Contrapuntos entre los dos finalistas del US Open. Del joven Shelton, ansioso por terminar los puntos, al frío Zverev, un tipo que estaba tan concentrado que no se dio cuenta que el partido había terminado. Escribe Fab Spina.
“Start spreading the news, I’m leaving today
Cantaba Frank Sinatra
I want to be part of it, New York, New York”
“Empieza a difundir la noticia, me voy hoy mismo,
quiero formar parte de eso: New York, New York”
Llegó el ultimo día. Con protagonistas en contrapunto. Ideales para un duelo anunciado. Diferentes. Opuestos. Casi antagónicos.
¿Quienes son? Te lo cuento: Ben Shelton, eléctrico, inquieto, veloz, avasallante. Sacador desenfrenado. No desecha la solidez, pero prefiere terminar los puntos rápido tomando mucho riesgo. Alexander Sasha Zverev, paciente, de riesgo calculado. Pica la pelota alrededor de quince veces antes de cada servicio, detalle que exaspera rivales y desata advertencias y sanciones de los jueces. Su territorio preferido es el fondo de la cancha, elige construir los puntos con varios golpes antes de forzar una definición.
Contraste de humores. Sasha Zverev es el fastidioso del grupo. Autocrítico, quejoso con el entorno y consigo mismo. Elocuente en expresar sus frustraciones. Cuando pierde, pone mala cara. Cuando gana, el gesto es casi el mismo. Su sonrisa es un hecho aislado, a veces inexistente. Incluso haciendo chistes fuera de la cancha, nunca se ríe, desconcertando al interlocutor. Ben Shelton es el agitado de la clase. Histriónico, bullicioso. Parece que siempre quiere llamar la atención. Cuando pierde se enoja como todos. Cuando gana, enciende todas las luces y tira fuegos artificiales. De más pibe los triunfos le hacían rozar la petulancia, últimamente acomodó un poco eso, quizás el mismo circuito y los rivales lo han puesto en su lugar.
Contraste de geografías. Zverev, de Alemania, visitante. Shelton, de Estados Unidos. Un local jugando una final de US Open, intentado ganarla después de 23 años —Andy Roddick, 2003—.
Contraste de chapas. Zverev, 29 años, Nro. 2 del mundo, mejor preclasificado en el torneo, que este año pudo por fin ganar su primer Grand Slam y que ya jugó mil finales. Shelton, 23 años, Nro. 9, enfrentando su primera final de GS.
Contraste de apariencias. Ben, negro, de músculos torneados, hijo de padre negro y madre blanca. Puede jugar mil horas sudorosas y siempre parece tener resto físico. Sasha, muy alto, muy rubio y muy delgado. Sufre de diabetes, cuestión que le altera la sudoración y le trae problemas en distintas circunstancias de exigencia física. Los partidos largos suelen ser para él batallas contra los rivales y contra la inestabilidad de su azúcar en sangre. Es sabido que las fluctuaciones de glucemia —sobre todo si son bruscas— pueden afectar cuestiones cognitivas, reducir la velocidad de procesamiento cerebral, generar confusión y alterar la coordinación motora. En la primera semana del torneo, con clima húmedo y caluroso, se lo vio midiéndose frecuentemente la glucosa durante los partidos.
Contraste de vínculos. Al menos en el vínculo público. Ben Shelton se conecta con la simpatía de los espectadores, la busca. Se siente bien en el aplauso, se señala su oído cuando recibe ovaciones, se muestra cómodo al escucharlas. Zverev asume su manera quejosa, sabe que casi nunca es el preferido en los estadios. Parece fastidiado si no lo aplauden, pero no muestra interés en que lo hagan. En el análisis binario perro-gato: claramente Ben es el canino condescendiente, Sasha el felino poco diplomático.

Amanecer de domingo en Nueva York. Los rayos de sol se filtran entre las moles de cemento del horizonte urbano. Desde temprano se supo que la final del US Open sería en el Arthur Ashe con techo abierto. Las fotos tendrían el aderezo de cielo celeste.
Así como en Argentina, en la previa, las hinchadas cuelgan trapos en los alambrados, los yanquis compran baldes gigantes de pochoclo antes de llegar a sus asientos. Clima de final, estadio lleno. A la inversa del fútbol, la tensión y atención en el inicio de un cruce trascendente, se mide por el silencio. Y el silencio era sepulcral.
Shelton gana el sorteo, elige sacar. Al término del primer game hubo casi una continuación de aquel silencio. Zverev quebró, se puso en ventaja desde el mismísimo comienzo.
El alemán con solvencia se llevó el primer set, y con autoridad ganó el tie-break del segundo. El desarrollo del partido era intenso y parejo, pero en los puntos importantes Shelton parecía fluctuar y Sasha terminaba concretando.
Con dos sets abajo, el local impuso todavía más intensidad y el público pareció comprometerse con eso. Finalmente, en el 5-6, a Zverev pudieron quebrarle el saque. Hecho que no sucedía desde los octavos de final. Así de sólido y contundente jugó Sasha con su servicio, sobre todo en la segunda semana. 7-5 para Shelton en ese tercer set. Y la esperanza puso al Arthur Ashe en el máximo momento de ebullición. Rápidamente apareció un dato en el aire de los memoriosos: en Nueva York, en los últimos 71 años, solo una vez un finalista había perdido después de ganar sus dos primeros sets: Sasha Zverev en 2020.

Pero la ilusión duró poco. En el primer game del cuarto Zverev quebró, y caminó con calma y sobriedad hasta el final de partido.
5-2 arriba, sacó para campeonato. Ganó el primer Match Point pero, al terminarlo, entregó las pelotas a su rival como si el partido continuara. Así de concentrado y abstraído jugó Sasha su final. Tardó varios segundos en darse cuenta que era el nuevo campeón del US Open. Por fin levantó sus brazos, por fin apareció su sonrisa. Segundo Grand Slam de su vida, en tres meses, después muchas finales perdidas.
En los últimos años, la cima del circuito y los grandes torneos se los repartieron entre Carlos Alcaraz y Jannik Sinner. Las ausencias y los vaivenes físicos de ambos en los meses más recientes, fueron aprovechados por Alexander Zverev. La pregunta inmediata es: ¿qué pasará con este Zverev —con chapa de campeón— cuando tenga que enfrentarse a Sinner y Alcaraz en plenitud? Por supuesto, la respuesta es una incógnita. Pero algún indicio nos entrega Frank Sinatra, cantando aquel clásico, con voz cálida y confidente, con el desafío de nunca perder elegancia:
New York, New York
Quiero despertar en una ciudad que nunca duerme
Y descubrir que soy un número uno
Top de la lista, rey de la cumbre
New York, New York
Y
Si logro triunfar allí
Sabes que podré hacerlo en cualquier lugar.
Fabián Spina
Instagram: @fabspina
Lástima a nadie, maestro necesita tu ayuda para seguir existiendo:
