-Bueno, a ver –retomó la palabra el líder–. Vos, Turbo, andá cargándote los bolsos. Leguizamón, si no es molestia: ¿le puedo pedir que vaya al minishop y llene los termos con agua caliente? Mire que tenemos como doce días de viaje y el calentador a veces falla.
No moví un dedo.
-Brigitte –le habló a su hija–, me alegro que hayas decidido acompañarnos.
-Es que no quiero perderte de nuevo, pá.
-¿Cómo?
-No, digo –se corrigió la muchacha–. Quise decir que no me gusta perder a nada. Por eso lo acompaño, señor Portillo.
-Bueno, el fútbol es así, querida. A veces los resultados no acompañan, pero como cabeza de grupo debo mantenerme fuerte, pensar en los demás, no te olvides que detrás nuestro hay cinco familias que dependen de la toma de decisiones de uno y no se puede fallar.
-Pero si somos cuatro –refutó X 8/14–. Y todos solteros.
-Cinco. Si el boludo de Turbo se trajo al perro. Y ahora, acá con el maestro Leguizamón, somos seis. Así que la responsabilidad sobre mis hombros pasa a ser mayor.
-Siete –corrigió una conocida voz a mis espaldas. Era mi enfermera–. No sé qué es lo que quieren hacer, pero Leguizamón no se va a ninguna parte.
-Ah, sos vos… –le dije, guiñándole furtivamente un ojo–. Vení, acompañame a llenar los termos que te pongo al tanto de todo.
-Sí, eso –festejó Portillo, algo confundido–. Metalé, maestro, que lleno el tanque de La Chicheneta y chau planeta Tierra, si te he visto no me acuerdo.
-Listos los bolsos, míster. Estamos para partir –avisó el Profe Turbo, asomado desde la caja de la furgoneta.
-¡¿Listo?! –se sorprendió Portillo, antes de acercarse a mi oreja–. Este Turbo es un balazo, tiene más ganas de vivir que la mierda. Ya lo va a ver trabajando con los muchachos…
-Me imagino.
-De lo que se imagine, multiplíquelo por cien. El profe Santella es una maestra jardinera al lado de este animal. Y vaya con los termos, maestro. Si ve una linda promo de medialunas cómprelas, que con el primer contrato que firmemos le devuelvo el gasto.
-Bueno –accedí.
-Yo tengo plata –dijo mi enfermera, mientras nos alejábamos–. Leguizamón: ¿me podría explicar qué está pasando acá?
-Nada grave –la tranquilicé, bajando la voz–, que este gordo está más loco que yo… Dice que se quiere ir al espacio, dirigir en otro planeta, qué sé yo… Y me invitó a que sea su ayudante de campo.
-¿Y usted qué le dijo?
-Que sí.
-¿Cómo “que sí”?
-Y sí, le seguí la corriente… Si el pobre no da pie con bola. Dice que vamos a viajar en esa carcacha celeste. No vamos a despegar, quedate tranquila… Y ahí nomás, le digo que nos deje en el hospital, que muchas gracias por todo y que se busque a otro.
-¿Usted está seguro de que no va a despegar? Yo no traje ropa, documentos, nada. Sí para usted, un joggins, una camperita y zapatillas, por las dudas.
-Seguro que no despega. Mirá si vamos a ir al espacio. Y si llegáramos a ir, pongámosle que se banca el viaje… ¿Quién lo va a contratar a este delirante?
-Mal no le vendría volver a las canchas.
-No me vuelvas a hablar de eso –la reté–. Si querés, andá subiendo a la camioneta, lleno los termos y voy.
-Bueno, Le.
-Y no me digas “Le” –hablé, ya solo, frente a la máquina de agua–. Lo único que me faltaba… Irme a dirigir a otro planeta con un muchacho al que le faltan jugadores, un extraterrestre, un robot, un perro y una pobre chica que no se anima a decirle al padre que es su hija. Ah: y mi enfermera. Alguien que hace diez años dice que es mi mujer, mi novia de toda la vida. Lo único que me faltaba.
-¡¡¡Apure, Leguizamón!!! ¡Ya estamos listos! ¡Metalé que más de madrugada se llena todo de naves! –me gritó Portillo, sin el menor sentido del ridículo.
-Sí, seguro… Se llena todo de naves –murmuré–. Si me vieran el Viejo y el Vasco, a punto de comenzar un supuesto nuevo ciclo, con un cuerpo técnico que está más para animar un circo que para campeonar… ¿Qué me dirían?
Me acerqué a la furgoneta con los termos cargados. La estación de servicio estaba desierta. El único testigo de la escena, un playero con cara de bonachón, esperaba de pie junto a Portillo; al acercarme, extendió su mano y desplegó una sonrisa que ya había visto un millón de veces.
-¿Leguizamón?
-El mismo.
-Javier es mi nombre. Le quería agradecer por tanto, jefe. De corazón se lo digo. Y mire que soy de River… Pero lo de ustedes trascendió las camisetas. Cuando lo vi, pensé que estaba equivocado, pero no, acá Portillo me dijo que era usted en persona.
-Bueno, se lo agradezco.
-Me dijo que se van a otro planeta.
-Así parece.
-Juárez y el Vasco… Esos sí que eran grandes. Buena gente, ganadores… Me alegro que vuelva a trabajar, no se sabía mucho de usted, bueno, más de lo que se supo en su momento…
-Un hueso duro de roer, el maestro –se ufanó Portillo, palmeándome un hombro–. Pero lo convencimos.
-Por eso me alegro tanto por su vuelta –festejó el playero, extendiéndome una mano–. Desde acá les voy a seguir la campaña.
-Le agradezco mucho, pibe.
-Me dijo que se van a Prstp. Si en una de esas llegan a ir al Planeta de los Bosteros, ojo que por ahí me pido vacaciones y paso a visitarlos un partido.
-El Planeta de los Bosteros –repetí, atontado, subiéndome a la camioneta con la ayuda del Profe Turbo, mientras los otros se despedían.
Portillo se acomodó al volante, mi enfermera en el medio y a mí me tocó la ventanilla, como acompañante del conductor. Atrás, rodeados de los bagayos de carga, y muy entusiasmados, iban los demás.
-Olé, olé, olé, olé… Leguiiii… Leguiiii…
Lucas Bauzá
Twitter: @rayuelascometas
Cada semana un capítulo nuevo.
Lástima a nadie, maestro necesita tu ayuda para seguir existiendo, suscribite acá:
