Vender humo

El ascenso del fútbol argentino está lleno de historias. Pequeñas anécdotas que en un cuento de Fontanarrosa parecerían poco creíbles o exageradas. Esta es una de ellas. Escribe un especialista de los suburbios futboleros: Ariel Feller.

Existen miles de frases sobre el fútbol alrededor del globo. Pero el “fobal argento”  suma a ese palabrerío mundial bocha de dichos para graficar diversas situaciones relacionadas con la redonda. Puedo afirmar sin temor a equivocarme  que la mitad de ellos salieron de la boca del Diego. Lo que no puedo asegurar es que la frase “vender humo” sea propiedad de nuestra cultura. Que haya nacido en estas tierras y que surgiera por Caruso Lombardi.

No puedo asegurarlo pero  internet me tira un guiño. Al escribir la frase en el buscador de la pc me relaciona al toque con el técnico que muchos pedían para la selección cuando ésta no andaba del todo bien. Hablando de dichos, creo que los argentinos nunca entendimos eso de “Ojo con lo que deseas porque puede hacerse realidad”.

Es algo nuestro pienso para mis adentros, cuando veo de pronto que la tecnología me arrima también algo así como “vendittio fumi”. Al instante lo asocio a lo que escuché o me pareció escuchar cuando Bergoglio fue nombrado Papa. Aquella vez no entendí  que festejaba la gente. Ahora que pasó el tiempo sigo igual. Continúo sin entender lo que dijeron ni lo que festejaban.

La cosa es que cuando meto un freno en esa frase me desayuno con que en el antiguo Imperio Romano el término fue utilizado en el Derecho para definir las falsas promesas que se realizan para así obtener un favor de un funcionario público.

¿Y ahora? ¿Qué hago con mi orgullo argentino?  ¿Qué hago con el famoso cantito “Vende humo, Caruso vende humo”? ¿Cómo semejante frase no es nuestra? ¿Qué hago con la nota que pensaba escribir y estos tanos del orto me la acaban de hacer polvo en un segundo? ¡No puede ser viejo! Y para colmo del dicho al hecho hay mucho trecho…

¡Ahí está papá! Mejor que decir es hacer. Ellos tendrán el dicho pero nosotros tenemos el hecho. ¡Y también el trecho! Zárate-Campana. En línea recta 10,60 Km. Por ruta 13 Km. Ahora me envalentoné  y como un tano cocorito y de pecho inflado me mando a relatar lo ocurrido aquella tarde del 19 de septiembre de 2010…

El campeonato de Primera C estaba  a punto de regalar un clásico de esos para el infarto. Un enfrentamiento que daría para hablar por meses, o por años según lo que ocurriera. Puede imaginar amigo lector que si lo estamos narrando casi una década después es porque algo significativo pasó en aquella oportunidad entre  los de Campana y los de Zárate. Entre los violetas y los celestes. Entre Villa Dálmine y Defensores Unidos.

El ascenso a esa altura ya se jugaba sin público visitante y para la hinchada local eso era un alivio porque en los cruces de barras venían perdiendo a manos de la banda vecina  trapos “a lo pavote”. La muchachada violeta quiso preparar una gran fiesta para recibir a su equipo entonces nada debía faltar. Ni las banderas, ni las sombrillas, ni los bombos, ni las bombas de humo. Había que impresionar a los gatos esos de Zárate. ¡Qué tanto!

Extrañamente en esa jornada  las dos hinchadas morían por ver el recibimiento del once local. Y el momento llegó. Los protagonistas saltaron al campo de juego. Las banderas y sombrillas bailaron al compás del canto, las bombas hicieron vibrar las casas vecinas, y el humo celeste invadió la tribuna. ¡Desesperación!. Esfuerzo en vano en la popular para quitar el color infiltrado. Esfuerzo también en vano en la cancha para cambiar la historia de un partido que la visita ganó, de manera ajustada, por dos a uno.

Finalmente al llegar a casa, y tal como suele ocurrir en estos casos, el micro de los vencedores fue recibido por gran cantidad de hinchas eufóricos. Entre ellos es fija que estaban los que cambiaron las etiquetas celestes por violetas en las bombas de humo. Esos locos que luego las vendieron a muy buen precio en Mercado Libre a unos tipos que dijeron que las necesitaban para una gran fiesta. Una gran fiesta que recién ahora se comenzaba a desatar.

Ariel Feller

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