La escondida

La escondida es el mejor juego que se haya inventado y jugado en la historia de los barrios. El más inclusivo. Lo jugábamos todos, no hacía falta tener zapatillas nuevas, ropa liviana, ser rápido o lento. No hacía falta nada más que las ganas de jugar. La escondida además de ser el mejor juego de todos tenía un momento en el año que le calzaba justo: el otoño.

La cita siempre era a las 18.30, después de la merienda. En otoño a esa hora todavía no es de noche pero tampoco el sol le quita el velo a los escondites. Entonces a medida que la luz se va yendo, cada vez hay más lugares para esconderse. Otro factor importante de la teoría escondida-otoño es el factor frío. Todavía no te congelas estando en la calle cuando cae el sol y no existe el prohibitivo “no vas a salir, te podés resfriar”.

Cada día de semana (los findes jugábamos al fútbol) nos encontrábamos en esa calle cortada por la que no pasaban tantos autos. Le dábamos duro hasta las 20.30 que empezaban a llegar los primeros gritos: “fulanito ya está la comida” y el juego se terminaba por abandono de integrantes.

Por aquellos años ninguna casa de la cuadra tenía rejas por lo que cada entrada era un posible lugar para esconderse. Cada uno tenía sus lugares secretos que no revelaba, menos si todavía no habían sido descubiertos. Hasta acá todo parece perfecto. Pero mientras desandábamos el camino de la picardía, también conocíamos nuestros primeros miedos.

Porque resulta que el ñiño se toma cada juego como si ahí se jugara la vida y sin saberlo jugando empieza a conocer de qué va la vida. El fin del juego es esconderse bien, que no te vean, hacerte chiquito, invisible. Cuando lo lograbas de manera perfecta al principio reina el alivio de estar a salvo que te encuentren. Después viene la incertidumbre de donde estarán los demás. A lo último llega la desesperación de estar solo en un agujero oscuro rogando que alguien grite “pica para mí y para todos los compas” y te salve. Rogando que alguien te salve.

Ya la escondida de chico te enseña que uno a veces salva a alguien y otras veces espera ser salvado. Ya de chico la escondida te enseña a buscar con miedo. Te muestra que posteriormente en la vida uno va a ocupar los distintos roles del juego. Como en la escondida no importa que tan bien corras, busques o te escondas, vas a pasar por todos los roles y ya no va ser un juego.

A la mayoría de mis amigos de la época de la escondida no los vi nunca más. Sé muy poco de sus gustos actuales, de sus vidas. Ya a esa edad nos gustaban cosas diferentes, por eso amábamos jugar a la escondida porque eran 2 horas donde todos los chicos de la cuadra coincidíamos. La escondida fundía las clases sociales, las camisetas de fútbol, Ford o Chevrolet y cualquier división.

Esa calle cortada era el punto 0 de la pena, era una isla de felicidad, de unión. Pienso que allí todos aprendimos cosas que luego se transformaron en nuestra vocación de grande.

Estaba Jony que se escondía debajo de escaleras a medio construir, después sería albañil. Maxi que corría mirando al cielo rápido y furioso, años después haría billeteras por la peatonal. Estaba Fernando que construía excusas para que lo dejen venir a jugar, hace poco me enteré que compró un terreno en Guernica y se hizo su casa. Daniel era una flecha, patas largas, nos salvaba siempre, hoy es el electricista del barrio. Rodrigo que ya de muy pibe laburaba, cada vez que venía no le importaba ensuciarse con tal de esconderse. Hoy sigue laburando la gran parte del día. Y estaba yo, chiquito, con cuerpo ideal para hacerme bolita en los espacios más recónditos. Me escondía bien, practicaba en el juego lo que ya era mi especialidad: hacerme invisible. Hoy desando este camino del periodismo autogestivo tratando de luchar por lo invisible porque lo visible se agotó.

El partido oficial con todos era ese entre las 18.30 y las 20.30 pero la escondida nos gustaba tanto que a veces lo jugábamos en lo de Fernando que tenía patio grande. Era la manera de poder jugarlo con él, ya dije que venía poco al partido callejero.

En una de esas prácticas, en uno de esos momentos invisibles, me pasó algo que me cambiaría la vida. Me metí adentro de la casa para buscar donde esconderme. En la mesa encontré la sección deportiva del Diario Popular o Crónica. Entonces dejé de esconderme, me senté enamorado a leer. No podía creer que las noticias que yo esperaba todos los martes cuando me compraban El Gráfico se podían saber todos los días. Que había más información, más detalles, más fotos.

Entonces esta vez me encontraron al toque, desde el patio se me veía sentado leyendo. Se me rieron mientras yo repasaba el 11 inicial de Platense, mientras leía los resultados del Nacional B y veía a quién habían elegido figura de cada partido y cual era el enganche de cada equipo. Por aquellos años desde el puntero hasta el último jugaban 4-3-1-2 y yo aprendía los nombres de los enlaces: Alvarenga, Morales Santos, Hanuch, el chileno Cartés, Darío Cabrol, Nelson Agoglia y así puedo seguir todo el día.

Ese día perdí a la escondida pero por un rato dejé de esconderme. Ese día descubrí cual era mi vocación en la vida. Volví a casa, corte las fotos de El Gráfico, separé a los jugadores por club y atrás le escribí el nombre para recordarlos. Aun hoy me puedo cruzar a Marcelo Kobistyj en el subte que lo reconozco al toque.

Siempre pienso para qué me sirvió o me sirve todo este saber. ¿Sirve para algo? No gané nada material con eso. Los que jugaban conmigo a la escondida hicieron una profesión que les permite vivir en base a lo adquirido en esos años.

Cada día me pregunto si gané o perdí el tiempo. Hoy ya me hice esa pregunta matinal. Ahora en otoño y en el horario que jugábamos a la escondida me acuerdo de la calle cortada. Ahora estaríamos apurándonos antes que se empiecen a ir a comer los primeros.

Hoy con 30 años a las 8 de la noche Jony debe estar volviendo de la obra, Maxi estará enseñándole códigos viejos a guachos nuevos en el pabellón, Fernando colocando un estante en su casa, Daniel salvando gente del barrio con su conocimiento en electricidad y Rodrigo estará engrasado debajo de un auto.

Y yo a las 8 y pico de la noche estoy acá en Lástima a Nadie, Maestro diciéndoles que cuando era chico en Platense de enganche jugaba el Turco Hanuch, los delanteros titulares eran Claudio Spontón y el Tero Di Carlo y en los segundos tiempos entraba el Pachorra Godoy.

Lucas Jiménez

 

 

3 comentarios en “La escondida

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