¿Y si un gol es en realidad una danza milonguera? Ayer cumplió 55 años el Hijo del Viento, Claudio Paul Caniggia. Autor, entre muchas otras cosas, de aquel gol mítico una tarde en Delle Alpi. Escribe Santiago Núñez.

El latido rioplatense se siente no sólo por ritmo sino también por gusto. Sus expresiones culturales son tan discutidas como tajantes. Tan poéticas como significativas. El mate, el olor a río, el asado, el dulce de leche, la rambla y la falta de «eses» en la pronunciación final de las palabras no son solamente objetos o acciones de carácter tradicional sino también ritos completos de significación y pertenencia. Tomar mate, por ejemplo, no es simplemente el acto de ingerir una bebida sino un “ser uruguayo o argentino” mucho más profundo que el agua caliente, la yerba o la bombilla.

Hay dos elementos indudablemente separados que reflejan ese espíritu. Uno de ellos, el Tango, con su danza, su melodía y su ritmo, es sinónimo de la ribera. Al otro, el fútbol, le pasa casi lo mismo.

Este texto forma parte de Crónicas Maradonianas, conseguilo acá.

Milongas y gambetas

¿Puede un hecho ser leído con características que no le son propias? ¿Es posible entender una danza con los parámetros que habitualmente se utilizan para analizar a otra o asimilar al fútbol con categorías de otro deporte? ¿O hacer, en tal caso, un cruce entre ambos? No estoy tan seguro como para afirmarlo con rigor pero sí me animo a sospechar que un gol que llenó miles de almas una tarde italiana de junio de 1990 en realidad fue un baile. Fue, más o menos, un tango.

Dicen los que saben que para esa danza hay que poder deslizarse y pararse bien en el piso. Y vaya si Maradona lo hizo, cuando arrancó en el círculo central del estadio Delle Alpi y limpió como si fueran conos a Alemao y a Dunga, que quisieron hacerle falta y no pudieron, y llevó la pelota por 40 metros para servirle el gol en bandeja a su Robin blondo. También afirman expertos en la materia que en el tango hay uno que conduce y otro que sigue el ritmo, algo que claramente entendió Caniggia cuando tiró esa diagonal divina al ver que el director de la orquesta empezaba a hacer magia.

El abrazo, la caminata, el corte y la quebrada son los elementos puntuales comunes a todo tipo de tango. Lo importante del primero, más allá de que el hombre en general ubica su brazo derecho sobre la espalda de su acompañante, por debajo de los omóplatos, es el contacto entre los cuerpos, el “pecho contra pecho” que en general se utiliza en el “tango cerrado”. Una ubicación semejante permite que uno actúe como el espejo del otro. Diego y Claudio Paul actuaron con una sincronía precisa el momento en el cual una jugada imposible de ser hablada parecía la movida mejor planeada del universo: salida, gambeta, traslado, pase en el momento justo. No juntaron cuerpos con el pecho pero sí con el corazón.

Si hablamos de caminata, no hace falta ser un gran observador para ver la perfección del movimiento de Diego, que como en la danza traslada la pelota como si lo deleitara el compás de una pieza musical con bandoneón mientras acariciaba el cuero siete veces hasta el punto cúspide de otra obra de arte. El corte, en el tango y en el andar de Maradona, no es otra cosa que el freno de la caminata para incurrir en un decoro artístico. Así lo hizo Diego que juntó a cuatro rivales como si tuviera un imán y le dejó la “quebrada” (el firulete) a Caniggia, que en un acto de talento incontrastable giró para una gambeta, puso su cuerpo erguido al servicio de la situación y dio un pase a la red. 

En Turín había olor a Milonga. Y baile hubo seguro.

El arrabal de 24 de junio de 1990

Cuando, junto con Caniggia, 32 millones de argentinos gambetearon a Taffarel en la tarde de Turín, la vida de esa gente y la de los hijos de esa gente cambió para siempre. Es tan grande el balón que a veces puede modificar sustancialmente no sólo el presente de quienes lo ven sino también el de las futuras generaciones. Ni los centennials, ni los millennials ni los nacidos en el seno del Siglo XX tendrían la misma forma de ver, pensar, sentir y analizar el fútbol sin ese gol de Caniggia en el minuto 36 del segundo tiempo de los octavos de final del Mundial de Italia.

El 24 de junio de 1990 refleja, en su aspecto más positivo, un triunfo épico, casi imposible. Primero, porque hablamos de un equipo (la Selección Argentina de Carlos Bilardo) que entre una Copa del Mundo y la otra jugó 31 partidos de los cuales perdió 12 y empató 7. En 13 de ellos no convirtió ni siquiera un gol. Segundo, porque Argentina pasó a octavos jugando mal y como mejor tercero, ganando solamente uno de tres encuentros. Y tercero porque en el partido que la albiceleste le ganó a su clásico rival, Brasil tuvo ocho chances de gol, tres tiros en los palos y fue ampliamente superior.

El pedestal de la victoria, sin embargo, no se sostiene solamente en su improbabilidad. También en el lógico placer del triunfo inmerecido, mezclado con la belleza celestial de una jugada imborrable en la que Maradona sin un tobillo juntó a cuatro rivales con dos gambetas y un pique y dejó solo en el momento más indicado a Caniggia, que transformó al arquero brasilero en el más conocido por todos nosotros.

Claudio Taffarel, padre indudable de hermosas hazañas. Hijo sorpresivo de villanos que parecían débiles como la Argentina bilardiana o el “Petaco” Carbonari. Nieto del viento. 

El arrabal, como definición casi folklórica, remite a un escenario y se proyecta en un lugar no necesariamente físico que tiene una importancia rotunda no por sus características sino por el peso emocional que genera a cada uno. No será plateado por la luna como alguna vez cantó Carlos Gardel (que murió un 24 de junio), pero en aquella tarde turinesa hubo un arrabal. Iluminado por el sol.

Nostalgias

Pero el gol de aquella tarde mágica también resume en su esencia un sinfín de sensaciones complejas, diversas y quizás hasta contradictorias. Hay, aunque no se vean a simple vista, consecuencias negativas de una de las tardes más gloriosas del fútbol argentino.

La maldición de Delle Alpi se observa simplemente con resultados. Brasil desde aquella tertulia jugó tres finales del mundo seguidas y levantó dos veces el trofeo dorado. A su vez, ganó cinco Copas América y cuatro Copas Confederaciones. No conforme con eso, eliminó a la Argentina en seis de los siete duelos a eliminación directa que jugaron (tres de ellas fueron finales). Recién en la última final de la Copa América (2021) cambió esa tendencia.

En el campo de lo estrictamente simbólico, hay algo más. Aquel partido imposible configuró un modo de pensar, de justificar el “cómo sea”. El fútbol argentino se amigó a la idea de que era posible sobrevivir aún cuando todos los indicios marquen lo contrario. Y entonces jugar bien no importa. Vale más “ganar”. Como si a largo plazo fuera posible trazar dos caminos separados. Picardía compleja del tango criollo.

Esa modalidad de pensamiento lleva a otra peor. Si esa victoria que puede aparecer en cualquier momento no aparece, extrañamos. Nos preguntamos dónde está nuestro Argentina-Brasil inmortal, cuándo nosotros viviremos nuevamente un gol como el de Caniggia. Como en la danza milonguera, a veces lo que queda es la nostalgia.

Dos

El tango mezcla la felicidad grata de la belleza con la tristeza irresistible de la melancolía. Combina la sonrisa divina del recuerdo con la carencia y el vacío de lo que estuvo y, al menos por ahora, no está. Con el gol de Caniggia.

La jugada del Pájaro y Diego ilustra la brillantez casi quirúrgica del arte concentrado, colocado allí .no solamente como expresión individual y distintivo sino como una épica colectiva en la que se logra que las virtudes de dos personas lleguen al corazón alucinado de millones. Como el tango.

Los dos se comparan, los dos se buscan. De a dos se baila. De a dos se juega.

Quizás nadie supo que el 24 de junio de 1990 en lugar de una jugada majestuosa lo que hubo fue un tango. El último de Delle Alpi.

Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez

Lástima a nadie, maestro necesita tu ayuda para seguir existiendo, suscribite por $200.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s