Messi es la ilusión en diminuto de un mundo tan perfecto como inexistente. La esperanza de que la eternidad pueda tener un poco de presente. Dos décadas. Me pregunto cuántas relaciones de semejante duración puede tener una persona en su vida, sacando amistades, familia y amores.
Si todos los días fueran como esos noventa minutos donde juega Messi las almas se llenarían por completo de fútbol, amor, arte, sonrisa y futuro. Nada puede ser así: sería ingrato pedirle al andar tanta perfección. Lionel hizo de la sorpresa una costumbre y llenó de estéticas coloridas un planeta que muchas veces parece condenado al gris.
El deterioro del mundo tiene muchas facetas, pero un denominador común: hacerle sentir al perdedor que está solo, que todo es su culpa, que sus fracasos en el amor y en la vida económica y social son su responsabilidad. La normalidad es un problema: hasta que la cambiemos, necesitamos, a veces, salir de allí.
Messi nos tendió la mano a los derrotados. No importa si quiso o no. No importa si lo pensó. No importa si tuvo el valor porque antes tenía el talento o al revés.
Ahí radica la magia de estos poco más de veinte años: Messi era hasta ayer un alucinante freno a un planeta desesperanzado. Un pacto para vivir lo que haya que vivir pero tener alguien con quien tirar paredes. Su victoria fue la nuestra: un camino de película, varios obstáculos, algunos villanos, la victoria completa y la caída posterior, para disimular un poco y hacer más real la cosa.
A veces me pongo a pensar qué hubiera pasado si su carrera en la selección terminaba con las edades de antes. Treinta y dos o treinta y tres. 2019 o 2020. Los triunfos valen, es innegable, pero a veces por lo que está oculto: brilla menos el oro de la medalla que las historias para conseguirla. En todas las postas del camino había un trofeo: nosotros no lo vimos.
Tocará seguir sin ese andar galopante que se tiraba contra la línea derecha y encaraba de frente al destino para cambiarnos el mundo. Quizás de ese pacto aprendimos algo. Él nos dijo que los perdedores podíamos.
Fue el fútbol. Es el amor. Será la vida.
Escribe: Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez
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