El cazador. Capítulo 2: La reunión

Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Luciano Bauzá.

“¡Rodríguez pecho frío! ¡Poné la pata, la reconcha de tu vieja en tanga!”

Hincha anónimo del F. S. M., Cambaceres 2 – Ferrocarril 2 (2005)

  Nos habíamos reunido diez días atrás en el bar de Santopietro, ubicado a tres cuadras de la cancha. No veía la hora de volverme al Sur para dejar de sufrir con los sofocantes cuarenta grados de temperatura diarios, pero en especial para cortarla con los reencuentros, también diarios y sofocantes. No tenía mucho para contar de mi grisácea vida en Bariloche y los demás se daban cuenta de la cagada que había hecho al irme.

  Visto desde la vereda a través de los cristales, mientras me acercaba a su encuentro, Dardo parecía exultante. Su algarabía no era para menos: luego de haber batallado durante dos años, los pibes de “Unidos por el Furgón” acababan de lograr que se le pusiera fecha de vencimiento a la intervención en el fútbol a cargo de Cuco González, que había llegado ahí como líder de la Agrupación pero que había terminado transando con Lozano y vendiéndoles el alma a los viejos diablos de la Sede.

-Estás hecho todo un dirigente, Dardo –lo saludé, mientras destapaba una lata de Sprite y me hacía un espacio en su mesa de operaciones, llena de papeles, colillas de Camel y tazas de café–. ¿Cuántos cafés vas tomando?

-Unos cuantos, Cazador. Desde que arrancamos a conversar por las elecciones debo ir como trescientos más o menos –contestó con una seriedad inusitada, algo extravagante.

  Me prendí un Chesterfield, fiché el panorama en el cuchitril del Santo, vacío y luminoso a esa hora de la mañana, y solté el humo mientras me ponía cómodo.

-Está bien la rosca, sumen, sumen… Hermoso lo que consiguieron –comenté con una sonrisa para animarlo a hablar.

-Se… –relativizó– Ahora viene la posta que es ganar, apenas dimos un paso.

  Para Dardo, el Cucogate ya era parte del pasado y solo tenía ojos para el futuro: las elecciones del club a desarrollarse en diciembre.

-Sí, obviamente. Le tienen que apuntar a la Subcomisión de Fútbol, porque con el Bebi Solís al frente de la Sede, olvidate.

-Vamos a ver, Cazador. 

  Sonreí nuevamente, algo confundido ante esa muestra de optimismo ilimitado. Los Solís y los Gianetti estaban al frente del club desde hacía cinco décadas, y un Solís, el primero de la estirpe, Amancio, había sido uno de los fundadores. Del otro lado estaba el Chelo Lozano, concejal del PJ, con el manejo del fútbol en el bolsillo y en plena disputa de las disciplinas que se desarrollaban en la Sede, las que en definitiva dictaminaban la perpetuidad de los Solís en el sillón de la calle Ameginho. Y en el medio –o bien al fondo, según cómo se lo mire– estaba la Agrupación, un puñado de pendejos, todos del barrio Ferrocarril, criados a metros de la cancha, hijos o nietos de simple gente de tablón, sin plata, fierros ni tradición dirigencial.

-Che, pero Fabri me contó que ya hubo discusiones feas –le señalé, quizás con la intención de bajarle un poco las expectativas.

-No, ni me hables de eso.

-Ahora, ustedes también, son boludos. Una vez que consiguen el ok para las elecciones y ya arrancan con las internas pelotudas.

-Los Paz, Caza. Son los Paz que están raros… Todavía no los encaré mano a mano, por afuera de las reuniones, y es más… Es más: todavía no lo comenté con ninguno de los pibes pero los vengo fichando hace rato a esos dos… Tiran temas que arman quilombo, acusan al pedo, proponen cosas extrañas, cosas que estiran y nos alejan de lo importante… Y encima Román no te atiende el teléfono. Lo llamás y no te atiende o te clava el visto con los mensajes.

-Pero son enfermos del club, Dardo. Y además nos conocemos de toda la vida… Sería raro que los caguen.

-Sí, Cuco también era un amigo de toda la vida y miralo, anda en un auto que vale un millón de pesos.

-Bueno, sí, ¿pero el voto en la Comisión quién lo tiene?

-No… Sí, sí, también votó a favor porque lo recagaba a trompadas ahí nomás, te lo juro –dijo, enérgico, besándose el dedo índice dos veces, como si fuera una cruz.

-Entonces por ahí está con otros quilombos, Dardo. Vos sos más chico, pero con treinta, treinta y pico de años tenés menos tiempo para dedicarle al club, Román tiene pibes, por ahí la mujer le rompe las pelotas.

-Yo te digo que están raros, Cazador. Son del Furgón y todo lo que vos quieras, pero en alguna tramoya andan metidos. Hace mil años que estamos juntos y uno se da cuenta cuando se viene la jugada por atrás.

  Tomé aire y me estiré en la silla. Cinco minutos de charla en torno al club eran más que suficientes para mí. Volví a pasear la mirada por el boliche del Santo y me tropecé con la de Camila, la chica que quedaba a cargo cuando Manuel no estaba. Le pedí un tostado de jamón y queso, también si podía subir la música que estaba sonando. Le mangueé un Camel a Dardo, a pesar de que mucho no me gustaban.

-No te quiero chucear, chabón, pero en su momento fuiste el último en admitir que Cuco metía la mano en la lata –dije, soltando el humo dulzón del camello y devolviendo su atado a la mesa.

-Ahí aprendí a dudar de la gente. Creeme que ahora tengo un sexto sentido para olfatear a los cagadores.

  Siguió hablando. De Lozano y de Cuco, de los Solís y los Gianetti, de la banda de Docabo, de los barras de Las Tunas, del plus que le faltaba a la Agrupación y que él sabía dónde podría estar. Pero ya no lo escuchaba, atento a la hermosa canción en inglés que estaba escuchando la empleada del Santo.

-¿Esto que suena qué es? –le pregunté, de pronto, para ver si cambiábamos de tema.

-Ni idea. Creo que Arcade Fire.

-Suenan, los culeados.

  Camila acercó los tostados. Dardo masticaba en silencio, inquieto y entusiasmado, repasaba alguna anotación en sus papeles, chequeaba el teléfono y me buscaba con la mirada para ver si le decía algo acerca de todo lo que me había contado.

  Con tristeza, me di cuenta de que ya no le veía nada de sentido a la lucha que él estaba llevando adelante. Así de simple. Pero inexplicable.

-Bueno, che… ¿No será que por ahí estoy hablando con el futuro presidente de la Subcomisión y eso es lo que les jode a los Paz? –comenté, buscando algo que nos acercara a las conclusiones y al final de la “reunión”.

-No –replicó inmediatamente, con una sonrisa que le iluminó la cara–. No, Valentín. El que está hablando con el futuro presidente soy yo. Y te digo algo más… –agregó, ya lanzado a la carrera– Con vos encabezando la lista me animo a competirle por la presidencia del club al Bebi, con vos les copamos la Sede y también les ganamos el fútbol. ¿Qué me decís?

  Alejé mi silla. Si hubiera podido, la habría llevado hasta la vereda.

-Mirá… –murmuré, mirando el teléfono en búsqueda de una excusa que no encontraría– Que quede claro así pasamos bien este rato… No hay ninguna chance de que yo vuelva a Almafuerte y que participe en las elecciones. Ninguna chance es ninguna chance.

-Pero es que con vos les ganamos –me suplicó, acercándose al extremo de la mesa que nos separaba–. La gente nos conoce, nos vio rompernos el orto, sabe que somos pibes honestos, que Cuco y el Chelo nos cagaron, saben lo que es el Bebi… Pero a vos la gente te ama, con vos les inclinamos la balanza y sería impresionante… Imaginateló por un minuto… Los pibes de “Unidos” más el Cazador, más el Santo… Ya te dije, hasta me animo a rosquear en la Sede para voltearlo al Bebi.

-Dardo: ¿vos escuchaste lo que te acabo de decir? ¿Vos sabés que vivo en Bariloche, no?

-No, pero pará, pará… Dejame que te cuente bien el proyecto.

-No, es que no hay proyecto, chabón. Yo el primero brindo y el miércoles ya estoy de vuelta en mi rancho. No hay más que eso acá, Dardito.

-Pero no me podés hacer esto.

-¿Qué? ¿Pero vos te volviste loco o qué?

-No, pero vos sos ídolo del club, Valentín –rezongó, ofendido, revoleando manotazos como si quisiera ahuyentar mis palabras.

-No nos estamos entendiendo, Dardo –comenté, prendiendo un nuevo cigarro mientras clavaba la mirada en los papeles sin sentido que había garabateado él.

-Algún día te tenés que hacer cargo de eso ¿o no? Y además no exageres… Tampoco te pido que te pongas la nueve… Danos una mano, la necesitamos más que nunca.

-Basta, chabón, dale… Aflojemos con esta boludez –le imploré.

-No, pero no es una boludez. Esto es por el Furgón, por el club de tu viejo, de tu abuelo, por el barrio… Esto no es joda, no es una boludez. Dale, si la gente te ama.

-Bué… Basta con la gente, dale, no seas cargoso tampoco. Somos doscientos, boludo, ¿de qué gente me hablás?

-Ah, somos doscientos ahora –se escandalizó, contento de haber hallado un motivo para ofenderse.

-Y sí, hermano. ¿Cuántos somos? Ni que estuviéramos hablando del Manchester, del Real…

-Ah, nos comparás con el Real ahora –murmuró, como un chico de quince años.

-Además estás hablando como si yo le debiera algo al Furgón, cuando vos sabés que es al revés, la concha de tu hermana. Años perdí ahí adentro, chabón, años de no tener un mango, de romperme bien el orto cuando estaban todos en el boliche, de que me venga a putear cualquier gil… Dejame de romper las bolas, yo soy un pibe grande ya… No estoy para mudarme y caer a pelotudear al Andén como si tuviera veinte años.

  Parco, evitando mi mirada, pidió un nuevo café y se quedó en silencio durante un minuto que a mí se me hizo eterno. Me imaginé por dónde era que venían los problemas con los Paz: el fanatismo de Dardito por el Ferrocarril bordeaba lo psiquiátrico y realmente haría todo lo que estuviera a su alcance para desbancar a los hijos de puta que manejaban el club.

-Mirá, Caza… –por fin habló, abriendo un sobrecito de azúcar– No era mi intención joderte, para nada… Para nada. Yo lo único que quiero es sacar a las lacras que están ahora. Eso es lo único que quiero, que el club sea manejado por gente honesta y que se hagan las cosas bien. Así que te pido disculpas.

  Le extendí la mano y lo saludé, guiñándole un ojo, avergonzado por el momento de mierda que ambos estábamos pasando.

-Todo bien, chabón, todos queremos eso –comenté, mientras apagaba el cigarro–. Pero yo ya tengo treinta y tres años, loco, en una semana treinta y cuatro… No me puedo mudar. Ya vas a tener mi edad y vas a ver que algunas cosas son jodidas, no es tan fácil esto. Y yo de corazón quiero que ganen, de corazón te lo digo, vengo y me pongo en pedo con ustedes. Pero qué sé yo, únanse, búsquenle la vuelta, escuchen a Juan que es un loco medido, inteligente… A mí me conocen veinte treinta borrachos de la cancha, yo no defino un carajo.

-Sí, sí, vamos a andar bien igual… Quedate tranquilo…

  Recibió el café. Yo aproveché para pagar y agarrar el teléfono y los cigarros de la mesa. Me puse de pie.

-Obvio que sí. La pueden ganar pero tengan cuidado, no está fácil la onda.

-¿Y por qué habría que tener cuidado? –preguntó con un tono pendenciero que no me gustó un carajo. Me iba a sentar nuevamente pero decidí que era el momento de rajar.

-¿Cómo por qué? Son pesados los de enfrente, Dardo… Chelo es pesado, Cuco es pesado, en Las Tunas hay gente brava, Docabo ni hablar… El Bebi tampoco es un nene de pecho ¿o no?

  Con un gesto desafiante, dejó de escucharme y se concentró en su café.

-Ahora son todos pesados –dijo, mirando en dirección a la calle como si yo no estuviera enfrente.

-Sí, loco –contesté sin enojarme, y estiré la mano para saludarlo–. Lamentablemente sí. Y ustedes son buenos pibes, así que tengan cuidado. Nada más.

  Me estrechó la mano sin ponerse de pie.

-Gracias por el consejo. Pero sabé que si a alguno le tocó quedar como un gil delante de todos no quiere decir que a todos nos van a tratar de giles. Cuando Docabo nos vino a buscar a la tribuna, nos encontró y es verdad, nos recagaron a viajes, nos rompieron la gorra y nos tuvimos que correr, pero ahí nos ganamos el respeto: no escondiéndonos.

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

El próximo martes estará disponible el tercer capítulo.

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