Publicamos un texto del 2017 como repuesta a las tristísimas imágenes que nos llegaron de Querétaro-Atlas del último fin de semana. Está escrito por un colega mexicano que pide voluntad, inteligencia y decisión para terminar con la violencia en el fútbol. Escribe Farid Barquet Climent.

No quiero que este artículo termine siendo otro alegato más, que inercialmente se sume al coro y no haga más que redundar en los muchos y bien fundados argumentos que se han formulado en contra de la violencia en los estadios de futbol. Considero innecesario, estéril, intentar ofrecer más razones al respecto, pues las que se han esgrimido me parecen evidentes, incontestables. No hay que forzar demasiado el intelecto para aceptarlas, basta la sensatez elemental.

Mi propósito, en cambio, es convocar a la comunidad del fútbol (Federación, clubes, autoridades políticas, árbitros, aficionados, periodistas, patrocinadores, etc.) a que abandonemos la indolencia, emprendamos la autocrítica, dejemos de lamentarnos retóricamente cada que se suscita un hecho violento y acto seguido nos quedemos viendo cómo la denuncia y el reclamo se extinguen en un par de días.

Debemos ponernos a explorar cuál puede ser la mejor manera de dar el paso de las razones a las acciones, es decir, de la justificación de la no violencia en los estadios al examen de la viabilidad y la conveniencia de implementar medidas que, verdaderamente y sin simulaciones, apunten a acabar con este problema en México, país en que aún nos encontramos en un momento que puede considerarse relativamente temprano en la evolución del flagelo —en comparación, por ejemplo, con la gangrena que padece Argentina—, lo cual, en principio, ofrece condiciones más favorables para su erradicación.

Los diagnósticos serios sobre las causas del problema a nivel mundial son abundantes y suelen coincidir en que la violencia no es un fenómeno consustancial al futbol. Como bien dice Eduardo Galeano: “casi nunca proviene del fútbol, aunque casi siempre lo parece, la violencia que hace eclosión en los campos de juego”.

Tampoco es el resultado del apasionamiento y la enajenación que algunos juzgan inherentes a los espectáculos masivos que, como el futbol, generan códigos simbólicos ritualistas entre sus seguidores. La violencia que más preocupa por su caudal de heridos y hasta de muertos no es la espontánea ni la de algún sujeto o grupúsculo que vaya predispuesto y gustoso a dar y recibir algunos golpes, sino esa “organizada, profesionalizada e institucionalizada”, “premeditada y desvinculada del juego”. Esa que lejos de obedecer a impulsos súbitos e irrefrenables, reúne todas las características de una “conducta racional” de la que algunos terminan beneficiándose.

La idea simplista según la cual los violentos organizados son un grupo de inadaptados que generan violencia por amor a la camiseta sólo contribuye a perpetuar la identificación acrítica entre futbol y violencia. Como si ésta fuera un mal congénito e irremediable de aquél y, en consecuencia, se desvía la atención de la tolerancia de quienes maquinan la violencia y quienes la ejecutan con los que toman decisiones, tanto directamente sobre la seguridad en los estadios como indirectamente sobre aspectos que redundan en esta. No resulta concebible la persistencia de esta patología social que va en aumento si no se le asocia con al menos dos variables: imprevisión e impunidad.

“La seguridad, además de tenerla, hay que percibirla como necesaria y útil, para poder apreciarla como parte de la calidad”. Son palabras de José Luis Gómez Calvo —citadas por Juan Carlos Blanco—, quien ha sido Director de Seguridad de la Comunidad de Madrid y de diversas empresas. Comparto su aserto: la seguridad en los estadios es un rubro prioritario. No es un mero valor agregado sino una condición de posibilidad del futbol como espectáculo masivo, un aspecto por demás sensible que debe asumirse como una responsabilidad compartida que involucra principalmente a los directivos de clubes y a las autoridades públicas, a cuyos titulares actuales, si bien no se les puede imputar la culpa de haber fomentado o permitido el avance de este problema que viene de tiempo atrás, sí se les debe exigir que actúen pronto con voluntad, inteligencia y decisión.

Voluntad para afrontar el problema y no sólo “administrarlo” para después “heredarlo” a sus sucesores en el cargo. Inteligencia para saber rodearse de gente proba y conocedora, que la hay, así como para tener genuina disposición para aprender de las experiencias de otros países, tanto de las exitosas como de las fallidas. Decisión, para no ceder a las presiones ignominiosas de quienes basan su vitalidad en la rudeza grupal y amagan con apelar “al recurso de la violencia como arma dialéctica” para negociar favores y obtener prebendas, esos que no por sí solos han conseguido enquistarse en el paisaje habitual de los estadios y a los que se vuelve necesario, antes que sea demasiado tarde, “no hacerlos sentir como protagonistas del espectáculo deportivo, sino todo lo contrario”.

Farid Barquet Climent

Texto publicado en el libro Segunda amarilla, editado por Siglo XXI Editores de México.

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