La voz parece de José Jozami. Todavía la tele no tiene HD: se juega la Primera B. Lucas Ferreiro disputa la pelota a la salida de un lateral. Guapea en el clásico. Busca el área, que para los celestes es equivalente a levantar la cabeza y mirar al “Demonio” Hauche. Con picardía de nueve petiso, el crack del gasolero gana la posición y define con la zurda.

El Gallardón es una fiesta visitante: gana Temperley. Es enero del 2006. Hauche le pide a sus compañeros que lo esperen para festejar y hace ver su producción artística. Mueve los brazos para atrás en círculos deformados para luego adelantar los hombros sucesivamente como Adam Sandler cuando quiere bailar con Jennifer Aniston en Mi Novia Polly.

Los pibes de hoy dirían “farmea aura”. El verbo viene de “to farm”, cuya conexión en inglés indica la búsqueda de recursos y herramientas en el submundo de los videojuegos. “Aura” es una suerte de mística, atracción, luz principal del escenario.

Veinte años después, el pasado fin de semana, Hauche volvió a definir un clásico contra Los Andes. El otro derby del sur, el que nunca se jugó en Primera. Hizo exactamente el mismo festejo, con algo más de canas en el pelo.

Hay algo curiosamente reaccionario en la canonización de los referentes. Pareciera que no podemos ser como ellos. Que son millonarios, que viven en un country, que nos hacen celebrar los sinsabores del andar con una vida resuelta, alejados de nuestros inconvenientes mortales. Algo de eso hay. Es duro porque es cierto.

La simpatía de Hauche, que alguna vez triunfó en Racing y Argentinos Juniors, se construye desde la simpleza: nos recuerda que los ídolos pueden ser terrenales. Que son como nosotros y que podemos ser como ellos.

El final es donde partí. Hauche se imita a sí mismo. O quizás el tiempo lo imita: hay cosas que no cambian. Los vecinos de Temperley, como todos, tienen que negociar alegrías con la vida para poder seguir adelante. En un mundo ansiosa e irritablemente cambiante, en el que la tecnología avanza pero las necesidades aumentan, jugadores así nos obligan a la sonrisa.

Escribe: Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez

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