Si alguien le preguntara a Thiago Messi de qué trabaja tu papá, él, un poco por joder, un poco divertirse, podría responder: de hacer felicidad. No de hacer feliz a la gente, sino de generar felicidad para el que quiera acercarse y agarrar un poquito lo pueda hacer.

Esto, claro, tiene un reverso, un lado B. ¿Qué pasa cuando alguien tiene la posibilidad de alegrarle el mes a mucha gente y no lo logra? Pasa lo que pasó durante muchos años, que sacamos lo peor nuestro. Entonces él, el responsable de hacernos felices, se transforma en algo parecido al personaje de La Gloira en El Arrancacorazones de Boris Vian. “Tengo una casa y mucho oro, pero tengo que digerir la vergüenza de todo el pueblo —dice La Gloira—. Me pagan para que tenga remordimientos en su lugar”.

Desafortunados en la economía, pero afortunados en el juego y en el amor, tuvimos a Diego y a Lionel casi en fila. Dos superhéroes a disposición para sacarnos un rato de la rutina y traernos la dicha en movimiento. Si algo los une, más allá del talento y haber dado todo por este país, es la voluntad para hacer que el futuro se parezca a lo que ellos sueñan. Y lograrlo. Con la particularidad de que sus sueños por lo general nos incluyen. Una teoría del derrame en la que sus lágrimas, sus frustraciones, sus gritos y sus festejos son los nuestros.

Sentimentalmente nuestro. Demostración argenta de que la gracia y el talento no siempre alcanza pero, también, que a veces las historias pueden tener finales felices. Se nos aleja el hombre niño de las lágrimas catalanas y las jeringas en las piernas. El que hasta los últimos metros acarreó nuestras penas y, a base de gambetas, las transformó en lágrimas de alegría. Con Lionel las vaquitas fueron nuestras

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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