-¿Y cómo pretende dominar el universo si no tiene cómo financiar el viaje, medio de transporte acorde ni, por lo que veo, un cuerpo técnico que lo acompañe?
-Yo no diría lo mismo –me refutó una voz metálica y chillona, surgida de la nube de humo.
El portador de dicha voz era un robot oxidado, enclenque, del tamaño de un niño de cinco años, que alguna vez había sido de color plateado.
-Ah –dijo y sonrió Portillo, algo avergonzado–. Le presento a X 8/14. Masajista y utilero.
-Un gusto –saludé, chocando un puño frío y áspero que se estiró tres metros para alcanzar el mío.
-Me lo gané en una rifa, un muchacho del barrio perdió el trabajo –explicó Portillo–. En teoría, sus funciones son barrer, trapear y encerar, yo también lo uso para que masajee a los muchachos. Pero en el fondo, maestro, la verdad es que parece diagramado pura y exclusivamente para romperme las guindas con preguntas raras, preguntas sin respuesta.
-Dilemas existenciales, míster Portillo. Ahora usted se escapa, sin tener en cuenta que arrastrará sus problemas donde quiera que vaya.
-¿No ve lo que le digo? Un rompehuevos de aquellos. No sé por qué se mete donde no lo llaman.
-Su destino es mi destino –replicó X 8/14–. Su club, mi club. Su desdicha, la mía.
-Mirá, Medio Polvo… Estás a un Passet de que te saque la batería y terminar tirado en una feria. Así que metete adentro y dejame negociar con el señor Leguizamón.
-Es que no hay nada que negociar –intervine–. La respuesta es no, Portillo. Y es definitiva.
-¿Al menos me deja que lo invite a cenar? –rogó, con las manos juntas–. Me gustaría tener una charla de fútbol con usted, como una especie de masterclass privada. Es lo único que le pido, véalo como una devolución de favores por los fasos.
-¿Pero no me acaba de decir que no tiene un peso?
-Me queda lo último. Hoy a la tarde un plateísta me tiró con la dentadura postiza y antes de venir para acá, la pasé a valores. Para una pizza y la cervecita creo que me alcanza.
Suspiré, resignado. Lo mínimo que podía hacer por él era compartir una cena y tratar de despejar sus inquietudes.
-Está bien, Portillo. Usted se ha portado muy bien conmigo y siempre voy a estar en deuda. Vamos.
-Es mucho veinte Lukakus por una de muzza y dos cervezas –masculló Portillo, limpiándose la boca con una servilleta luego de haber escupido el último carozo de aceituna.
-Caro, sí.
-Un Robben a mano armada. Ahora sí que no me quedó ni para los chicles.
Estábamos sentados en la vereda de una pizzería cercana al hospital, frente a una YPF que recibía tantos vehículos que me mareaba de solo verla; luego de diez años encerrado, me había olvidado del vertiginoso fluir de la vida humana. Sentí que ya era suficiente. Fumaría el cigarrillo de sobremesa y volvería al hospital.
-Portillo, dígame: ¿cómo piensa viajar por el espacio si no tiene más plata?
-¡Je! –festejó, golpeando el borde de la mesa con una palmada–. ¿Se acuerda de ese octogonal de resolución polémica?
-Sí. Año setenta y pico.
-Bueno, mire: premios, lo que se dice premios, no hubo. Pero el trompa del club tenía unas estaciones de servicio, y una es esta –especificó, señalando la YPF–. Así que en recompensa, hace poco me reconoció aquel ascenso con unos vales de nafinfinitfin.
-Interesante… ¿Y la nave?
-¡Je! ¿Pero usted no vio La Chicheneta?
-¿Usted piensa viajar por el espacio con eso?
-Con ella. Por supuesto, si está revestida de ese material nuevo que se banca todo. Es leal la guacha.
-No me diga –concedí, apagando el cigarrillo.
-¡Pff! La Chicheneta jamás de los jamases me dejó a Gamboa. Jamás. Simoca, Isidro Casanova, Posadas, Comodoro Rivadavia, Trípoli, José C. Paz, Villa Elisa, toda Latinoamérica… –enumeró, mientras señalaba con un dedo hacia los cuatro puntos cardinales–. Así como la ve, tiene más kilómetros recorridos que el mismísimo Bora Milutinovic. ¿Qué me dice, maestro?
-¿Qué quiere que le diga?
-No quiero ser pesado, pero tengo vehículo, un cuerpo técnico de prestigio y los vales de nafinfinitfin. Lo único que me falta es su experiencia al lado, por eso lo fui a buscar. Porque juntos no nos pararía nadie –finalizó, colocando su mano sobre la mía, al borde de la mesa, como si fuésemos dos enamorados.
La retiré con suavidad.
-Portillo…
Estaba frente a un desequilibrado mental.
Decidí seguirle el juego para no alterarlo.
-Está bien, Portillo. Lo voy a acompañar en su viaje por el espacio.
-¡¿En serio me dice?! Yo sabía que lo iba a convencer… ¡Yo sabía! Con usted como ayudante de campo, vamos a hacer capote a lo largo y ancho del universo, maestro Leguizamón.
-Si usted lo dice –respondí, estrechando su aceitosa mano por segunda vez en la noche.
-Espéreme acá, porque de la emoción me dieron ganas de orinar –me ordenó, haciéndose cargo de mi destino y colocándome en un rol subalterno de manera inmediata.
-Vaya tranquilo.
Aproveché para usar su teléfono y avisarle a mi enfermera que viniera a buscarme de manera urgente. Cuando volvió, miró hacia la calle, dibujó una ancha sonrisa y colocó los brazos en jarra, como un padre orgulloso de sus criaturas.
-¡Por fin, chiques! Ya empezaba a creer que no iban a venir.
Me di vuelta con cierto terror por lo que me podía llegar a encontrar. Un superhombre de seis ojos, musculoso y anaranjado, con un extravagante jopo de metal azul, y una joven muy parecida a Portillo, que llevaba un perro en brazos, bajaron de un taxi con una montaña de bolsos, valijas y materiales de trabajo.
-Le presento al resto del cuerpo técnico, maestro: el Profe Turbo, oriundo de Neptuno IV como lo indica su cabello, y Brigitte, la piba de nutrición.
-¿Y el perro que función cumple? –pregunté, con cierta ironía.
-¿Mourinho? –se preguntó Portillo, como si fuera la primera vez que lo hacía–. Vendría a ser el acompañante espiritual del Profe Turbo.
-Ah, su acompañante espiritual –repetí, mirando en dirección al hospital por donde vendría mi enfermera.
-Así es. Chicos… –pidió atención Portillo, con cierta pomposidad–. Les presento al maestro Leguizamón, leyenda del fútbol nacional. A partir de hoy va a ser mi ayudante de campo.
Recibí los saludos correspondientes de jóvenes que nunca habían oído hablar de mí. Vista de cerca, no tuve más dudas: la chica era hija de Portillo.
Lucas Bauzá
Twitter: @rayuelascometas
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