Los períodos de buen fútbol y amor pueden reinventarse. Vaya si lo demostró este River. Escribe Santiago Núñez.

Hace un poco menos de tres años, Gallardo nos mintió. No nos miró, ni nos habló, en defensa de él y de su idiosincrasia. Pero faltó a la verdad cuando osó decirle a uno de sus colaboradores, en pleno Santiago Bernabeú, que no había “nada más” por ganar o por hacer, luego de triunfar en una final continental contra el clásico rival.

Si realmente pensaba así, lo disimuló bárbaro, porque más allá de algunos traspiés (considerables, quizás, pero sin comparación a los galardones) volvió a una jerarquía incalculable: campeón 3 fechas antes, con 12 puntos de diferencia. 16 partidos ganados de 22, con 4 empates y 2 derrotas. Si tomamos en cuenta solamente el sprint final, ganó 42 de los últimos 48 puntos posibles, empezando por los encuentros inmediatamente posteriores a la eliminación de la Copa Libertadores. 

La capacidad goleadora muestra que la cosecha de partidos no tiene a la especulación como estandarte principal. River hizo, al día de hoy en 2021, 101 goles en 55 partidos (1,84 de promedio por encuentro), más que el Napoli (puntero de la liga italiana) y que el Chelsea (campeón de la Champions y mejor equipo hasta este momento de la Premier League).

Utopías cumplidas

El resumen del proceso para levantar el trofeo más prestigioso a nivel nacional (aunque algunas realidades fehacientes pongan cada vez más en duda semejante aseveración) remite a un desafío concreto: ¿Cómo reponerse frente a procesos adversos? ¿De qué manera cambiar ante malos resultados?  La (contundente) derrota ante Atlético Mineiro que lo eliminó de Copa Libertadores antes de las semifinales por primera vez en cinco años dejaba muchas dudas pero una certeza: River ya no era. No era ese equipo que incluso en la derrota parecía que ganaba y daba entender que tenía rasgos de inmortalidad. Para que algo que no es pase a ser, no queda otra que crear.

Frente a los obstáculos de la vida deportiva, entre alguna derrota dolorosa, la partida de un estandarte como Gonzalo Montiel al fútbol español, fechas jugadas en calendario de Eliminatorias y  26 lesiones en igual cantidad de partidos en el semestre, Gallardo inventó. Encontró en Felipe Peña Biafore, por ejemplo, un baluarte que no tenía. Algo similar vale para el posicionamiento de Santiago Simón y Enzo Fernández, figuras en los últimos partidos, comprobaciones de la cantera inacabable de las inferiores. El cambio en la posición y la confianza en Agustín Palavecino, que pasó a jugar del centro hacia la izquierda, unos metros más adelante, con la presión y la conducción como roles principales, resultó crucial para la creación de juego en los últimos metros.

El técnico le sacó todo el jugó, también, a Julián Álvarez, hoy figura de River y del campeonato, que se transformó en un jugador fuera de serie del fútbol argentino. No solamente por su velocidad, contundencia, capacidad de definición, excéntrica gambeta, movilidad, asociación de juego, y demás características, sino por su implacable talento para encontrar siempre el espacio: contra San Lorenzo, solamente por citar un ejemplo de tantos, partido que River tenía muy complicado, metió una diagonal al lugar indicado y enganchó el cuero con el único efecto posible para que se meta entre el palo y la estirada del arquero Sebastián Torrico. Su eficiencia para ver el lugar por el que River puede triunfar se ha vuelto un valor insoslayable.

River configuró hace rato una consolidada estructura de referentes, tanto dentro como fuera de la cancha, en Franco Armani, Javier Pinola, Jonathan Maidana, Enzo Pérez y Leonardo Ponzio. Salvo el ex Estudiantes, todos estuvieron presentes en la jornada de la consagración. La imagen de Leo con la cinta saliendo a un Monumental embriagado de cintas, papeles y bengalas  será una de las imágenes icónicas de un ciclo de brillo.

Los jugadores de la casa, la rotación efectiva y el buen juego lograron dos cosas que tiempo atrás parecían imposibles. La primera, que River logre reemplazar sin mayores inconvenientes jugadores clave, como Fabrizio Angileri, Nicolàs de La Cruz y Matias Suárez, por quienes hoy nadie pide urgencias, no por una evaluación negativa de ellos sino por una estupenda capacidad de cambio y corrección sobre la marcha por parte del equipo. La segunda, que lo que tres meses atrás, cuando salió de Belo Horizonte derrotado, parecía una utopía, se haya cumplido. Una vez más.

Volver

El martes pasado se cumplieron dos años de la final que River perdió en los últimos dos minutos contra Flamengo en Lima, con dos goles de “Gabigol” Barbosa. A partir de allì, un cúmulo de resultados magros configuró quizás la parte más difícil del “Gallardato”.

Por supuesto que la dificultad antes que todo radicó en una vara muy alta. En definitiva, River en ese año y medio (durante 6 meses no se jugó por la pandemia) ganó una Copa Argentina y una Supercopa, fue subcampeón del fútbol argentino y estuvo a un gol de llegar a la final de la Copa Libertadores. Pero esa cosecha parecía magra ante semejante ciclo. “Volver a ser” fue el mandato de los últimos partidos y la consagración tan contundente en la liga reflejó al equipo otra vez a la altura.

Pero hay otra “vuelta” que tiñe a este campeonato de especial. La nuestra. La de los hinchas. Porque en ese pasaje no hay peor mal resultado que dejar de ver a tu club: cambiaría cualquier eliminación por penales o cualquier Superliga con tal de no vivir más esa experiencia de estar meses enteros sin verte jugar y un año y medio sin poder pisar una tribuna. Por mucho tiempo, en cada domingo mirábamos por la ventana y no pasaba nada, extrañamos cada pedazo de multitud que se para frente a un control policial en una calle y canta hasta que la garganta no exista más, anhelamos ver esa escalera que de tanto subirla termina en el cielo, nuestro cielo, cada vez que pasamos al mundo divino de la tribuna.

El “volver a ser” de River fue nuestro, bien nuestro, cuando pudimos lograr algo más lindo que celebrar un campeonato. Volvimos a nuestra tribuna, a nuestro lugar. Volvimos.

A Ponzio lo vi

Cuando lo vi a Ponzio caminar con la cinta de capitán recordé que a Ponzio lo vi muchas veces. Lo vi llegar. Lo vi patear desde afuera en Chile para ganarle a Colo Colo e ilusionarnos a todos. Lo vi jugar. Lo vi ser suplente. Lo vi entrar de lateral por izquierda de manera improvisada pero no por eso menos efectiva y anular a Rodrigo Palacio en un superclásico. Lo vi campeón. Lo vi salir último.

Lo vi irse. Lo vi volver (llorando) para sacar a River de la B. Lo vi sacar un lateral con sangre en el culo cuando River se jugaba la vida. Lo vi patear desde afuera y hacerle goles a Boca, a Arsenal, a Godoy Cruz, a Gimnasia. Lo vi entrenar sin jugar y ser un ejemplo para el resto. Lo vi dar una vuelta olímpica en jeans porque no era tenido en cuenta. Lo vi quedarse. Lo vi volver a entrar. Lo vi como ídolo indiscutido y como capitán invaluable.

Lo vi ir a la Bombonera a crear otra realidad. Lo vi bien. Lo vi lesionado. Lo vi entrar. Lo vi salir. Lo vi levantar una Copa en Madrid. Lo vi enseñar. Lo vi aprender. Lo vi ganar y perder.

Más allá de todo, a Leonardo Ponzio lo vi, quizás en estos partidos por última vez. Y le agradezco a la vida por eso.

Amor a la pelota

Minuto 28. Segundo tiempo. Ponzio corre desesperado hasta la línea de cal por una pelota que, luego de haber rebotado en Javier Pinola, se va. River ya gana 3 a 0 pero no alcanza, el balón no se deja nunca.

Pinola mete un pase de 60 metros para salir de contragolpe.

Racing saca del medio y River sale con Álvarez, Palavecino, Fernández y Romero, desesperados por recuperar la pelota como un santo grial que les fue robado por unos segundos.

Más allá del resultado, el River campeón tiene una fisonomía propia: amor por la pelota. Corre, juega y hasta vuela para y por ella. No entiende ningún movimiento que no sea recuperar el cuero si es que esporádicamente no lo tiene. Llegó a tener, en el encuentro con Arsenal, 77,8% de tenencia de pelota.

Con el pase al pie como materia prima, River no entiende el fútbol sin la redonda. Por suerte la pelota piensa igual.

Ilusión

Un reconocido vocero del periodismo mainstream no titubea. “Lo de Gallardo es fin de ciclo”. La fecha del programa es de hace pocos meses, argumentado en supuestos malos resultados coronados en sucesivas ocasiones en los cuales los objetivos, no se sabe si los de River o los que ese vocero considera para el equipo del “Muñeco”, no se alcanzaron

A la vuelta de aquel partido con Flamengo, una multitud esperó a River en el Monumental. Había una bandera que pedía “hagamos del dolor nuestra próxima victoria”.

Lo que a veces es difícil de ver si uno sólo considera un par de golpes es que ocurre exactamente lo contrario a lo que parece.

Hay «principio de ciclo» porque, como quedó demostrado, en cada resultado, bueno o malo, solamente queda volver a empezar. Gallardo no es ganar. Es arrancar de nuevo. Y cuando eso ocurre, siempre volver a ilusionarse.

Santiago Núñez

Twitter: @SantiNunez

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