El cazador, capítulo 12: la flor

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.

“Paramo en el Barrio Ferroviario, barrio de murga y carnaval, te juro que aunque pasen los años, siempre te voy a acompañar…”

Popular del Ferrocarril San Martín 

  Hablaba como una autómata, como si su cuerpo estuviera ahí pero su mente no. Era más chica que yo pero parecía tener mil años de edad.

-Y no sabemos si él justo estaba en el baño, o desatento, no se sabe, pero al parecer no alcanzó a reaccionar. O a escapar.

  Era decidida y chispeante, como el hermano, pero estaba apagada. Tenía los ojos caídos, los labios pálidos, el pelo lacio y castaño peinado sin gracia. Las manos, blanquísimas y pequeñas, las tenía apoyadas con las palmas para abajo sobre la mesa de la cocina donde me había invitado con un café. Vestía un jeans clarito, remera blanca y sandalias. No sonreía ni de compromiso.  

-Mis viejos me habían ido a ver a Almagro, presentaba una obra de teatro re importante para mí.

-¿Vos sos actriz, Jazmín?

-Maquilladora.

  De vez en cuando se acordaba de que yo estaba ahí, pero rápidamente volcaba la mirada hacia el living comedor que estaba a mis espaldas, vacío y oscuro, como si fuese una poderosa fosa que atraía todo consigo. Ahí había pasado lo peor, pero ya no quedaba nada: ni sillones, ni estantes, ni muebles.

-Tiramos todo –murmuró, como si me hubiera leído el pensamiento–. Mi papá.

-Pasé por el puesto y no los vi.

-Sí, no están, se fueron unos días a lo de mi tío. Por eso recién te contesté ayer, porque ahora estoy viviendo en Capital y no había nadie que te recibiera.

-Ah. No hay drama igual.

  Tomó lo último que quedaba de su café y acomodó la taza a un costado. Miró la mía, que estaba por la mitad. 

-Ellos vuelven en unos días. Pero les digo que pasaste, quedate tranquilo. Lo que sí, por las dudas no vengas… Por lo menos por un tiempo, no sé si les va a hacer bien verte a vos.

-No, está bien.

-No por vos, eh –agregó, quizás porque vio en mi cara que ese comentario me había afectado–. Por todo lo que tenga que ver con el velorio…

-Te entiendo, te entiendo –respondí, pero no la entendía.

  Nos quedamos en silencio. Consideré que era un buen momento para irme y dejarla en paz. Ella parecía cansada y sin muchas ganas de hablar.  

-No hace falta que te quedes a perder la tarde.

-Ya me estoy yendo, tranqui, no jodo más.

  Ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos y esbozando una mínima mueca de agotamiento. Apuré mi café con dos tragos. 

-No me jodés, Tin. Valoro mucho que hayas venido, de verdad. Mi hermano te amaba. Ya sé que no eran amigos pero igual, siempre estaba todo el día hablando del club, de vos, de los otros chicos… Tooodooo el día.

  Por segunda vez en la tarde, me había llamado Tin, como cuando éramos chicos y nos juntábamos a jugar a la escondida en las calles de la zona.

-Sí, ya sé… Yo a él también.

-Tu hermano te tendría que haber dicho que no hacía falta que viajes, si no…

-No, no, yo iba a venir igual… –la interrumpí– Si esto… Qué sé yo, es dolorosísimo para todos. Mejor pasarlo entre amigos que solo.

-Ni hablar. Eso ni hablar –me miró de un modo extraño, como si se estuviera preguntando si valía la pena hablar conmigo o no. 

-Hay que sacarlo adelante entre todos.

-Yo no me quiero caer por mis viejos –hizo caso omiso a mi paupérrima reflexión–, papá tiene más de sesenta y mi vieja está destruida, te imaginarás que para ella no… No lo cree. Yo tampoco, obvio, creo que Dar no murió, que andará callejeando por ahí, tomando mate en la tribuna, viendo un, un ensayo, un entrenamiento.

-Sí, es lo mismo.

-No sé, dicen que cuando volvés del cementerio como que empezás a caer. Pero es mentira. O yo por lo menos no lo viví así para nada.

-Yo caí algo en la tumba –comenté, como el ser más pelotudo del universo.

-¿Sí? –me preguntó, mirándome como si fuera el ser más pelotudo del universo, mordiéndose los labios, asintiendo ligeramente con los ojos cerrados, luchando por no llorar– Te dije, Dar te… -articuló esas pocas palabras como pudo, mientras unas pocas lágrimas le cruzaban la cara con lentitud.  

-Jachi… Disculpá, Jachi. –murmuré al minuto, jurándome que apenas pusiera un pie en la calle me autorrecontra cagaría bien a trompadas.

  Ella, increíblemente, empezó a reírse. Entre las lágrimas y las carcajadas, desfigurada de dolor y de gracia, parecía el símbolo del teatro hecho mujer.

-Qué tarado que sos –alcanzó a balbucear.   

-¿Qué dije?

  Ahora las carcajadas le ganaban al llanto, que casi había desaparecido. Quizás dos o tres trompadas en la vereda serían suficiente castigo.

-Jachi. Nadie me dice así –me explicó, moqueando entre suspiros como si hubiera vuelto a ser aquella nena de los noventa.    

-Bueno, pará que vos me dijiste Tin. Desde los ocho años que no me dicen Tin, boluda.

  Se recompuso, entre algunos resabios de risa. Ya de pie, se sirvió un vaso de agua y se secó la cara con unas servilletas de papel.

-Ay, disculpame, Cazador. No hablamos desde esa época más o menos.

-No, no, es verdad –incómodo, quizás por el involuntario coqueteo que se había armado, me puse de pie–. ¿Me abrís?

-Dale –respondió, soltando una sonrisa que me recordó a la verdadera Jazmín, una chica simpática con la que cada tanto nos cruzábamos sin pasar de un “Hola, ¿todo bien?”.

  Cuando estábamos llegando a la puerta, me frené.

-¿Te puedo preguntar algo?

-Sí, obvio –dijo, con la mano en el picaporte.

-¿Vos sabés si falta algo del club?

-¿Algo como qué?

-Las camisetas, buzos, papeles… Papeles de las reuniones de Comisión o algo así.

  Jazmín apoyó la espalda contra la puerta, cruzó los brazos y miró hacia un pasillo que estaba a su derecha, detrás mío.

-Creo que no. Falta la campera Adidas, una de la Selección.

-Sí, ya sé cuál decís.

-Esa. No sabemos si la robaron o la perdió. Pero… A ver, del club… ¿Vos no conocés la pieza de Dar, no?

-Es la primera vez que vengo. Sé que tenía mil cosas del Furgón, por eso te preguntaba.

-Mmm… Vení, mirá. Es como un museo, todavía era un nene de diez años para esas cosas.

  Algo avergonzado, sin saber por qué estaba haciendo eso, la seguí por el pasillo que desembocaba en las piezas. La de Dardo era la última, daba a los fondos de la casa y, tal como había anticipado ella, era un museo del Ferrocarril San Martín: pósters, banderines, cuadros, camisetas enmarcadas. Hasta las paredes estaban pintadas de rojo y amarillo.

-Guau.

-¿Viste? Estaba loco, pobre.

  Aturdido, sentí que había entrado en un túnel del tiempo que contenía los últimos treinta años del club. Había amigos y compañeros por todas partes: donde mirara me tropezaba con una mirada cómplice, con un abrazo, con una palmada en el hombro, con un “Dale, Caza” susurrado al oído, con una fiera que había dejado la piel por los colores; sentí que estaba más vivo que nunca, disfrutando de ese vértigo, de esa dislocación del tiempo y del espacio que me llevaba de esa minúscula pieza a tardes lejanas que podía recrear de principio a fin en milésimas de segundos.

-La ropa de fútbol la guardaba acá –me mostró Jazmín, abriendo un cajón del placard y devolviéndome a la Tierra contra mi voluntad–. También estuvieron acá, según la fiscalía, y no sabemos si agarraron la campera que falta.

  En el escritorio estaba la misma libreta gastada que Dardo había llevado al bar del Santo. Lo que no vi fueron los otros papeles que tenía esa tarde, pero no importaba.

-¿Sabés si esta libreta la revisaron los de la policía? –dije, acariciándole el lomo justo sobre un escudito del Furgón que Dardo le había dibujado con fibras.

-¿Eh? No, calculo que no. ¿Para qué la iban a revisar?

-No, qué sé yo. Por ahí revisaron todo.

-No –me respondió, frunciendo la frente como si yo fuera un lunático–. Ahí en esa foto estás vos ¿te viste?

-¿En cuál?

-Ahí –señaló el borde del escritorio, detrás de una Chevy en miniatura.

  Me di cuenta de inmediato a qué época pertenecía la foto.

-No…

-¿Ahí él ya era dirigente, o no? –preguntó Jazmín, acercándose, rozando la punta de mis dedos con los suyos en el portarretrato que yo no podía dejar de apretar–. Se lo ve más hombrecito.

-Igual era un chico.

-Sí. Siempre fue un chico.

  Me senté en la única silla que había en la pieza. La foto seguía en mis manos.

-¿La querés?

  No quise mirarla a los ojos. Tampoco quería mirarlo a él o a mí, fundidos en un abrazo hermoso e irrepetible. Supe acordarme del momento exacto de la foto: quién la había sacado, cuándo, dónde.

-Llevala, Valentín. Está bien que la tengas vos.

-No, ni loco.  

-Llevala. De verdad.

  Agradecí el regalo con un gesto casi imperceptible.

-Dardo cumplía en mayo ¿no? –pregunté.

-Sí, dieciocho de mayo. ¿Por?

  Le pegué dos cariñosos golpes con el dedo índice al cristal y me corrí una lágrima de la cara con un hombrazo.

-Dieciocho de mayo de 2016. Este día fue el cumpleaños de Dardo, contra Lugano en cancha de Lugano.

-Veintidós cumplía ese día.

-¿Veintidós? Me acuerdo porque le prometí unos botines de regalo.

-¿En serio? ¿Y cómo hacés para acordarte tanto?

-No sé, pero de ese día me acuerdo hasta del viaje en micro. De los dos, el de ida y el de vuelta.  

-¿Te acordás algo más?

  Sonreí. Lo único que hacía en mi vida era acordarme de mis días como jugador.

-Todo. Me acuerdo de todo.

  Ahora las lágrimas, aunque pocas, se me escapaban de ambos ojos. Esa imagen me había cacheteado: no había una mejor síntesis de nuestra relación. Pocas veces habíamos sido tan felices en nuestras vidas. Pocas veces o ninguna.

-Nunca fui tan feliz adentro de una cancha. Y creo que él tampoco. 

-Te busco agua. Dejá de llorar y recuperate porque no te vas hasta que me cuentes todo –se frenó en el marco de la puerta–. Bah, no, perdón… Por ahí tenés algo que hacer.

  Negué con un movimiento casi imperceptible de la cabeza.

-Ahora vengo.

-Dale.

  Ya solo, me paré y traté de serenarme un poco.

  Encima de la cama, adherido a la pared y auspiciado por “Zapatos Gianetti”, había un póster de la campaña 2015/2016. ¿Cómo carajo había llegado yo ahí, rodeado de pibitos y acompañado por un par de amigos de la vieja guardia?

  La respuesta era una sola.

  “Parados: Facundo Carrillo, Lucas Secchi, Agustín Weber, Nicolás Perizzo, Ezequiel Damiani y Francisco Perizzo. Agachados: Juan Cruz Secchi, Franco Bargueza, Gonzalo Muzo, Santiago Schellotto y Valentín Rodríguez”.   

  Estaba ahí, sonriendo en un rincón de la historia, gracias a Dardo. Gracias al rompepelotas hermoso de Dardo.

  Con veinticinco años y la mejilla todavía caliente, como si Docabo me la hubiera marcado con hierro, huérfano antes de tiempo y sin saber hacer un choto más que meter algunos goles de mierda, me fui a vivir con mi abuelo Totó, me alejé del Ferrocarril hasta el punto de no pasar ni siquiera por la puerta y comencé a estudiar historia en la universidad de Lourdes. A la mañana hacía fletes y mudanzas con mi tío Ismael, el papá de Juan, y a la noche repartía pizzas con la misma Kawasaki 100 que luego llevé a Bariloche. Volví a juntarme con mis compañeros de la secundaria y metí varias pepas en un lindo torneo amateur de Lamarque, donde vivían la mayoría de los pibes del Instituto de la Asunción. Leí mucho, tomé mucho, comí muchas hamburguesas, salí a bailar, empecé a fumar, a ir a recitales y a ver a San Lorenzo, me acostumbré a vivir lejos del Andén y más de una noche me fui a dormir feliz con la vida que estaba llevando.

  Mientras tanto, Marcelo Lozano, ya sin la mirada estratégica de Fito Vargas ni muchos de los jugadores que habíamos llevado al humilde Furgón a la Primera B, quedó expuesto como el burro que era y en dos temporadas consecutivas se encargó de enterrar al club nuevamente en la D; entre la murga de técnicos que dirigieron en esa época, el mamarracho de Alejo Solís se había dado el gusto de fracasar dos veces, tanto en la B como en la C. Después de otros dos años espantosos vegetando en la última categoría, en julio del 2014 la Agrupación “Unidos por el Furgón”, con Cuco González de presidente, le ganó las elecciones al Chelo y le arrebató la Subcomisión de Fútbol.

-Necesito que me lo cuentes… Por ahí me ves llorando, pero… Nada. ¿Por qué fueron tan felices ese día? –se atropelló para hablar, cebándose un mate con un termo floreado y ya sentada en el borde de la cama. Tomé el agua que me había alcanzado y le dije que sí cuando me preguntó si tomaba mate. Se había acomodado el pelo y mostraba algo de la chispa que caracterizaba a los Balmaceda: muy inquieta y atenta al diálogo, no tenía nada que ver con la chica triste que un rato atrás me había recibido con desgano.

-Es que… Creo que es imposible de explicar con palabras, Jazmín. Lo que vivimos ese año fue increíble. Todo el 2016 fue increíble, y lo de Dardo fue tremendo, tremendo… –la vi sonreír con orgullo y traté de hacer el esfuerzo de explicarle lo inexplicable– Tu hermano, Fabri, los pibes, le ganan la elección al Chelo y por fin lo sacan después de ocho, diez años. Nada, se plantaron con unos huevos tremendos, se bancaron el apriete y cuando pudieron lo madrugaron, a Lozano y a todos. 2014. Esto fue junio del 2014… Recibieron el club arruinado, mal cuidado, ya muy dejado, muy a la deriva… Era un descontrol total. El Andén estaba hecho mierda y el equipo, nada, era una cagada, venía de salir décimo para abajo y con todos jugadores a préstamo que ni bola, que ni sabían dónde estaban y les daba igual.

-Cero sentido de pertenencia.

-Cero. Pero los pibes ahí empiezan, ¿vos viste cómo son? Rompen las pelotas acá, manguean allá, ponen guita propia… Y arrancan a pintar, a emprolijar la cancha… Meten gente que sabía de fútbol abajo, buenos tipos básicamente, para que acompañen a los más chiquitos, que no los vuelvan locos con cosas que no corresponden.

-Eso es clave –observó, poniéndole una cucharadita de azúcar al mate que me dolió como un cuchillazo.  

-Sí, porque hay cada uno. También empezaron a llamar a algunos de los muchachos viejos, los del bicampeonato…

-Me acuerdo algo de esa época. Casi que dormían en la cancha –recordó, pasándome el mate.

-Lo hicieron, lo hicieron varias veces –sentí el calor que despedía ese Hernán Mattiuzzo y tuve que contenerme para no pedirle permiso para fumar, aunque todavía sentía los pulmones cuarteados por el día anterior.

-Todos solteros, seguro.

-Olvidate, y uno más fanático que el otro –confirmé, y agregamos lo demás en un cruce de miradas en el que nos dijimos “Sí, decímelo a mí que me crié con…”, “el infumable de Dardo” –ella– y “el pelotudo de Fabricio” –yo–.  

-¿Y ahí?

-¿Qué?

  Le devolví el mate, mientras me miraba las zapatillas jurándome contarle esa historia en cancha de Lugano y no volver a aparecer por su casa. 

-Nada, eso –balbuceé, tratando de retomar el hilo que se me había perdido en sus ojos marrones–. Sí, lo fueron acomodando de a poquito, así la mitad de un año y todo el 2015. En el transcurso fueron cayendo un par de compañeros míos de antes, todos hinchas del club o que lo querían mucho… Weber, el Cabezón, Nico Perizzo, que ya lo tenía al hermano Pancho asomando entre los titulares y se vino desde Riestra a pelearla abajo otra vez… No, se estaba armando algo re copado. Y en enero del 2016, ponele que el dieciocho, el veinte de enero, ya con la Primera de pretemporada y todo, cae Dardo a casa.

-Me imagino lo que te habrá roto las pelotas.

-Te quedás corta… Todo lo que te imagines es poco.

  Sonrió con dulzura, con los ojos cerrados.

-Y solo vino, eh, ni mi hermano estaba.

-Sí, me acuerdo.

-¿Sí?

-Te juro que me acuerdo que nos contó que volvías, que no te podía convencer hasta que le dijiste que sí.

-Fue así. Perdoná, pero el hijo de puta con eso era terrible… Que dale, que estamos los pibes, que volvió el Perro Weber y anda preguntando por vos, qué sé yo… Que todavía te queda algún cartucho… Y yo nada, nada, ni en pedo, así como dos horas estuvimos. Hasta que me tocó el tema de mi viejo, del barrio, de todo lo que habíamos pasado juntos… Y ahí se largó a llorar mal.  

-¿Él solo, Valentín?

-Los dos –confesé con una sonrisa, estirándome para alcanzar el segundo mate, algo dulzón pero aceptable–. Menos mal que iba a quedar entre nosotros lo que hablamos, menos mal.

-Según él después le agradeciste.

-Totalmente, si al loco le debo todo. Es un versero, eh, el mejor rosquero que vi en mi vida, entrador, todo lo que quieras, pero por eso me salvó.

-¿No extrañabas jugar, que estuvieran todos rogándote?

  Me reí con ganas.

-Tomá.

-Te reís porque tengo razón ¿no?

  Volví a reírme y me pasé la mano por la cara, totalmente enrojecida de vergüenza.  

-Un poco sí… Un poco, tampoco es que me gusta el papel de estrella –aclaré, pero ella me miró como si fuera un chico mentiroso de cinco años–. En serio te digo, goma. Yo posta que no venía bien, como que no tuve una buena despedida y esa espina siempre me dolió…  

-No, eso obvio.

-Y bueno… Mirá: yo me fui feliz del club, feliz, te juro que no quería saber más nada, no quería correr más, madrugar más, no quería nada, nada que tuviera que ver con el fútbol. Nada, Jazmín. Peeero… pasó un año, dos, se fue Lozano, yo cada vez extrañaba más, me iba a acostar y no me podía dormir pensando en la vuelta, o pasaba por la cuadra de la cancha y se me llenaban los ojos de lágrimas.

-Y si naciste para eso. Sacando la broma, si eras buen jugador de fútbol era obvio que ibas a entrañar. Es como un buen actor que sabe que es bueno. No sé si es el mejor ejemplo.

-Se puede comparar, sí. Que te aplaudan es una droga.

-Por ahí es una misma que se predispone a verlo como un agrandado pero el otro nada que ver, nada más que eso, que es bueno en lo que hace. Y un buen actor que está lejos de lo suyo no tengo dudas que se va a ir a dormir pensando en los aplausos que ya no tiene. 

-Sí, hay un tema de ego que es innegable, si hay gente que te corea o que paga para verte jugar, un poco te la creés… Pero igual en su justa escala, ¿no?

-Sí, tampoco sos el Pipita.

  Me sacó otra carcajada.

-No, por eso digo. Jugué varios amistosos contra equipos de la A y te aseguro que no me la dejaron tocar. Veías patear un córner a uno que se llama Pisculichi y…

-Lo conozco a Pisculichi, yo soy gallina.

-Ah, bueno, lo tenés… Piscu pateaba y no sé, tiraba unos misiles al área, pero misiles, eh, que ponías la cabeza y te la arrancaba. O cualquier delantero de verdad… Qué sé yo, como si jugaran arriba de una moto, los chaboncitos, como jugar contra una scooter. Imposible.

  Jazmín se paró de la nada.

-Voy a buscar unas pepas que me agarró hambre.

-Dale.

  Se me vino a la cabeza Matías Caruzzo. Más precisamente, la primera y única pelota aérea que disputé contra Matías Caruzzo, ambos con veinticinco años y la flechita verde para arriba, en un amistoso jugado en el complejo deportivo de Argentinos Juniors. El Tano Damiani sacó del arco justo hacia donde estaba yo, sin nadie alrededor a pesar de que estaba cerca del círculo central, y cuando me predisponía a peinar con elegancia la pelota para el Cabezón Lemos, que picaba en cámara lenta detrás, sentí que un avión se aproximaba a mis espaldas. Era un avión, efectivamente, pero con la carrocería de un tanque de guerra. El despeje fue tal, que después me enteré que la pelota había terminado cerca de la medialuna de nuestra propia área, pero lo peor fue el “roce físico”. Quedé desparramado, con la cadera partida por un sutil rodillazo que no vieron ni mis compañeros y mucho menos el árbitro, una oreja que se me había dormido por un manotazo que vino en el combo, y el culo apuntando para el Norte, sin saber muy bien qué carajo eran esas manchas borrosas que corrían a mi alrededor. Caruzzo ya no estaba en el escenario del crimen; el que levantó mis restos del piso con una palita fue el uruguayo Andrés Scotti, que amorosamente me comentó en la oreja sana que se estaba jugando el puesto y que si llegaba a hacerme el pícaro lo iba a tener que obligar a arrancarme la nuca de un planchazo. La siguiente pelota que toqué, una Pulpo de mi sobrino Leíto en el patio de su casa, fue recién a los diez días, luego de cinco sesiones de kinesiología y una visita al otorrino por un zumbido en la oreja que me acompañó durante casi un mes.     

-¿De verdad no te podías dormir? Qué feo eso –retomó Jazmín donde tuvo ganas, alcanzándome el paquete abierto de galletitas.  

-No, no podía. Todavía muchas veces no puedo, pero en esa época… Todas las noches soñando despierto con hacer un gol, con ascender otra vez… No sé, encima en el dosmildiecialgo arrancó la Copa Argentina y me imaginaba que le ganábamos a Boca, a River, a Huracán… O soñaba con arrancar la carrera de técnico, qué sé yo. Mil cosas.  

-Entonces sí te hiciste rogar, porque tenías todas las ganas de volver.  

-Cualquiera, te estoy diciendo que no.

-¿Qué no? Si me lo acabas de admitir, Valentín.

-Que era un poquito agrandado antes, sí, aunque posta que tampoco tanto. Pero cambié, justo por esto que te estoy hablando te juro que cambié. La cosa es que no me convence Dardo, o por lo menos no del todo porque la verdad es que me moría por volver. Me convencí yo de que no iba a cachivachear, porque ahí ya tenía treinta o treinta y uno, fumaba, tenía panza, me había acostumbrado a que nadie me puteara… Además te alejás un poco de ese ambiente y se te afloja el carácter, te acostumbrás a que nadie te esté midiendo a cada segundo y eso es re copado porque…

-Ay, Valentín, si te pregunto hoy, estoy segura que todavía te creés que estás para jugar. ¿O no?

-Nah… –mentí, levanté los hombros.

-Mirá que me acuerdo cuando volviste, no te hagás el héroe que tampoco hiciste la gran cosa. Fue acá.

-No, esa fue la segunda.

-Es lo mismo.

-Sos mala, eh… Posta que sos mala gente, ahí, metiéndome el dedo en la llaga y sin pasarme un mate.

-Bueno, me colgué. Tomá, pero cada vez que te hagás el falso humilde me tomo dos seguidos.

  Asentí, pensando que Fabricio y ella se podrían llevar muy bien: estaba genéticamente diseñada para pelearme, para morderme los tobillos, para no dejarme pasar una.   

-Primero arranqué trotando a un costado, solo, en doble turno, y a los diez días me desgarré. Un mes afuera. Ahí dejé el pucho del todo, me empecé a cuidar y ahí sí, volví acá.

-Jugaste cinco minutos.

-Menos. En el segundo pique me agarró una distensión en el isquio de la otra pierna. Y dije chau.

-Al pedo todo, pobre.  

-Al pedo. Otro mes afuera. Y encima el Zurdo, los grandes, no, pero los pendejos forros de la tribuna me decían de todo. Ladrón, pesetero, hijo de puta. Y yo pensaba “Loco, pará que voy años sin que nadie me putee, o me chifle por un mal pase… Y vos venís amanecido, tenés un chori en la mano y la panza hasta acá y me amenazás para que no vaya al boliche”.

-Encima no salías, ¿o sí?

-No, qué voy a salir. Ya vivía para el fútbol otra vez… Pero bueno, ahí llega este día en Lugano. Yo ya había jugado dos veces, ponele, diez minutos, quince minutos… La venía pasando mal y lo único que quería era no romperme, jugaba casi en puntitas de pie y ya con ganas de largar todo, pero en Lugano ganamos tres a dos y yo hice el tres dos sobre la hora. Y encima ahí nos terminamos de prender en el campeonato. Por eso te dije que nunca fuimos tan felices, porque esto era grupal, colectivo… De chico era más garca, jugaba más para mí… Ponele que si perdíamos 5 a 4 pero yo hacía los cuatro goles… y… la verdad que me iba feliz a mi casa. Y los pibes en esa época solo eran hinchas. Pero acá ya eran dirigentes que habían armado el equipo, que se rompían el orto todos los días, así que el tema no era mi gol, era todo lo que venían trabajando desde afuera de la cancha para llegar a eso. Era un triunfo de todos, pero más que nada de ellos.

-También habías crecido, ya no eras el boludito creído.

-No. A mí me tocó hacer el gol del ascenso en el 2007 y no sentí lo mismo que en ese 3 a 2 de Lugano. Si mirás bien la foto, no es un abrazo… no sé… con jerarquías, de ídolo-hincha o algo así. Era un abrazo de alguien que había salvado al otro. Dardo por ahí pensó que yo lo había salvado a él, pero fue exactamente al revés. El que me sacó del pozo fue él.

-¿Ese año casi ascendieron, no? Yo fui al último partido.

-¿Sí? Sí, fue ese año.

-Que hiciste como tres goles.

-Dos. Hice el segundo y el cuarto. Ahí teníamos que ganar por cuatro goles y esperar un empate de Barracas, creo que era un Barracas – Claypole o un Barracas – Porvenir.

-Me acuerdo.

-Sí… Salimos 0 a 0 el primer tiempo y metimos cuatro en el segundo. Y no ascendimos porque Barracas le ganó a El Porve. Al Porve fue.

-Mirá si ascendían ¿no?

-No, si ascendíamos… Creo que todavía estaríamos festejando.

-Qué bajón.

-Igual ese 4 a 0 fue zarpado, salimos felices de ahí. No fue un ascenso pero te aseguro que lo disfrutamos más que si hubiéramos ascendido. Los pibes estuvieron de diez, impecables en todo…

-¿Y cuando pasó lo de Cuco no jugaste más? –preguntó con cierta prudencia, en un tono más íntimo.

-No, no… –murmuré, entristecido por tener que dejar de hablar de fútbol– Sí pero no. A los quince días, pelotudeando en un fútbol 5, me rompí un tobillo que todavía lo tengo como una galletita. Y encima ya estaba como loco otra vez, disfrutándolo como nunca, y si ya medio mocho había metido esos tres golcitos me re veía para seguir jugando unos años más.

-Qué lástima, hubiera estado bueno.

-Y sí. Sí, porque con treintialgo te sentís re bien en la cancha, es la verdad. Me quería recuperar y volver a los pocos meses, pero en el parate de invierno ya se enrarece todo, y en diciembre se da vuelta Cuco y chau, afuera.

-Sí… Ahí los caga.

-Ahí. Ahí Cuco los caga, Bebi y el Chelo intervienen el fútbol y a mí me rajan. Una lástima. Una lástima porque teníamos un equipazo, unos pendejos divinos, un par de los viejos… No, lo pienso hoy y me quiero matar.  

-Ese Cuco es un hijo de puta. Dar lo odiaba. Lo odiaba de verdad, lo traicionó a él más que a ninguno… -mascó bronca, removiendo la bombilla dentro del mate y dejándolo a un costado.

-Un pobre pibe, Cuco. Era buen tipo, pero se dejó comer el bocho, le cabió la política y el billete y chau. Yo no lo culpo a él.

-Yo sí. Fue compañero tuyo y te echó. Y a los amigos también, si Cuco venía a comer acá a casa, Valentín, mi papá le daba changas y en su momento hasta le regaló una motito para que venga a entrenar y no se canse pedaleando. 

-Lo usaron, Jazmín. Se aprovecharon

-Ay, Valentín, lo sabemos todos. Vos te escapaste de acá por culpa de él –exclamó, levantando la voz. La miré a la cara, algo sorprendido.

-No. No fue por él.

-Bueno, por Lozano, por, por todo… -dijo, evitando mencionar el apellido que me traumaba, algo que me afectó más que si lo hubiera nombrado: mi cobardía en el estacionamiento era un tema tabú en el barrio, algo de lo que no se hablaba porque era una mancha para todos.

-No… Yo no me fui por lo Cuco me hizo a mí. Te lo juro por mi vieja, en serio.

-¿Y entonces por qué?

-Por tristeza. Me fui por la terrible tristeza que me dio ver cómo traicionaba a sus amigos, o como él se traicionaba a sí mismo. No es cuestión de nombres propios esto, ni Lozano, ni Cuco ni los Solís. No es contra nadie. Yo me enojé con el mundo, Jazmín. Con la plata, que cuando aparece termina cagándolo todo.

  Hicimos un breve silencio. Ella me miró con ternura, como si acabara de descubrir que detrás del boludo del Cazador había una persona, y yo me di cuenta de que me estaba abriendo por primera vez en muchos años.

-De esa tarde de la foto también debe haber varias de Dardo y Cuco… Era hermoso tener a un ex compañero como dirigente, hermoso… Ver a Fabricio feliz, a los pibes de toda la vida haciendo las cosas bien, compartir todo de nuevo con la camada de guachos que venía de inferiores… Y a los pocos meses este gil rompió todo. Eso es lo que nunca pude entender. Cómo este gil de Cuco hizo lo que hizo –finalicé, mordiéndome el labio inferior y recordando lo que había descubierto hacía apenas unas horas.

-Es la historia de nunca acabar ese club. Mucha política, mucha mierda todo el tiempo… Dar me contaba, aunque a veces lo cortaba porque era medio imbancable, el pobre –sonrió, sonreí, tejimos una breve carcajada cómplice y algo triste–. Pobre… El club era su vida literalmente.

-Su vida –dije, mirando la colorinche pieza por última vez y activando los huesos, que todavía me dolían como si acabara de jugar un partido de noventa minutos–. Me voy, Jazmín.    

  Ella se puso de pie.  

-Me alegro que Dar te haya ayudado a retirarte de una linda manera. Le voy a contar a mi vieja, es una buena historia.

-Contale, sí.

-Y la foto llevala, de verdad.

-Bueno. Mil gracias –dije, con el cuadrito en la mano.  

Lucas Bauzá

Ilustraciones por Nach.

El próximo martes, el capítulo 13.

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2 comentarios en “El cazador, capítulo 12: la flor

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