Dios le juega al 23 rojo

Una leyenda que nació con un aro, dos manos y una pelota naranja. Escribe Santiago Núñez.

El 20 de abril de 1986 el Boston Garden tenía clima de festejo. Los poderosos Celtics ganaban el segundo partido de la serie y se encaminaban a lo que sería un nuevo anillo de la NBA, el tercero de esa década (ya lo habían conseguido en 1981 y 1984). No obstante, el dato era otro. Los humildes Chicago Bulls habían sido un duro rival y los habían arrinconado hasta el tiempo extra. 

El mendigo le daba pelea al príncipe porque un joven crack de 23 años y sólo dos temporadas se repuso de su lesión y, a pesar de estar la mayoría de los partidos afuera, salió a jugar los Play-Offs y convirtió 63 puntos solamente en aquel partido. El Garden vio como un pibe empezaba a hacer historia. Después del encuentro, al gran Larry Bird le preguntaron por eso. Dijo que ese joven no era Michael Jordan, sino “dios disfrazado de jugador de baloncesto”.

Hacer que suceda

Michael Jeffrey Jordan nació el 17 de febrero de 1963 en Brooklyn, Nueva York. Jugó 15 temporadas en la NBA entre 1984 y 2003 , 13 de ellas en los Chicago Bulls y 2 en los Washington Wizards. Fue, es y hasta que la historia demuestre lo contrario será el mejor jugador de basket de todos los tiempos. 

Ganó seis anillos de la NBA con los Bulls en la década del ’90, con dos “ThreePeat” (mezcla de la lengua inglesa de “tres” y “repetir”), entre 1991 y 1993 y entre 1996 y 1998, y dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos con los Estados Unidos (Los Ángeles 1984 y Barcelona 1992). 

Sus logros colectivos, sin embargo, no son lo único que ostenta. Fue cinco veces elegido MVP (“jugador más valioso”, por sus siglas en inglés) en la temporada regular y seis en las finales. Fue seleccionado en diez ocasiones en el equipo ideal de la liga y se encuentra entre los 50 mejores jugadores que eligió la gestión de la NBA cuando cumplió años. Paticipó de 13 “All Stars game” (Juego de las Estrellas), fue la figura de este encuentro tres veces y ganador del “concurso de volcadas” en dos oportunidades. 

Registró estadísticas impresionantes, en todas las facetas del deporte. Metió 32.292 puntos en 1.072 partidos, promediando 30,1 en cada uno. Es el jugador que más veces tuvo en record de puntuación en una liga (10, en 15 temporadas) y ganó 7 de ellos de manera consecutiva (entre 1986 y 1993). Estas cifras serían impresionantes para cualquier jugador de vocación ofensiva, pero la grandeza y la importancia de los mismos se agiganta cuando se observa que se extienden también al resguardo de su propio aro. Con un promedio de 6, 2 rebotes por partido (5.004 en 1.072 encuentros) y 2,3 robos, Jordan fue 9 veces elegido para el “equipo defensivo” de la NBA y en 1988 fue seleccionado como el mejor defensor de la Liga. Michael era Alero, pero también fue base e incluso escolta. En realidad, Jordan era basket. 

Michael comenzó su carrera en el 1984 en Chicago Bulls, que lo eligió tercero en el “Draft” de aquel año. Desde el inició empezó deslumbrar, a mostrar records absolutos y a llevar a los Bulls a las instancias de postemporada, algo que desde fines de los ’70 se estaba haciendo muy cuesta arriba. Luego de ser eliminado en dos oportunidades por los Boston Celtics de Larry Bird, comenzó a avanzar a semifinales y finales de Confrerencia. 

No obstante, se encontró con un primer escollo: los “Bad Boys” de Detroit Pistons, que frenaron el ascenso de los Bulls y Jordan durante tres temporadas. Michael no se conformaba con ser un rey sin corona y, con la llegada de Phil Jackson a la dirección técnica y la banca de su ladero fiel Scottie Pippen, lograron en 1991 barrer a los Pistons del mapa y llegar a la final de la NBA, en la que le ganaron el anillo y Los Angeles Lakers de Magic Johnson. Ese fue el inicio del primer “Threepeat”, que coronó a los Bulls como campeones también en 1992 y 1993.

En ese momento, abrumado por críticas de la prensa que le cuestionaba algunas idas al Casino y destrozado anímicamente por la muerte de su padre, Jordan decide retirarse. Se convirtió en jugador de beisbol pero al poco tiempo volvió y jugó un tramo de la última parte de la temporada 94-95, en la que los Bulls terminaron eliminados por Orlando Magic. 

Michael y los Chicago se prepararon mejor para la temporada siguiente, que daría inicio a otro “threepeat”: los Bulls se consagraron campeones en 1996, 1997 y 1998. Jordan vuelve a retirarse y pega una segunda vuelta tiempo después para jugar en los Washington Wizars entre 2001 y 2003. El 16 de abril de ese año jugó su último partido como profesional en Filadelfia, en la derrota de los Wizards frente a los “76ers”

Una reconocida cadena televisiva que transmite el basket lo catalogó como “Atleta del Siglo” en el 2000 y entró, tiempo después, al Salón de la Fama de ese deporte. Por números y records avasallantes, por gloria deportiva, por estilo, competitividad y conducción, Jordan hizo que su período sea un “antes y un después” para el basket y para cualquier deporte. Hizo de la NBA su reinado absoluto. Le decían, sin repetir y sin soplar, “Su Majestad”.

Una frase de Jordan lo pinta de cuerpo entero: “Algunas personas quieren que algo ocurra, otras sueñan con qué pasará, otras hacen que suceda”. Michael estaba en el tercer grupo.


Una escalera al cielo

4 segundos. Esa era el tiempo que tenían Jordan y los Bulls para revertir el 99-100 que los dejaba afuera en casa ajena, en el quinto partido de la serie de Play-Offs vs. Cleveland. La tensión se adueñó del Richfield Coliseum. Pero todo iba a ser rápido.

Una vez que “Su Majestad” recibió la naranja, el tiempo posiblemente se haya estirado un poquito pero lo que verdaderamente se suspendió fue el propio Jordan a través del aire: saltó contra su marcador, Craig Ehlo, pero se mantuvo sobre el viento mientras quien defendía cayó. Jordan dio un pequeño salto y “caminó” por el aire.  Sin defensa que lo tapara, el maestro clavaría unos de los mejores dobles de toda su vida. La jugada quedó para la historia como “The Shot”. “No veo como Michael se quedó en el aire tanto tiempo”, confesó tiempo después Brad Daugherty, figura del rival y espectador de lujo de cómo Michael le ganaría a Cleveland, al tiempo y a la gravedad. 

No era la primera vez, sin embargo, que Michael desafiaba las leyes de la física. De hecho, su leyenda empezó dos años antes, en el “Concurso de Volcadas” de 1987 en Seattle. Allí, en una disputa que terminaría ganando, Jordan dio un salto que lo mantuvo en el aire durante 0,92 segundos, cuando el “hang time” (como se llama a la fuerza que permite mantenerse en el aire despegando los pies del suelo) de una persona normal lo hace suspenderse por 0,53. Es decir, Michael duplicaba un salto común y corriente. La famosa jugada final de la película Space Jam (1996) fue una parodia ficcional que rememoraba tal momento.

Uno de los apodos que se ganó en su carrera fue “air” (aire). El mismo fue popularizado por la marca y el nombre de una zapatillas que llevaron (y llevan) su nombre. En una de las primera publicidades de ese producto, una voz en off se preguntaba:  “¿Quién dijo que los hombres no pueden volar?”. Las “air Jordan” hacían alusión a un jugador que no necesitaba ninguna escalera para tocar el cielo con las manos.

Un soñador que nunca se rindió

La transpiración era casi tan abundante como la frustración en el United Center. Seriedad y mirada hacia abajo, luego de un saludo respetuoso al rival, era lo que dominaba su cuerpo. Habían quedado afuera en Semifinales de Confrerencia contra los Magic, y Jordan sabía que estaba afuera de forma. 

Mientras estaba en el vestuario, su preparador físico personal, Tim Grover, lo fue a buscar para preguntarle a cuánto tiempo de vacaciones se quería tomar para saber en qué momento debían volver a los entrenamientos. “Nos vemos mañana”, dijo el astro, para sorpresa de Grover. No sólo eso, sino que en el receso de temporada de 1995 hizo armar un centro de entrenamiento en el estudio de Warner Bros en Los Ángeles (Hollywood), donde estuvo filmando la película Space Jam. El tipo ya era tricampeón y estrella máxima, sin tener que mostrarle nada a nadie. Pero eso no importaba. Solamente interesaba triunfar. Los obstáculos que haya en el medio serán anécdotas simples (y no tanto) que terminarán derribadas.

La anécdota no es casual: Jordan era un animal de la competencia, un tipo detallista, esforzado, que solamente entendía su vida como un tiempo en el cual hay que hacer lo posible y lo imposible para ganar. “A veces un ganador es simplemente un soñador que nunca se rindió”, confesó alguna vez.

De hecho, su vínculo con Glover empezó de esa manera. El entrenador vio un artículo en 1989 en el que se planteaba que Jordan se veía físicamente cansado y desmoralizado luego de las sucesivas derrotas frente a los “Bad Boys” de Detroit Pistons, que lo golpeaban más de lo que su físico aguantaba. Glover se contactó y convenció a Jordan de un entrenamiento físico que lo llevaría hacer campeón en la temporada 1990-1991. La rutina tenía tres entrenamientos diarios: uno bien temprano a la mañana, otro al mediodía, antes del almuerzo, y el último antes de la cena, con dos recreos para jugar al golf en el medio. Así todos los días. Michael no sólo ganó el anillo con los Bulls sino que barrió de la cancha a los Pistons (3 a 0) en la temporada 90-91.

Jordan hacía de la insatisfacción su denominador común: nunca estaba a gusto con lo que había conseguido. Siempre se podía más. Entendía, en tal sentido, que el camino para ganar siempre estaba lleno de derrotas. “He fallado más de 9000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 juegos. 26 veces han confiado en mi para tomar el tiro que ganaba el juego y lo he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y eso es por lo que tengo éxito.

A veces, incluso, el astro retroalimentaba su hambre de gloria. Se sentía interpelado ante lo que él consideraba una alusión a su persona y a su equipo. Después del primer partido ganado por Orlando en las semifinales de 1995, Nick Anderson dijo “45 no es 23” (en alusión al dorsal que llevaba Jordan esa temporada, intentando marcar que ese Michael ya no era el mismo que años atrás). Bastó esa frase para que Jordan apareciera con la camiseta nro. 23 en el segundo juego y fuera el goleador de la cancha con 38 puntos. Algo similar sucedió en las finales de 1996, cuando a Michael no le gustó que el director técnico de los Seattle Supersonics, Georde Karl, no lo saludara cuando lo vio en un restaurante. “Es todo lo que necesitaba, ahora era personal”, afirmó Jordan, en el marco de una serie que ganarían 4 a 2 para obtener su cuarto anillo.

Escenas como esas pueden repetirse miles. Una vez “Su Majestad” se enojó porque LaBradford Smith (figura de los Bullets) pasó y le dijo “buen partido, Mike” luego de haber anotado 37 puntos en un partido. Jordan le dijo a todos los periodistas lo que había pasado y  le devolvió el favor la noche siguiente, en la que concretó 36 puntos solamente en la primera mitad. A la anécdota, tiempo después Michael le agregó un detalle: lafrase de Smith jamás existió, solamente fue algo que Jordan inventó para darse ánimo, competir, y lograr que nadie le quitara el protagonismo.

Ese temperamento lo llevó en más de una ocasión a situaciones límites. En el inicio de los Juegos Olímpicos de 1992 marcó (junto a Pippen) con ferocidad a un jugador croata solamente porque Jerry Krause, gerente de los Bulls, lo quería para la plantilla de “su” equipo (el de Mike) para la temporada siguiente. “A (Toni) Kukoc nos lo dejan a Scottie y a mí”, sentenció Jordan en un vestuario de súper estrellas.

El problema fue cuando esas cosas ocurrían hacia adentro del vestuario. Varios de sus compañeros lo han calificado de duro y “cabrón”, e incluso han confesado tenerle miedo. En el receso de 1995, en la pretemporada, Phil Jackson tuvo que echarlo de la práctica por haber golpeado en el ojo a Steve Kerr. 

Su personalidad, sin embargo, no estaba excenta de solidaridad y fraternidad. De hecho el mismo día de aquella pelea llamó a Kerr para pedirle disculpas. También, alguna vez dejó de jugar al béisbol en solidaridad con los jugadores en huelga y le dijo a un joven, un tal Kobe Bryant, que podía llamarlo para lo que necesitaba. Pero la brutal competencia y la mentalidad ganadora en más de una ocasión lo llevaron al límite del maltrato.

“Quería ganar y quería que ellos (sus compañeros ) sean parte de ello”, expresó. Cuando lo interrogaron acerca de cuán malo era, Jordan logró sintetizar como pocos en una frase su actitud: “Vas a escuchar de todo. Pero nunca encontrarás a nadie que diga que Michael Jordan lo obligó a hacer algo que él mismo no haría”. Luego de decir esa frase, Michael le pide al periodista y al director de cámara de la exitosa serie de Netflix The Last Dance una pausa porque se quiebra. Los grandes también lloran.

El hombre que siempre volvía

La cámara lo enfocaba y Scottie sabía lo que tenía que hacer. Sentado en la banca (el encuentro no había comenzado) levantó sus zapatillas “Air Jordan” mostando, en la suela del pie izquierdo, el dibujo de un jugador encestando, mientras con la mano derecha movía para atrás y adelante el dedo índice, como aquel que dice “vení para acá”. Era la temporada regular de 1995 y los Bulls no andaban muy bien que digamos. Pero Pippen con un gesto cambió todo: le pedía al gran Michael Jordan que vuelva a las canchas. 

En efecto, Michael se había retirado en 1993, afectado seguramente por el asesinato de su padre, pero exhausto de ser él. En más de una ocasión se lo había anexado, por ejemplo, a una supuesta calidad de ludópata. Dichas teorías se fundamentaron en un viaje a Atlantic City en plena serie con los New York Knicks, en un cheque de un lavador de dinero en el que aparecía su nombre o incluso un libro que lo acusada de participar recurrentemente en instancias de juego de apuestas. Incluso varios se animaron a decir en vivo que el asesinato de su padre se encontraba en sintonía con un ajuste de cuentas por sus deudas de juego.

Que Michael Jordan apostaba es algo que ni él ocultaba, pero muchas de las críticas apuntaban a bajar del pedestal a una persona que no quería ser perfecta. Un periodista especializado simplificó el problema: que Jordan apueste 10.000 dólares jugando es como que una persona común ponga en juego 10. 

“Mi problema no son las apuestas sino que siempre quiero competir”. A Jordan le cansaba ser Jordan. ¿Cómo puede un billonario cansarse de su vida?. Pensado sobre esa lógica, es cierto que la afirmación roza lo ridículo. No obstante, si uno saliera de ese pensamiento es posible hacer un razonamiento algo más complejo. 

Michael era el ídolo de toda una generación estadounidense (y mundial) que tenía un ojo sobre él todo el tiempo. De hecho, la publicidad de una importante bebida energizante decía en plena televisión “Sé como Mike”. Cierto es que esa figura buscaba como toda publicidad generar necesidades que no son tales para engrandecer el nivel de consumo, asociando a un ídolo de la juventud a un producto e imponiendo el pensamiento de que para ser como uno sueña tiene que consumir eso. El consumismo noventista buscó generar eso para fomentar el lucro capitalista y Jordan fue parte de tal proceso. El mensaje era claro.

Jordan era puesto en un lugar en el que recuperaba la cultura y el “deber ser” estadounidense. A veces, tal proceso que combinaba una expectativa sobrevalorada en su persona, lo cual traía consigo las críticas de una prensa que, anclada en tal expectativa, buscaba que Jordan fuera perfecto. Eso cansaba. Parafraseando a un cantautor argentino, Mike es la cultura hoy.

Pero más desmotivaba la vida normal y Jordan siempre volvía. Lo hizo en el 95 tras el pedido de Scottie. Lo hizo en el 2001. Lo hace cuando, 17 años después de su retiro, sale un documental sobre él y es furor de masa. Jordan repite siempre ese comunicado de prensa de dos palabras y media que mandó a hacer el 18 de marzo de 1995: “I’m back”. 

The Jackson six

Phil Jackson, todavía técnico ayudante de los Bulls, separó a Michael Jordan para hablarle a solas. Le recordó una frase de Red Auerbach, histórico entrenador de los Boston Celtics, campeón 9 veces en 10 temporadas entre 1956 y 1966, que alguna vez dijo: “El verdadero sello de una estrella es el nivel hasta el cual mejora a sus compañeros de equipo”. La respuesta del astro fue resumida, pero no por eso menos clara: “Esta bien. Gracias”

Los Bulls, a fines de los ochenta, se encontraban con un cuelo de botella sustancial. Tenían al mejor jugar de la NBA, pero no podían campeonar. Una de las razones era clara: la estrella jugaba sola, no había equipo. Por eso las llamadas “Jordan rules”, que desplegaron los “Bad Boys” de Detroit Pistons, fueron suficientes para bloquear a Michael y eso bastaba para frenar a los Bulls. Pero un verano sin vacaciones y el cambio táctico y hasta filosófico de Jackson dejarían atrás tanto martirio.

Desde que asumió como entrenador, el “gurú” tenía otros planes para sus Bulls. La llamada táctica de los “dos triángulos” era el punto fundamental sobre el que se empezaron a asentar los Chicago que ya no eran sólo de Jordan sino también de Jackson y todo el equipo. Al margen de las posiciones en el juego, la nueva táctica implicaba un movimiento permanente de los jugadores, cualquiera de los cuales podía anotar. Fomentaba, con tal idea, la creatividad del conjunto de los jugadores y la disposición del balón desconcentrada. “Es el ataque de la igualdad de oportunidades”, ironizaba Jordan al principio, mientras sentenciaba: “Le doy dos partidos”.

Pero esos dos partidos fueron una vida entera porque el funcionamiento de esos Bulls, anclado en Jordan pero no concentrado absolutamente en él, empezó a ser impecable. Michael lideraba adentro de la cancha el equipo con el ladero Scottie Pippen, jugador de ataque de enorme talento, muchas veces un poco relegado pero no por eso poco importante. Pippen era además, en palabras de Jackson, un líder más “accesible” que Jordan, aunque no por eso excento de inconductas: una vez se negó a jugar los últimos segundos sólo porque el entrenador no le dio el tiro final.

Pero al margen de los vericuetos, formaron un equipo fantástico que fue tricampeón “del mundo” (porque los yanquis piensan que el planeta solo tiene conferencia Este y Oeste) entre 1991 y 1993 y cuyo éxito solamente se vio interrumpido por el retiro circunstancial de Jordan. Cuando Michael decidió volver, en plena temporada en 1995, Phil le dijo, con una sagacidad única: “Creo que tendremos algún uniforme que te cabrá”. Ese 1995 no pudieron campeonar pero 1996 sería otro año.

Para la nueva temporada los Bulls de Jackson, Jordan y Pippen encontraron posiblemente al mejor reboteador de todos los tiempos: Dennis Rodman. Ex “Bad Boy”, el ala-pivot trajo el músculo, el esfuerzo y el ímpetu que implicaba la salida de Horace Grant. Excéntrico como pocos, fue capaz de tener un programa de televisión, patear en la ingle a un camarógrafo, filmar una película con Jean Claude Van Damme, teñirse el pelo de varios colores diferentes todos a la vez, dejar una concentración en plena final de NBA para ir 48 horas a Las Vegas, volver, y ganar un anillo. Eso sí, cuando jugaba, podía bajar entre 25 y 30 rebotes en un partido. El “gusano”, pieza clave de indescifrable talento, definió su relación con el equipo de Jackson: “Michael era el anotador, Scottie era Robin y yo era el tipo que recogía la basura. Nos complementábamos muy bien en la cancha”. Incluso alguna vez fue más explícito: “Jordan era Dios, Pippen era Jesús y yo… el diablo”.

Podía no haber amor, pero el respeto entre ellos eran innegable. Durante la celebración del sexto anillo, Pippen tomó la palabra y dijo, mirando a Jordan: “Nada de todo esto hubiera sido posible sin ti”. 

Con Rodman la hegemonía fue incuestionable, y los Bulls ganaron en 1996, 1997  y 1998. Durante la última temporada, ya los celos y la relación desgastada de todos los jugadores y el entrenador con el gerente general de los Bulls, Jerry Krause, eran insostenibles. Todos sabían que que la 97-98 sería la última temporada de todos ellos o, al menos, de la la mayoría. De hecho, Jordan se retiró, Jackson se tomó un año sabático, Rodman fue a los Lakers y Pippen a los Houston Rockets. El hecho de saber que era la última vez de todos ayudó, afirmaron ellos mismos, a disfrutar aquel año. Antes de arrancar, Jackson les presentó una carpeta con el plan táctico y de entrenamiento para esa temporada. El título que Phil le puso de ese cuadernillo es ahora conocido por todos: “The Last Dance”. 

El último tiro

Quedan 41, 9 segundos y Utah gana por tres. Jackson pide tiempo. Todos se acercan y hablan, en una ronda improvisada y mal armada. Hay que descontar rápido y defender, para poder tener el último tiro y ganar la serie. Si no lo revierten, la final contra los Jazz para ver quien se queda con el anillo de la temporada 97-98 tendrá un séptimo partido.

Ya no hay mas tiempo para el descanso. La pelota tiene que salir al lateral. Desde la izquierda la sacan para Jordan que, como si estuviera jugando en un potrero de Carolina del Norte, penetra en 4,7 segundos la defensa contraria y anota con bandeja, para quedar a un punto, con 37,2 por jugar. 

La pelota ahora la tienen los Utah, que avanzan despacio con el objetivo de “quemar segundos”, es decir, dejarles el menor tiempo posible a los Bulls para su último ataque. Mueven la pelota en el ala izquierda con simpleza y lentitud, hasta que el balón le cae en la zona pintada al “Cartero” Karl Malone, que la aguanta de espaldas al aro, cuando quedan 22,8 segundos de juego. 

En ese instante, Michael comprende que la picardía es crucial y que los que no se arriesgan no pueden ganar 6 trofeos de la NBA: sale de su posición de defensa, sorprende a Malone por detrás y le mete de lleno con la palma de la mano a la naranja para tirarla al piso. El desconcierto del “Cartero” es absoluto, sensación que rápidamente pasa de la confusión a la desilusión cuando se da cuenta de la realidad. Primero que nada, el árbitro no había cobrado falta (acertadamente). Segundo y más importante: la pelota ahora, con 20,5 segundos por jugar, la tiene Michael Jordan.

“Su majestad” levanta su cuerpo erguido para agarrar el balón y empieza a picar la pelota de cara al aro contrario, mientras los Chicago se ordenan para el último ataque de la temporada. Cuando cruza la mitad de la cancha quedan poco más de 14 segundos de juego y los miles que estaban en el Delta Center y los millones que se encontraban prendidos a la TV saben que algo estaba por pasar.

Jordan miraba el aro como aquel que sabe que el destino va a cambiar. El arte y el deporte duran para siempre pero tienen un final: The Last Dance se preparaba para vivir su última pieza. Michael tenía entre ceja y ceja el aro como si un asistente estuviera a punto de sacar la tela del lienzo de la obra final de Picasso, como si Frank Sinatra terminara su carrera en un concierto del Madison Square Garden, como si Shakespeare escribiera la última obra de su vida o como si saliera a la venta la novela final de García Marquez. La vida está por resumirse en pocos segundos. El destino es inevitable.

Michael aguanta el balón y, cuando el reloj le indica que quedan 8 segundos, se decide a avanzar hacia la zona pintada. Cuando entra, cambia el balón de mano y quiebra la cintura para modificar su posición, mientras su marcador, Bryon Russell, trastabilla con el suelo del Delta Center y contra la Historia.

Sin oponente ni nada que lo tape, Jordan, a sólo seis metros del aro, lanza cuando el cartel de atrás indica “6,8”. La pelota tiene destino de red y de eternidad. Los Bulls pasan al frente 87-86 a falta de 5, 2 segundos, que no le servirán de nada a los Jazz: “The Last Shot” es un hecho y marca la última jugada de Jordan con los Bulls y de los Bulls con la gloria.

El partido termina. Las cámaras van con Michael, que levanta las dos manos, una mostrando los cinco dedos y la otra con el pulgar para arriba, para que todos los allí presentes recuerden que Chicago gana su sexto anillo de la NBA. Un relator, emocionado, grita de manera descontrolada. El comentarista, a su lado en la transmisión, decide reflexionar: “Dios se volvió a disfrazar de jugador de baloncesto”. 

Santiago Núñez

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