Traiciones y etiquetas

Tratar de comprender el “caso Mauro Zárate” implica hacer un esfuerzo, a simple vista, innecesario. Resulta cómodo quedarse con su desafortunado “Pasó el equipo grande” o con su grito eufórico tras convertir el penal ante Vélez Sarsfield, el club que lo vio nacer y del cual manifestó que nunca se iría. Pero hay algo más detrás de eso.

Que algo quede claro: Zárate se equivocó. O, mejor dicho, se arrepintió. Manifestó que nunca se iría de Vélez y se fue. Y se fue a Boca, club detestado por gran parte del público futbolero. El dolor de la hinchada fortinera resultó, en este sentido, lógico. Pero la reacción no quedó en el simple dolor. Se habló de “traición” y se sometió al jugador a un verdadero suplicio. Lo insultaron, amenazaron, le desearon la muerte a su mujer (recuperada hace pocos meses de una enfermedad cruel) y publicaron el colegio al que asisten sus hijos. ¿Por qué?

Howard Becker desarrolló en la década de 1960 la “Teoría del etiquetado”. En ella sostuvo que la desviación no es inherente a un acto, sino a una tendencia social a la calificación negativa de las minorías entendidas como “desviadas” de las normas sociales y culturales vigentes. En otras palabras, es la sociedad quien crea la desviación al establecer determinadas reglas de las cuales no habría que correrse para no ser “etiquetado” de manera negativa.

A caballo de ese (resumido) concepto se puede entender a Zárate como un desviado a quien le cabe la etiqueta de “traidor”. Y es que hace tiempo el mundo del fútbol y la sociedad futbolera vernácula que lo compone estableció como norma que aquel jugador que abandona su club para irse a otro (a algunos puntuales, no a todos) es un Judas criollo. Y en ese sentido se busca hacer sentir la hostilidad que esa persona “merece” de todas las formas posibles. ¿Es lógico?

En su libro “Sociología del Fútbol” Julio Mafud explica que cuando el hincha establece un chivo emisario pone en marcha un mecanismo de proyección que “desplaza la propia culpa, el propio miedo, la propia agresividad sobre el otro. En el fondo, lo que se quiere eludir es ser responsable de la propia incapacidad, de la propia impotencia o desgracia”.  Esto, llevado al análisis del propio club, quizás invite a tener en cuenta que el hincha descarga toda la frustración de no haber podido representarlo en aquel que sí llegó a hacerlo y actúa de una forma diferente a la que él lo haría. O, simplemente, la impotencia de no tener en su vida decisiones tan intensas, tan “fundamentales” que tomar.

Al margen de lo anterior, otro aspecto interesante que resalta Mafud apunta a la violencia. Más allá de destacar la lógica presión grupal sobre la conducta individual que opera en la tribuna (quizás alguien no tenía interés en insultar a Zárate, pero se sumó a los cánticos), señala que cuanto más espontáneas son las expresiones, tanto más violentas las agresividades que encierran, y que esas palabras, que parten de arranques emocionales, no son censuradas ni seleccionadas totalmente por la conciencia.

Esa distinción nos ubica en un lugar en el cual, aún sabiendo que “está mal”, podríamos entender los insultos vertidos sobre el futbolista como un fenómeno ajeno a la razón. Ahora bien, las amenazas fuera del contexto de un partido, calculadas, los deseos oscuros sobre su pareja e incluso sumar a menores de edad a la cruzada; eso sí luce ajeno a cualquier escenario.

Si hiciéramos el esfuerzo de corrernos del submundo del fútbol y todas sus particularidades, cabe la pregunta: ¿no es Mauro Zárate un ser humano que se arrepintió de algo que dijo (como a todos nos ha pasado) y que, en tanto trabajador, buscó un progreso profesional? ¿No es, en definitiva, un jugador que cuando se puso su ropa de trabajo (la remera de Vélez) dejó todo? ¿Cuál sería su verdadera deuda con la institución? Su carrera es suya, del mismo modo que la de cada uno de nosotros es nuestra y nadie debería juzgarnos por nuestras decisiones al respecto.

Es fútbol. Es un juego. Pero, a veces, es una verdadera locura.

Luciano Jurnet

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