No usar la cabeza

A partir de varios estudios realizados a ex-jugadores, Inglaterra, Escocia e Irlanda del Norte, han decidido sumarse a Estados Unidos y regularizar los cabezazos en sus divisiones inferiores. Escribe Juan Stanisci.

Inglaterra siempre hizo valer su condición de creadora del fútbol. Durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, marcaban la cancha para recordar siempre al que fuera necesario quiénes eran los que podían decir de qué forma había que jugar y cuando debía modificarse una regla. De la misma manera se comportaba Londres hacia adentro. La mirada sobradora del Imperio hacia el exterior, la tenía su capital para con el interior del país. Esto quedaba más a la vista cuando los rivales venían del norte: Liverpool, Manchester o Sheffield; o de la prima Escocia.

En 1875 un equipo de Sheffield llegó a Londres con el objetivo de disputar un partido amistoso. Para tener una noción de cómo se jugaba aquel fútbol antediluviano bastan cuatro datos: este fue el primer año en que se utilizó el travesaño; aún faltaban seis años para la reglamentación del penal; el arquero podía agarrar la pelota con las manos hasta la mitad de la cancha, recién en 1912 se delimitaría el área; la ley del orsai era la antigua que decía que la cantidad de jugadores que debía haber entre el atacante y el arco eran tres, habría que esperar hasta 1925 para que se redujeran a dos. El pase no estaba bien visto, el fútbol de aquellos tiempos se diferenciaba del rugby por el no uso de las manos, el juego en cambio seguía siendo agarrar la pelota e ir para adelante. Los escoceses serían los primeros en introducir esta variación en el juego, que en principio no tuvo aprobación de los señores londinenses, pero eso es otra historia.

La capital y las ciudades del norte no se ponían de acuerdo en el reglamento a utilizar, las diferencias no eran sustanciales pero sí hacían a la forma de jugar que desplegaba cada uno. Aquella tarde del último cuarto del siglo XIX quedó en la historia por ser la primera en que se registran los cabezazos como un estilo de juego. Mientras el equipo de Londres se basaba en la gambeta y la rapidez de sus jugadores para llegar al arco rival, los muchachos de Sheffield revoleaban la pelota ante cada ataque adversario para que sus delanteros la bajaran para un compañero. Lejos de considerar esta variante como una posibilidad dentro del juego, los espectadores londinenses tomaron el estilo del Sheffield para la chacota. Como dice el historiador inglés del fútbol Geoffrey Green, el público de aquella tarde “encontró en el hecho más un motivo de burla que de admiración”. La disputa entre pelota al piso o hacerla volar por los aires, no tiene nada de nuevo.

Pasaron ciento cuarenta y cinco años. Hoy en día el cabezazo ya no es un motivo de burla, sino que se la considera un arma fundamental dentro del juego, al punto tal de que se destinan varias horas semanales de entrenamiento para practicar pelota parada tanto a nivel ofensivo como defensivo.

 En estos momentos lo que se está discutiendo en el reino unido, son las repercusiones que tiene el cabezazo en la salud de los jugadores. A partir de los casos de Jeff Astle y Alan Shearer, la universidad de Glasgow, con el apoyo de la FA y la PFA (Asociación de futbolistas profesionales), realizó un estudio sobre el impacto que tiene golpear la pelota con la cabeza en la salud de los jugadores.

Un año y medio duró la investigación. Le realizaron a estudios a 7.676 de ex futbolistas. El estudio reveló que estos tienen tres veces más de posibilidades de sufrir enfermedades neurológicas como la demencia, el Parkinson o el Alzheimer.

Jeff Astle fue un delantero del West Bromwich que falleció en 2002 por una enfermedad degenerativa causada, al parecer, por haber pasado más de veinte años de su vida cabeceando a la red y rechazando corners rivales, su hijo es uno de los impulsores de la investigación. Alan Shearer, tiene 49 años y padece de demencia vascular, una enfermedad que trae consigo perdida de memoria, dificultades de razonamiento y de discernimiento, además de generar una propensión a los accidentes cerebros vasculares en quienes sufren este tipo de lesión. En 2017 protagonizó  un documental producido por la BBC llamado Alan Shearer: dementia, football and me (Alan Shearer: la demencia, el fútbol y yo), dónde el máximo goleador de la historia de la Premier League, da su testimonio sobre la relación entre los cabezazos de sus años como jugador y las lesiones en su cerebro. Sin necesidad de cruzar el atlántico, tenemos el caso del Tata Brown. El ex defensor campeón del mundo, falleció a causa del Alzheimer el año pasado.

A partir de estos dos casos y las investigaciones de la universidad de Glasgow, Escocia, Inglaterra e Irlanda del Norte han decidido regular los cabezazos en las inferiores de sus clubes, algo que la USSF (la federación de fútbol de Estados Unidos) puso en práctica en 2015. La idea no es prohibir el cabezazo, sino restringir esta práctica en los entrenamientos de los equipos con jugadores de 6 a 11 años. A partir de los 12 y hasta los 16 los cabezazos se irán introduciendo gradualmente. La idea no es que no exista más el gol de cabeza, sino reducir la acción a la menor cantidad de situaciones posibles. En un principio este cambio puede parecer liviano, pero de ser aplicado con rigurosidad por los técnicos de inferiores, se irá viendo una merma. Esto puede acentuarse a medida que las investigaciones vayan confirmando, o no, los resultados alcanzados por la Universidad de Glasgow.

De confirmarse estos resultados estamos frente a un posible cambio esencial de la forma en la que se juega al fútbol. Quizás dentro de varios años los cabezazos pasen a ser parte de la mitología que habita las tribunas, las mesas de café y los videos de Youtube. Y algún hombre o mujer entrada en canas, le cuente a un niño o niña mientras esperan que arranque el partido, que en su niñez los jugadores rechazaban la pelota para que los delanteros se la bajaran a un compañero o que los jugadores antes se amotinaban en las áreas esperando un centro para conectar de cabeza y de esa manera abrir el partido.

Juan Stanisci

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