La previa al mundial la vivimos recordando grandes futbolistas que nunca jugaron uno. Hoy es el turno de George Weah, el liberiano más famoso. El presidente y balón de oro. Escribe Juan Stanisci.
George Weah fue mi primer contacto directo con el fútbol europeo. Una cosa es conocer la existencia del Real Madrid, del Barcelona o del Milan, pero tener contacto físico es distinto. La experiencia real, tangible. Una camiseta del Milan con el 9 descansaba en el placard de mi viejo. No la usaba para ir a jugar al fútbol, era una reliquia secreta traída por algún familiar que había alcanzado a disfrutar las mieles de la globalización menemista y el fin de la historia. Fukuyama, uno a uno y Copa de Campeones de Europa.
A casi 7 mil kilómetros de su Liberia natal, esa camiseta tenía distintos significados: exponía la importancia de Weah, el principal delantero de uno de los tres mejores equipos del mundo; mostraba cambios en la geografía futbolera, los jugadores empezaban a surgir de países lejanos a los tradicionales; indicaba que el nombre, ese nombre de cuatro letras, ya no era solo un futbolista sino casi un ícono pop, capaz de poner a su país en el mapa; era símbolo de la globalización futbolera donde un argentino de La Boca tiene la camiseta de un liberiano que juega para un equipo del norte de Italia.

George Tawlon Manneh Oppong Ousman Weah nació en el 66, ya sin Kennedy a la cabeza. Los 60, la década de las independencias africanas. Pero Liberia no es cualquier país africano, cuando Weah nació ya llevaban 130 años de libertad. Una nación fundada por personas negras que emigraron luego de la guerra civil estadounidense al continente africano. El primer país libre de África. No por antiguo, Liberia zafó de los problemas de las naciones africanas: colonialismo encubierto, guerra civil, genocidio, terrorismo de estado. La carrera de Weah coincidió con guerras civiles: la primera fue de 1989 a 1997 y la segunda de 1999 a 2003. Weah no solo fue el símbolo de la unión liberiana en tiempos de terror, fue lo que más escasea durante una guerra: la esperanza.
Fútbol con cadenitas de oro y cuellito en V de tela gruesa. La nostalgia es mentirosa, el fútbol de los noventa que extrañamos fue la semilla del extremo mercantilismo que cosechamos en estos días. Weah es generación Ley Bosman, de los que vieron como los extranjeros iban poblando cada vez más los equipos europeos. “Imagina que no hay países”, cantaba Lennon. Hoy existe su versión futbolera, en Europa las fronteras no son un impedimento para acumular capital futbolístico y lavar unos buenos morlacos.
Cuando el PSG todavía era un clubcito parisino, lo llevó a semifinales de la Copa de Campeones. Fue en 1995, el año en el que todos acordaron que George Weah, el muchacho nacido en Monrovia, era el mejor futbolista del mundo. Fue el primer y, hasta ahora, único africano en ganar el Balón de Oro. De ahí al Milan que venía de ser subcampeón de Europa, donde se transformó en remera, poster y faro de los pibes de África.

En el diccionario, la palabra “potencia” podría tener una entrada con su foto. Weah era implacable, rápido y potente como el tiempo. Ganaba de cabeza sin tener demasiada altura. Así como hay músicos que se pueden entender escuchando una sola canción, él tiene un gol. Primera fecha de la Serie A, el Milan recibía al Hellas Verona en San Siro. A los 86 minutos, con el local ganando por dos a uno, hubo un córner para el Verona. Fue un centro pasado, que cayó en el botín derecho de Weah. En el mismo movimiento la bajó y acomodó para salir de contra. Salió del área y en pocos toques estaba llegando a la mitad de la cancha. Como si tuviera un conejito adentro, la pelota iba saltando, pero eso a Weah no parecía preocuparle. Cruzó la mitad de cancha sin oposición, pero ni bien entró a campo contrario lo rodearon tres futbolistas. Esquivó una patada y en ese movimiento se sacó dos tipos de encima. Como la pelota le quedó un poco atrás, giró sobre sí mismo para volver a engancharla con derecha y seguir su camino al arco contrario. Un rival le intenta agarrar la camiseta y otro se le cruza para robarle la pelota o hacerle falta. Ni una ni otra, pasan pelota y jugador. Weah la tira por un lado y la encuentra por el otro. La tira larga por última vez. Ya está dentro del área. Por primera vez aminora la marcha, levanta la cabeza y apunta. Remata cruzado, abajo, y la clava junto al palo.
Weah puso mucho más que goles en la selección de Liberia. Puso plata, fue una especie de técnico jugador, organizaba los viajes y los entrenamientos. Si no estuviera en el mapa podríamos pensar que Liberia fue su Macondo. Al equipo liberiano lo llaman Las Estrellas Solitarias, casi como si el apodo hiciera alusión a él. Su último intento por jugar un mundial fue en la clasificación para Corea Japón 2002. En 2001 llegaron a la última fecha punteros, solo tenían que esperar que Nigeria no le ganara a Ghana y jugarían su primer mundial. Eran los últimos años de la segunda guerra civil y las eliminatorias africanas fueron el opio del pueblo liberiano, aquello que vino a calmar los dolores en tiempos turbulentos. Nigeria ganó tres a cero en un partido que pareció arreglado. Su último partido con Liberia fue en la Copa Africana de Naciones, en enero de 2002, contra Nigeria. No hubo tiempo de revancha: perdieron y quedaron afuera. Al año siguiente se retiró del fútbol.

Comprendió algo que suele ser esquivo a las grandes estrellas del deporte: que no era solo un futbolista, podía ser el vocero del reclamo por la paz en su país o el que denuncia las injusticias de su continente. Conoció a Nelson Mandela y siguió su camino. Uno de los lugares más comunes de los futbolistas es que después del fútbol no hay nada, la vida se vuelve gris, chata, una llanura donde solo queda volverse técnico, representante o periodista. Una vez retirado se volcó a la política. Fue senador hasta que el 22 de enero de 2018, asumió como presidente de Liberia. Fue el primer traspaso de mando entre partidos distintos desde las guerras civiles. ¿El único futbolista presidente? El único presidente que ganó un Balón de Oro y casi juega un mundial.
Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci
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