Los otros bares del bar de los pájaros

Tercera entrega de la serie de El Bar de los Pájaros. Montevideo, la noche y como siempre el fútbol. Escribe el ex futbolista y poeta Agustín Lucas.

Tengo en la mochila una vianda con polenta con tuco que preparó Nené. Voy caminando y siento en mi espalda el calor de la comida. Dice Nené que es para la noche pero cualquier ochava me tienta: esos sillones urbanos donde descansar, comer, beber, amar. Hay algo en mi teléfono que mide los pasos. Un aplicativo que me hace perseguir. No sé si diez mil pasos son pocos o son muchos, sólo sé que se aparece en mi pantalla y los registra. Pienso, si bailo, ¿los contará? No bailo igual, al menos no hoy. O quizás luego. Uno hace lo que puede con lo que siente. Pero no con desidia dice que hace lo que puede. Hace lo que realmente puede con lo que siente. Mientras camino pienso cosas que voy a escribir cuando llegue. Esas cosas también se pierden. Se quedan apenas algunas palabras como con navaja en la corteza, y uno vuelve a escribirlas entonces en otra forma, hasta con otro decir: Montevideo se parece a lo que siento. La cabeza se sostiene sola, me decía mi madre cuando comía sin ganas o cuando estaba en la mesa pero no estaba sino hundido en pensamientos constantes. Me sostengo de mi mano, como que caigo sobre ella hasta que me rescato y entonces como si fuera barro, esculpo muecas. Hay quien pide agua caliente y grapa en el bar donde paro, descanso, cuelgo. No hay viento. Son solo dos personas que se aman contra la ventana. Parece que el mundo se cierra cuando se abre el cuerpo. Solo hay eso, esas líneas y esos pliegues donde los barrios se juntan y sudan y lloran y duermen.

Al valor que me avisó de la muerte de Sandra lo tengo guardado en el teléfono que mide los pasos con su nombre de pila, seguido de la palabra fogón, seguido de la palabra tripa. Un pegue de tripa en un fogón bailable sin guitarras, donde entregarse al fuego y a reír solo de verse y desconocerse. Ayer pasé por el bar de los pájaros. Estaba Jorge atendiendo, el otro, el amigo. Sigue lloviendo adentro. Dice Jorge que el otro Jorge está en el club, que debe estar durmiendo, que se está quedando ahí. En esa otra cantina que movían con el amor de Sandra, donde ensayan los muchachos y las muchachas que codifican en murga las cosas que pasan. No sé nada de murga. Pero sé algo de Sandra. De Jorge. Del otro Jorge y del mostrador lustrado por codos y la acidez del vino y el llamador de la poesía de descorchar la voz para decirlo todo: ¿Cómo estás? ¿Me avisas cuando llegues? ¿Cómo llegaste? ¿Qué te pasó? ¿Querés contarme o querés que nos demos un abrazo? El domingo también pasé pero ya estaba cerrado el bar de los pájaros. Cuando cierra un bar se abre la noche. Te abraza. Mientras el bar está abierto la noche es adentro, en el techo negro del hollín. Montevideo entonces, ventanas que chiflan. Todas las esquinas colgando, sostenidas apenas por palillos.
En el mismo celular que cuenta los pasos, y donde el duende del fogón me avisó que Sandra se instalaría como un recuerdo permanente, llega un mensaje tuyo que dice:
“Así te busco, con una capucha puesta, con la vida puesta. Si no ¿para qué es la vida?”.
Me subo la capucha así me ves. Busco el tapado ocre como un lince, entre las luces de los autos que vienen por Libertador. Los bares cerrados me abren la noche, lo que entra no es viento pero es frío, es agua. Cierro los ojos a ver si se abren los tuyos y se cierra todo lo otro. Si el bar de tus ojos se abre las baldosas son barrios y la frontera son los cuerpos.  
Hay algo insospechado en los domingos y no es la melancolía, esa ya se sabe. Puede ser la falta de fútbol argentino o esa otra incertidumbre, quizás la rotura, los restos del alcohol.  Lo peor de la angustia es la resaca de la angustia. Después y antes otra vez, parecerse a las hojas voladoras de Montevideo, a los muros escritos, a besos de viejitos, a devolver una guinda perdida, a los bares cerrados como cajones donde duerme el olor a madera y alcohol volcado.
Ahora con la vida puesta, la noche se me queda quieta. Se abre el bar de la cama. Donde también se vuelcan los medios vasos, los vacíos, los otros. Cuando volvió el calendario todavía estabas. Los pájaros del bar vuelven a posarse en la pared para la jornada. Jorge vuelve al nido. Todas las persianas se abren al unísono. La gente de la calle se corre de los zaguanes de turno. Levitan arrastrando los trapos como en un partido por empatar a diario y se insertan en la agonía del hambre, en la picazón de la falopa, en la ciudad. Montevideo se parece a lo que sienten. Está el anaranjado de la camiseta de Sudamérica en el cielo. En el techo del cuarto.

Agustín Lucas

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