Fábrica de pelotas

Un cuento sobre el fútbol como excusa para no estar solos. Porque siempre la pelota es una invitación a compartir un rato con alguien más. Escribe Aldana Pozos.

Mitre 450, Partido de Avellaneda, Buenos Aires, Empresa Londes S.A.

Mi viejo trabajaba en una fábrica de pelotas. Durante más de 30 años le prestó servicios a la empresa Londes S.A mejor conocidos como los creadores de las pelotas de la zona. Nunca me faltó una, es más siempre tenía la última, tuve la suerte de conocer todas, de todos los colores, de verlas cambiar.

Es bastante normal ver pelotas en una casa, más si hay chicos, pero yo, yo siempre tenía la última, antes de que llegue a los negocios ya la había usado. Y vieron que en una casa, no importa en qué barrio vivas ni cuán llena está la heladera, en una casa nunca falta un mate, una radio y una pelota.

Desde que tengo uso de razón que juego a la pelota. En el barrio, en el club, hoy con mis amigos. Siempre me acuerdo cuánto me gustaba llegar de la escuela, sabía que después de eso tenía pase libre para ir a jugar al fútbol. Además, como yo siempre llevaba la pelota, sabía que me estaban esperando.

Papá trabajaba de 10 a 18 hs. Así de corrido. La fábrica quedaba un poco lejos de casa asique se levantaba temprano y salía en el auto. A veces, me despertaba temprano, para darle un beso antes de que se fuera. Y muchas otras lo esperaba para la hora de la merienda, me gustaba escuchar historias de la fábrica. Obvio que no hacían solo pelotas, hacían de todo, ¿pero a quien le interesaba cuándo hacían pelotas? Además mi papá trabajaba en ese área, era el encargado de manejar la máquina que las pintaba.

Me enorgullecia que me preguntaran de qué trabajaba mi papá, con una sonrisa en la cara respondía: Mi papá hace pelotas. Y todo el aula se daba vuelta para mirarme. Porque la mayoría de los paapás tienen trabajos aburridos, están en el banco o en una oficina o en un hospital, pero mi papá no. Mí papá era el encargado de decidir cómo iban a ser las pelotas que usemos en nuestros partidos.

Siempre tenia la última. Pero todo tenía una condición. Para que el viejo me traiga una pelota nueva tenía que regalar la vieja. Y no era tan sencillo, la condición especificaba que tenía que dársela a alguien que no jugará al fútbol. Me costaba entender porque, no sé quizás quería ser una especie de colonizador de fútbol y juntar jugadores. Quizás era una manera de enseñarme a hacer amigos y ser generoso.

Al principio era complicado, no siempre quería regalar mí pelota porque las cuidaba mucho, pero sabía que la venía era mejor, tenía que ser mejor. La pelota nueva no llegaba a mi casa hasta que yo no regalará la anterior.
Las primeras fui buscando chicos de la escuela, me costaba, tenía que abandonar los partidos del recreo. Porque para encontrar chicos que no juegen al fútbol hay que alejarse de dónde se juega al fútbol.

Tenía 12 y era difícil acercarse a otro que no conocía y sin motivo aparente decirle:
– Hola, te regalo mi pelota.
– ¿Por qué?
– Por qué sí, ahora es tuya. Chau.
No parecía tan normal, nunca nadie me preguntó por qué lo hacía, supongo que porque a los días ya tenía otra y todos se acercaban a pedirme que se las preste. Era más importante que González, el dueño de la mejor casa de deportes de la ciudad, yo las tenía mucho antes que él.

Durante varios meses así funcionaba mí vida, buscaba a quién, se le regala, no daba explicaciones y estrenaba una nueva. Me acuerdo cuando dejaron de ser blancas y empezaron a venir de colores. Yo tuve la primer pelota amarilla fluo de la ciudad. Se podía ver desde muy lejos que estábamos jugando al fútbol. Después vino la verde, con dibujos, con gajos de dos colores. De todo.

Pero hubo una que era mi favorita, la pelota naranja. Cuando el viejo me la regaló recuerdo haber pensado que era a pelota más hermosa de todas las que tuve. Ya tenía un poco más de tecnología. Tenía el tamaño perfecto. Y era más liviana. Desde el primer momento en que la use empecé a jugar un poco mejor. No se que tenía que ver, pero me hacía jugar bien.

La tuve casi 6 meses, la cuide tanto que no podía notarse el tiempo y la cantidad de partidos que tenía. Pero llegó el momento en el que salía una nueva. Ese día mi papá me dijo: “Fede, está por salir una pelota nueva, anda pensando que haces con la vieja.”

La condición seguía en pie, tenía que regalarla. No quería, realmente no quería. Llegué a enojarme. Me encantaba y no sabía si quería una nueva. Me podía quedar con esta. Pero en algún momento iba a necesitar otra y solo podía conseguirla si regalaba mí pelota favorita.

Los primeros días trate de no pensarlo. Quería tomarme mi tiempo, por un momento pensé, se la regalo a uno de mis amigos así la puedo seguir usando en otros partidos. Pero todos mis amigos jugaban al fútbol y eso no cumplia con la condición.

Era lunes y junte fuerzas. Me pare, fui hasta el patio cubierto de la escuela y ahí estaba sentado. Gastón. Gastón era más chico que yo, siempre se sentaba en el mismo banco y solamente leía. Estaba seguro que no jugaba al fútbol. Siempre se la regala a alguien más grande que yo, creo que para tener amigos que me puedan defender cuando sea necesario. Pero esta vez dársela a él, me iba a permitir pedírsela prestada alguna vez. No se en el momento pensé que era lo mejor.
Me acerque despacio, mientras llevaba mí pelota bajo el brazo, envuelta con la mano, como quien lleva lo más importante que tiene.
– Hola Gasti – le dije- mirá te regalo mi pelota.
– ¿Tu pelota? ¿Por qué?
– Porque sí
– Pero no sé jugar, ¿para que la quiero?
– Ya sé que no sabes, por eso te la regalo.
– Entonces… ¿Me querés enseñar a jugar?

¿Enseñarle? Nunca le enseñe a nadie, pensé que se nacía sabiendo. Todos mis amigos juegan. Nunca nadie me pidió que le expliqué algo. ¿Si le enseño la condición sigue valiendo? Nunca nadie pregunta esto.
– ¿Que te enseñe? ¿En serio nunca jugaste?
– No, nunca.
Recuerdo que sentí miedo, orgullo, felicidad y lástima. Todo al mismo tiempo
– Sí vení, vamos para allá – respondí tan decidido que me asusté yo.

Nos fuimos hasta la canchita que estaba detrás de la escuela. Sabía que era chiquita y ahí podíamos patear. Éramos dos, le expliqué las reglas básicas. Vos haces goles en ese arco, yo en el otro. Solo con los pies, no se puede tocar con la mano.

Y así empezamos a correr, a patear, hicimos pases, pateamos al arco. Fueron más de dos horas, en las que nos reímos, nos cansamos. Me acuerdo del dolor de costillas, por la risa, de todas las veces que Gasti se enredó con los pies y cayó al piso. Le gustó, y me dijo que iba a cambiarse de banco, que ahora se iba a sentar afuera a leer. Así de vez en cuando podía ver a los que estamos jugando. No se quizás más tarde se anime a jugar. Pasamos todo el día en la cancha y cuando empezó a caer el sol, decidimos volver, pero ahora él llevaba la pelota bajo el brazo. Ya no era mía, era de él. Pero tenía la sensación de que estaba con la persona correcta.

Llegué a mi casa y mi papá ya había llegado. Tenía dudas, no sabía si lo que había pasado me servía para tener una pelota nueva. ¡Con lo que me había costado! Pero en fin, le conté. Le expliqué que cuando la fui a regalar no jugaba al fútbol, pero cuando me fui ya había hecho un gol y corrido varios minutos en la cancha.

Y este es el día que nunca me voy a olvidar. Mí papá me miró, me pidió que me siente sobre sus piernas. Accedí. Y sacó de su bolsillo un dibujo, en realidad era una especie de folleto. El papel estaba amarillo, sucio, parecía que llevaba años guardado. Me pregunte si lo cambiaría de lugar cada vez que usaba otro pantalón. Lo abrió, el folleto mostraba la fachada de la primer fábrica. Tenía una pelota grande en el logo y abajo la acompañaba la frase “Una pelota más, un niño solo menos.”

Entendí a qué se debía la extraña manera de regalarme mis pelotas nuevas. Cada vez que yo regalaba una, un amigo, conocido, dejaba de pensar que estaba solo. Dejaba por un momento de creer que no tenía amigos. No solo por que alguien se acercaba y le regala algo, sino porque ahora tenía una excusa, para salir afuera, para encontrarse, para hablar con alguien más.

Porque en fin el fútbol también es eso, un motivo para hablar, para conversar, para ser amigo del otro. Como cuando no sabes de qué hablar y decís, “que fresco que está che”. Bueno, más o menos así.
El fútbol es un espacio para encontrarse, para distraerse, para hablar de algo más, para festejar, para dejar salir un montón de emociones guardadas.

Tenía 12 años, y ya había regalado más de 15 pelotas. Hoy tengo casi 40, a Gasti no lo ví más después de que termine la escuela porque se fue a vivir a la capital. Años después me enteré que era técnico de un club de segunda división. Mi papá no esta conmigo hace un año ya. Me pregunto cuántas pelotas más habrá regalado él. Me pregunto cuántas personas, dejaron de estar solas por esa frase en el folleto. Me pregunto cuántas, durante tantos años y en tanto mundo, encontraron un lugar porque por alguna razón una pelota llegó a sus vidas.

Aldana Pozos

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