, chupando birra como si fuera agua, y de los parlantes salían canciones de Callejeros.

-¿Me la aguantás, gato? –me preguntó Fabri, señalando mi camiseta del Furgón–. Me agarró frío.

-Sí, boludo. Pero hacen como cuarenta grados, hijo de puta. Yo en cualquier momento me saco la bermuda y me quedo escabiando en calzones.

-Igual. Bancamelá un toque.

-Tomá, chabón. Tratá de no volcarte, porque hay una blanca del año en la C que me la dejaste con un charco de fernet en el pecho.  

-Cualquiera.

-Qué no, la concha de tu hermana. Está en casa, nunca me la devolviste.

-Dejá de hablar giladas. Si nunca me pasaste una suplente.

-Pero cerrá los glúteos, tenés dos. Esa, blanca con los cositos rojos acá, y una amarilla con las mangas rojas.

-¿Cuál?

-Ah, esa la tengo yo –se metió el Mosca.

-Ah, ¿viste, boludo? –saltó Fabricio–. Ni sé qué camiseta decís. 

-¿Viste qué? Se la habrás pasado vos, zapato.

-¿Qué yo?

-Che, boludo –nos interrumpió Juan–. Vamos a hablar, dale, que no quiero llegar tarde porque a las nueve Sonia se va a buscar a la sobrina y…

-Bueno, bueno.

-¿Qué onda? –pregunté.

  El Santo bajó la música desde el teléfono. Sonaba el vivo de Las Pelotas en el Gran Rex.

-¿No sabe, Manu? –tanteó Juan.

-Qué sé yo –respondió el Santo, y me miró–. ¿No sabés nada?

-¿Nada de qué?

-Lo del flaco Cucho. Que eligieron a otro.

-¿Pero no habíamos quedado que el DT de Primera iba a ser el flaco?

-Sí –murmuró mi primo.

-¿Ustedes no eran la Subcomisión de fútbol que iba a decidir todo?

-Paspado –me frenó el Santo–. Ya está. El lunes a la mañana apareció el Búfalo Funeschi, el que estaba en Claypole.

-Lo conozco al Búfalo –dije–. ¿Pero quién lo eligió?

-Lozano –respondió el Gordo Leandro, dubitativo.

-No te hagás el pelotudo porque sabés –me apuntó Fabricio–. No nos forreés, dale, que hay que ir a hablar con el flaco Cucho.

-Te juro que no sé nada, Juan –le respondí a mi primo, ignorando a Fabri.

-Calculamos que lo habrá elegido el Chelo. O el Viejo Bustos. No nos atienden el teléfono los hijos de puta. Fuimos a la sede y nos dijeron que recién mañana a la tarde nos van a dejar entrar.

  Me prendí un cigarro. 

-¿Hace cuánto que no hablan con el Chelo?

-Desde el mismo lunes a la mañana. Nos dijo que si queríamos podíamos ir a la cancha y empezar con los arreglos, que él iba a ver si conseguía los materiales.

-¿Y con el Equi?

-Tampoco. Voló y nunca más.

-No sabemos si cambió de número porque está allá, o qué mierda. Le escribimos al Instagram pero ni lo leyó.   

  Luego de esta respuesta, Fabri se paró, agarró la pelota y se alejó rumbo al aro. Me quedé en silencio durante un largo minuto, mientras Juan y el Gordo Leandro cuchicheaban. Algo querían. Y yo no quería arrancar con los “te dije”, con los “¿vieron?”, ni nada. Estaba harto de discutir con ellos. 

-Mala leche, muchachos –arranqué–. Son una reverenda manga de hijos de puta y lo van a seguir siendo, qué le vamos a hacer…

-Y sí –me acompañó el Santo.

-¿Ustedes me quieren pedir algo, no?

-Sí –respondió el Mosca, compungido.

-Hay que ir a explicarle al flaco Cucho lo que pasó –esclareció Juan–. Y sabemos que es jodido… Lo hicimos renunciar al Hernandarias y ahora no sabemos qué decirle. Le dijimos que nos dé una semana para solucionarlo, pero ya debe saber que la Primera la agarró el Búfalo.

-Nos queremos matar acá.

-Pero no tuvimos nada que ver –se defendió Fabri.

-¿Vos decís que si vamos nos va a cagar a trompadas? –tanteó Juan.

-Es en serio la pregunta –aclaró Fabri.

-Y… Está bien, Juan –le respondí a todos–. Yo lo hablo, quédense tranquilos. Si es esa la preocupación, yo le escribo y le hablo yo. El flaco sabe quién es Lozano, y nos conoce a nosotros, no se va a enojar, tranqui. Ahora… ¿Las inferiores qué onda? ¿También nos cagó?

-No, no sabemos. Esta semana no entrenó nadie, fuimos al predio del Tanque y estaba cerrado con candado, estaban todos los guachines en la puerta y no sabíamos qué carajo decirles.

-Los mandamos a la casa y les pedimos una semana a los padres, que nos aguanten hasta que se aclare todo con el Chelo.

-Hay que hablarlo ya, Caza.

-Ya le hablo. Mañana me junto. Si quieren, que alguno que le escriba ahora, yo no tengo más teléfono.

-Gracias, loco.

-Yo le escribo –se ofreció Juan–. ¿Le querés mandar un audio?

-Dale, en un rato.

-Gracias, chabón… Posta –me habló Juan, palmeándome una rodilla.

  Le ofrecí la mano abierta, para cerrar tantas heridas, mientras los demás miraban.

-De última, si al menos las inferiores quedan para nosotros, lo enchufamos al flaco Cucho ahí –soñó el Mosca.

-No puede estar sin laburar –se lamentó Brizuela.

-Y no –cerré el asunto, y miré las botellas vacías–. ¿Vamos con otra?      

-Vamos de una. Encima está viniendo Juancho con los pibes de Sentimiento Furgonero –avisó Juan. 

-¿Los tres? –preguntó Fabricio.

-Los cuatro. Dijo Juancho que está ese que le dicen Concordia también, uno que se sumó hace un tiempo ahí en la cabina.

-Ah, mirá.

-Sí, ya sé cuál es.

-Tiene una pinta de choborra bárbara… Me parece que hoy se pudre.

-Y que se pudra todo –guapeó el Santo–. Sacamos los parlantes a la vereda y a la concha de su madre. Ahora le mando a Macarena que se venga con las pibas.

-Mandale mecha, cabeza –aprobó el Gordo Leandro.   

  El Santo agarró el teléfono y subió la música nuevamente. Seguía sonando el vivo de Las Pelotas en el Gran Rex. El grupo se desarmó: Juan fue a mear, el Mosca y Fabricio se pararon para tirar al aro, el Gordo Leandro manoteó el teléfono y Brizuela entró a buscar papas fritas.

  Explotaron los primeros acordes de “Cuando no estás”. Me acordé del último verano, cuando nos subimos al 128 después de haber visitado la tumba de Dardo y enganchamos la misma canción en la radio. Lo miré al Santo. Jugábamos de memoria, porque estaba pensando lo mismo que yo.    

-Y bueno… Hicimos lo que pudimos, Valentín.

-Y sí, Manu. Ya está.   

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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