La M

Santiago Garat*

Es sábado, de noche. Negra noche. Las luces le dan al césped del Gigante una tonalidad distinta a la de los domingos de sol. Más brillante, más linda si se quiere.

El Moca está en la tribuna alta que da a Regatas, al medio, casi arriba de todo. Central empata 0 a 0 en un partido aburridísimo con Vélez y al Moca, aunque ni en pedo lo comentará en voz alta, le gusta el 9 de ellos, el pelado, ese que se parece a uno de los tres chiflados pero más flaco, y alto. Ese al que lo vio sacar a bailar a los defensores de Boca en plena Bombonera y agujerear el arco del Loco Gatti apenas puso un pie en el área grande. Ese que la otra vez, viéndolo por tele contra Independiente, se elevó al mismo tiempo que los centrales del Rojo y mientras los grandotes se desplomaban aparatosamente, todavía en el aire, y en lo más alto de su salto, metió el frentazo seco y la puso abajo, inalcanzable para el pobre Chocolatín Baley.

Un rato antes, y entre mate y mate, el Moca le había dicho a la Negra que esa noche tenía reunión de la orga, y que mejor no dar demasiados detalles. Que ella comiera y le diera de comer al Guille, y que se acostara. No solía mentirle, pero sabía que ir a la cancha, un sábado a la noche, era un riesgo demasiado grande y algo que su compañera no iba a aprobar ni a regañadientes.

El Pampa Félix Lorenzo Orte, jugador que había venido de Banfield –y que a él le encantaba sobre todo por su despliegue, velocidad y sacrificio–, estaba como perdido en la cancha y un gordito pelado de campera marrón, dos escalones más abajo, se atrevió a putearlo. El Moca se mordió los labios, tenía ganas de mandarlo a la reverenda concha de su madre. Pero se aguantó. No podía ni quería darse el lujo de llamar la atención.

Esa noche, el equipo de don Ángel Tulio Zof perdió 1 a 0, casi sobre la hora, y la gente se fue mascullando bronca. No hubo puteadas, ni silbidos, porque el equipo venía bien en la tabla y porque perder con Vélez –con ese Vélez– estaba dentro de las posibilidades. Pero sí bronca, mucha bronca.

El Moca salió rápido de la cancha, tratando de perderse entre la muchedumbre. Agarró Génova y caminó apurado hasta la avenida Alberdi para tomar la M. Consiguió de casualidad un lugar en el fondo y fue todo el viaje pensando en la Negra, en el Guille, en los compañeros, y en los putos milicos que no se cansaban de hacer cagar gente.

Se bajó en Catamarca y Vera Mujica, y cuando dobló para el lado de Salta sintió el culatazo en la nuca. Quedó arrodillado en la vereda, medio ciego. Sintió que le gatillaban un par de veces en la oreja, que lo arrastraban hasta un auto y que lo metían acostado en el piso frío de la parte de atrás. Ahí, aturdido como estaba, y pese a la oscuridad de la noche más negra de todas las noches, alcanzó a ver al gordito pelado de campera marrón que le pisaba la cabeza.

*Santiago Ernesto Garat, periodista, integrante de la Cooperativa La Masa desde su fundación, escribe en el periódico El Eslabón y conduce los programas radiales La Bola (Red TL 105.5) y Poné la Pava (Radio Gran Rosario 88.9). Es integrante de la agrupación Hijos Rosario y en 2012 corrigió Texto constitucional, proyecto hegemónico y realidad histórica, libro que recopila los textos que su padre, Eduardo Héctor Garat, alcanzó a tipear antes de ser secuestrado en abril de 1978, víctima del Terrorismo de Estado, y en el que el abogado –que hasta el día de hoy permanece desaparecido– analiza profundamente la Constitución del 49.

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