Argentina viajó a Angola a jugar su último amistoso del año. El país nombrado en «Escuchen corran la bola», la canción que filmó Enzo Fernández y pudrió todo. Una excusa para hablar de algunos puntos de contacto entre Angola y nuestro país. Escribe Juan Stanisci.

Angola era para mí solo un nombre extraño.

Frank Delgado – Veterano

«El reloj de la catedral dio las doce campanadas. Empezaba el día 11 de noviembre de 1975». Podría ser la descripción de sucesos de cualquier noche en cualquier rincón del universo. Nada del otro mundo: siempre que haya una iglesia habrá campanadas a las doce y empezará un nuevo día. Al fin y al cabo, al tiempo no le importa si la jornada que comienza es la de una independencia o uno más en la suma de todos los días. El tiempo es indiferente a los asuntos humanos. El que no fue indiferente a los asuntos humanos, principalmente viajes y guerras, fue Ryszard Kapuściński. El polaco —que no era ni cantante de cumbia ni de tangos— escribió el libro Un día más con vida, donde aparece la cita del comienzo. La frase y el libro narran la independencia de Angola: las últimas semanas como colonia portuguesa y los primeros meses de guerra civil. La libertad es fiebre. 11 de noviembre es el día de la independencia y el nombre que lleva el estadio más grande de Luanda —capital de Angola y una de las ciudades con nombre más bonito del globo terráqueo— donde el viernes Messi y la Scaloneta despidieron el año. La selección argentina fue parte de los festejos por los cincuenta años de la independencia angoleña.

Escribe Kapuściński que, cuando llegó a Angola, lo trataron de loco: “Maria me tenía por un hombre que se dispone a suicidarse, porque le dije que me quedaba en Luanda hasta el Día de la Independencia de Angola, es decir, hasta el 11 de noviembre. En su opinión, para entonces no quedaría en la ciudad piedra sobre piedra. Todo el mundo estaría muerto y el lugar se habría convertido en un inmenso cementerio habitado por los buitres y las hienas”. El país no solo era un territorio al borde de la independencia sino también del caos. Luanda estaba dominada el Movimiento Popular para la Liberación de Angola, conducido por Agostinho Neto; pero desde las fronteras avanzaban distintos frentes apoyados por potencias extranjeras con el objetivo de tomar el poder. Angola, tierra de diamantes, petróleo y tribus caníbales, era un tesoro muy grande para dejarlo en poder de su propia gente.

Agostinho Neto, médico y poeta, fue el primer presidente de Angola y tiene un busto en Recoleta, cerca de Plaza Francia. No es el único angoleño reconocido en Buenos Aires. De Angola eran los padres de Alejandro de los Santos, goleador de El Porvenir, Huracán y la Selección Argentina en la década del 20. Ellos se habían escapado en busca de la libertad, nadando por el Océano Atlántico los encontró un barco y los trajo hasta Paraná, Entre Ríos. De los Santos se quedó huérfano a los seis años y, junto con sus hermanos, se mudó a Buenos Aires. En 2014, casi cien años después de su paso por el fútbol, El Porvenir le dio a su familia una plaqueta que dice: “en homenaje a su máximo ídolo, Alejandro de los Santos”. Neto fue quien puso en palabras las ansias de libertad de los hijos y los nietos de los esclavos. “La plaza estaba sumida en silencio. Desde la tribuna, Agostinho Neto leyó el texto de la proclamación de la República Popular de Angola. Se le quebraba la voz y varias veces tuvo que interrumpirse. Cuando acabó, en medio de la invisible multitud, se oyeron aplausos y vivas. No hubo más discursos. Al cabo de unos instantes, las luces de la tribuna se apagaron y la gente empezó a dispersarse deprisa, desapareciendo en la oscuridad. Los cañones del frente norte callaban”, cuenta Kapuściński. Gesto sanmartineano el de Neto, proclamar la independencia entre la pólvora y las balas. En “la tierra caliente de los horizontes llameantes”, escribió. Y dice en otro poema: “Crear / sobre la profanación de la selva / sobre la fortaleza impúdica del látigo / crear sobre el perfume de los troncos aserrados / crear / crear con los ojos secos”.

La independencia angoleña tiene influencia guevarista. Dos años antes de su muerte, al Che le perdieron el rastro. Esa desaparición generó especulaciones delirantes: que Fidel Castro lo había asesinado, que estaba en Las Vegas o que había vuelto a Argentina. El mexicano Paco Ignacio Taibo II escribió El año que estuvimos en ninguna parte, donde narra qué fue lo que ocurrió con el Che durante ese tiempo. Guevara estaba en África, en el Congo. El Che no solo buscaba la liberación congoleña sino rebelar a las naciones que todavía eran colonias. Para Guevara, “el Congo podía servir de base, es decir como un detonador, para revolucionar todos los países africanos y era esencial sobre todo, por su posición cercana a África del Sur. La lucha, el entrenamiento y la activación del Movimiento de Liberación en el Congo, iban a servir para todos los países y fundamentalmente para África del Sur”. Angola tiene frontera con el Congo. Parte de lo que luego sería la guerrilla del Movimiento Popular para la Liberación de Angola se reunió con el Che y recibió entrenamiento para la lucha contra Portugal. Guevara plantó la semilla de lo que luego florecería como liberación e independencia en la voz de Agostinho Neto, en esa plaza en Luanda.

“Después de cruzar las nubes, aterrizamos en una ciudad llamada Luanda”, canta Frank Delgado, cantante y poeta cubano, aunque podría ser una anotación de Messi rumbo al último amistoso del año. Su sexto partido en continente africano: los cinco anteriores fueron en Sudáfrica 2010. El segundo contra Angola, el anterior en 2006 en la previa al mundial de Alemania —ingresó en el segundo tiempo junto con Scaloni—. Que Argentina y Messi lleguen a Luanda como parte de las celebraciones por la independencia parece un acto de reparación. Hace poco más de un año la Scaloneta era campeona de América y, Enzo Fernández, como suelen hacer los futbolistas en esas circunstancias, transmitía en vivo a través de Instagram para todo el mundo. En eso, el hit prohibido: “Escuchen, corran la bola”. Los campeones cantan y bailan, cantan y saltan. “Juegan en Francia, pero son todos de Angola”, dicen. Hay un poco de racismo en su euforia. Alguien, que por la voz parece Dibu Martínez, le dice a Enzo una de frase de época: cortá el vivo, boludo. El video se termina.

El escándalo, marca registrada de este siglo, fue instantáneo. Si en Argentina a cada cosa le corresponde su Aleph, “Escuchen corran la bola por la selección argentina” tuvo el suyo. Una bola de nieve que creció al ritmo de la viralización: Wesley Fofana, compañero de Enzo en Chelsea, publicó el video con la frase “Fútbol en 2024: racismo desinhibido”; la Federación Francesa de Fútbol elevó un reclamo a la FIFA; distintas figuras de Francia criticaron a la selección argentina; Julio Garro, secretario de deportes, instó a Messi y a Tapia a pedir disculpas; Victoria Villarruel hizo del caso un hecho de política nacional cuando, en modo Frantz Fannon, habló de colonialismo y de no dejarnos correr por potencias de dudosa moral, todo para mostrar que opina distinto al gobierno del que forma parte; entonces Julio Garro fue despedido porque nadie le dice a Messi lo que tiene que hacer; Karina Milei terminó en la embajada francesa pidiendo disculpas, solo por llevarle la contra a Villarruel. El conflicto desatado por la canción sería tapado al poco tiempo por un nuevo escándalo que sería reemplazado a las pocas horas por otro. La era del escándalo permanente.

A nadie pareció importarle qué pensaban en Angola sobre Enzo Fernández o la canción. Solo se piden disculpas a europeos, a africanos nunca. A nadie pareció importarle tampoco que Angola no haya sido colonia francesa sino portuguesa. En la conferencia de prensa previa al partido del viernes, los periodistas locales le consultaron a Scaloni qué opinaba sobre los futbolistas angoleños o respecto del aniversario de la independencia. Nada sobre la canción. Quizás sea como dijo Ari Balanga, un influencer angoleño que vive en La Plata: “El tema ni llegó allá. Fue un meme de una hora y después seguimos con memes de Angola”. Quizás no solo sea que las disculpas se pidan únicamente a europeos, sino que la indignación moralista también corresponde solo a los occidentales.

La vida siguió después de esa canción al igual que con las campanadas de aquel 11 de noviembre de 1975. Todo pasa, todo sigue. Escribe Agostinho Neto: “Seguimos / soñando con la esperanza, / interrogando a la muerte / sobre qué es la vida”.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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