Copa Argentina: por amor a la pelota

Cuando se termina un partido entre amigos, amigas, en una cancha alquilada o en el barrio, vienen las cervezas. O el Fernet. O el vino. Y (quienes puedan) el asado. Ahí comienza una larga charla entre carcajadas brutas, que va de jugadas del partido recién terminado, pasa por la paternidad de uno de los equipos para con el otro, nunca faltan las cargadas futbolísticas o no, para terminar en un híbrido de frases que sobrevuelan la mesa y que van desde temas de actualidad, fútbol, política, música o cualquier otro tema que pueda interesar al ser humano. A este segmento post partido no hace falta, como en el rugby, llamarlo de ninguna forma. Es un ritual instalado a la altura del partido. Y a veces hasta puede estar más arriba que el partido mismo, ya que nunca falta el lesionado o la retirada que viene solo para las cervezas o el asado. ¿Pero qué pasa en el fútbol profesional? En el fútbol profesional pasa lo mismo que en la cabeza de Macri al pensar en la justicia social: Nada. O al menos eso parece en principio.

La Copa Argentina es el campeonato más federal del Futbol nuestro. Replicando la idea de David y Goliat, los equipos más chicos afiliados a AFA, luego de enfrentarse entre sí en un sinfín de instancias, chocan contra los grandes de la A: los profesionales. Llegado este punto, al contrario de lo que se había pensado en un principio, los equipos denominados “chicos” deben viajar miles de kilómetros para jugar “el partido de sus vidas”. Sobran los ejemplos de jugadores que deben faltar a sus trabajos, aun corriendo el riesgo de ser echados, con todo lo que eso significa hoy en día. Como decía más arriba, en un principio se había pensado que sean los grandes de la capital los que se trasladen a las provincias a disputar estos partidos. En este momento casi todas cuentan con un estadio con capacidad e infraestructura para recibir un partido de estas características, por lo tanto, no se entiende este empecinamiento de la AFA por mantener la hegemonía y el monopolio de la comodidad de los grandes. Los equipos de menos presupuesto viajan en micro, sí, en micro porque la organización ni siquiera es capaz de financiar un avión para un plantel del interior. Estas travesías pueden durar quince horas para luego, jugar al día siguiente. Ni hablar de los hinchas que deben trasladarse miles de kilómetros un día de semana. Así y todo, los clubes amateurs o semi amateurs que vienen a enfrentarse a los multimillonarios equipos grandes todavía tienen algo para enseñar. No es eso que los medios, también grandes y hegemónicos, muestran como “la odisea de tal o cual equipo para jugar el partido”, como si fuera algo pintoresco. No, lo que vienen a enseñar es algo que está en el pasado de todos los jugadores de los equipos de primera.

Sarmiento de Resistencia no es el equipo más conocido de su provincia para los que vivimos en Buenos Aires. Ya sea por su nombre, por su participación en los Campeonatos Nacionales o por haber albergado en su plantel al mítico Éber Ludueña, Chaco For Ever es el equipo que más nos suena cuando pensamos en el fútbol chaqueño. Sarmiento de Resistencia viajó quince horas en micro para jugar un miércoles en cancha de Banfield contra Racing. Cancha que queda a más de mil kilómetros de Resistencia y a menos de cincuenta cuadras de Avellaneda. Es decir, el que menos tiene que viaje más y el que más puede que le quede cómodo; cualquier semejanza con el modelo político del país es pura coincidencia. Y por si fuera poco ¡Sarmiento venía con un mes encima sin competencia! Sí, porque Racing pidió cambiar la fecha del partido (iba a ser después del Mundial) y a pesar de los pedidos de Sarmiento por la falta de rodaje que tenía su equipo, la fecha se cambió igual y tuvieron que venir a jugar sin ritmo. copa argentinaContra todos los pronósticos Sarmiento vino y ganó, en otra muestra de que el fútbol da para todo y que, aunque sea una en un millón, siempre un equipo le puede ganar a otro.

Ni bien terminó el partido, después de ducharse, secarse y cambiarse, Centurión recordó las camisetas que le habían pedido los jugadores del equipo chaqueño. Ricardo Adrián, en vez de mandar una, dos o cinco camisetas por medio de un tercero, decidió ir él mismo al vestuario rival. Si, el tipo que hasta ese momento parecía que iba a ir al mundial, el que muchos tildan de soberbio y agrandado, ese pibe se fue al vestuario de los contrarios. ¡Después de haber perdido! Y acá cabe una pregunta ¿Podría haber sucedido esto en un partido con equipos de iguales características? ¿Se dio solo porque del otro lado había un equipo semi-amateur? En ese caso ¿No será qué para Centurión, cruzar la puerta de ese vestuario fue encontrarse con el pibito que fue él en inferiores, ese que se tomaba más de un colectivo dejando todo de lado para jugar a la pelota? Centurión tal vez buscaba reflejarse en esa alegría del equipo que acababa de ganarle para encontrar su propio espíritu amateur. Ese que queda escondido detrás de todos los flashes, de todas las publicidades, de todas las cámaras, de todos los micrófonos y de todos los escándalos, ese que quiere salir a jugar todos los fines de semana, como el pájaro azul de Bukowski, a tirar caños, a reírse un rato, contra los que dicen que así no se juega en primera. Es muy probable que así sea. Por las dudas tengo otro ejemplo

El quince de agosto de 2017 Atlas enfrentó a River en la provincia de Salta. Otra vez lo mismo. Acá si se podría haber jugado en cualquier cancha de Buenos Aires. Pero no, a la organización se le ocurrió llevarlo a Salta. Acá a la vuelta para los muchachos de Atlas. Terminado el partido, luego de que esta vez si ganara el equipo grande, la delegación de River invitó al plantel de Atlas a cenar con ellos en el hotel donde se hospedaban. river atlasTiempo después, en una entrevista con Lástima a nadie, maestro, Julio Gauna referente de Atlas nos contó que para ellos fue increíble estar comiendo con esos jugadores, como si todos fueran uno más. Y va de nuevo la cuestión de esta nota ¿Habrá valido más la charla para los muchachos de Atlas o el reencuentro con el espíritu del jugar por amor al fútbol para los de River?

Aunque no puedan demostrarlo ni decirlo, los jugadores de primera deben sufrir el hecho de no poder disfrutar hacer lo que más les gusta. Por más que el resto de los mortales creamos que son millonarios acomodados a los que no les importa nada, la mayoría son chicos de no más de veinticinco años que llegaron a primera con el sueño de jugar a la pelota y se vieron envueltos en todo eso que llaman: el mundo del fútbol. Eso que asquea a Lisandro López, Walter Erviti, Juan Román Riquelme y tantos otros. Eso que hace de este hermoso juego un negocio para los que no juegan. Eso que está por fuera de la línea de cal, pero sigue pesando en las cabezas y los cuerpos de los que entran a la cancha, porque, aunque usted no lo crea, son seres humanos como usted y como yo. Que sufren, se alegran, lloran y putean. Y que, en muchos casos, están obligados a reprimir sus emociones. A no poder tirar los caños que quisieran, mandar a la mierda a un plateista o a un compañero, enojarse por una pregunta mal intencionada de un periodista o jugar y divertirse porque están bajo presión. Ese espíritu amateur del que hablaba Sampaoli antes de ir en contra de todo lo que antes afirmaba, eso es lo que buscan Centurión o el plantel de River, cuando se juntan a compartir algo, una charla o una comida, con sus colegas del Federal A o de la D. Eso que perdieron en algún punto entre la reserva y la primera. Eso que tienen guardado en algún lugar de su sangre y anda dando vueltas por ahí, esperando a poder salir a flote otra vez, para incendiarles el pecho cada vez que pican al vacío o se tiran a robar una pelota. Para que la felicidad vuelva a ser entrar a una cancha. El simple acto de entrar a una cancha y no la obligación de salir campeón o ganar un clásico. Eso va y viene. Y como la fama, son puro cuento.

La Copa Argentina es más que un torneo que permite llegar a la Copa Libertadores. Es la oportunidad de los jugadores de equipos chicos de mostrarse y medirse con los equipos de primera. Pero más que nada, es la posibilidad de los profesionales de volver a encontrarse con lo más básico del fútbol: el amor por jugar a la pelota. Eso que sentían en inferiores o jugando en el barrio y que sin darse cuenta, fueron dejando guardado en algún rincón del vestuario de reserva.

Juan Stanisci

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