Cada selección argentina es medida por un supuesto estilo histórico que todavía no sabemos bien cuál es porque ha ido cambiando a través de los años. Realizamos un repaso histórico para valorar los proyectos y las propuestas claras por sobre los estilos. Hoy vuelve a jugar la selección dirigida por Scaloni. Como previa al partido va esta nota para abrir el debate futbolero. Escribe Jonatan Scheffer.

“Argentina nunca ha tenido un estilo”, “hay estilos de entrenadores, no estilos de juego puntuales”, fueron las palabras de dos exponentes de los dos equipos probablemente más grandes del interior del país como lo son  Gerardo Martino y Edgardo Bauza para Newell´s y Rosario Central, respectivamente. El “Tata” lo dijo posteriormente al debut contra Paraguay, en la Copa América de Chile 2015, y el “Patón” en una entrevista realizada por Fernando Niembro en La Última Palabra, en 2016. Y la realidad es que a lo largo de los tiempos la verdad histórica no ha distado demasiado. Pero sí es cierto que en los momentos más alborozos en términos de resultados se han tenido como principales preceptos a la organización, la disciplina de trabajo y el respeto por los buenos jugadores y su compromiso con/sin la pelota.

La historia de la Selección Nacional comienza en 1901, época donde el núcleo de los grandes equipos del fútbol nacional aún estaba en vías de erigirse fundacionalmente. Fue en un triunfo del equipo albiceleste con goles de William Leslie, ante Uruguay, lo que dio inicio a nuestra historia seleccionista. Todavía no existía Racing Club, entidad, que se podría decir que comenzó a encumbrar los primeros vestigios de identidad propia con la pelota. La Academia ejerció la implosión de la rebeldía de la gambeta nuestra, contrastando a la dinámica disciplinada de los ingleses.

Tampoco se podía avizorar en ese tiempo, en donde incluso en términos políticos ni el voto era secreto (no se había ni arrancado a fraguar la Ley Sáenz Peña), que la Máquina de River consustanciaría la dinámica y la disciplina táctica de los europeos con la inventiva del jugador criollo. Por lo tanto mucho menos la selección.

¿Pero cual fue realmente el estilo histórico? Hay quienes dicen que existe “la nuestra”, es decir, una identidad casi movimentista  en el que se ponderan los valores ancestrales del fútbol rioplatense de este lado del charco. Un estilo por allí emparentado con la década del 40, donde Argentina de la mano de su primer goleador mundialista como entrenador, Guillermo Stábile, consiguió seis sudamericanos (hoy Copa América). Época posterior a la crisis de los años 30 en donde Argentina por no tener su federación reconocida por la FIFA, entró en conflicto con la casa madre del fútbol mundial y jugó el mundial de Italia 1934 con “la Selección Chacarera”, así llamada en su momento por Osvaldo Soriano por estar compuesta por futbolistas del interior del país o de equipos chicos de Buenos Aires, debido a no poder contar con las figuras principales a causa de ese imponderable. Aquel equipo era dirigido por el italiano Felipe Pascucci.

Ahí y en los años 50 la Argentina se podría decir que por logros y juego tenía una identificación por la calidad individual y hasta la genética de sus jugadores, la mayoría curtidos en los baldíos o potreros donde la picardía y la repentización del talento se conjugaban de una excelsa forma en lo colectivo. Así surgieron memorables delanteras como la de “los ángeles carasucias”, integrada primero por Orestes Corbatta, Ernesto Grillo, Humberto Maschio, Enrique Omar Sívori y Osvaldo Cruz, que luego fue variando en nombres propios. Por esa vía se logró tener épicos triunfos ante grandes selecciones, como contra Inglaterra en el famoso partido en el Monumental, el 14 de Mayo de 1953. Por un gol de Grillo ese día hasta el año pasado se conmemoró el día del futbolista argentino. A partir de este año se celebra el 22 de junio en homenaje al Gol del Siglo de Maradona a Inglaterra en México 86.

Pero la famosa crisis de identidad, que en parte se eclosionó por la goleada ante Checoeslovaquia en el Mundial de Suecia 1958, tuvo a la Selección en una casi interminable desorganización que culminó con la llegada de Menotti y su casi refundación del seleccionado. Su ciclo y el de Bilardo, con ocho años cada uno, se caracterizaron por mantener una línea por más que se los ha etiquetado como antagónicos, en la que ambos procesos tuvieron un método conductivo (campeones del mundo, nada más y nada menos) y una relación de enorme respeto hacia la pelota y la estética del juego, con el agregado de una cuota de mejoramiento en el concepto histórico. Los dos DT comprendieron que si no se multiplicaban los esfuerzos para recuperar la pelota tras perderla, sería imposible paliar errores forzados por el trepidante y vertiginoso ritmo de juego de los europeos.

Se entendió a partir de ahí que se podía situar más jugadores en defensa para el amoldamiento defensivo en la ocupación de los espacios, adelantando si la situación del partido lo demandaba la última línea para dejar en offside a los contrarios. Incluso se podía plasmar la dinámica en las marcas para des-referenciar los movimientos de los delanteros, bajo el esquema posicional de los stopper y el líbero, con el objeto de generar superioridad numérica en la mitad de la cancha, con varios sobrantes de opciones de pase al contra ataque. El estilo era priorizar con organización dentro y fuera de la cancha el buen trato de la pelota.

Luego de esos enormes ciclos la organización del conjunto argentino se vio sólo en juveniles con Néstor Pékerman y Hugo Tocalli (con algunos escuetos momentos en la mayor también). Se podría decir que el superlativo ciclo de Basile en títulos fue por el aprovechamiento de lo anteriormente mencionado. Y cuando tocó barajar una renovación, los ciclos de Pasarella y Bielsa fueron buenamente condescendientes. Porque incluso muchos grandes baluartes del ciclo del entrenador rosarino fueron postulados antes, por el ex capitán campeón en 1978 (como Pablo Cavallero, Claudio López, Matías Almeyda, Roberto Ayala, Javier Zanetti, etc.). Pero por distintas razones, acompañadas por desmanejos dirigenciales en la AFA, los resultados no acompañaban al equipo de todos.

Ni siquiera pudo encarrilar el rumbo la profundización cumbre del proceso Pékerman en Alemania 2006, donde la Argentina quedó eliminada sin haber perdido en tiempo reglamentario en los 5 partidos que jugó (cayó con el anfitrión por penales), mostrando muchos aspectos positivos y desplegando un gran fútbol.

Independientemente que el ciclo de Pekerman en juveniles fue preponderante en los resultados y en el juego de cada uno de esos logros, también hay que decir que no tuvo del todo un lazo de pulcritud en la promoción de jugadores a la mayor. Porque por ejemplo, de los 17 de la lista de Qatar 1995 sólo Juan Pablo Sorín jugó mundiales. De los 18 de Malasia 97, solo 7: Leonardo Franco, Walter Samuel, Leandro Cufré, Lionel Scaloni, Esteban Cambiasso, Pablo Aimar y Juan Román Riquelme. De los 19 del 2001 sólo 5: Nicolás Burdisso, Fabricio Coloccini, Maxi Rodríguez, Javier Saviola y Wilfredo Caballero.

De estos 13 jugadores en total, sólo 3 fueron realmente baluartes e indiscutidos por haber jugado dos mundiales o por carrera en la selección en general. Sorín, que jugó dos mundiales, Cambiasso que tranquilamente podría haber jugado en Sudáfrica 2010 por su enorme rendimiento en el Inter de Milán campeón de Europa con Mourinho de DT y Maxi Rodríguez, que jugó tres mundiales y fue vital en el primero por el gol a México y ser titular indiscutido, sumado al enorme recuerdo de Brasil 2014 contra Holanda por penales. Sin embargo ido incluso el ex formador de las inferiores de Argentinos Juniors y Colo-Colo de Chile dejó sentadas las bases para la continuidad primero en Francisco Ferraro y luego a través de su principal colaborador, Tocalli. Fue así que se siguió por la senda de la excelencia formativa, que allí sí dio enormes aportes al primer equipo en todo lo consiguiente.

En la mayor exceptuando a Alejandro Sabella (a quien les escribe le encantaría contar a Gerardo Martino pero condujo el combinado albiceleste en el medio de una acefalía institucional demencial, post fallecimiento de Julio Grondona, con el 38 a 38 a cuestas), hasta hoy fue todo apuestas e improvisaciones  como cual ficha tirada en el paño verde, diría Alejandro Apo.

Pero acá deberíamos, de la misma manera, detener el análisis. Porque fue la era de “Pachorra” que hizo un quiebre total en la selección. Fue el ex ayudante de campo de Daniel Pasarella quien preconizó esa unidad nacional que ni la política en los últimos más de 30 años (salvando contadas excepciones)  pudo efectuar. Citando a próceres patrios en el día de su asunción y entendiendo que “el equipo debía ser el otro” convenció al universo futbolero de nuestro país. “A fuerza de laburar, de tirar duro y en yunta, nos tocó cazar la punta y entramo’ a clavar la buena”, como recita el poema de Osvaldo Ardizzone. Y bajo esa premisa se logró hacer unas eximias Eliminatorias y, de menos a más, se consiguió volver a una final de un Mundial luego de 24 años.

Pero si una bisagra de esa panacea es merecedora de resaltar puntualmente, es una frase posterior a un amistoso con Bosnia en 2013. Más precisamente el 19 de Noviembre de ese año. “Para mí la identidad de Argentina pasa por el respeto por la pelota, tratar de salir jugando siempre desde atrás. El respeto por el balón y la solidaridad que significa que todos corremos cuando no la tenemos y todos corremos para mantener la posesión de la pelota, después dependiendo de los jugadores que tenés haya más potencialidad para hacer más virtuoso el juego”, sintetizaba por aquel tiempo el sempiterno Sabella.

Como de alguna manera otro alumno de La Plata, pero oriundo de Pujato, está llevando a cabo actualmente. Como para terminar de constatar que bien podría definirse al estilo en torno a lo histórico de la Selección como la suma de las maneras, la multiplicación de esfuerzos, las solidaridades colectivas y el respeto irrestricto por lo dinamiza los sistemas: la pelota.

Jonatan Scheffer

Twitter: @jonischeffer

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