Lo que oculta esa mirada

Crónica de la final de La Copa Libertadores en la mirada y las palabras de Santiago Núñez. Agradecimiento, dolor y siempre creer. Aprender a perder para poder competir.

A Franco Armani le cuesta mirar para arriba. Lo intenta, pero también busca en un abrazo de cariño lo poco que puede encontrar de consuelo. Mira entre incrédulo y triste hacia todos lados, esperando encontrar algún ángulo, rincón, lugar o algo a lo que recurrir. Pero fracasa.

Su desazón no tiene mucha vuelta: Armani tiene los ojos vidriosos porque perdió. El arquero tiene dos copas Libertadores, es ídolo de dos de los equipos más grandes del continente, atajó en un mundial, y hace poco recordó que en una final contra su archirrival (que quedará grabada para toda la vida) hizo la mejor atajada que él recuerde, en plena Bombonera, con el partido empatado.

Pero los logros no importan, frente al desconsuelo irremediable de la proximidad del dolor, ese que hace que poco tiempo después de la tragedia deportiva nada pueda observarse en perspectiva y todo parezca magro, insuficiente y sagaz frente a la agudeza del llanto. No hay Historia para recordar, sólo el “aquí y ahora”, en el que nada puede sacar una sonrisa.

Su técnico lo va a buscar. Le pone la mano en la cabeza para acariciarlo, pero rápidamente se da cuenta de que eso no va a alcanzar. En realidad, él sabe más que nadie que nada alcanza, pero no por eso, como está en sus genes, va a dejar de intentarlo. Sin pensarlo, busca quizás encontrar algún gesto que permita recuperar con escaso nivel de nitidez pero con gran cantidad de honor algún pedazo de la brillante historia que en realidad acaba de vivir, a pesar de la derrota.

Por eso, si bien nunca sabremos cómo Armani se siento en aquel exacto momento, si podemos decir algunos que empezamos a llorar cuando Marcelo Daniel Gallardo lo miró fijo a los ojos, y con la convicción de aquellos que parecen inmortales le dijo mientras le tocaba la cara como un padre sustituto: “Con orgullo, con orgullo”.

A las 18:41 todo parecía perfecto, digno de un libreto de comedia cinematográfica. El partido perfecto de un equipo más débil que le ganaba a uno más poderoso a partir de la mezcla entre un sistema táctico exitoso con un esfuerzo sistemático del conjunto de sus integrantes, que casi con fisonomía comunista dejan de lado la individualidad y las grandes luces en pos de una construcción colectiva. El futbol, fácilmente confundible con la vida, iba una vez más, dirigida en esa orientación.

Muchas veces confundida con las risas y la ironía, el género de la “comedia” involucra una gama muy grande de producciones de la cinematografía y la dramaturgia. En general, el mismo se le ser vinculado a historias graciosas, que generen risa, con sutil alusión a ciertas situaciones de ridiculez. No obstante, dicha condición no es ni obligatoria ni suficiente para el género de la comedia. Tiene que haber un final feliz.

A las 18:47 ya todo era tristeza porque Gabriel Barbosa hizo dos goles y River se quedó sin copa. Seis minutos letales para pasar del género de la comedia al del terror, y del terror al del drama. Lo nuestro no es el cine ni el teatro.

“Si Pratto la pasaba en vez de retenerla”. El “¿qué hubiera pasado si..?” es una constante del análisis post partido de cualquier evento deportivo. En el fútbol, sin embargo, posiblemente dicha inquietud tenga un valor superior, porque la incidencia de una anotación es proporcionalmente superior: es más valioso para el partido en sí mismo un gol en el fútbol que un doble/triple en básquet o un punto del tenis, por ejemplo.

Pero, si bien el sentido tiene su lugar y vale la pena otorgárselo, dicha pregunta siempre se hace con la balanza inclinada. Vale sólo para los momentos de infelicidad. Ese recuerdo de los detalles que podrían haber cambiado la Historia.

Les hinchas de River (y valdría para cualquier club) no nos preguntamos qué hubiera pasado si la palomita de Alario del 2015 pegaba en el palo, o si la media volea de Scocco en Porto Alegre no pegaba en la mano de Bressan y no había penal en la semifinal del 2018, o si en Madrid la pelota de Leo jara pegaba en el palo y entraba. A veces el destino es uno. Y hay que bancarselá.

El River de Gallardo jugó, una vez más en una instancia decisiva, un partido digno del aplauso eterno. Tenía en frente a un equipo que gastó en el corto plazo 26 millones de dólares para comprar al lateral por derecha del Bayern Munich, el cuatro del Atlético Madrid de Simeone, un mediocampista que jugó en Roma y Fiorentina, un defensor central del Manchester City. Todo eso con un arquero que le atajó penales a Messi y a Cristiano Ronaldo cuando jugaba en España y una delantera que tiene más goles que cualquier otra en el mundo.

Pero como ya es costumbre, River se disponía a hacer de la hazaña normalidad. Con un juego de pelotas largas a las espaldas de los laterales cariocas, con una enorme presión en bloque en la salida, River impuso sus condiciones en el juego, con un Enzo Pérez sublime, un Pinola impasable y dos delanteros que corrían como cualquier volante central del mundo.

La estructura táctica resultó muy eficaz durante 80 minutos. Los 9 minutos posteriores River bajó la intensidad y el dio lugar a Flamengo, que en los últimos seis minutos le dio vuelta la historia.

Será quizás un análisis simplista, pero, en el fondo,  no hay mucho más que eso. 360 segundos en una final puede ser la diferencia entre el bronce y el abismo. Y así lo fue.

“El mejor antídoto para la victoria es la derrota”. La frase corresponde a Gallardo, en una entrevista de mayo de este año. Perder, decía el muñeco, era la única forma de permanecer siempre en la elite competitiva.

Pero el técnico de River reflejaba algo más de su equipo en esa frase. El River de Gallardo nace como continuidad, y sucesiva antítesis, del River del descenso. En el club del Bajo Belgrano nadie piensa que no se puede perder y esa certeza se convirtió en una certeza fundamental. No solamente para jugársela siempre y no tener miedo a perder, sino para entender que la derrota no es ni un fracaso ni ninguna catástrofe. River ya no es “Deportivo Ganar”, sino “Deportivo Creer”.

Y, así, los jugadores se quedan en la cancha mientras Flamengo festejaba la Copa. A nadie se le ocurrió sacarse la medalla de plata que estilo Diego en el año 90 se queda brillando en el pecho de cada jugador, sin ninguna vergüenza ni reproche, porque el segundo puesto también se gana. Los jugadores observan todos juntos hacia adelante. Lo que oculta esa mirada son las ganas de tener allí la Historia, para rápidamente poder reescribirla.

La bengala se mezcla con el viento y el rojo se combina con una tarde espectacular. Los 7000 hinchas de River alientan. El micro que trae al subcampeón de américa aparece, con jugadores que tienen una mezcla de tristeza, admiración y emoción. Gallardo mira a la gente y se toma el pecho.

Entre la multitud, uno de los fanáticos muestra con orgullo su bandera, que dice: “Hagamos del dolor nuestra próxima victoria”.

Santiago Núñez

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