El Cazador, capítulo 11: la certeza

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.

“Elegí un palo y listo. Fuerte a un palo y a la concha de su madre. Erra el que patea, Valentín.”

Oscar Paracucchi, entrenamiento (2006)

 “¿Por qué? ¿Por qué lo haría Lozano? ¿Por qué el Bebi? ¿Por qué este, por qué aquel?” había dicho Santopietro.  

-¿Por qué, la concha de tu madre?

  Prendí la computadora con un dedazo que casi arranca el botón del cpu. Después del básquet en lo del Santo, ya con el pico incendiado, había comprado un pack de latas de Schneider para compartir con mi abuelo Totó, pero como andaba mal de la panza había preferido acostarse temprano, dejándome solo con mucho escabio, muchas preguntas y toda la noche por delante.

  Me mandé un trago, puse un disco de Muddy Waters y abrí Facebook e Instagram, olvidados desde hacía meses.

  Comencé de menor a mayor, rastreando a los barras en el Facebook. De Las Tunas, el Mocoso había tenido gemelas en diciembre, el Zurdo Daniel acababa de llegar a San Bernardo, el Gordo Chila vendía una Motomel bastante barata, el Dengue no subía nada desde el 2016, Bebeto andaba a los besos con una petisa hermosa y los Teja se habían ido a pescar a Baradero con la familia, un contingente de colorados bastante exótico. En el Instagram no había mucho más: el Dengue y los Teja ni siquiera tenían un perfil, el Zurdo Daniel subía las mismas fotos e historias que en el Face, el Mocoso subía todos y cada uno de los platos que cocinaba, el Gordo Chila era un mamero impresionante.

  Pasé a la banda de Docabo, de la cual solo me acordaba cuatro nombres que salían de memoria: Docabo, el Toti Gauna, el Rata y el Jere. A los últimos tres no los encontré porque ni siquiera conocía sus nombres completos; al otro, que era el que me interesaba, sí. Aníbal tenía un perfil de Facebook al que le daba mucha bola pero no tenía Instagram. Antes de entrar a fondo, fui por otra lata y a vaciar la bodega.

  Ya de regreso, cambié de disco y me puse una remera porque el vientito que corría afuera comenzaba a surtir efecto en las calientes paredes del comedor. Prendí el Chester número 8.000, abrí la birra y el perfil sin demasiadas esperanzas.

  La noche anterior se había juntado a comer un asado con los suyos.

-Si vos querés estar libre, si querés alto volar… –canturreé sobre la voz del Ciro, acercándome al monitor, mientras me acomodaba en la silla e intentaba localizar las neuronas que no tenía empapadas de alcohol.

  A golpe de vista, eran quince en un jardín que tenía pileta y quincho. Luego comprobé que era la casa de Docabo.

  Recorrí la foto y fui ubicando a los de la primera línea: en el centro estaba el dueño de casa, con una musculosa de la selección de básquet; a un costado el Jere, llamado Jeremías García y con el muro lleno de frases de Paulo Coelho, el gordo Bucay y Ari Paluch; y en un extremo de la foto el Rata, con su inconfundible cara de roedor, camiseta rosada de Boca y un Rosario tatuado en el brazo derecho; el Toti Gauna era el único que no había participado de la juntada. Del resto, a otros vagos no los reconocí, ni por las caras ni por las etiquetas que les colocaba la red social, pero sí me topé, cerca del Rata, con dos muñecos que jamás me hubiera imaginado que pudieran estar ahí: Thiago Solís, que había crecido mucho desde la última que nos cruzamos, y Tute Sánchez Morando, etiquetado por el fiolo de Mark Zuckerberg como si se lo hubiera pedido yo personalmente.

-¿Y este?

  La foto hacía ruido, mucho ruido, porque eran dos chetos rodeados de malandras, uno de chomba y gafas oscuras, bien careta como acostumbraban los de su familia, y el otro de bermudas, Crocs y camiseta roja del Furgón, pelito castaño, sonrisa perfecta, mirada de merquero engolosinado y en plena cresta de la ola.

-Hermosa casaca, chabón…

  El Facebook no lo usaba, a su Instagram no se podía acceder si no eras seguidor.

-La concha de tu madre, Morando.

  Excitado, fui al trote a buscar otra lata. A la vuelta, apagué la música y comprobé que Thiago Solís tenía el mismo uso de las redes que su amigo. Volví a la foto del falso asado. Ahí tenía que estar la explicación de todo, lo único que tenía que hacer era mirar la foto y atar cabos.

  ¿Qué unía a Thiago con Docabo, si uno era soldado del abuelo y el otro lugarteniente del Chelo? No era el amor, pero tampoco podía ser el espanto, es decir la unión táctica para enfrentarse en las elecciones a los pibes del barrio. Tenía que ser otra cosa.

-Ay, boludo, la concha de mi vieja.

  ¿Y ese Tute Sánchez Morando? Era un pendejo, de verdad era un pendejo que no debía tener más de veinte, veintiún años. ¿De dónde había sacado la plata, cómo mierda sabía tanto de fútbol y de negocios, qué carajo ganaba bancando al Furgón?

  Ahí tenía que estar la respuesta a todo. Responder con precisión esos tres interrogantes equivalía a responder todas las preguntas, también la más importante: ¿quién y por qué había matado a Dardo?

  Dije la respuesta antes de haberla pensado.

-Lozano y Sánchez Morando juegan juntos. Lozano, Sánchez Morando y Docabo juegan juntos, chabón, lo quieren cagar al Bebi.

  Ese pendejo hijo de puta, mandado por el Chelo, se había hecho amigo del boludito de Thiago Solís y le había llenado la cabeza para gerenciar el fútbol del club. ¿Con qué guita? Con la que el Chelo le pasaba por abajo de la mesa. ¿Para qué tanto quilombo?

-No, no, no… No es por eso –susurré, tratando de serenarme.

  Era mucha inversión sin sentido. Doscientas lucas mensuales desde junio del 2018 era más de un millón de pesos, y para todo el 2019, hasta la llegada de las elecciones en diciembre, eran otros dos millones y pico de pesos más. Tres millones seiscientos mil pesos en total.

-Un vagón de guita.

  El Chelo, o mejor dicho su delfín Cuco, no podía perder las elecciones del fútbol de ninguna manera con semejante inversión. Sánchez Morando estaba ahí para eso, por supuesto, pero el Chelo tenía que ir por algo más… Por el club, por la sede social, por el Bebi Solís.

-Cuco gana el fútbol, el Chelo la sede. ¿Y ahí? –comenté, mientras anotaba ambos nombres y cargos en el atado de cigarrillos.

  Entré en la página oficial del Furgón. La Primera ya había comenzado la pretemporada en el estadio; habían llegado dos jugadores más, un zaguero de Excursionistas y un arquerito de San Miguel; Tute Sánchez Morando y Thiago habían presentado la nueva indumentaria del futsal; el Bebi había publicado un comunicado destinado a toda la comunidad del club. Con mucha suavidad, hice click en la nota del Bebi como si apretara el botón de una bomba atómica.

“A toda la comunidad del Club Social y Deportivo Ferrocarril San Martín:

             Ante la situación de extrema gravedad que estamos atravesando los clubes nucleados en la Asociación del Fútbol Argentino, situación que es de  público conocimiento, como presidente de la institución quiero expresar mi adhesión a las palabras expresadas por el señor Claudio Tapia, quien en el día de la fecha declaró que el Poder Ejecutivo de la Nación estaría cometiendo un grave error si derogara el decreto 1212, lo cual llevaría no solo a esta institución sino a la mayoría de los clubes del país a una quiebra inmediata, debido a la imposibilidad de seguir afrontando los enormes costos que implica abrir las puertas cada día, para que cientos de niños se desarrollen social, deportiva y culturalmente. Expresamos, finalmente, nuestro compromiso para hacer todo lo que esté a nuestro alcance en lo que respecta a impedir la introducción de las llamadas Sociedades Anónimas en el ámbito del fútbol argentino. Los clubes cumplimos una función social irremplazable, que en este particular contexto de pobreza inaudita e intolerable adquiere una dimensión que supera los meros intereses económicos que se buscan fomentar desde el ya dicho ingreso de empresarios en reemplazo de los socios, que son el alma y el cuerpo de los clubes en general, y de nuestro querido San Martín en particular.

¡¡¡¡¡NO A LAS SAD EN EL FÚTBOL ARGENTINO!!!!!

 Atte: Belisario Amancio Solís”

  Salí de la página con la verdad en el puño.

  Marcelo Lozano quería quedarse con el club para vendérselo a una Sociedad Anónima. Sánchez Morando era su Caballo de Troya; el fin de la intervención en el fútbol del club, una jugada maestra para ganar legitimidad y poder.

  Con el equipo en la Primera C, un espía en el campamento de los Solís y su imagen en cada esquina de Almafuerte, tenía grandes posibilidades de quedarse con todo: fútbol y sede social.

  El Chelo lo había cocinado a fuego lento: en los diarios decían que la batalla por meter a las SAD en el fútbol argentino se había acelerado en octubre de 2016, con la amenaza del gobierno nacional para derogar ese famoso decreto 1212, firmado por Duhalde y en beneficio de los clubes por 1.346 millones de pesos; Cuco había traicionado a los pibes en diciembre del mismo año, apenas dos meses después de las amenazas macristas contra la AFA. Seguí leyendo una nota de La Nación fechada en octubre del 2018: las presiones iban en aumento, pero según el mismísimo Chiqui Tapia, la votación para aprobar o no la apertura a los grupos empresarios se produciría recién en marzo. El final de la nota parecía una amenaza: hablaba de un viejo episodio ocurrido en el 1999, en el cual Julio Grondona había aceptado discutir la misma propuesta de Macri y la votación había finalizado 24 a 1 en contra de las SAD. Y cerraba: “Perdimos, Mauricio, le susurró Grondona al entonces presidente xeneixe. Casi veinte años después, el escenario es parecido y los votos no están. Pero Macri gobierna el país. Y Grondona está muerto. ¿Quién se animará a decirle, otra vez, Perdimos, Mauricio?”.    

-Lozano.

  Había mandado a matar a Dardo porque conmigo de presidente, su victoria en las elecciones corría peligro, y con esto su plan para vender el Furgón a una Sociedad Anónima. Encima Lozano era tan vivo, me conocía tanto, que habría cazado al vuelo que lo de Dardo era pescado podrido, porque yo jamás hubiera aceptado encabezar la lista, pero matándolo, sacando al pibe del medio, se evitaba un problema a futuro.

-Fuiste vos, Lozano… Fuiste vos, la reputa madre que te remil recontra parió.

  Con otra lata en la mano, entré a su Facebook. Increíblemente, para los parámetros de esa red social, figurábamos como “amigos”. Lancé una carcajada que sonó espantosa y me mostró el nivel de borrachera que había alcanzado.  

  Lozano subía contenido de todo tipo: político, religioso, familiar, deportivo. Opinaba del Boca de Alfaro, compartía un posteo de San Benito, alababa a sus abuelos, se mostraba sonriente junto a sus hijos y su mujer; en lo político, se lo veía hiperactivo y cercano a “los más necesitados”, como él mismo los definía una y otra vez: entregando un colchón a una viejita, visitando un comedor, paseando por un potrero que los vecinos querían transformar en plaza, reuniéndose con comerciantes que tenían entre sus manos las impagables boletas de luz y de gas. Me fui al verano del 2018, para comprobar si lo que me había dicho en el Café Plaza con respecto al aplazo de sus vacaciones era cierto: efectivamente, Lozano había subido fotos en Mar del Plata fechadas en los primeros días del año pasado. El único detalle omitido, que comprobé yendo a fotos de veranos anteriores, era que las vacaciones las solía compartir con el comisario Quique Vera, que colaboraba con la fiscalía a cargo de investigar el asesinato de Dardo, y con la familia de otro tira, un tal Beláustegui, comisario del vecino partido de Lourdes, y en cuyo perfil se lo veía numerosas veces junto a miembros del clan Tello, los dueños del distrito desde 1996.

-Mamita –comenté, canchereando, pero ante la fría mirada que Beláustegui y los Tello despedían desde el monitor, como si me estuvieran mirando a mí, entré en pánico y apagué la computadora.

  Sabía por el Bola que los Tello eran los dueños del narcotráfico en la zona, Lourdes, Almafuerte y Hernandarias, y que tenían influencia en otros distritos del Noroeste. Me pregunté seriamente, ya en el patio de la casa, si tenían la posibilidad de saber quién entraba a revisarle las redes sociales, tanto a ellos como a sus empleados, pero me convencí de que era una exageración, que ya estaba mambeando de más.

  Traté de enfocarme en Quique Vera, excombatiente de Malvinas, ex miembro del MODIN y a cargo de la Comisaría 2° de Almafuerte. Le tenía cariño a Dardo, eso era verdad. También a mí y a muchos de los que habíamos jugado o éramos parte del Furgón, porque era tan fanático que veía los partidos junto al banco de suplentes, y más de una vez se había metido al campo de juego a abrazarse con nosotros, como si fuera un jugador más. El cariño por parte de Quique era cierto, pero de ahí a posponer las vacaciones para colaborar con la investigación de un asesinato, había un trecho. Un largo trecho.

-Fabri, soy Valentín –le hablé al teléfono–. Che, te quería hacer una pregunta, por ahí vos tenés alguna punta… Estaba chusmeando el Instagram ¿viste?, y vi una foto de Docabo con Thiago y ese Tute Morando. ¿Vos junás qué onda con ese menjunje? Y otra cosa… ¿Qué pasó en el cementerio con Lozano y el Viejo Bustos? Fueron, sí, ¿pero qué te dijeron específicamente, con quién iban a hablar?

  Fabricio estaba en línea. A los pocos segundos comenzó a grabar una respuesta que se me hacía imperiosa.

  “¿Qué hacés, Cavani? Justo estábamos hablando de eso con el Mosca, estamos acá en casa tomando unos termineitor… No, olvidate, ya la teníamos vista esa jugada… Esa foto es un mensaje para nosotros, estamos solos solos, Bebi y Lozano se juntaron para hacernos frente, ya arreglaron todo, así que estamos al horno con fritas”.

-No, pelotudo, ¿qué se van a juntar? –le respondí, sin grabar el audio, viendo que me estaba grabando otro mensaje.

  Mal Llevado apareció entre las sombras del fondo y se acercó a la mesa. Me senté junto a él, prendí un cigarro y terminé la última lata.

  “Si tuvieras un poquitito de corazón y estuvieras en el grupo de los pibes te hubieras enterado al toque de esa jugarreta, si eso fue ayer. Y con Lozano lo mismo, ya hablamos y nos dijo que se ponía a disposición para lo que sea, que iba a hablarlo a Quique para que hiciera todo lo posible. Pero ¿viste? Te hacés el monje tibetano y te cortás solo, y ahora venís a preguntar… Mirá que la gente no está las veinticuatro horas pensando `Uh, ¿qué estará haciendo El Cazador?´. Acá no te estamos esperando, pero vos seguís, seguís… Con la mejor te lo digo. Mañana hacemos unos trucos ahí del Santo, venite y dejá de esquivarnos que todos estamos hechos mierda, no sos el único.  

  Apreté el micrófono verde de la pantalla.

-Fabri: gracias por el dato pero chupame bien la verga. Abrazo al Mosca, mañana voy.

  Me puse de pie con dificultad. Estaba muy en pedo, habían sido horas y horas de escabiar sin parar. Entré a la casa, vi la computadora apagada advirtiéndome que mañana tenía que repasar las conclusiones a las que había arribado, porque mi cabeza no era confiable y en pedo mucho menos, y a los tumbos llegué a la pieza, me acosté con las zapatillas puestas y comencé a vomitar todo lo que había acumulado durante el día: cerveza, maní, paleta, pan, queso, nicotina, miedo, frustración, soledad, odio, cerveza, odio, cerveza.  

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

El próximo martes, el capítulo 12.

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