Labruna en colores

Labruna es, además de uno de los más grandes ídolos de la historia de River, el símbolo de una época. Los años dorados del fútbol argentino. El aniversario de su nacimiento nos permite reflexionar sobre el juego, los ídolos y esa frase que dice que todo tiempo pasado fue mejor. Escribe Santiago Núñez.

Siempre que pienso en Angelito lo veo en blanco y negro. La mayoría de las fotos que recuerdo de su persona son en ese tono, en una prueba irrefutable, digna y justa de la relación entre Labruna y el pretérito, del vínculo entre el gran ídolo de River y el balompié del pasado, ese que contempla mucho más la añoranza que la certeza.

Alguna vez, en esos años que son distintos pero para el fracaso en el que terminó River eran todos iguales, como el 2008 o el 2009, en la fila del baño de la Belgrano Alta un tipo dijo, no se si a mí o al aire pero para el caso es lo mismo: “Yo vi jugar a Labruna, ahora me ponen a Funes Mori”. Con el enorme respeto que desde estas líneas existen por el mellizo de las tierras del Chavo, el hombre tenía un punto.

La Máquina de River

Las décadas pasadas, en tal sentido, se encargaron de orquestar la fiesta del fútbol que no se frenaba. Significaba esto que los años pasen y Labruna siga jugando o dirigiendo, marcando el compás de una edad de oro. En ellas, los 40, los 50, los 60 y los 70, el fútbol, la vida y la enorme mayoría de los valores culturales y deportivos son más rescatados. Se jugaba por la camiseta. Como en el potrero.

Todo tiempo pasado sería mejor, o al menos más adecuado, en el fútbol de Labruna. En esos tiempos la lírica le ganaba a la rusticidad por goleada y la excelencia la daba la historia y el pasado y no necesariamente el nivel. Las formaciones, en ese torneo del pasado, eran recitados más como un poema que como un cúmulo de especulaciones sobre números de teléfono o sistemas tácticos. La pelota pasaba de un lado al otro como si su movimiento no dependiera de los pies sino que fuera automática. Las entradas populares se sacaban en la ventanilla. Las familias llenaban tribunas.

Se podía ir de local y visitante y, en caso de que no se pudiera, la magia del relato radial que crea imágenes con palabras volcadas al viento podía no solamente acercar sino incluso crear un atmósfera mágica, en el que la vida era el fútbol y era linda todo a la vez, al menos por un rato. Los jugadores se quedaban para siempre y Bochini o Corbatta eran para Avellaneda lo que Johan Cruyf o Alfredo Distéfano significaban para Barcelona y Madrid respectivamente.

Esta visión idílica tiene una idiosincrasia contrarrevolucionaria, por cierto, en la medida en la que coloca la utopía en el pasado, en la nostalgia del nunca jamás. Esta firme postura, asimismo, se levanta frente a la realidad existente, en confrontación con el presente. Si se recuerda el fútbol del paladar negro, es porque se remarca (con mayor o menos precisión) un juego monótono y quizás previsible, de una impronta fabril o industrial. Si se resalta que los jugadores estaban toda su carrera en un mismo club, es porque hoy somos contemporáneos de una generación que en algunos casos (no siempre) privilegia la jubilación anticipada de la cuarta división catarí o la liga de Mickey y el Pato Donald antes que volver al club de sus amores.

Si, en efecto, esta perspectiva de pasado celestial frente a un presente verborragicamente imperfecto es real, la verdad es que no lo se. Sé que algo de eso hay con la misma proporción en la que pienso que no es tan así. Lo que es seguro, es que hay dos mundos imaginarios que chocan.

En esos dos universos que se enfrentan, pareciera difícil, pero no poco desafiante, colocar el pasado y el presente en el mismo equipo, a tirar paredes para sacarnos sonrisas.

Un caso que ilustra esta confrontación se dio esta misma semana, el mismo día en el que Angelito hubiera cumplido 102 abriles (o septiembres, en este caso) y cuyo aniversario de natalicio ha dado lugar al llamado “Día Internacional del hincha de River”. Una bandera desplegada a metros del estadio Monumental tenía a varios de los grandes ídolos del club del Bajo Belgrano. Entre ellos, aparecía de manera disruptiva Leonardo Ponzio, lo que generó un sinfín de dudas y debates en las redes sociales que tenían como protagonistas a hinchas de River que no podían colocarle a Ponzio la etiqueta del ídolo. Porque la idolatría es cosa del pasado, del blanco y negro, de eso que pasó y por alguna razón absolutamente injustificable pero muy repetida no volverá a pasar. Ponzio tiene la misma cantidad de pergaminos que Francescoli o que Ortega, e indudablemente muchos más que Saviola, Aimar o D’Alessandro, pero su lugar está puesto en duda.

En esos dos universos que se enfrentan, pareciera difícil, pero no poco desafiante, colocar el pasado y el presente en el mismo equipo, a tirar paredes para sacarnos sonrisas. ¿O acaso las y los hinchas de River no encuentran el fútbol total, por ejemplo, en la jugada previa al 1 a 0 de Julián Álvarez para empezar a ganarle al San Pablo de este miércoles? ¿No es la misma impronta que ve la parcialidad xeneize ante cada corrida heroica del Toto Salvio, o ante cada toque sutil del no tan lejano pasado Riquelmista? ¿No hay algo de esa ilusión perfecta en las sensaciones de las y los hinchas de Racing en su victoria de ayer en Montevideo, que les dio el pasaje a octavos de final de la Copa Libertadores? ¿No es el espíritu de victoria indescriptible del diablo rojo de Holan en el Maracaná, hace solamente tres años? ¿No es el sentimiento de la gente de Banfield, que le juró amor eterno a Falcioni?

¿No están en esa sintonía las lágrimas de la gente que vio el documental de Garrafa Sánchez que se reeditó esta semana en la televisión? ¿No es la mueca de sonrisa que generan los partidos de picado, como esos que vimos que se arman entre los pibes vecinos de la toma de Guernica que se organizan contra el desalojo? ¿No es la impronta de aquelles que buscamos y que amamos el fútbol por entender la relación que éste mantiene conflictivamente con la felicidad?

Las preguntas, muchas veces, resultan más adecuadas que las afirmaciones. Yo nunca conocí al maestro, jamás lo vi jugar. Pero siento que el mejor homenaje a Angelito es ver en cada lugar del presente algo del pasado que él supuestamente representa. Como si hoy pudiéramos ver a Labruna en colores.

Santiago Núñez

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