Hoy en «El deporte como excusa»: La Boca, rimas, barrio y hip hop. La historia de Mateo Palacios, Trueno, a partir de su barrio, las plazas y su padre. El sonido del riachuelo tiene flow. Escribe Juan Stanisci.

Vienen a buscar un viaje en el tiempo. Quieren que los colores de las chapas, que son la cáscara de los conventillos, estén relucientes, como recién sacadas de un barco que hizo puerto la noche anterior. Esperan ver italianos almorzando a los gritos. Pintores sin manos al lado de una vía. Una pareja bailando tango sobre un empedrado incómodo. Retazos de un mundo que, por lo menos con esas características, nunca existió.

Cuando salen del teatro armado para la farsa turística, se encuentran con el barrio. Hay cosas que se mantienen de ese pasado que vienen a buscar: el hacinamiento en los conventillos y la posibilidad de que sean devorados por las llamas; la discriminación a los inmigrantes, antes italianos del sur, ahora paraguayos, bolivianos, peruanos o venezolanos. Seguro mirarán torcido a las chapas despintadas. O pensarán que hay que hacer algo con ese conventillo que está inclinado casi a cuarenta y cinco grados desafiando a la Ley de Gravedad. Quizás se encuentren con que no todas las pinturas son de Quinquela Martín, algunas recuerdan las caras de los pibes asesinados por gatillo fácil en las últimas décadas. Y en algún momento caerá el sol y empezarán a sentir miedo al ver grupitos de gente tomando cerveza en las esquinas.

El turismo, local e internacional, y el gobierno de la ciudad creen que La Boca sería mejor si solo fuera Caminito y La Bombonera. Quieren un club de barrio. Un pasado de barrio. Pero para eso el barrio como tal no debe tener vida. Por eso planean un corredor entre Puerto Madero y Caminito. Ese trazado está pensado sobre “El bajo de La Boca”. Esqueletos de barcos oxidados, la mítica Plaza Solís donde sucedió el génesis bostero, conventillos reales y edificaciones sin revoque. Mezcla, como la historia del barrio manda. Es, también, el lugar donde se filmó el videoclip de “Dance Crip”, el primer adelanto de “Bien o mal”, el último álbum de Trueno.

Trueno, nacido como Mateo Palacios hace veinte años, se crio en las calles de La Boca. Puso al barrio en la escena mundial del trap y el rap. Pero no ese pedazo de nostalgia ficticia, sino el real. El de los puentes, los inmigrantes, el riachuelo, los pibes asesinados por gatillo fácil, la birra en la esquina, los conventillos. “Desde Argentina, Buenos Aires, la República Popular de La Boca / Desde Catalinas Sur al barrio chino”, anuncia en las primeas líneas de “Bien o mal”. Quien lo dice no es el propio Trueno sino su padre, Pedro Peligro, pionero de la escena del hip hop desde la década del noventa y habitante de la Boca desde que su familia llegó de Uruguay.

Mientras Mateo Palacios fue Mateo Palacios solo pudo ir una vez a La Bombonera. Su caso fue y sigue siendo el de la mayoría de las personas que viven en La Boca. Con la llegada de Mauricio Macri a la presidencia, en 1995, el barrio y sus habitantes fueron quedando afuera del club. Mateo Palacios fue uno de esos relegados. El rugido de los goles, los penales o el aliento le hacía temblar las ventanas. Esos días también tenía que andar, documento en mano, dando explicaciones para pasar los vallados o caminando cuadras interminables porque los policías no querían dejarlo pasar. Solo para entrar y salir de su casa. “Yo soy Boca, pero no el equipo”, rapea en Azul y oro. Esa Boca donde “cuida’o donde te mete’”, pero no por la inseguridad sino porque “acá los ratis pasan de a tre’”. Una versión en vivo de Azul y oro muestra que el barrio no es solo inspiración para sus rimas, ahí el beat deja su lugar para que el candombe sea el colchón para el freestyle de Trueno.

La segunda vez que Mateo Palacios fue a La Bombonera ya era Trueno. Había ganado las dos batallas de freestyle más importantes de Argentina. Su nombre estaba saliendo del mundo del rap argentino. El club lo invitó al partido contra Atlético Paranaense por el grupo B de la Copa Libertadores 2019. Nadie va a golpear la puerta de la 45, la 39, la 1 o la 2, las escuelas de la zona, para llevar a los alumnos y las alumnas a ver a Boca. Pero, cuando uno de esos pibes se hace famoso por alguna razón, empiezan a darles retweet, a mandarle emojis por Instagram y a hacerle invitaciones para ir a una platea.

La tercera fue para grabar el video de Ñeri, uno de los temas incluidos en su primer disco: Atrevido. Para ese momento ya sumaba de a millones las reproducciones de sus canciones en todo América Latina. En plena pandemia tuvo La Bombonera a su disposición para hacer jueguitos con una camiseta como la que usó Diego Maradona cuando le dio un pico a Claudio Paul Caniggia.

Pero para que lo inviten a La Bombonera, a grabar o ver un partido, Trueno tuvo que andar un camino antes. “El único que escuchaba rap desde la panza”. Pueden verse videos suyos rapeando desde los cinco o seis años. A esa edad lo flashó 8 Mile, la película que cuenta la vida de Eminem de la pobreza hasta que empieza a ganar sus primeras batallas de freestyle. Cuando Pedro Peligro visualizó el espacio para abrir su mundo a su hijo, le mostró que eso que hacía Eminem también se podía realizar en castellano. Mateo empezó a acompañarlo a festivales. Aprendió a estar frente a un público en el Teatro de Catalinas, uno de los grupos de teatro comunitario más grandes de Argentina. En la Plaza Malvinas, en Catalinas Sur, dentro de La Boca, organizaron los festivales Familia Hip Hop.

Pedro Peligro vio como ese movimiento de unos pocos empezaba a crecer. Diferentes plazas del país fueron el escenario de batallas de freestyle. Pelear con palabras pasó a ser una práctica cada vez más común entre los pibes y las pibas. En Parque Rivadavia, uno de los espacios verdes más céntricos de Buenos Aires, comenzó a disputarse El quinto escalón, una competencia que marcaría la escena del hip hop. De los escalones del parque con un puñado de personas, al anfiteatro con cientos, para terminar contando de a miles en el Estadio Malvinas Argentinas. Sin apoyos privados ni productores, con Youtube como amplificador, muchos de los que pasaron por El quinto escalón se volvieron masivos: Duki, Wos, Paulo Londra, Papo y, claro, Trueno.

Octubre de 2018. Estadio Luna Park, lugar de míticas peleas de boxeo a lo largo del Siglo XX. Esa vez no hubo ring, sino un escenario largo, casi hasta la mitad del campo. Hubo un jurado y un público que festejaba golpes. Aunque esa noche no había puños. Las que iban directo al cuerpo del rival eran palabras. Combinaciones directas de rimas, tiempos, silencios y punchlines que golpeaban al adversario.

Trueno y Wolf (uno de los primeros competidores de El quinto escalón) llegaron a la final argentina de la Red Bull Batalla de los Gallos Argentina 2019. El vencedor representaría a Argentina en el certamen internacional junto a Wos, ganador del año anterior. En las batallas los dos freestylers se bardean a más a no poder. Que uno no tiene flow. Que el otro está inflado por el público. A Trueno suelen encararlo por el lado de su padre: Pedro Peligro. El gag que se repite es que está ahí para cumplir lo que su papá no pudo hacer, que es su deshonra o que ahora él no podrá defenderlo. Trueno suele responder jugando con el nombre artístico de su padre: de alguna manera él es hijo del Peligro.

Entre insultos directos y encubiertos, se van persiguiendo por el ring en forma de escenario. Se rapean a los ojos, de frente y señalándose, mientras el público festeja las rimas como trompadas. En el medio de las frases donde muestran quién tiene más calle, se van cruzando Messi, el Chino Maidana, Ronaldinho. Y, claro, La Boca. Porque a donde va Trueno, lleva La Boca en la garganta. Cuando las rimas se terminan y las luces se apagan, Trueno y Wolf, dos que recién parecían al borde de las manos, se abrazan y se felicitan. Como en el boxeo donde se trompean y terminan abrazados. Y, se sabe, algunas frases pueden doler más que la peor trompada.

Luego de ganar en 2019 la competencia de Red Bull y, dos meses después, la final de la Freestyle Master Series (FMS), Trueno anunció su retiro. A los dieciocho años. Después el tobogán. Los discos “Atrevido” y “Bien o mal”. Giras por España, Uruguay o México. La invitación a cantar con Gorillaz en el pegadizo Clint Eastwood. Su cara en Times Square. Trueno sigue, el pibito criado en La Boca, ahora camina el mundo. “Exportando al mundo el sonido del Riachuelo”.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

Ilustración: Juan Battilana
Instagram: @juanbattilana

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