El 30 de noviembre se celebra el Día del Hincha de San Lorenzo. En esa fecha, en el año 2000, se produjo un gran movimiento de hinchas cuervos en contra del gerenciamiento encubierto de parte de la empresa suiza ISL. Escribe Sebastián Giménez.

Cuando hay problemas graves en el país, algo demasiado corriente en esta ajetreada realidad argentina, no falta nunca el cipayo que traiga a colación una frase del estilo: «Eso pasa porque no fuimos colonia inglesa». Y se ponen a decir que, de haberlo sido, hubiéramos sido un país como Australia, una sociedad mucho más ordenada o desarrollada que la nuestra la lejana tierra de los canguros y los koalas siempre a punto de desaparecer. ¿Para qué le tiraron aceite hirviendo a los portadores de la civilización los porteños por las ventanas? ¿Para qué batalló Santiago de Liniers, los Álzaga, los Patricios? El deseo obstinado de querer ser que no pueden entender a veces las mentes cosmopolitas, globalizadas. Esas cosas que se discuten en el país, también podrían tener como  teatro de intercambio un club de fútbol, en este caso el glorioso San Lorenzo de Almagro.

Cuando ves en la tabla hoy al equipo en la penúltima posición, la acumulación exhacerbada de desaciertos dirigenciales y una situación económica gravísima, no faltará el que diga en la selva de twitter: “eso pasa por no haber suscripto el acuerdo con ISL”. Lo que empezó siendo anunciado, en el cuento afable de Heidi, como una cesión del derecho de imagen del club, llevaba una cláusula que decía que el convenio no podía ser divulgado a los socios. Esa disposición turbia ocultaba lo que no se quería nombrar: el gerenciamiento.

Era una especie de pacto Roca-Runciman, aquél acuerdo que Argentina suscribió con Inglaterra a mediados de los años 30 para asegurarse que la potencia siguiera comprando nuestras carnes. La moneda de cambio que se ocultaba era entregar la economía nacional. Toma y daca. Te doy, me das. Dios es empleado en un mostrador, da para recibir.

Pero volvamos a San Lorenzo y la empresa suiza.  Millones de dólares a cambio de San Lorenzo. ISL se comprometía a entregar U$s 13 millones por año a cambio del gerenciamiento ¿Hubiera sido mejor? Son esas soluciones que se muestran como providenciales, venidas de afuera, incoloras, indoloras sólo en apariencia. Que, cuando analizás el balance de casi cualquier institución deportiva, decís ¿Quién entiende esto? Y sobre todo ¿Quién lo arregla? Y te dicen: esta empresa soluciona todo a cambio de 13 millones de rúcula por año, asunto concluido. Y podés quedarte tranquilo y decir: -Asunto arreglado. Las sociedades civiles son muy románticas, pero el tamaño del defalco no lo tapa una rifa ni una cuota social. Alguien tiene que arreglarlo de afuera.

El precio de tamaña “prestación de servicios” no iba a ser gratis, claro, en la economía capitalista la beneficencia se deja a organizaciones de caridad y fundaciones para licuar impuestos. Era gerenciar el club y convertirlo en una Sociedad Anónima. Por eso, reunión de Comisión Directiva secreta en aquél año 2000, sin darle difusión ni permitir el acercamiento de los socios. Por eso la hinchada se movilizó el 30 de noviembre. Al grito de San Lorenzo no se vende, poniéndole el pecho a la represión la Gloriosa. Bastonazos, balas de goma, gases lacrimógenos. Llorar por San Lorenzo.

Mejor que sociedad anónima, asociación civil. Hace poco nos enteramos que allá en Europa, donde todo es maravilloso y desarrollado, un fondo de inversión de Arabia Saudí se compró al Newcastle. Dios mío, esas cosas que los aferrados a la tierra en esta parte incógnita y poco importante del globo no terminamos de entender. El PSG es de un qatarí ¿Lo votaron? No, pone la plata y se llevó a Messi. Y San Lorenzo acá, navegando en números rojos y una campaña de las peores de la historia. Y es legítimo preguntarse entonces ¿y si nos compraba ISL? La historia contrafáctica no es tal vez la mejor herramienta, pero si nos la animamos a usar tampoco hubiera traído un desenlace feliz: la empresa suiza se disolvió en el 2001, en un escándalo mayúsculo de corrupción que casi arrastra también a los popes de la FIFA ¿Y las trece rúculas que nos iban a dar por año? Y peor ¿esa disolución hubiera arrastrado a la de San Lorenzo?

Ese club que a veces se siente desfallecer, que fue expropiado por la dictadura militar de su cancha, que volvió a tener estadio fuera del barrio pero desde donde renacer. Sin cancha, yéndose al descenso, endeudado hasta las pelotas, para renacer de la nada con miles copando las canchas de la B en caravanas curiosamente festivas ¿Qué festejan? Se preguntaba tiempo después la gente incrédula observando por los balcones una marcha espontánea en 1989, cuando San Lorenzo venció a Platense luego de 15 partidos sin ganar y quedando último en el campeonato junto a Rácing de Córdoba ¿Qué están celebrando esos locos de mierda? Ser muchos y ser de San Lorenzo. Ser también sociedad civil como la imaginó Lorenzo Massa. Contra los bastonazos y los cantos de sirena de sociedades anónimas que no arreglan defalcos económicos y expropian completamente el poder de decisión del socio, del hincha y su sentido de pertenencia. Fue un 30 de noviembre ¿Qué hacen ahí, en medio de los gases lacrimógenos, bastonazos y balas de goma? Seguir de pie, con otros, con muchos. Que San Lorenzo no se vende. Y que el 30 de noviembre es el día del hincha de San Lorenzo.

Sebastián Giménez

Escritor. Autor de los libros: Veinte relatos cuervos y cuarenta relatos de cuervos.

Twitter: @cuervogimenez79

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