Ayer cumplió 64 años Jorge el Mágico González. Este perfil sobre el salvadoreño va desde su infancia, pasa por la selección salvadoreña hasta los años de Cádiz. Un adelanto de Los otros Maradona, nuestra primera revista en papel. Escribe Juan Stanisci.

Existe una mitología mágica. Es aquella que ronda alrededor de la figura del Jorge Alberto González Barillas. Una mitología tan amplia como para llenar documentales, películas, libros, especiales de televisión, entrevistas, artículos. De hecho, así ha sucedido. El límite entre lo real y la ficción es imposible de encontrar. Fiestero. Borracho. Dormilón. Crack. El futbolista que no quiso ser el mejor. Ídolo en Cádiz. Mejor jugador centroamericano.

El hombre que era mejor que Maradona, según el propio Diego. El que dormía en los entretiempos. El que hacía goles imposibles. El que para no irse a Bérgamo jugó mal a propósito. El que tenía un sistema de aviso en los boliches gaditanos por si lo iba a buscar el técnico.

Los mitos mágicos alcanzan para cubrir varias vidas. No una sola. Esa que continúa viviendo Jorge González en algún rincón de San Salvador. De la que él mismo se considera un enamorado. Para vivirla, pero también para soñarla.

Ilustración de Gonzalo Lanzilotta

El sueño va sobre el tiempo

A veces la magia comienza con un movimiento imperceptible. Jorge Alberto González Barillas no había caminado ni dicho sus primeras palabras cuando sintió el peso de una pelota. Ni siquiera había visto la luz del sol. Fue una tarde en San Salvador cuando Victoria Barillas, su madre, apoyó una pelota sobre su vientre. Entonces, como una premonición, la piel subió y bajó. Como si el pequeño pie que llevaba adentro quisiera tocar la pelota.

El 13 de abril 1958 el niño que pateó una pelota antes de nacer vio la luz. Jorge Alberto fue el octavo hijo de Victoria Barilla y Óscar González. Nació en la Colonia Luz, un barrio de casas bajas y rodeado de montañas, en la Ciudad de San Salvador, ubicada en el centro de El Salvador.

Pateaba todo lo que podía: naranjas, piedras, bolsas, botellas vacías. “La primera pelota en realidad es la que no tenés. La primera pelota en mi caso es de la que carecí”, resumió. Cuando no estaba pateando lo que pudiera, se dedicaba a tirarle cosas a las bombitas de luz. Para aplacar un poco su inquietud, la abuela lo ponía a pelar huevos duros junto a ella. Le daba las cáscaras y le decía que se las frotara en las rodillas. Así, según ella, iba a ser mejor futbolista.

A los 13 años fue seleccionado para jugar en las selecciones juveniles de El Salvador. “Tu hermano va a ser un gran jugador. Porque todas las características que requiere, las tiene: cabeza levantada, buen toque, cambios de velocidad”, le vaticinó el entrenador a Mauricio, el más grande de sus hermanos. A los quince años entró en las divisiones inferiores de ANTEL FC. Cómo Jorge no iba a firmar su primer contrato, llamaron a su hermano Miguel para que lo negociara por él.

Debutó en la primera división salvadoreña el cuatro de abril de 1976 por la lesión de un compañero. Esa temporada Jorge hizo 13 goles. Junto con su capacidad goleadora y sus gambetas, empezaba a mostrar la otra faceta que lo acompañaría durante su carrera. “Jorge recibía consejos míos y no los tomaba a su vez. Mi pleito con él era levantarlo temprano para los entrenos”, contó su hermano Miguel.

Al año siguiente ANTEL dejó de participar en primera división. Casi todo su plantel pasó a Independiente de San Vicente. Jorge González llegó como una de las figuras. En el único año que jugó en ese equipo marcó siete goles y recibió más de una multa por ausentarse en entrenamientos o partidos.

En 1978 Jorge González se mudó a Santa Ana, en el Oriente de El Salvador, para jugar para uno de los grandes equipos del país: el Club Deportivo Futbolistas Asociados Santanecos o simplemente FAS. Cuando llegó, hacía quince años que el club no lograba ganar un campeonato. Con Jorge en sus filas el FAS logró el torneo nacional en 1978 y se clasificó para jugar la Copa de Campeones de la CONCACAF.  

Gracias a una serie de rivales que se retiraron del torneo, el FAS entró directamente en semifinales. Por el lado de América del Norte clasificó Tigres de México, por el Caribe Jong Colombia de las Antillas Neerlandesas. FAS eliminó a Tigres en semifinales. En la final lo esperaba el equipo antillano. La ida fue el 22 de diciembre de 1979 en Curazao. Empataron 1 a 1.

El 29 de diciembre cincuenta mil personas llenaron el Estadio Cuscatlán. El FAS quería ser el tercer equipo salvadoreño en ganar la Copa de Campeones. A los doce minutos el argentino Raúl Casadei hizo el primer gol. Él mismo marcó el segundo antes del final del primer tiempo. La segunda parte fue un desfile. A los ocho del segundo tiempo el FAS ganaba cinco a cero. A los 81 Jorge González hizo el sexto, su segundo gol en la tarde. Quedaría tiempo para otro gol del FAS y un descuento del Jong Colombia.

El FAS ganó su primera copa. Pero el acontecimiento verdaderamente histórico fue jugar la Copa Interamericana contra Olimpia de Paraguay, el campeón de la Copa Libertadores. El 17 de febrero otra vez el Estadio Cuscatlán se llenó para ver al FAS hacer historia. Pero con una ausencia significativa. Jorge González estuvo en el banco después de no presentarse a varios entrenamientos en la semana. Olimpia arrancó ganando dos a cero en el primer tiempo. La gente pedía a Jorge. El FAS descontó a través de Casadei, pero Olimpia respondió con otro gol. Ante la resignación, el técnico mandó a González a la cancha. Dos jugadas suyas terminaron en gol. Empate tres a tres. Los periodistas paraguayos volvieron a su país hablando sobre ese flaco melenudo que había dado vuelta el destino del partido.

Un mes después el FAS viajó a Paraguay a jugar la revancha. El Salvador era un país a punto de estallar. Por debajo y en los márgenes se gestaba un movimiento que cambiaría la historia de la siguiente década salvadoreña. Inspiradas en el Frente Sandinista de Liberación Nacional que había triunfado en Nicaragua en julio de 1979, las guerrillas salvadoreñas comenzaban a organizarse en distintas zonas del país. Eran un reflejo frente a los gobiernos dictatoriales aliados a Estados Unidos.

El 17 de marzo de 1980, cuatro días después del cumpleaños número 22 de Jorge, el FAS sufrió una goleada por cinco a cero contra Olimpia. No importó, habían llevado a El Salvador a jugar contra los mejores. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado Monseñor Romero, un sacerdote ligado a la doctrina de los curas tercermundistas que vinculaban al catolicismo con las luchas de los pueblos. Su muerte, de un disparo al corazón durante una misa, generó que los diferentes grupos guerrilleros se aliaran bajo una sola bandera: El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.  

En las grietas dejadas por la realidad, asomaba la magia. Así como que de un pequeño país de Centroamérica, con poca tradición futbolera, emerja un genio que lo lleve a codearse con las grandes potencias.

El corazón del sueño

El Mundial de México 70 había sido la única experiencia mundialista de El Salvador. Diez años después comenzaba la clasificación para España 82. La mejor generación del fútbol salvadoreño invitaba a soñar con poder entrar al mundial. A ello se le sumaba la aparición de un genio: Jorge González, que se había ganado el apodo de El Mago. El hombre que disfrutaba tanto de dormir como de gambetear rivales. El futbolista que hacía de la vida un sueño.

Para que la realidad sea algo más que lo cotidiano, o mejor, que lo cotidiano sea algo más que lo real, solo es necesario poner atención. Encontrar chispazos de magia en aquello que está frente a nosotros. Para los salvadoreños que siguieron a aquella selección, solo era necesario ir a la cancha a ver al Mago. De la mano de Jorge, El Salvador clasificó junto a Honduras a la segunda fase de la Eliminatoria. Para llegar a España 82 debían pasar la fase final en Honduras, donde enfrentarían al seleccionado local, junto a Cuba, México, Canadá y Haití.

El realismo mágico fue una corriente literaria latinoamericana que tuvo su explosión durante la década del sesenta. Abarcó a casi todos los países del continente: Argentina, Chile, México, Ecuador, Colombia, Guatemala, Cuba. En las grietas dejadas por la realidad, asomaba la magia. Pero no como algo venido de afuera, sino que vive en la misma realidad. Y que la modifica para siempre. Así como que de un pequeño país de Centroamérica, con poca tradición futbolera, emerja un genio que lo lleve a codearse con las grandes potencias.

La fase final en Honduras se jugó en tres semanas durante noviembre de 1981. El Salvador comenzó perdiendo contra Canadá, la única selección que pudo hacerle un gol. El segundo partido marcó un quiebre en la eliminatoria. El seis de noviembre enfrentaron a México con Hugo Sánchez como bandera. El delantero mexicano, por entonces en el Atlético Madrid, fue anulado por la defensa salvadoreña. El partido parecía condenado al empate, en gran parte por la actuación de Jorge Mora, el arquero salvadoreño. Hasta que faltando diez minutos El Mago salvadoreño agarró la pelota en la mitad de la cancha y la magia rompió la realidad.

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Tiro libre defensivo para México en su propio campo. La pelota rebota en la espalda de Mendizábal. Le queda al Mago que arranca detrás de la mitad de cancha. Parece que la tira larga, pero cuando el primer defensor mexicano sale a cortar, tuerce el tobillo y engancha. Sigue en diagonal rumbo al círculo central. Le sale un segundo jugador mexicano. Cambia de ritmo y lo deja atrás. Vuelve a bajar la velocidad. Lo espera un tercer defensor en la puerta del área. Otra vez acelera. El defensor queda atrás. El Mago remata cruzado pero tapa el arquero. El rebote pasa entre las piernas de un delantero salvadoreño. Detrás viene Francisco Hernández que remata fuerte y arriba. Gol del Salvador. La realidad se desmoronaba.

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Los siguientes partidos fueron empates contra Cuba y el local, Honduras. Quedaba la última fecha. Para ir al mundial El Salvador debía ganarle a Haití, el último, y que México no le ganara a Honduras. Una mano en el área de un jugador haitiano fue la llave para abrir la puerta de los sueños. Norberto “El Pájarito” Huezo marcó el segundo gol de El Salvador en la clasificación. Honduras le sacó un empate a México. Y El Salvador clasificó al mundial.

Durante los partidos que El Salvador jugó en la eliminatoria se generaba un acuerdo de paz tácito entre la guerrilla y los militares salvadoreños. No había enfrentamientos ni sabotajes. El regreso de la selección al país fue una fiesta nacional. Pero a medida que el mundial se acercaba el sueño se iba transformando en pesadilla. Los dirigentes salvadoreños decían no tener dinero para que la selección viajara. La FIFA intervino. Con ese dinero los dirigentes se aseguraron los pasajes para ellos y sus familias mientras los jugadores no tenían ropa para entrenar ni cobraban desde hacía meses.

Los pasajes aparecieron. Una semana antes del debut contra Hungría, tomaron el avión. Fueron hasta Santo Domingo. De ahí a Honduras. Cada escala eran más de ocho horas de espera. Llegaron a España cuarenta y ocho horas después de la salida de San Salvador y solo tres días antes del debut. Nuevamente no tenían ropa para entrenar. Les dieron un solo juego de camisetas. El debut fue un infierno. Solo habían visto un partido de Hungría. El Salvador intentó un juego ofensivo que fue un regalo para los europeos. El primer tiempo terminó tres a cero. A los ocho del segundo perdían cinco a cero.

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Iban veinte minutos cuando El Mago González bajó la pelota en tres cuartos de cancha. Casi no había podido entrar al área, el lugar donde su magia florecía. Encaró al defensor húngaro. Cualquier otro futbolista la hubiera perdido. El Mago no. Sacó un enganche de la galera que dejó al defensor tirado en el piso. Entró al área. Un segundo húngaro apareció. El Mago clavó los frenos. Su cuerpo dijo que iba para adentro, pero estaba mintiendo. Otro enganche y el segundo defensor quedó mirando. Centro al medio y tras una carambola Luis “Pelé” Zapata que la empuja al gol. No importaron los cinco goles de Hungría. Lo gritaron con todo lo que tenían mano. Era el primer gol de El Salvador en un mundial.

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Creyeron que podían. Fueron para adelante buscando otro descuento. El sabor del gol los dejó con ganas de más. Pero los jugadores húngaros también estaban tocados por una varita. Les salió todo. Durante los treinta minutos restantes hubo cinco goles más de Hungría. Diez a uno. La goleada más amplia de la historia de los mundiales. Después de varios días de bronca, pudieron mentalizarse para jugar los partidos restantes. Nada menos que Bélgica y la Argentina campeona de Maradona y Kempes. El sueño de hacer otro gol no pudo concretarse, pero al menos le jugaron de igual a igual a Bélgica y Argentina.

El regreso fue peor que la goleada con Hungría. Los trataron como enemigos. Los equipos salvadoreños no querían ficharlos. A Jorge Mora, el arquero, lo insultaban. Llegaron a ametrallarle el auto. Pero Jorge González no lo vivió. Su mundial había despertado el interés de los clubes españoles. Lo quiso el Atlético de Madrid. Pero El Mago necesitaba algo cercano a sus tierras para aclimatarse a Europa. Y eligió las playas de Cádiz.

En Cádiz fue rebautizado. Ya no era el Mago. La diferencia estaba en que sus piernas no eran magas sino mágicas. Él no era quien hacía el acto mágico sino la magia misma.

Abrazados sueño y tiempo

Cuenta la leyenda que ya instalado en Cádiz para firmar su contrato, Jorge estaba durmiendo en la playa. Caminando con dificultad sobre la arena blanca llegaron unos hombres de traje. No eran los reyes magos del capitalismo financiero. Eran dirigentes del Málaga. Querían ficharlo ellos. Jorge nunca se despertó.

No solo lo quiso el Málaga. En Madrid se esperaba que firmara con el Atlético. Jorge prefirió comenzar desde abajo, según sus propias palabras. Desde abajo y en un lugar con playa, podría agregarse. El clima era fundamental en su rendimiento. Cuando le tocó jugar para el Valladolid, un par de temporadas más tarde, no rindió porque le hacía mucho frío.

“El Cádiz ficha un astro del fútbol”, anunciaba El Diario de Cádiz. Jorge había sido elegido dentro del equipo ideal del Mundial de España. Su talento ya no era un conocimiento exclusivo de El Salvador. El mundo futbolístico sabía quién era Jorge González.

En Cádiz fue rebautizado. Durante el Mundial, antes de fichar con el equipo gaditano, el periodista español Paco Perea lo había apodado Mágico. Ya no era el Mago. La diferencia estaba en que sus piernas no eran magas sino mágicas. Él no era quien hacía el acto mágico sino la magia misma.

Hasta la llegada de Jorge González, el Cádiz había estado solo dos veces en primera división y, en ambas, solo había durado una temporada. El último descenso había sido la temporada anterior. Así como en El Salvador le tocó formar parte de la mejor generación, en Cádiz vivió los años dorados del club. En ambos era la frutilla del postre. Si algo siempre necesitan los buenos equipos son genios.

En su primera temporada juntos, El Mágico y el Cádiz volvieron a primera división. Tras ganarle al Elche en la última fecha, el vestuario del Cádiz rebalsaba de gente. El Mágico había sido cuestionado durante la temporada por algunas salidas nocturnas y llegadas tarde a los entrenamientos. “Me costó mucho aclimatarme, acostumbrarme al horario. A veces salía a las diez u once de la noche y la gente me veía. Pero en la cancha rendía, no me preocupaba eso. Lo que sí me preocupaba era que, de vez en cuando, llegaba un minutito o dos minutitos tarde a los entrenamientos”.

Mientras los hinchas esperaban cada domingo para ver si el Mágico jugaba o no, su técnico David Vidal debía buscarlo en boliches, bares y discotecas. Más de una vez lo vieron charlando con Camarón de la Isla. El cantante de flamenco es el otro gran ídolo de Cádiz. Si el Mágico supo ser su representante en las canchas, Camarón lo fue en los tablaos. Ambos fueron incomprendidos por su forma de ser. Mágico por ser tan difícil de encontrar fuera de la cancha como dentro, Camarón por su inquietud musical que lo llevó a romper todos los límites del flamenco tradicional.

Lo cierto es que a nadie le importaba qué hacía el Mágico por las noches si durante los domingos regaba de magia el Ramón Carranza. De la mano de Jorge, el Cádiz pudo permanecer durante siete temporadas en primera, ganarle a los grandes como el Barcelona y el Real Madrid y conseguir su mejor ubicación en la La Liga.

La mitología mágica llenó sus páginas en Cádiz. Se cuentan en los bares de las noches andaluzas muchas leyendas en torno al Mágico. Que una tarde en el Vicente Calderón durmió una siesta en el entretiempo antes de salir a jugar la segunda parte. O que en septiembre de 1986, un arquero del Racing de Santander lo aplaudió durante varios minutos luego de que el Mágico le hiciera un gol. No cualquier gol. Recibió en un costado. Gambeteó a un defensor. Sin frenar y de forma paralela a línea del área, pasó la pelota de pie a pie tirando un caño a un segundo defensor del Racing. El tercero en salirle quedó sentado en el piso tras un enganche. Todo esto en menos de diez metros. Cuando no hubo más defensas la picó por encima del arquero desde afuera del área.

Se cuenta también que en una Copa Ramón de Carranza, esa que se jugaba en los veranos de Cádiz antes de cada temporada, la rompió contra el Barcelona después de una noche sin dormir. Que en otro partido contra los Culés, agarró la pelota detrás de la mitad de la cancha y repitió aquella jugada que había hecho contra México en las eliminatorias de 1981, solo que esta vez sí hizo el gol. O que para que el Atalanta no lo fichara jugó mal a propósito un partido de prueba. También que tenía la capacidad de detener el tiempo y achicar a los arqueros cuando definía picando la pelota.

En su breve paso por Valladolid

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El Mágico vivió, y aún lo hace, rodeado de acusaciones y señalamientos en torno a que podría haber llegado mucho más lejos en el fútbol si se lo hubiera propuesto. En 1990 lo entrevistaron en el programa español Un día es un día. Más que un reportaje pareció un juicio. El conductor Ángel Casas dedicó todo el programa a preguntarle sobre su vida privada.

Ángel Casas: Me dijeron que usted se quedó dormido en un entretiempo contra el Atlético de Madrid durante un masaje.

Mágico: El que a mí me diga que no cierra los ojos durante un masaje para meditar, para reflexionar, para saber lo que tiene que ir a hacer en el campo, pues yo pienso que está equivocado. Es lógico cerrar los ojos por esas razones.

Ángel Casas: ¿Se ve usted jugando al fútbol a los 38 años?

Mágico: No, son muchos años. Hay que cuidarse mucho. Aunque ojalá que sí.

Ángel Casas: Con una mano en el corazón ¿Se ha cuidado usted?

Mágico: Yo pienso que ni me he cuidado ni me he descuidado. Una vida normal como para poder…

Ángel Casas: Usted va a los entrenamientos, acude. Es puntual…

Mágico: Por supuesto, tengo unos compañeros a los que respetar y tengo que tratar de dar el ejemplo. A mí se me hace muy difícil por mi forma de ser, por ser salvadoreño. Pero por ser extranjero tengo que tratar de dar el ejemplo.

Ángel Casas: ¿Usted está por la abstinencia sexual antes de los partidos o por la libertad sexual cuándo sea necesario?

Mágico: Antes de los partidos lo que tienes que hacer es estar en la compenetración de lo que pueda ser el resultado y tratar de que sea favorable…

Ángel Casas: O sea bien concentrado, bien compenetrado ¿solo o acompañado?

Mágico: Acompañado por sus compañeros, por el entrenador y por la afición sobre todo.

Ángel Casas: Es usted un lince Mágico González.

***

El Mágico se fue de Cádiz en 1991. Después el club descendió y recién pudo volver a primera en 2005 aunque no logró mantener la categoría. En 2021 ascendieron nuevamente y por primera vez desde la ida del Mágico pudieron mantenerse más de una temporada.

Jorge volvió a El Salvador y jugó hasta los 42 años. Fue campeón dos veces con el FAS. Incluso se dio el lujo de jugar a los cuarenta años la Copa de Oro de la CONCACAF con la selección de El Salvador. La mitología en torno a él no frenó luego de su retiro. Se dijo que manejaba un taxi en Estados Unidos. Que dormía en las calles de San Salvador. Él siempre responde con una sonrisa. Como si supiera que la magia mueve la imaginación de la gente. Y hace que vea cosas que no son reales. Al fin y al cabo, a eso los acostumbró dentro del campo de juego. A que la realidad sea más parecida a los sueños. Una excusa para ver un poco de magia. 

Este texto forma parte de Los otros Maradona, nuestra primera revista en papel, conseguila acá.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci
Ilustración: Gonzalo Lanzilotta

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