El más grande ¿a quién le importa?

Cada vez que un récord se rompe o una nueva marca se establece, las comparaciones sobre si el deporte actual o de antes es mejor o peor, vuelven a la superficie. Ya sea en el tenis, básquet, Fórmula 1 o el fútbol. A veces mejor que discutir, es disfrutar. Escribe Santiago Núñez.

Comparar es relacionar, contrastar, colocar dos elementos o personas para dejar en claro puntos en común y marcar disidencias. Las razones para hacerlo son disímiles, e incluso pueden ser muy positivas. Por ejemplo, afirmar (como es cierto) que Iga Swiatek es la primera polaca en ganar un título de Grand Slam implica una implícita comparación con el resto de las tenistas de nacionalidad polaca que lo intentaron, pero no para degradar o marcar un punto negativo sino para reconocer una victoria única, que además fue realizada sin perder un solo set.

No obstante, hay momentos en los que este tipo de cosas sirven verdaderamente muy poco.

Ponete el casco

Algo de esto hay cuando hablamos, por ejemplo, de Lewis Hamilton. El piloto inglés igualó el récord de Michael Schumacher de 91 victorias en el circuito, nada más y nada menos que en Nurburgring, lugar en el que supo brillar, allá por 1957, un tal Juan Manuel Fangio. Las comparaciones sobre quién es el mejor indudablemente arrancaron.

MANAMA, BAHRAIN – APRIL 04: Motorsport / Formel 1: GP von Bahrain 2004, Manama; Michael SCHUMACHER (GER) / Ferrari gewinnt den Grand Prix 04.04.04. (Photo by Alexander Hassenstein/Bongarts/Getty Images)

Es muy posible, a su vez, que el contraste aparezca en el transcurso de los próximos dos meses. Son enormes las chances de que el inglés vuelva a ganar la temporada de Fórmula 1 y que logre igualar, así, al histórico piloto alemán de Ferrari con 7 títulos. Los de Hamilton, no obstante, serían en seis temporadas menos que Schumacher, por lo que las cuentas sobre carreras ganadas, pole positions, tiempos de carrera y demás ganarán los debates de las redes sociales y los medios del automovilismo.

Se abrirá la discusión, seguramente, sobre el “chueco” Fangio, en la que se entrelazan números frívolos con un contexto de modernización casi contrario de tan diferente, con pilotos que corrían sin cinturón, con un casco que no cubría la cabeza completa y un volante de aluminio forrado en madera.

Pero, ¿tan importantes son esos debates? La pregunta tiene que ser respondida, como no podía ser de otra manera, con una comparación. ¿Qué son las estadísticas y los títulos de tal o cual al lado de las historias de hazañas de Fangio, en una competencia que recién empezaba a armarse? ¿Tienen más relevancia, acaso, que las mañanas de Domingo del todavía jóven Siglo XXI en las que Schumacher dejaba hacía sonar la televisión cuando coleaba en el asfalto en las previas de los asados?

No hubo momento más emotivo, más allá de la victoria 90, 91 o 541, que cuando Mick Schumacher le entregó a modo de obsequio a Hamilton el casco de su padre al inglés. “No sé qué decir”, respondió el campeón actual. No tener palabras vale más que tener números. 

Muñeca Brava I

En la misma sintonía, otro que rompió récords que ni siquiera sabíamos que existían no es otro que Lebron James. El crack de los Lakers llevó a la franquicia de Los Ángeles a su décimo séptimo anillo, igualando al histórico Boston Celtics en el ranking de los equipos más ganadores. James se convirtió en el primer jugador en ganar MVPs en finales con tres equipos distintos y el segundo en cantidad de premios al jugador más valioso, distinción que consiguió en cuatro oportunidades. Por último, James coronó lo que pocos tienen en las últimas instancias, con 10 finales en 17 temporadas. La muñeca del maestro hace estragos, dejando en claro no solamente que es el jugador de la década sino posiblemente también de todo el Siglo XXI.

El título (re)abrió, como no podía ser de otra forma, un debate. James pareciera elevarse por encima del cielo de los Magic Johnson, Larry Bird, Bill Russell y Wilt Chamberlain, para jugar un “uno contra uno” con el aro del Olimpo contra Michael Jordan, con quien no solamente comparte cifras similares sino incluso apodos. The King contra Su Majestad.

Que la cantidad de anillos. Que las temporadas. Que el promedio de dobles y triples.

Pero, ¿eso es lo que más sentimientos nos genera? ¿Es más emotivo eso que el llanto de Jordan en The Last Lance cuando ganó su cuarto campeonato en el `96? ¿Nos mueve más saber quién de los dos es el más grande que el campeonato que Lebron ganó en su patria callejera con los Cleveland Cavaliers en 2016 o incluso la dedicatoria entre lágrimas de todo el plantel al recientemente difunto Kobe Bryant? Me parece que no.

Muñeca Brava II

Y si hablamos de muñecas que hacen historia, es difícil esta semana dejar de lado la raqueta. Rafael Nadal decidió romper récord solamente por él antes rotos con su décimo tercer Roland Garros, y completó su segunda decena de títulos de Grand Slam. Con Roger Federer tienen 20, compartiendo el primer puesto para la categoría masculina, por debajo todavía de Margaret Court, que lidera ese rubro de la historia del tenis.

Entonces la disyuntiva volvió. Si Roger o Rafa. Si Nadal o Federer. Como si eso fuera más importante que cualquier otra cosa para un tipo que tiene 97 títulos de ATP y que, contando sus dos medallas de oro en JJOO, está a solamente un campeonato de la centena. Como si los ángulos imposibles de la zurda española valieran más si le gana el debate a Federer. Como si en la historia quedaran más estadísticas que imágenes de gloria en el Philippe Chatrier o si los corazones dejaran de latir en el Suzanne Lenglen porque la estadística no dice quién es mejor.

Una lágrima sincera

La grandeza, a veces, merece estar exenta de comparaciones. Esto puede implicar, de no ser así, que por cuestiones no muy importantes para ningún ser humano se dejen de lado valores insoslayables como el disfrute, el respeto o la admiración.

Sonará muy contundente, tal vez, pero el deporte, más que cualquier estadística, es una lágrima sincera, una sonrisa socarrona, una leyenda por vivir, una historia para contar, un recuerdo que se guarda por la eternidad. Entonces, el título del “más grande”, ¿a quién le importa?.

Santiago Núñez

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