Con nueve se juega igual

La cuarentena nos trae una crónica del último clásico de Avellaneda, en la vuelta de nuestro querido Emilio Molares.

Fue un domingo de calor en la ciudad de Buenos Aires. Había mucha gente caminando por la calle, una imagen que hoy cuesta recordar. Era el tercer partido para Beccacece, que luego de dos empates magros y aunque parezca increíble, se jugaba la continuidad.

La cancha estaba llena, a pesar del oportunismo de la dirigencia, poniendo precios abusivos a las entradas que costaban más que alcohol en gel en pandemia. Al punto que ni averigüé el precio porque sabía que no iba a llegar.

A pesar del domingo y del calor, estaba trabajando en la librería. El partido arrancaba 19.40. A esa hora empezaba a cerrar el local. Domingo en Palermo: gente perfumada preguntando por libros que no van a comprar, que solo entran para aprovechar el aire acondicionado y mover a sus hijos o hijas lejos del sol de la plaza. 

Cerramos y me tomé un taxi para ir a la casa de una amiga a ver el partido. Lo íbamos a ver en un esas páginas de streaming que se cuelgan todo el tiempo. A veces resulta más fácil creer en cualquier Dios que ver un partido completo por esa vía sin que la página se cuelgue. No sabíamos si podríamos verlo entero, pero lo íbamos a compartir.

Así como compartimos en el campeonato del 2001 de Mostaza, un empate espantoso en la cancha de Racing  0 a 0 con Belgrano de Córdoba. Mientras esperaba que mi amiga me abra la puerta, un colega y amigo me dice que lo echaron a Arias y que nos quedábamos con 10 a los 40 minutos 
del primer tiempo. Ahora además de un streaming, había que empezar a buscar un Dios. Luego de ese mensaje pensé que perdíamos por baile. Así que ya firmaba un empate. No terminamos de acomodarnos que ya había terminado el primer tiempo. Quince minutos: el tiempo justo para ir al chino a comprar unas birras.

Volvimos del Chino, (sí, fuimos de a dos al Chino, otra cosa que quedó en el recuerdo) y subimos al departamento para disponernos a ver el segundo tiempo. Prendimos un pucho, abrimos la birra, conversamos 34 palabras y a los 5 segundos expulsan a Sigali. Chau streaming, hola Dios. Luego de la expulsión decidimos que quede de fondo el partido y nos pusimos a hablar de la vida y de nuestros pibes.
El sonido de fondo era como nos cagaban  a pelotazos y como Javi Garcia en joggineta nos salvaba del gol del rojo. Quizás fue para no dejarlo solo a Javi que dejamos charla y empezamos prestar atención; quizás sea que el fútbol a veces es más masoquismo que lógica; la cosa es que sin darnos cuenta nos quedamos callados y empezamos a mirar el partido. El reloj que se ubica arriba y a la izquierda estaba cada vez más cerca del minuto noventa. La cara de cansancio de los jugadores se iba notando. Con nueve se corre una bocha más. Rompimos el silencio los dos a la vez: “¡Se está comiendo una banana!” dijimos al unísono mientras la pantalla mostraba al Chelo Díaz jugando un tiro libre con un plátano en la mano, agregándole más épica a un partido que ya era épico. Pero no sabíamos que todavía faltaba lo mejor.

40 del segundo tiempo. Una pelota sucia luego de un puntinazo como en el barrio. Cvitanich que la para con la mano, pero eso ni me importa ni lo vi en el momento. Toca al medio y le queda servida al Chelo Díaz. El chileno la para y de golpe todo se hace más lento. ¡Pegale! Grito. No termino de decirlo que el Chelo le está pegando como le pegaba el Pibe Valderrama: un pase con la cara abierta del pie, despacio pero certero. Y se metió nomás. Y gol de Racing. En eso mi amiga me dice “si ganamos este partido vamos a tener que vernos de cábala todos los partidos del campeonato” Lástima que ya no hay campeonato.

Pero la cosa no termina acá, decía un famoso conductor de quiniela. Córner para Independiente. Javi García esconde la pelota. Tumulto. Y un expulsado para el Rojo. Once contra diez. Cecilio Domínguez se va puteando.

Los jugadores de Racing no quieren jugar más. Se esconden las pelotas. Los de Independiente ya no juegan pero por los nervios. La jugada va para un lado, pero en otro Cvitanich le tira todos los años y las mañas encima a Lucas Romero: lo abraza, lo sarandea y lo suelta. El de Independiente entra como caballo al stud y lo empuja a Cvitanich. El árbitro para el partido y los amonesta a ambos. Darío lo sabía, seguro que sabía que Romero ya estaba amonestado. Amarilla más amarilla: expulsión. Nueve contra nueve.

Y ahí más pelotas escondidas y la épica que ya vieron todos. Ya no vimos el partido. El streaming no se cortó y Racing ganó con nueve.

No queria dejar de escribir algo al respecto para mis amigos de Lástima a nadie.

Les mando un abrazo. 

Nos vemos post pandemia. 

Emilio Molares

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