El día que conoció a su otro abuelo

El pibe juega un fútbol que ya no se estila. Ese de pelota de cuero y radio. El pibe sueña con viajar en el tiempo para tirar paredes con su abuelo. Escribe Miguel Hirám Ramón.

Nací tarde. Muy tarde.

Este año cumpliré veintiún años y me estoy arrepintiendo de ser tan joven, como si a esto lo pudiese cambiar. Quisiera haber nacido en otra época. No sé, en los ´60, en los ’70,  o por qué no en esos años dorados del fútbol criollos de la década del ’50.

Ahora es tarde para ser como soy. Para jugar como juego. Porque a decir verdad, ¿a quién le importa mi manera de jugar, quién puede pagar una entrada, no digo para verme precisamente a mí, sino a un jugador con mis características?

Sencilla la respuesta: nadie. Nadie pagaría un mísero peso para verme jugar.

Salvo que tenga más de 60 almanaques en su espalda, entonces tal vez algunos de mis arranques, frenos, cambios de dirección o una diagonal para terminar rematando al arco con pierna cambiada, les haga recordar a alguno de sus crack de pibe, a ese tipo de jugadores, que como yo, había decenas por campeonato.

Sí, tal vez mi fútbol pasó de moda, mi juego nació con fecha de vencimiento de hace muchos años y hoy quedo como desubicado haciendo lo que hago dentro de una cancha.

Las tácticas y las maneras de jugar de los jugadores, y en definitiva de los equipos, han cambiado bastante a como jugaban antes, según me contaron. Y la verdad, me siento incómodo jugar en estos equipos modernos. Con solo imaginarme a aquellos jugadores que lo harían en mi puesto, me dan ganas de volver el tiempo atrás.

No crean que no es por correr, porque correr lo hago y de la mejor manera, como pocos lo pueden hacer que es con una pelota en los pies, cerquita, casi atada, cubriéndola con la otra pierna para que no me la quiten.

Protegiéndola con el cuerpo y algún enganche para desairar al defensor de turno, o también con un quiebre de cintura para cambiar de dirección. Siempre ahí, abriendo la cancha, irreverente y veloz. Pensando más en asistir a mí centro delantero que en conquistar un gol.

Pero nada de eso es valorado, nada de lo que hago vale la pena para los míster de estos tiempos. Ellos quieren marca, despliegue por todo el frente de ataque y, sobre todo, que marque la subida ¡del que me tiene que marcar a mí!

 La cosa está bastante al revés de cómo me la contó mi papá. Ya ni siquiera jugamos con la 11 en la espalda como siempre lo hicieron aquellos wing izquierdo.

¡Pucha digo! Si pudiera meterme en el túnel del tiempo, ¿se acuerdan de esa serie? O protagonizar aquella zaga de películas que interpretaba Michael J. Fox y así volver a esos años que les mencioné.

 ¡Caramba! Cuánto habrá tenido que ver mi abuelo, ese que no conocí, el padre de mi padre para que yo juegue así. Porque justamente él es de la época a la que quiero volver. ¿Y si regresara a esos años, me encontraría con mi abuelo? ¡Guau! No había pensado en esta posibilidad.

Porque mi papá, que también jugó a la pelota pero, por lo que me dijeron, nada que ver como yo. Fue defensor, de esos centrales grandotes que rascaban y la rechazaban para donde estaban mirando sin importarle otra cosa que no sea reventarla bien lejos. Pero yo no, yo más o menos les dije lo que hacía. Por eso descarto que tenga algo de mi padre, digo, por mi manera de jugar. Pero sí de mi abuelo, de ese otro abuelo que no conocí. De ese sí me hablaron maravillas. Jugaba al medio, con toques, gambetas y goles de afuera del área de las  18 yardas. Lo que hace un tiempo se decía  jugar de #5, porque ahora necesitan dos para que haga la función de uno. No entiendo bien esa parte del fútbol, me la explicaron mal, o me salteé algún capítulo.

Mi abuelo jugaba bien,  me quedo corto, ¡muy bien! Y ustedes se imaginan, yo, metido en el túnel del tiempo, regresando a la época de jugador de mi abuelo, sí, al que no conocí por nacer tarde. La puta madre, todo lo que me perdí.

Volver a sus años dorados como centro half, ¡así, sí! Así se los llamaba a los que jugaban de #5 en esos tiempos, centro half. Me lo imagino bajándola de pecho, poniéndola bajo la suela, y sin necesidad de verme, me metería una pelota justo un paso adelante mío que ya voy lanzado en la carrera para llevármela como algo natural en mí. Como disfrutaría de esos pases entre líneas haciendo una diagonal que me dejaría cerquita de la media luna y meterle un sablazo con mi pierna menos hábil.

Sería algo increíble volver y jugar con mi abuelo, aunque sea un picado en esa cancha que lo vio lucirse. Pero no solo eso, me valorizarían, la gente entendería mi juego porque sería un jugador de esos años. Jugador veloz, de gambeta para acá, regate para allá, pique y un nuevo freno, para desbordar una y mil veces al marcador de punta y tirar esos centros mortíferos que caen en el punto del penal para que el tanque que juega de 9 le meta un frentazo y salga con la boca llena de gol buscándome a mí que ya estoy apoyado en el banderín del córner esperándolo para festejar.

O también el centro puede ser bien para atrás, de rastrón, que la pelota caiga en la medialuna, para que el 5, que digo 5, si estoy en los años ´50, el centro half, ¡sí, un centro para mi abuelo! Que la empalme de primera  y la clave en el ángulo, lejos de las manos del arquero. Ahora soy quien corre para abrazarlo y preguntarle sin que nadie se entere… ¿abuelo, por qué nací tan tarde si yo juego como los de su época?… Abuelo, soy Martín, ¿sabe todo lo que tuve que hacer para conocerlo? Y justo, justo lo encuentro en este partido de nieto y abuelo, y sabe bien que es el único y el último que podremos jugar porque ya me tengo que volver y sé que nunca más pondré otro centro como el que le serví, abuelo, para que haga ese tremendo gol.

 Abráceme una vez más abuelo, ya tengo que partir y no se olvide que lo seguiré esperando para que se dé cuenta que soy jugador de su época, como los que ya no quedaron en mis tiempos. Pero sobre todo, lo estaré esperando para que hagamos los goles, de esos que solo nieto y abuelo pueden hacer con las mejores paredes.

Una cosa más abuelo, quisiera pedirle perdón, también, porque no soy de Independiente como usted, porque sabrá que tengo otro abuelo, Enzo, a quien también  adoro y me hizo de San Lorenzo. Pero se lo juro, cuando juegan en contra, no grito los goles que se hacen porque sé que usted anda dando vueltas y no le gustaría que le ganemos al Rojo.

Me voy abuelo, ya sabe, lo espero en la casa de la abuela Tatu, ella también lo sigue esperando.

Miguel Hirám Ramón

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