El mes pasado llegaron desde México imágenes muy tristes de violencia en el fútbol. El siguiente cuento de un colega de aquel país se mete en la cultura barra que se aprende de chico y en una manera ilógica y salvaje de apoyar a un equipo de futbol. Escribe Missael Delgado.

Mis colores son tan importantes que

Ya no necesito sufrir más y yo

Daría la vida y un poco más

No tiene la vaca – Hoy me dedico al futbol

Es cierto que el canto de los amigos durante la madrugada conmovía.  Se escuchaba fuerte, aún con las ventanas cerradas, el grito de cuatro o cinco que esperaban noticias afuera del hospital. “Cuando me muera, yo quiero que mi cajón, sea de tus colores, como mi corazón” y remataban con un “vamos con el nene, vamos a ganar, La Banda del Loco te viene a alentar”. El Loco soy yo, líder de la barra brava de nuestro equipo, y el nene es quien se debate entre la vida y la muerte en este cuarto de hospital donde, junto a su mamá, he pasado las dos últimas noches procurando que se recupere y sobre todo, que no lo vengan a buscar.

También es cierto que lo que menos necesitamos ahora son cantitos y aliento de la banda. La señora, que al principio no quería ni mirarme y cuando lo hizo, se me fue a los golpes, ahora, de vez en cuando, habla conmigo. “se refiera a ti como si fueras un modelo a seguir. No sé por qué lo hace. Ahora veo que incluso se tatuó ese mismo símbolo que tienes tú en el brazo. Sólo espero que salga con vida y que nunca más vuelva a verte. Date cuenta, podrías ser tú quien esté en esa cama, o cualquiera” Guardo silencio, sería absurdo explicarle a ella que no entiende de pasión.

Al escuincle lo conocí en uno de esos partidos de copa donde no asiste casi nadie. Le estábamos afanando la camiseta a un aficionado del equipo contrario. Se intentaba resistir mientras la novia gritaba pidiendo el auxilio de alguien. Fue entonces que el nene se acercó intentando detenernos, grave error. De una patada lo lancé gradas abajo, corrí hacía él y riéndome lo escupí. Pedí que me lanzaran la camiseta robada y se la restregué en la cara: “aprende, aquel que no lleva tus colores y escudo, no merece estar vivo” y le regalé la camiseta, para que aprendiera la lección. No recuerdo si pasó hace un año o dos, el tiempo lo mido por temporadas o partidos de local. Lo que sí recuerdo es que en el siguiente partido, el nene, con la camiseta de nuestro equipo en mano y mostrando su escuálido cuerpo, brincaba y alentaba como una bestia. Carne fresca para nuestro ejército.

Terminando aquel partido me lo llevé al bar del centro que hace años frecuentábamos para seguir la fiesta, sin importar haber ganado o perdido. Me enteré arriba de la ambulancia que tiene diecisiete años, que todo este tiempo confiaba más en un menor de edad que en toda la maldita barra. Y esa noche lo embriagué y le mostré cada una de las cicatrices que me han quedado por pelear defendiendo nuestro escudo, aquí y en cualquier estadio del país. Con cada historia que le conté sus ojos se iluminaban de una manera que hacían que me acordara cuando yo recién comenzaba en esto. Me hervía la sangre de emoción al pensar que por fin había encontrado a mi mano derecha, alguien capaz de quedarse a cargo si yo no estaba más. Necesitaba llevarlo por el camino correcto.

Así que lo primero fue tatuarlo. Todos sin excepción alguna teníamos el escudo del equipo en el pecho, justo a la mitad. Pero solo unos cuantos, y de elegirlos  me encargaba yo, podíamos tener el escudo de la barra y ese privilegio se obtenía a base de acciones. Afanar una camiseta, una bandera, arruinarles un mural o cruzarse en campal con los rivales son algunas de las maneras para ganarse tan enorme distinción. Debo decir que el nene nos superó a todos. Esa noche la tribuna popular estaba atestada de gente y el nene, con ese cuerpecito tan flaco, se escabullía entre todos fácilmente. El partido no ofrecía mucho pero la fiesta en la grada era un show aparte. Parecía que el resultado sería cero a cero cuando a un minuto del final, una pelota mal rechazada por nuestros defensas terminó en gol del rival. Era nuestra cancha y solamente se escuchaba el grito eufórico de los visitantes.

Entre las banderas que aún seguían ondeando, observé que el portero de ellos festejaba con mil gestos hacia nuestra tribuna mientras le llovían objetos de todo tipo. Unos segundos después sólo alcancé a ver que era derribado justo a un lado de su poste derecho mientras bebía agua y era el nene quien le arrebataba sus guantes mientras el arquero intentaba entender qué estaba pasando. Tres o cuatro más de mi gente bajaron a la cancha para evitar que al nene lo alcanzaran los de seguridad al mismo tiempo que subía de nuevo a la tribuna y se perdía, con ese escuálido y desnutrido cuerpo, entre la barra.

Llegó hasta donde me encontraba, justo en el corazón de la popular y me entregó los guantes, como una ofrenda, como si de un sacrificio antiguo se tratara. Yo lo observé serio pero satisfecho, aún con una cosa más por resolver. Mi teléfono sonó, era el presidente del equipo que me decía: “quédate tranquilo, le escribí a los de la televisora para que borren de sus archivos la evidencia. Y dale las gracias al chamaquito, de nuestra cancha nadie sale ileso”. Una sonrisa dibujada cubrió mi rostro y esa misma noche, en el bar de siempre, le tatuamos los dos escudos al nene.

Llevo un rato mirándole ese par de tatuajes, que ahora no se aprecian tanto porque aún no le han limpiado toda la sangre del cuerpo. Su cara está hinchada y uno de sus ojos está prácticamente inservible. En su pecho se nota que le cuesta respirar, y es por eso que lleva una mascarilla que lo ayuda con esa vital acción. El teléfono no ha dejado de sonar en las últimas dos horas y tuve que apagarlo. Me ha llamado el presidente diciendo que va a dar una entrevista y va a negar todo vínculo conmigo y con mi gente. Enfatiza en dejar claro que su equipo no se relaciona con delincuentes y que lo que hicimos es muy grave. En los casi dos minutos que dura la llamada repite con mayúsculas “mi equipo” como excluyéndonos a nosotros, los seguidores que somos capaces de dar la vida por los colores.

 Pero pienso, ¿es su equipo o nuestro equipo? ¿es de quien le paga a los jugadores o de quienes los alientan? No sé si ellos estén preocupados cuando salimos a viajar más de diez horas en carretera casi sin comer, emborrachándonos y escuchando cumbia a todo volumen, para luego pasar noventa minutos cantando, de pie, bajo un sol horrible y con la afición local intentando brincar a nuestra zona para encararnos. ¿Entonces por qué lo hacemos? Al final el resultado en el marcador, si es favorable, no nos exime de salir ilesos con más de cien esperándonos detrás de una hilera de policía que forcejea mientras entramos a las prisas a los buses que ya muestran dos o tres cristales rotos.

Tantas veces hemos justificado con la palabra “pasión” amedrentar a cualquiera que le parezca ridícula nuestra manera ilógica y salvaje de apoyar a un equipo de futbol, con costumbres que no son propias de nuestra cultura, escuchando música y cantando con un acento que no es el nuestro, imitando la vestimenta, la manera de actuar y hasta el modus operandi de la delincuencia que por supuesto, me ha ayudado a vivir a mi gusto con los bolsillos llenos de billetes. Parece inútil cuestionarme todo esto después de los casi diez años que llevo al mando de la barra, pero ahora temo por mi libertad y la vida de este escuincle que nunca supo decirme una alineación completa del equipo porque, y eso me lo confesó una vez mientras robábamos un oxxo (chino) en la carretera, nunca le gustó el futbol y le importaba poco quién saltaba a la cancha a jugar o cuál era el resultado final.

Justo ahora lo que sucedió me parece una ridiculez y una cosa ya ni siquiera infantil, porque los niños no tienen la culpa. En su momento me pareció brillante, sin pensar en las consecuencias y porque la idea era del nene, y contrastante  a su tamaño y a su edad, la malicia que le corría en las venas era de una verdadera mente criminal. La cancha de nuestro clásico rival se ubica justo a dos cuadras del nuestro, no son más de cinco minutos caminando. Nos tocaba ser anfitriones y al nene, que pasaba la mayor parte del tiempo borracho, se le antojaba beber cerveza en una auténtica copa de campeonato. Hacerlo en una nuestra, decía él, sería fácil porque cualquier guardia se dejaba sobornar para que nosotros entraramos a las instalaciones del equipo como estando en casa.

El verdadero reto para el muchacho era robarle la copa a alguien más y brindar en ella dentro de nuestra grada, y que todos lo vieran. El plan, si bien arriesgado, tenía un bajo margen de error porque nuestra gente y la del rival estarían en la cancha alentando y él solo debía burlar la seguridad y robar la copa. En mi inocencia, no supuse que los líderes de la otra barra entraban siempre tarde al partido para no ensuciarse las manos en caso de un encuentro violento. Esa tarde lo hicieron así. Nosotros, para no hacer mucho alarde, dejamos que el nene hiciera la misión solo. A los treinta minutos me parecía raro que el escuincle no entrara con la copa entre sus flacas manos, y ya lo esperaba con dos cervezas para llenarle su premio hasta el tope.

Así que salí para buscarlo, y junto a otros tres de mis muchachos nos movimos casi trotando rumbo a la otra cancha. No tardamos en encontrarlo, casi arrastrándose y con el rostro lleno de sangre. Lo cargamos hacia el estadio y lo metimos en la primera ambulancia que encontramos. Alguien nos contó que logró entrar a la sala de trofeos y eligió la copa más antigua y valiosa del equipo. Estaba a casi nada de salirse con las suya, pero ya lo esperaban afuera al menos cinco barras contrarios.

 Aún estaba consciente mientras el paramédico le preguntaba su nombre y su edad. Con la voz cortada y a punto de caer en un desmayo del que dos días después aún no ha despertado, alcanzó a decirme: “reconocieron mi tatuaje”.

Missael Delgado

Instagram: @hunder.crimeboys

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