Volver a casa

 

Cuando me mudé a Alberdi -a Córdoba pero a Alberdi- nunca se me pasó por la cabeza que iba a encontrar una segunda casa tan rápido, que después sería tan importante como la primera y que, aún más, sería tan entrañable como aquella.
 
Porque Alberdi se incrusta en el corazón más allá del futbol, más allá de cualquier partido y sobre todo más allá de cualquier resultado. 
 
Es el barrio entero el que vive con sus afectos y sus defectos, que cobra vida en sus calles, sus paredes pintadas que reviven el cordobazo, sus habitantes que son verdadera muestra de un abrazo latinoamericano;  y es el barrio el que si hablara, lo haría susurrando una zamba, cantando un cuarteto o gritándote un gol.
 
Alberdi es también aquel mundo donde el cuarteto y el rock conviven a pocas cuadras, en el estadio del centro y la vieja usina [no dejaré nunca de llamarle así], donde cada noche, como hormigas nos aglomeramos en procesión hacia alguno de estos verdaderos templos. Donde en cada tarde, en esa plaza Colón que cargaba de trapos cada fin de semana o en la Jerónimos del Barco, también vemos las murgas, los puestitos,  la gente y más gente que se reúne. Donde cada tanto –o todo el tiempo- revive la lucha por la piojera, la vieja cervecería [que ya nos quitaron], y nos da sobradas muestras que es el barrio de las luchas populares.

 

Y esta el Gigante. Si, entre todas esas grandes cosas, hay un Gigante de Alberdi. Porque sin Belgrano Alberdi no esta completo, y sin Alberdi Belgrano tampoco lo está.
Porque todo este tiempo verlo deshabitado, dormido, estático, nos daba ese gustito a poco, a carencia, a lejanía.
 
Porque hay que decirlo, tener que mudar el barrio por 90 minutos cada domingo hasta ese estadio mundialista no era lo mismo. Tan ajeno, tan distante, tan frío. Solo soportable por esa caravana celeste que se moviliza a todos lados, al Chateau o a La Quiaca o a Ushuaia.
 
Pero esa espera se termina. Se hace lenta y a veces insoportable, pero se termina. Porque estamos en las vísperas del despertar de un largo letargo. El Gigante se prepara para dejar de estar vacío. En estos días, cada vez que uno lo rodea y lo ve que esta renaciendo siente que la espera se acaba. La piel se eriza [de gallina nunca] al mirar como revive y se levantan esas gradas nuevas. Es raro como estructuras de cementos puedan lograr algo así, pero sabemos que significan más que eso.

 

Ver el estadio vacío nos hace los días eternos y llenos de ansias, que solo saben recordar de viejos momentos. Hace un tiempo ya nos indagaba el gran Eduardo en el Fútbol a sol y sombra: ¿“Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? (…) No hay nada menos vacío que un estadio vacío”. Y si, porque ahí viven tantas personas como recuerdos. Aquella tarde de lluvia o la noche en que uno acampó –en vilo- por una entrada. Y ni hablar de aquella noche de promoción de junio de 2011, que a muchos se nos refleja en nuestras retinas cuando vemos como se erige esa nueva tribuna. Quizás porque se trate de una de las alegrías más cercanas, pero sobretodo porque aquella noche la Hualfín fue protagonista. Como lo es ahora. Porque aquella noche –ocupada por hinchas de river- la vieja tribuna de calle Hualfín era ultrajada y usada como vía de invasión de aquellos hinchas impotentes. Ahora ya no está, pero claro que es protagonista porque es el motivo del regreso. La renovada y reemplazada tribuna, la nueva estructura de cemento que eriza la piel nos espera, y nos prepara para nuevas alegrías y tristezas. Hasta ese día seguimos contando los días, necesitando que Belgrano sea Alberdi nuevamente. Y si, porque hasta que no vuelva a jugar Belgrano en su casa, en mi casa, en nuestra casa…aquellos días de ansías, de espera, de lejanía, no terminaran.

 

Volvamos a Alberdi. En todos los sentidos posibles. A la cancha y al barrio. Inundemos sus callecitas, naveguemos por sus recuerdos y los hagamos carne otra vez.
El hincha lo elige para toda la vida, y elige quedarse y colmar ahora sus gradas más amplias. Porque en un abrir y cerrar de ojos 30.000 mil decidieron no perderse un día más fuera de casa, demostrando que el Gigante quiere y necesita ser cada vez más grande, para que Belgrano y Alberdi otra vez sean uno solo. Para que seamos todos y más.
Pablo Juárez

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