Illiol, Tatini, Paiaia y Catamán

El mundial 78 nos genera sensaciones encontradas. Festejos, dolores, llantos, odios, broncas, gritos, alegrías. Nadia Fink tenía sólo un año cuando se disputó, pero eso no fue impedimento para sentarse a mirar cada partido.

Mis primeros recuerdos con el fútbol son con mi viejo. No compartimos el mismo cuadro de fútbol (devenires de la vida, consecuencias de criar dejando elegir), pero me recuerdo panza en el piso tomando nota de las vicisitudes de cualquier partido. Cualquiera. Mi vieja y mi hermano también estaban. El fútbol se compartía en familia. Pero los análisis posteriores de cada partido eran (siguen siendo) con mi viejo.

Del Mundial 1978 no tengo recuerdos. Tenía sólo 1 año y medio. Sin embargo, afirman en mi familia, miré cada partido y repetía los once titulares a media lengua. Así, por ejemplo, estaban: “Illiol, Tatini, Paiaia, Catamán” para nombrar a “Filliol, Tarantini, Passarella y Housemann”. El mito creció y es una historia que se cuenta siempre: la pasión por el fútbol a la nena le viene de chiquita. Tradiciones familiares, la tercera palabra de mi hija, después de “mamá” y “papá”, fue “gol”. Pero eso sucedió muchos años más tarde.

El Campeonato del 78 en casa se festejó. No tengo recuerdos, pero con el paso del tiempo también me sentí responsable de esa celebración mientras una Dictadura feroz se llevaba vidas, bebés, sueños y el pensamiento de toda una generación. No tengo recuerdos pero soy de otra generación, esa que nació en el 77, a menos de un año de que la Dictadura cívico-militar-eclesiástica trajera un plan de saqueamiento económico y de ideas de libertad. Mientras yo nacía en un pueblo de Santa Fe, en varios lugares del país alguien sufría torturas, alguien moría, alguien era arrojado al mar, un bebé era arrancado de las manos de su madre parturienta. No tengo recuerdos, pero es imposible pensar que nacer en ese contexto no deja información en tu ADN.

Más temprano que tarde la información fue empezando a llegar: una pregunta, el festejo de la “vuelta de la Democracia”, una marcha, un aniversario, y la historia se empezó a venir encima con toda su crudeza y con toda su verdad. Supe del nacimiento de las organizaciones armadas, me enteré de que en La Criolla, mi pueblo (en ese entonces de 1500 habitantes), había una desaparecida, La “Cochi” Zannutti, y un desaparecido, El “Buzón” Zerbatto, militantes del PRT-ERP, y de quienes poco se hablaba.

Mi trabajo me llevó a corregir miles de notas y de libros sobre historias de las desaparecidas y los desaparecidos, sobrevivientes, hijas restituidas e hijos restituidos, exiliados y exiliadas, guarderías para el cuidado de niñas y niños; bien de cerca pude conocer, sobre todo, relatos de resistencias y de sueños colectivos.

El mes pasado se cumplieron 40 años del Mundial 1978 y un par de libros cayeron en mis manos: Historias mínimas de los mundiales, que me sorprendió por su calidad literaria, cuenta entre tantos relatos, lo vivido por “Héctor Kunzmann”, militante montonero y sobreviviente de “La Perla” durante aquel Mundial. “Parte del tratamiento era que los desaparecidos pudieran atisbar al país de fiesta, mientras ellos languidecían en los campos de concentración”, contó mientras describía cómo era llevado a asistir al partido entre Perú y Escocia. También Derecho y Humano. José María Muñoz, el relator oficial se detiene en la vida de “El Gordo” durante esos años en los que se transformó en el “relator oficial” y defensor de la realización de un mundial para mostrarle al mundo que “los argentinos somos derechos y humanos”. Mientras las exiliadas y los exiliados movían campañas para que no se realizara el Mundial, Muñoz fue la punta de lanza para que el periodismo cómplice allanara el terreno. Es, también, lo que sucedió con los Mundiales como “pantalla” durante el fascismo de Mussolini y el nazismo de Hitler.

Y de ahí surge la pregunta inevitable, la misma que aparece hoy cuando, mientras sucede Rusia 2018, se escucha: “El fútbol distrae de la realidad, sirve para tapar ‘cosas’”. ¿Fue el Mundial 1978 una pantalla que logró tapar lo que sucedía en el país? ¿Se puede separar el fútbol de lo que sucede con los poderes de turno, algunos más atroces que otros? Días pasado, Pablo Alabarces nos respondía esta pregunta para Marcha, y nos ayudó a desandar una mirada bien distinta: “El Mundial como cortina de humo es una idea falaz. No es que permitía tapar otra cosa. En general los mundiales no permiten tapar nada porque la política, la economía, los problemas sociales, la falta de trabajo o lo que fuere, no se difunde por los medios, se experimenta como vida cotidiana. Clarín puede hacer todas las tapas que quiera, Macri puede decir lo que quiera pero la experiencia cotidiana de la crisis se hace cuerpo. Además de que sistemáticamente la idea de la distracción, la cortina de humo, la tapadera, siempre habla de otros. Todos los que pueden llegar a afirmar eso nunca aceptarían que están siendo distraídos. Siempre es otro el que se distrae. Nunca nadie sabe quién”.

Pensar en la cortina de humo, reflexioné entonces, es creer en la estupidez del pueblo. Es subestimar la pasión por el fútbol, ese deporte que se nos hace inexplicable y, también, tan sinceramente vivido. No dejamos de luchar porque miremos fútbol porque, en definitiva, hay muchas personas que se distraen con otros humos: quienes no quieren cambiar las cosas tal como están dadas son quienes más juzgan a las personas apasionadas por la pelotita.

Analizar la historia cuarenta años después es casi un riesgo: la culpa retroactiva no modifica la historia construida sobre los pasos que ya no pueden desandarse, ni los estadios mundialistas construidos sobre la pobreza de generaciones posteriores, ni la ausencia de quienes escuchaban los goles en sesiones de tortura. El Mundial 1978 nos sigue doliendo cuando vemos a Videla gritar los goles desde el palco oficial, es una espina difícil de sacar de la piel. No tengo recuerdos de esos días, pero sí una nueva mirada que pude construir colectivamente. Y también, la tierna idea de una niña de un año y medio que ya sabía, sin siquiera saberlo, lo que quería, mientras repetía: “Illiol, Tatini, Paiaia, Catamán”.

Nadia Fink

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