El Cazador, capítulo 7: los pibes

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.

“¡La banda está, nunca se fue, somos los pibes del Andén!”

Popular del Ferrocarril San Martín

  La noche era fabulosa. La temperatura había bajado a niveles humanos, soplaba un lindo vientito y, en el cielo, la luna se alzaba con sin compañía alrededor.

  Lo de arriba era lindo pero lo de abajo era mejor: Fabricio, en cuero y con una lata de Brahma adherida a la mano, prendía el fuego para tirar unos choris; con Totó y Mal Llevado de testigos, mi primo Juan, sentado en la cabecera de la mesa, de bermuda salmón y camisa celeste de mangas cortas, hablaba con el Gordo Leandro, de musculosa negra y visera, acerca de algo referido al futsal del Furgón; de fondo, explosiva y potente, sonaba La Renga.

-Apareció el cogido.

  Saludé a los dos caciques como correspondía: con beso, elogio y abrazo.

-Gato –le tiré a Fabricio, mientras le palmeaba la espalda a mi abuelo y me ubicaba a su lado.

-¿Qué hacés? –me devolvió mi hermano, sin mirarme.

-¿Y, Tino? ¿Ya anduviste barrileteando con el Bola? –me preguntó Juan con una sonrisa.

  Juan, 36 años, primer Rodríguez en cruzar el Rubicón y recibirse en una universidad, ingeniero civil, ex secretario de la Subcomisión de Fútbol, hincha de River, casado, padre de tres hijos.

-Sí, ando re pelotudo, encima de la birra me clavé como cinco horas de siesta.

-Ya te armé la pieza, infeliz. Hasta un ventilador te conseguí.

-Ah, gracias, viejito.

-Esas siestas son hermosas, cabeza. Ponete Off que los mosquitos te van a arruinar.

-Ah, pasameló, Gordo.

-Igual no sé si tenés sangre en las venas, pero por las dudas…

  El Gordo Leandro, 36 años, fletero, militante activo del FIT, bostero, divorciado, padre de una nena, guitarrista de punk, 30 combates por el Furgón, ex campeón barrial en la categoría de pesos pesados con 26 victorias, 2 empates y 2 derrotas.

-¿Qué decían del futsal? –le pregunté a mi primo, mientras los otros giles se reían del primer misil de la noche.

-Nada, lo de Thiago Solís. Que en seis meses armó el futsal con el Gonza Spadafone y metió como cuarenta, cincuenta votos.

-Estuvo pillo, la verdad que la hizo bien –agregó el Gordo.

-¿Lo dirige Gonzalo?

  Juan cabeceó.

-¿Vos jugaste con ese boludo, no? –me preguntó Totó.

-Sí, dos o tres años. En el campeonato del 2007 estuvimos juntos, alternaba con el Rusito. Después se fue a Burzaco, Quilmes, anduvo por un par de clubes de Zona Sur.

-Sí, un 3 bastante chúcaro, metedor.

-Ese. Y la última vez que nos vimos para festejar los diez años andaba en la Liga de Mercedes, ya jugando de central. Buen chabón, el Gonza.

-¿Sí? –me preguntó el Gordo y se lo confirmé con varios cabeceos.

-Ahí está, boludo, decile que te pruebe y metete al futsal a traerles votos a los muchachos. No te va a decir que no si es buena gente –comentó Totó, espesando el clima de golpe.

-Nah, viejito… Ya no estoy ni para vender un pancho en el buffet –dije en voz baja, intentando apagar la mecha que se aproximaba a la parrilla.

-No, viejo. ¿No lo conocés todavía? –explotó Fabricio– Hoy se levantó en crack, hay que decirle que es Batistuta, que Levandoski tiene cosas suyas.

-Andá a cagar –murmuré.

-¿No ves que la estrella llega tarde hasta a la choriceada? Siempre lo mismo –continuó, por fin sacando la mirada del fuego y mirándome a los ojos.

-Tratemos de ser coherentes, muchachos –medió Juan.

-“El Cazador”. “El regreso del Cazador” –la seguía Fabricio, dibujando marquesinas en el aire con las manos.   

-Bueno, me voy a comer solo –agregaba confusión el viejo choto de Totó, que tenía el don de incendiar las mesas familiares y alejarse cuando crecían las llamas.

-Decile a este boludo, Juan, ya está en pedo y todavía no prendió ni el fuego, el cachivache.

-¿Cachivache? ¡¿Yo cachivache?! Cagón de mierda.

-Tiene razón, Fabri.

-¿Eh?

-Y sí, le preguntó el abuelo por la suya. Nos tiene que entrar en la cabeza que no va a participar en nada, ya está.

-Si vos fuiste el primero en dar el visto bueno para que Dardo lo hable, ¿qué te hacés ahora? –se ofendió Fabricio. 

-Callesé la boca –le mojó la oreja el Gordo, verdugo como él solo, y mi hermano volvió a refugiarse en la parrilla con la sangre en el ojo.

-Voy a buscar al viejo –le dije a Juan.

-Dejalo lejos al viejo turro ese. Le dije diez veces… Tomás: no metás bocado que traiga quilombo así tenemos una comida en paz y lo primero que hace es ir y meter un bocado.

-Se viene a hacer el Huntelaar del Ascenso acá con los pibes –la agitó Fabricio con ganas de quedarse con la última palabra, quebrando unas ramas a unos metros, pero Juan, sin abrir la boca, me hizo un gesto para que la cortara y le diera el gusto.

-Ahora en cinco cae el Mosca, dejalo que se fuma una seca y no la agita más –me habló Juan en voz baja–. Pasa que te estábamos esperando todos, tendrías que haber venido, no hay excusa.

-No, ya sé. Me la mandé… Me la mandé.

-A vos te pega distinto, no soy boludo, sos como el Mosca que quedó hecho un trapo de piso.

-Quería pegarle al de la cochería cuando fue a cerrar el cajón, no caía el Mosquita –agregó el Gordo, y se alejó rumbo a la parrilla.

-Yo igual. Recién hoy, que fui al cementerio y lo vi…

-Sí, hablé con el Santo.  

-Ah, hablaste –repetí.

-Sí. Cierra a las doce y viene –precisó mi primo, indiferente, poniéndose de pie–. Pará que voy a buscar al viejo.

-Dale, dale.

  Respiré. Si Juan se enteraba lo que habíamos hablado con el Santo nos rompería el orto a patadas.

  Me serví un vaso de Sprite y prendí un cigarro. El Gordo y Fabri, que se acercó a la mesa a buscar fuego, empezaron a hablar del mercado de pases de la Primera A, tirando una pila de nombres que no conocía. Lo último que había visto en Bariloche habían sido los partidos de Argentina en el Mundial 2018 y lo único que me provocaron fueron ganas de seguir lejos del fútbol por treinta años más.  

-Caza –dijo alguien a mi espalda.

-Eh, Mosca –lo saludé, mientras nos dábamos un gran abrazo.

 El Mosca, cabezón, flaquito y de ojos grandes y separados, playero en una YPF de Lourdes, estudiante de Historia en la UNLO, soltero, culo y calzón con mi hermano desde el jardín de infantes.

 Con él había llegado Ezequiel Cóceres.

-Loco.

-¿Qué hacés? Un gusto.

-Lo mismo.

  El Mosca se sentó a hablarme de Dardo sin demasiadas vueltas. Me contó de sus últimos días, de lo último que habían hablado, de quiénes se habían acercado a despedirlo, de los planes que tenía para el futuro del Furgón y de su propia vida. De fondo sonaba, más bajo, un disco de Callejeros.

-El sábado íbamos a ir a la casa del Rusito Casá a pedirle unos mangos a cambio de un sponsor a futuro. Y de ahí nos veíamos para acá, a tomar unas sidras en la pelopincho de Totó.

-¿Quiénes iban a venir?

-Él, yo, Fabri, el viejo.

-Ah… A lo del Rusito pueden ir igual, si quieren vamos así de paso lo veo.

-¿Vos decís que nos va a pasar cabida? Mucho mejor si venís.

-Sí, unos cobres les va a tirar. ¿Qué necesitan, pintura, unos afiches?

-Sí, también estamos juntando de la nuestra. Si nos tira dos lucas a cuenta somos nosotros.

-¿Dos lucas? Si le firmás que lo sacan a Lozano el Rusito te pone cincuenta.

-¿Sí, no?

-En el 2011, 2012, no lo dejó irse a la B de Perú. Al año se rompió y le dieron una patada en el culo… Cincuenta no, pero si son dos luquitas tres, no va a tener drama, se las pido yo, olvidate.

  Juan y Totó ya habían vuelto del interior de la casa. Ezequiel se arrimó a mi hermano. El Gordo puso La Sonora Master y armó una jarra de fernet. El Mosca me preguntó por el Santo. Juan comenzó a cortar un pedazo de queso, le alcanzó un salamín al Gordo para que hiciera lo mismo y me mandó a buscar una bolsa de papas americanas a la cocina. El Mosca se ofreció a ir porque se estaba meando.

-Lavate las manos, sucio –lo educó el Gordo, pasándome la jarra.

-¿Los Paz, Lea? –le pregunté.  

-Están re cortados esos putos, cabeza. Movete, a ver.  

  Corrí una pierna y se sentó en la banqueta más cercana. Prendió un Marlboro, que entre sus dedos parecía un palito salado, me cambió la tarea de pelar el salamín por la de sostener la jarra y se bajó un cuarto de litro del brebaje solo para impresionarme. Lo logró, igual que cuando éramos chicos, pero por las dudas se mandó un eructo digno de T-Rex.

-Salud, cabeza –festejó Juan desde la parrilla.

-Así que están cortados los guanacos… Matías fue al velorio igual ¿no?

-Matías. Román no, cabeza. Me parece que se viene otra vez la gran Cuco.

-¿Vos decís, Gordo?

-¿Yo? Todos lo decimos. Se va a abrir de piernas, perdé cuidado que en el balance de febrero se va a lavar las manos para no perder el laburo.

-¿Qué laburo?

-¿Cómo qué laburo, pancho? Entró a laburar a la zapatería de Don Gianetti antes de Navidad.

-No sabía nada.

-Sí, entró. Se hace el otro, el que está cansado por el laburo y no viene a dar la cara… Todo chamuyo… Todo verso es, la lacra se le puso en cuatro a los Gianetti por un laburito de veinte lucas.

  Leandro me dejó la jarra y se acercó a analizar las brasas que había acomodado Fabricio. Traté de hacer un cálculo rápido, a grandes trazos, sabiendo que sería imperfecto porque todavía seguía medio idiotizado por la juerga en lo del Bola. El presupuesto del club se aprobaba con seis de nueve votos de la Comisión Directiva, es decir, mayoría simple más uno. El Bebi, en diciembre del 2018, un mes atrás, tenía cinco votos: el suyo, el del vice Lucio Gianetti, el del secretario Bordón, el del prosecretario Marcos Ramos y el de Martín Gianetti, tesorero e hijo de Don Lucio. Maca Elishev, protesorera y representante del vóley, y los tres vocales titulares, Román Paz, el Santo y mi hermano, tenían los números suficientes para bloquear cualquier propuesta del Bebi, y que así interviniera la Comisión Revisora de Cuentas, compuesta por Lozano y el Viejo Bustos. Si Román Paz se daba vuelta, los números quedarían seis a tres y el Bebi Solís con la libertad suficiente para meternos no el perro, sino un elefante en el presupuesto anual de la institución.

-Gordo ¿hicieron los números si Román se da vuelta? –le pregunté cuando volvió por la jarra.

-Sí, cabeza, más vale. Seis votos a piachere para el Bebi. Nos van a seguir endeudando con el chamuyo de que necesitamos ayuda de terceros.

-¿Qué terceros, un crédito de banco o algo así? Me hace cagar de risa el Bebi con los términos.

-No, qué bancos si tenemos alto pasivo. Ayuda del amigo de Thiago que armó el plantel en junio.

  Asentí ligeramente. Fabricio ya me había contado meses atrás, por chat o por llamada, de un tipo que había traído el hijo del Bebi.

-¿Cómo se llamaba el tipo ese?

-Un pibe es. Sánchez Morando.

-Ah, sí. Tute, Tete.

-Tute. Matías Sánchez Morando.

-Tute Sánchez Morando… ¿Y qué pidió el chabón a cambio de tantos jugadores?

-¿Qué pide? –se preguntó el Gordo, como si nunca lo hubiera hecho– Es corte un Bragarnik, un Paco Casal. Pone los jugadores, pone el técnico y usa el club de vidriera.

-¿Morando? –preguntó Juan, arrimándose, y el Gordo asintió– Peligroso, Morando… Mirá que sabe de fútbol, Tino, porque sabe, tiene ojo. Pero vino a apostar plata o mierda, y si sale mierda el Furgón se queda culo al Norte.

-Claro –se entusiasmó el Gordo–. Todo muy lindo, estamos a dos de Claypole, tenemos señores jugadores… Pero en la primera rueda nos quedó un buraco de seiscientas lucas.

-Los números son clarísimos: el plantel sale trescientas lucas mensuales, hacé de cuenta que tenemos un plantel de Primera C hoy.

-Y la caja de uno de la D.

-Un equipo de la C y el presupuesto de uno de la D… Ese es el problema. Lo que se firmó en junio del año pasado, cuando llegó este pibe Morando, es que el Furgón ponía cien y él, con su grupo empresario, doscientas lucas. Y ojo, porque pagó todo, eh, trajo los jugadores que dijo que iba a traer y la puso toda arriba de la mesa.

-Tiki taka la puso, cabeza.

-Pero el problema, o uno de ellos, es que Cuco, el Bebi, porque ahí son los dos, no bajaron un puto mango. De ahí viene el agujero que dice el Gordo.

-Sí, de ahí, de la Sede, de la municipalidad… Peso que entra al club, según el bufarreta del Bebi, peso que va destinado a pagar la luz de la Sede. De la luz, eh, todo para la luz.

-Y lo demás es pasivo. Si esta segunda rueda se mantiene, ponele que sí, está todo dado para que sí, que se va a mantener el mismo tono porque si Román se da vuelta quedamos seis a tres, son otras seiscientas lucas más de pasivo. Y a junio llegaríamos

-Tres palos –dijo el Gordo.

-No. Cuatro millones y medio de deuda. Cuatro palos y medio.

-Parte de la cagada fue nuestra.

-Parte.

-Parte importante, cabeza.

-Sí, Gordo, ya sabemos que soy un pelotudo.

  Me quedé esperando que se destrenzaran.

-¿Qué pasó?

-Pasó que me mandé flor de cagada, Tino, pero el Gordo quiere que dos veces por semana le diga que él es un capo, el mejor de todos.  

-Nt nt nt, yo no quiero eso. Se llama olfato político, reconocer a los cagadores a simple vista. A mí no me gustó desde que lo vi aparecer.

-La cosa fue así. Te la resumo: cuando Thiago trae a este pibe, a un par nos gustó el proyecto. Esa es la verdad, nos gustó todo. Vino un día a Comisión y dijo “Buenas, me llamo Equis y con mi grupo empresario Tal les puedo traer a este y a este del CADU que son míos, a Moreno, el enganche de Argentino de Merlo que es crack, y tres del Federal B que nunca firmaron contrato profesional: este, este y este”. Uno que llegó a la reserva de Tigre, el otro un cordobés que ya en diciembre se fue a Lafe y otro más, que también anduvo.

-Galván, un ocho.

-Galván. No… Desde lo futbolístico, primo… Irreprochable. Toda gente de jerarquía, para ascender, y a eso sumale la camada del 2000 que venía de ser bicampeona en Cuarta y Quinta, más Miguelo de DT.

-Hablando fuera de joda, cabeza, estaba para jugársela. Además, eran los votos a cambio de que a futuro se revisara la intervención de Cuco y habilitaran las elecciones.

-Claro, eso también… Principalmente era esa la onda… Y obvio, obvio que estaba para jugársela… Cuco nos dio su palabra de que con la que bajaban de AFA, por este contrato nuevo de la Superliga y qué sé yo, aseguraba cien lucas mensuales. Textual lo dijo: tenemos cien mil pesos por mes, ni un peso más ni un peso menos.

-Y entonces dimos los votos y aprobamos el presupuesto.

-Antes votamos entre nosotros para ver qué hacíamos con los cuatro votos, porque Maca y el Santo se pusieron en nuestras manos. Fuimos al bar de Manuel, analizamos pro y contras, y votamos. El Mosca, Fabri, Mati Paz y yo votamos a favor. El gordo, Román y Dardo en contra.

-¿Y Equi?

-No votó. Apareció hace un año, no lo contamos para votar.  

-Ah.

-Y ahora, bueno… Ahora estamos con el culo en la mano con los números del pasivo.

-Ah ¿ves? Eso Fabricio no me lo contó. Él solo me cuenta las que hace bien.

-Eso ya fue. La cosa es que si ascendemos y Morando vende un par de jugadores, con esos porcentajes que le quedan al club la piloteamos, ponemos un parche en lo más urgente y no pasa a mayores. El tema es si no ascendemos.

-Según él son dos años –aclaró el Gordo–. El proyecto es a dos años, si no ascendemos en junio se quedan otro año más, no se querían atar a los resulta

  Nos interrumpió la llegada de Catriel, un vaguito amigo de mi hermano y del Mosca. Comencé a preguntarme en qué podía afectar la ausencia de Dardo a todo lo que me estaban contando y no encontré nada. Absolutamente nada.

-¿Qué esté Dardo o no cambia algo? Digo, ¿en el revoleo de votos cambia algo?

  Juan y el Gordo se miraron.

-No. Dardo era primer vocal suplente, tenía voz pero no voto.

-La manija hoy la tiene Román, Dardo no tendría nada que ver. Don Lucio le dio trabajo, pero en parte andá a saber, sería demasiada conspiración al pedo comprar un voto, entre comillas, para habilitar un balance que si no se aprueba en Comisión Directiva se aprueba en la Revisora de Cuentas.

-Lozano lo saca con fritas.

-De una, si para él es todo ganancia. Lo tiene a Cuco en el fútbol y de la nada le llueve medio equipo que a él le salen gratis. Está a doce meses de las elecciones y peleando el Ascenso, Valentín… Por ahí en junio embarraba la cancha, se sentaba y te revisaba lo que le traía el Bebi, ¿pero ahora? Dale que va.

-Los únicos que queremos mayor austeridad somos nosotros, esa es la verdad –sumó el Gordo–. Porque si no ascendemos y queda tierra arrasada no nos queda ni para comprar un juego de pecheras.

-Y Román sabe toooodas estas volteretas que estamos hablando, eh, así que lo único que conseguiría si panquequea es quemarse con nosotros, porque entre Bebi y Lozano ya está todo cocinado. O sea, sería al reverendo comprar un voto que al Bebi no le hace falta, a eso voy.

  Fabricio avisó que en quince minutos estarían listos los choris. Le escribí al Santo preguntándole en qué andaba y me contestó que lo fuera a buscar, que en cinco minutos le dejaba dos indicaciones a Camila y estaba listo. Le pedí las llaves del auto a Juan y avisé que en cinco minutos estábamos de vuelta.

-No me fumen arriba que después se suben los nenes.

  Me subí al Fox, tuve el ojete de enganchar en la radio los primeros acordes de un tema de Los Redondos, puse el volumen al mango y arranqué para el bar del Santo, a seis cuadras, con cierta euforia ante la chance de cruzar el barrio de noche con un buen rock de fondo. Pasé por la puerta de un oscuro y hermético Andén; luego por la casa de Dardo, que tenía las luces prendidas y las persianas levantadas; y en sesenta segundos llegué a la avenida Irigoyen, la principal de Almafuerte, luminosa y agitada, repleta de mujeres, de viejos conocidos, de recuerdos acechando en cada esquina.

-Ah, esto es otra cosa… Todavía me duele la espalda por la culpa de poronga de auto que tenés.

-Dijo Juan que no fumes.

-Que me tire la goma el gobernado ese.

  Nos pusimos en marcha con lentitud.

-Che, boludo… Me parece que por ahí flashamos cualquiera.  

-¿Con qué?

-Con lo de Dardo. O no sé, bah. No sé. Pero el voto de Dardo no cambia nada, si ni siquiera es vocal titular.

-Y obvio que no, ¿quién dijo que sí?

-Recién hablé con Juan y el Gordo. Por lo menos con la Comisión nada que ver.

-Pero yo ya sabía eso, no me estás contando nada nuevo, Valentín.

-¿Y entonces?

-¿Cómo “y entonces”? Hoy a la mañana eras John McClane y ahora resulta que sos el enano Polvorita retrocediendo en chancletas. Dijimos que íbamos a ver qué onda, no te apurés.

-Está lo del timbre igual. Y dejá de mirar Fantino, Santo, que esa del enano la sacaste de él.

-Está lo del timbre. Pero igual, igual, mirá que tampoco firmaste un juramento, eh. Si te diste cuenta que no va, no va.

-Yo no dije eso.

-Ya sé. Digo nomás. Mirá que si no estás, juntamos campamento y a otra cosa.

-Está bien…

-Además vine a comer algo, a despejarme con los muchachos… Hoy me dejaste la cabeza inflada como una piñata con tus mambos.

-No ¿y yo? Ya no me aguanto más, boludo.

-Nadie te aguanta, Rodríguez. Si por algo estás más solo que Kung Fu.

  Me robó una carcajada.

-Sos malo, hijo de puta, vos porque lo tenés a Marito que es más bueno que el pan.

-Dale, boludo, pasame el móvil y cerrá los cantos de una vez. 

  Nos ubicamos para comer, algunos sentados y otros parados. En los parlantes sonaba Guasones; alrededor de la mesa, nombres de la política nacional, de minas, de jugadores clase A, de hijos, de jefes, de compañeros de trabajo, hasta que Ezequiel comentó que había estado con los padres de Dardo y tenía novedades de la investigación.

  Equi Cóceres, 32 años, Licenciado en Ciencias Políticas, asistente del camaleónico Concejal Norberto Pérez, último en ingresar a la Agrupación, ex Presidente del centro de estudiantes de la UNLO, difuso y distante ex compañero de la materia Historia Latinoamericana en la UNLO allá por el 2013, ex novio de Jazmín Balmaceda, ex kirchnerista, ex antikirchnerista.

-Hoy fuimos con Beto y el papá de Dardo a verlo a Silva al Centro de Monitoreo. Ya le pasó a la fiscal todos los videos del anillo digital de seguridad y nada. Nada de nada, hasta el momento no pudieron precisar cómo llegaron a la casa, ni cuántos eran, ni cómo se fueron del lugar. No están y no van a estar.

-¿Y entonces, loco? –preguntó el Mosca.

-De las cámaras ya no podemos esperar nada, Mosca. Eso confirmado. Ahora está en manos de la 2° del distrito, más el apoyo técnico de la DDI de San Martín. Hay que apostar a lo que haga Quique desde la comisaría.

-Buen tipo, Quique –dijo uno desde la otra punta de la mesa.

-Amigo de Lozano –agregué–. De Lozano y del Viejo Bustos.

-Sí –confirmó Ezequiel–. Bustos y Quique Vera fueron compañeros en el MODIN, el partido de los Carapintadas.

-Bueno… Lindos muchachos.

-¿Y qué hizo Quique hasta acá?

-Testigos, habló con todos. Pasó casa por casa por toda la cuadra, eso lo vimos todos. Casi todos. Obviamente después estará tocando a sus buchones, a los que tienen kiosquitos en Las Tunas, en La Olla, en Sargento Rivera… Algo de ahí tiene que salir.

-¿Del teléfono de Dardo se supo algo?

-Sí pero no. No existe más ese teléfono, claramente. Pero es un rastreador, como una laptop, así que de ahí se llegó la conclusión de que no eran dos drogados. Por eso y por cómo esquivaron todas las putas cámaras, porque tampoco se sacaron fotos agitándola en Facebook, no eran dos fuma paco que se llevaron el teléfono para que le caigan los yuta a los quince minutos. Tampoco son una súper banda, ni en pedo, porque dejaron huellas y rompieron la puerta trasera con una barreta. Unos chorros ni, podríamos decir.

-¿Rompieron la puerta con una barreta? –pregunté.

  Ezequiel asintió.

-Entonces no hay un porongo –dijo el Gordo.

-Como en el ochenta por ciento de los crímenes de Provincia. La esperanza eran las cámaras de la zona, pero se ve que el macrista de Casares prefirió llenar de cámaras a Lamarque antes que este barrio.  

-No empecés a hacer política, loco –lo frenó el Santo, en vano.

-Cheto culo roto –dijo el Mosca.

-Olvidate, llegaba a pasar esto en Lama y a los chorros ya los tendrían con una manzana en la boca corte los lechones –hipotetizó el Gordo.

-Atados y con un palo en el culo –cerró Fabricio, y la cosa cambió de tema por un buen rato.

  Después de comer, acompañé a Totó hasta el comedor porque quería ver una pelea de box en vivo. Al regresar, después de haber meado y de sacar una Coca de la heladera, Catriel, el Mosca y Fabri ya habían descorchado un faso. Me armé un fernet, prendí un cigarro y le pregunté a Juani por los nenes.

-¿Así que vas de presidente del Furgón, Valentín? –preguntó Catriel a los pocos segundos, sonriente y dientudo, con la voz serruchada por la marihuana.

-¿Quién te dijo? –le preguntó Juan, tan sorprendido como yo y los que habían alcanzado a escuchar la pregunta.

-Uno de la muni, loco –agregó, acariciando a Mal Llevado que había aparecido ahí como por arte de magia.

  Todos dejamos de hablar. El Gordo manoteó el teléfono y bajó el volumen de la garcha que estaba sonando en los parlantes.  

-¿Cómo que uno de la muni, pelotudo? –lo toreó Fabricio desde la confianza– Recién ahora me lo decís.

-Eh, pensé que ya lo sabías, loco… Mal ahí, no me di cuenta… –siguió desarrollando Catriel con una sonrisa– El Tejita me contó, uno coloradito con el pelo para abajo como una teja.

-El Tejita, sí, acá todos lo conocemos. ¿Qué dijo ese mogólico?

-Eh, ¿tanta bronca hay?

-Sí, boludo, hablá y dejá de dar vueltas –apuró el Mosca, envuelto en una nube de humo.  

-Dijo que este iba de presidente, pero todo mal, ¿viste? Dijo así: “Si el Cazador va de presidente lo vamos a hacer mierda a ese puto”. Onda… Puto por vos –me aclaró, mirándome con la misma sonrisa que ni siquiera ante las puteadas y el cambio de ambiente había sacado de su cara.

-¿Cómo fue todo? Contanos todo el contexto, a ver… –le rogué con calma–¿Dónde te dijo eso?

-El Tejita cachivachea en la municipalidad –agregó Fabricio.

-Ya sé, boludo, que el Tejita cachivachea en la municipalidad –le respondí–. Dejalo que lo cuente él.

  Catriel nos miró a los dos, levantó levemente los hombros, y siguió.

-Yo laburo en Obras Públicas. Soy… Nada, un número más que controlo algunas cosas, miro planillas, ejecuciones de presupuesto, cosas así.

-Dale, engranaje del sistema –lo activó el Gordo–.

-Ah, me gustó esa… Bueno, la del Tejita… Yo tenía que ir a Las Tunas a ver una cuadrilla que está con las cloacas, y como tenía rota la Kangoo del laburo, nada, en un tiro salí a la calle y lo vi al Cabezón Estrada y le pregunté si me alcanzaba hasta allá.

-¿Quién es el Cabezón Estrada? –preguntó el Santo.

-Un punterito de Las Tunas –respondió Ezequiel, más que interesado por el relato–. Si te fijás todas las pintadas de Lozano dicen “Simplemente Cabeza”. Ese es el Cabeza.

-En La Olla también está, labura para el Beto Pérez –agregó, filoso sin intención, el Mosca.

-A veces, sí, yo lo llamo cada tanto –la cerró el otro, escurridizo, mirando a Catriel.

-Un señor puntero entonces, más que un punterito –calculó el Santo.

-¿Y entonces, amigo? –preguntó, sutilmente pendenciero, el Gordo.

-Entonces me subo a la chata del Cabezón con toda la vagancia. Otros… No, nada, iba a decir algo de los engranajes… Yo conozco más al Teja que al Tejita, un par de veces quemamos unas secas en algún corte de cinta, pero vi que estaba el Tejita y me acerqué a pedirle un lillo.

-Sacá la parte falopera, el flash, todo. Dale que te conozco y si no terminamos mañana –le dijo el Mosca.

  Catriel se rió con cierto orgullo.

-No, me reconoció, todo bien… ¡Jajaja! Bueno, entramos a fumar y en una pasamos por la cancha de camino al barrio y ahí dijo que Valentín era un puto. A mí en particular no, venía hablando con otros pero… O sea, re loco, pero yo estaba escuchando, estaba ahí curtiendo con ellos, ahí, y dije “Eh, loco, aguantá que el Cazador es el hermano de un amigo”. O sea… –suspenso absoluto, todas las miradas posadas en su enorme dentadura, sus ojitos paseándose por cada uno de nosotros– Lo pensé, no lo dije.

  Nos peleamos para ver quién hablaba.

-¡Paren! –se hizo cargo Fabricio– A ver, Catriel: ¿el Tejita sabe que sos amigo mío?

-No.

-¿Seguro, no?

-Seguro, seguro. Lo que te digo, lo vi dos o tres veces, nada más. Creo que ni siquiera sabe que me llamo Catriel, en la muni todos me dicen el Sonri.

-¿Y después qué pasó?

-Nada, quedó ahí, loco, no me acuerdo. Cambiaron de tema, ni idea. Tampoco fue que fue una amenaza, no… Fue como dicho al pasar… “A ese puto lo vamos a hacer mierda”. Onda… ¡Eh, ahí, loco! A ese puto…

  Juani miró al Gordo, a Ezequiel, al Santo.

-¿Qué onda?

-Un barrilete el Tejita –lo minimizó el Santo.

-Se fuma diez porros por día, él y el hermano también –se metió Fabricio.

-¿Pero cómo se enteró? –se preguntó Juan, mirándome– Che, Catriel: ¿cuándo fue esto?

-¿Eh? Uh… Una semana. Un poco más, por ahí.

-¿Antes de año nuevo o después? –pregunté.

-Antes. Fue una de las últimas movidas antes del asueto. La calle estaba hasta las manos.

-Yo me junté el veintisiete. Y fue un no clarito.

-Ya sabemos –me lo reprochó el Gordo.

-Dardo me dijo que nos servía correr la bola –murmuró el Mosca con timidez, luego de un largo rato de silencio.  

-¿Qué bola, pelotudo? ¿Que Valentín iba de presidente?

-Yo le dije que no convenía, que era un error hasta que no se reunieran.

-¿Conmigo? ¿Salió a decir que iba de presidente antes de preguntármelo?

-No te enojés con Dardo.

-No me enojo con Dardo, boludo.

-Los quería achicar, mostrarse fuerte en un momento de debilidad. Enojate conmigo que no dije nada.

-Puso el ancho con dos cuatros atrás –dijo el Gordo.

-Un ancho de mentira –dije.

-Dardo nunca me dijo al final si lo había hecho o no. Me dijo que lo quería hacer, pero si le llegó al Tejita le llegó a todas Las Tunas, al Bebi, a todo el mundo.

-No hay dudas.

-Ahora… –volví a hablar– ¿Ustedes no consultan esas jugadas? ¿Se tiran a la pileta a ver qué onda? 

-Solo yo lo sabía, ya te dije –me replicó el Mosca, algo enojado–.

-La decisión fue mandarlo a Dardo porque ya te había convencido una vez. Pero todo lo que vino atrás no lo sabíamos, Tino.

-Igualmente –metió un bocadillo el Santo–, de aquí a que lo hayan mandado a matar por eso…

  Todos, menos yo, lo miraron al Santo.

-¿Qué mierda decís, Santo? –se enojó Juan– ¿Quién va a pensar semejante locura, papá?

-No, digo.

-“Digo” no. Si lo tirás es porque lo pensaste. Pero a ver, a ver… -trató de calmar las aguas mi primo– Está en juego una elección importante, sí, por supuesto. ¿Hay guita en juego? Sí. Hay pica entre ellos y nosotros, también, toda la pica. Pero de ahí a siquiera pensar en algo así, me parece una absoluta locura… Qué sé yo…  

-Sí, cualquiera, Manu –dije, mientras nos comíamos mutuamente con la mirada y le caían una catarata de reprobaciones y de cargadas.

  Las cargadas, lo entendí después, eran para descomprimir el clima. Todos, en mayor o menor medida, estábamos pensando en ese momento que quizás existía una conexión entre la bomba de humo lanzada por Dardo y su posterior asesinato.

-Flasheó House of Cards, Santopietro… –le mojé la oreja aprovechando la volteada, y como se hizo un hueco levanté la mano– Muchachos, mañana me estoy reuniendo con el Chelo para decirle que nada que ver, eh.

-¿Qué?

-No vas a ser tan puto –se escandalizó el Mosca.

-Que quede claro que yo no tengo nada que ver con lo que tiró Dardo por ahí.

-No seas cagón, chabón –saltó Fabricio.

-No es de cagón.

-Sí, es de cagón.

-Fabricio: estás borracho y re loco. Dejame de romper las pelotas.

-Nadie te va a hacer nada, cabeza.

-Gordo ¿sos boludo? Ya sé que nadie me va a hacer nada. Pero me quiero juntar con Lozano y decírselo en la cara, que yo no voy ni de presidente ni de una verga.

-¿Y qué ganás con eso?

– Yo, nada –mentí.

-¿Y entonces, gil?

-No quiero andar por la vida ganándome más puteadas. Los de Las Tunas me están puteando desde que tengo diecisiete años, muchachos… Basta, loco. Ahora resulta que me mudo al orto del mundo y me siguen puteando. ¿Por qué?

-Pero el Tejita es un cabeza de verga.

-El Teja me chupa la pija, Mosca.

-Eh, pará, bajate del pony y tratá bien a los pibes, chabón –me devolvió la estocada el reverendo hijo de puta del Santo.

-No, si él es Batistuta.

-Aflojá, sí –tiró el cuatro de copas de Cóceres, y Juani dijo algo parecido.

  Me puse de pie, midiendo al Equi Cóceres y preguntándome quién ganaría en un buen mano a mano.

-Me voy a dormir, muchachos.

-Ahí se baja del barco como siempre.

-Vos haceme un pete, Fabricio. ¿Quién me pasa el número de Lozano? ¿Gordo?

-Sí, cabeza –respondió compungido –. Después contá qué onda.

  En tres zancadas, caliente como una pipa, me metí en la pieza que Totó me había preparado. No estaba mal: un colchoncito en el piso, un ventilador desvencijado a un costado, una 14 pulgadas, un banderín del Ferrocarril y un par de libros de Verne que habían sido de mi viejo.

  Apagué la luz, prendí el ventilador y revisé el teléfono. El contacto de Lozano ya estaba ahí.

-Hola. Soy Valentín Rodríguez, Marcelo –le dije al teléfono–. Necesito hablar dos minutos con vos, es importante.

  Me saqué las ojotas, la remera, el short. Prendí el último cigarro de la jornada y lo fumé con cierta inquietud, tirando la ceniza a un costado y apreciando el efecto visual que la brasa del Chesterfield le daba a la covacha en la que había aterrizado una vez más.

  El teléfono vibró con un espasmo.

  “Mañana ando por la municipalidad. 9 30 en el café plaza, al lado de la actedral. Te espero, pichón.”

-Pichón la reputa que te parió, sorete.

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

El próximo martes estará disponible el octavo capítulo.

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