El día que Corrientes se detuvo

Hubo una tarde hace años, en qué la ciudad quedó desierta sin que hubiera cuarentena ni coronavirus. Juan Stanisci salió a pasear por la Avenida Corrientes mientras Holanda y Argentina definían quién pasaba a la final del mundial Brasil 2014.

-“Señoras y señores, tenemos penales”

 

Lo decidí volviendo del baño. ¿A quién le iba a mentir? Si los noventa minutos habían sido un sufrimiento. Cada vez que los naranjas esos pasaban la mitad de la cancha, yo estaba al borde del infarto. Así que llegue a la mesa, agarre la campera y les dije que me iba a la vuelta, a esperar en la calle.

 

La avenida Corrientes, entre Callao y el obelisco no para nunca. Menos un jueves a las seis de la tarde, no importa que fuera un 9 de julio. En verano es porque hay turistas; en invierno es porque hay turistas; en la semana por las oficinas; sábados y domingos por las pizzerías o los teatros; los feriados otra vez los turistas o algún perdido que va al cine ¡Si hasta de madrugada te cruzás algún lumpen sin rumbo! Al abrir la puerta de la pizzería el frío me pegó un chicotazo y el silencio me envolvió. En la calle no había nadie. Ni colectivos, ni oficinistas, ni turistas. Nadie. Estado de sitio. Todos guardados. Salí del bar y me fui a sentar en un edificio a la vuelta, por Rodríguez Peña. “¿Qué carajo voy a hacer media hora acá sentado?” pensé ni bien me senté. Así que me paré y agarré por Corrientes para el lado del obelisco.
No había hecho una cuadra cuando escucho un grito. Más que un grito un rugido. Cuando el rival erra un penal la vocal es abierta primero (algo parecido a una A) y cerrada después (algo parecido a una O), lo que da como resultado un “vamos”  gangoso que no se sostiene en el tiempo. Un “vamos” corto y seco, como un cachetazo o un shot de ginebra. Lo cierto es que Holanda había errado un penal.

 

Seguí por Corrientes, y al pasar por un quisco de diarios escuché en la radio que Messi se preparaba para patear el primer penal de argentina. Me tenté, pero no frené. Y fue gol. Ahora si fue un grito de gol. Cuando nuestro equipo mete un penal el grito es simple: una G imperceptible y una O tan larga como avanzada esté la tanda de penales. En este caso fue el primero. Pero bastó para despejar un poco ese desierto sin ruidos que era la avenida. Gol de Argentina.

 

Al llegar a Paraná miré de reojo un televisor, se preparaba un holandés. Silencio. Seguí caminando. Más silencio. Gol de Holanda.

 

Otra vez de refilón veo Garay parado frente a la pelota. “Cagamos” pensé. Este burro la cuelga. Pero no a veces los burros se equivocan. La avenida explotó en un gol cargado de furia. Ya era cábala, había que seguir caminando. Argentina 2 Holanda 1.

 

El obelisco estaba cada vez más grande. La frontera estaba ahí, en esa sombra blanca que me acompañaba desde que salí de la pizzería. Y no podía llegar antes de que termine. Empecé a caminar más lento. No sé qué hubiera pasado si la serie se estiraba. En otra radio de otro quiosco alcancé a pescar que se preparaba Sneijder. “Este no erra ni a gancho”. Pero si Garay la metió, Sneijder podía errar. Y otra vez el rugido. Esta vez más largo, como respetando esa ley que habla de los gritos y los penales cada vez más decisivos. La avenida desierta se encendía y se apagaba. Como si la pelota al frenarse callara todas las gargantas y solo el silencio acompañara la eterna caminata del pateador hasta el punto penal. 
Al toque nomás vino el tercero. Otro grito, más largo todavía. Como si se estuvieran descargando todos los nervios de todos los músculos siempre tensos y al borde del colapso de la ciudad. Ahí si Corrientes casi tiembla entera. Pero no, faltaba un cachito nomás. Argentina había embocado de nuevo.

 

Y ese cachito se hizo esperar. El silencio nos acompaño a Maxi Rodríguez y a mí durante la última caminata. La 9 de julio también estaba desierta. En la plazoleta que está frente al obelisco había unos móviles de televisión, dos o tres tipos los rodeaban. El silencio se hizo cada vez más profundo. Empecé a cruzar lo que fue la avenida más larga del mundo con el semáforo en verde. Estoy por pisar la plazoleta cuando de uno de los móviles sale corriendo un flaco. Sale como despedido por esa explosión que reventó desde todas las ventanas de todos los bares y edificios. Salió corriendo al grito de “¡estamos en la final loco!”. Lloraba. Nos abrazamos. Yo también lloraba. Se sumaron otros más y empezamos a saltar y a cantar. Argentina había ganado los penales.

 

De a poco como un hormiguero removido por una rama, Corrientes se empezó a llenar. Primero las veredas. Después la calle. Todos para el Obelisco. Una marea interminable de gente que venía y venía. El resto ya se sabe. Ese abrazo no me lo saca nadie.

 

Juan Stanisci

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