En el cumpleaños 114 Atlético de Rafela, un cuento sobre La Crema. Escribe Pato Ramón.

En el deporte, y más en el fútbol, hay próceres. Los hubo, y los habrá. Próceres mayores, próceres para siempre. El profesor Ariel, para el Atlético de Rafaela, es uno de ellos. Ariel es un prócer mayor y para siempre. No solo por su entrega cuando defendía su camiseta, adentro de la cancha en aquel histórico ascenso, sino por lo que significó después, y por muchos años, ligado en distintos roles al club, tanto, que gracias a él, y a los profes de mi escuelita de fútbol, es que pude conocer la Trinchera del Atlético.

La carpa del Atlético era una verdadera trinchera. Era nuestra trinchera. Único lugar posible de estar en esos días de agosto. No solo en ese agosto, el de ese año. Sino, en los cuatro o cinco años siguientes que fuimos  a aquel torneo y nos refugiábamos en esta carpa cuasi de circo. Torneo que diagramaba el profe Ariel. Muchas veces pienso que íbamos a Rafaela, solo para estar dentro de aquella carpa.

La carpa hacía de desayunador, comedor, merendero, y el lugar para permanecer atrincherados del cruel clima, a la espera del próximo partido, o de la próxima comida. También guarecidos ahí  para jugar a las cartas, al tetri, o algunos, varios, para pensar en su familia, extrañando a sus padres por primera vez, en aquel, su primer viaje con la escuelita de fútbol para pasar tres días fuera de casa, e iniciarse con esta carrera de jugador de fútbol.

Una cita tradicional eran aquellos campeonatos que organizaba el Atlético de y en Rafaela, aprovechando el feriado del 17 de agosto, que era móvil, convertido en un fin de semana largo, de sábado y domingo, más el viernes o lunes, de acuerdo a como pasaban al 17.

En aquellos tres días, en que el fútbol era una excusa, para muchos chicos era una experiencia de vida. Fue aprender a cepillarme los dientes. Aprendí a usar ojotas para ir a ducharme, para hacerlo con quince chicos más. Lavarme la taza y hacerme la cama, acomodar el colchón que nos prestaban en la Escuela Laboral.

Como en todas las divisiones, al igual que todos los clubes, perdíamos más partidos de los que ganábamos. Más que eso. Estábamos abonados al podio de los máximos perdedores.

Pero a nosotros no nos importaba eso, estábamos felices con esta experiencia. Tenía nueve, pero me sentía como si tuviera los dieciocho años de mi hermano que ya jugaba en la Reserva de Estudiantes La Plata.

Qué nos importaba ganar o perder, si estábamos en modo libres, más allá del respeto que le teníamos a los profes, y el poco caso que le hacíamos a la hora de dormirnos después de las cenas. Y me creerás que no nos importaba ganar o perder al ver a nuestro fortachón arquero Yeye, comiéndose un helado en pleno partido.

Quién pensaba, al final de cada jornada en los goles que nos habían hecho, si solo queríamos irnos del predio para meternos en las duchas de “la pensión”, para hacer un metro de espuma con el champú, y reírnos de los que se bañaban con calzoncillos puestos, por vergüenza.

Nunca pasábamos a otra instancia en el campeonato, siempre nos quedábamos satisfechos por jugar los tres partidos de la zona de cuatro equipos.

Acostumbrados a perder, esa era una de la carencias nuestras. Nos habíamos acostumbrado a perder, entonces perdíamos. Después de cada derrota, siempre el mismo discurso alentador, “…otra vez perdimos, que nadie se ponga triste, porque cuando ganemos, aaaaaa, cuando ganemos…, ya verán…”.

Y una helada mañana, de pastos blancos, y canillas congeladas, paso lo que siempre soñábamos.

En el pizarrón estaba pegada la planilla con el fixture de los partidos de las doce canchas que había dentro del autódromo. El horario de nuestro partido era el primero de aquel domingo en la cancha N° 11, indicaba… ¡08:10! Así de minuciosa era la organización del profe Ariel.

Entre la hora, que ya pensábamos que deberíamos casi madrugar para ser puntuales, y el rival que no era otro que el ¡River Plate de Buenos Aires!, pensé dos veces en levantarme aquella mañana dominguera.

El partido era nuestro tercer y último de la zona, lo que previsiblemente indicaría nuestra salida del torneo. Solo habíamos logrado un empate, ante un rival menor, tan menor como nosotros. Uno de esos rivales que seguramente también estaban mentalizados a seguir perdiendo. Rivales débiles como nosotros, puestos en zonas con rivales muy poderosos como los otros. Cero a cero fue el marcador. Un gran cero a cero ahora que lo recuerdo. Luego perdimos el segundo encuentro, por la mínima, y ahora estábamos a punto de amanecer en una cancha para enfrentar al grandioso River, de allá, de la capital.

Esperando una segura e histórica goleada, la que no modificaría para nada nuestro espíritu deportivo, aquel de competir, hacer amigos, y disfrutar de la estadía de los tres días. Los tres puntos que lograría River ante nosotros, no modificarían la tabla de posiciones, ya que había ganado sus dos compromisos anteriores con resultados de 8-0 y 9-1. Entonces con nosotros sería otro trámite para ellos, con la ventaja, para nosotros, que quizás utilizarían los suplentes, como se acostumbra una vez que logran clasificar, entonces, y tal vez, no nos hicieran ocho o nueve, sino, cinco o seis.

El profe nos despertó a las seis. ¿A quién se le puede ocurrir levantarse un domingo a las seis de la mañana, con el frío de aquel agosto, o cualquier agosto, para que un equipo te haga entre 8 y 14 goles? Explícamelo, y decime si la respuesta no es otra que por amor al fútbol.

Con los dientes cepillados, sin la cara lavada, con lagañas pegadas, desayunamos y nos fuimos en el micro hacia las canchas del autódromo. Nos habíamos vestido de jugador, con buzos bien abrigados, gorros y guantes, camperas y pantalones naranjas, porque perderíamos todos los partidos, pero equipábamos como los mejores equipos de primera.

08:05 ya habíamos firmado la planilla, el césped no se veía verde. El césped era de color blanco por la helada de aquella noche de agosto.  El árbitro nos llamaba para que iniciáramos el partido. Nadie quería ingresar, no por enfrentar al gran River de Buenos Aires, sino que amontonados con los suplentes estábamos más calentitos. Sonó el silbato una vez, y el árbitro dio inicio al partido.

Cinco segundos después de aquel primer silbatazo, se escuchó otro silbatazo, y uno más largo. El árbitro había dado por finalizado el partido. Solo dos compañeros, el 9 y el 10 de nuestro equipo habían podido tocar aquella pelota, ya que el partido había concluido.

La planilla no mentía, Escuelita de  Fútbol 2 – River Plate 0.

Lo primero que me vino a la memoria era la arenga que decíamos después de cada derrota, “…otra vez perdimos, que nadie se ponga triste, porque cuando ganemos, aaaaaa, cuando ganemos…, ya verán”. Y esa mañana habíamos ganado, y nada menos que al poderoso River Plate. El del Enzo y el Burrito. El de Pablito Aimar y del colombiano Ángel.

El destino quiso que fuese así aquel triunfo. Triunfo que hasta el día de hoy lo recordamos en los asados de nuestra categoría. Así fue nuestra victoria, tan recordada y valorada, como poco trabajada y jugada.

Después nos enteramos que la delegación de River no pudo llegar a tiempo a la hora del partido contra nosotros, porque tuvieron un problema en la cerradura, y no pudieron salir de su alojamiento. A media mañana, recién llegaron al predio. Entonces el profe le pidió jugar el partido, de manera amistosa, para que sintiéramos la emoción de jugar con un equipo tan grande y glorioso como el River de Buenos Aires. Lo jugamos, perdimos 1-0.

En mi pueblo nunca se enteraron del inconveniente de la delegación porteña. Mis padres solo supieron que le habíamos ganado a uno de los gigantes del continente.

¡Qué alegría teníamos! Habíamos roto una racha adversa de dieciocho partidos sin triunfos. Aunque este fue un tanto particular, pero un logro al fin.

Si nosotros estábamos contentos por el inesperado triunfo, no se imaginan la alegría que tenía aquel árbitro que había sido designado para ese partido. Lo recuerdo saliendo raudamente hacia el centro de cómputos para informar nuestro histórico resultado. El hombre de negro estaba muy feliz, y pienso que su felicidad era porque el partido había durado tan solo cinco segundos, y no tuvo que sufrir el frío por los cincuenta minutos que normalmente duraban.

Luego encontramos al mismo árbitro atrincherado en la carpa del Atlético, con un tazón de chocolate en una de las manos, y dos churros en la otra. Vestido de árbitro, con el silbato al cuello. Vestido de negro,  con más alegría que frío. Muy feliz de volver a vernos.

–Que alegría que me dieron pibes, nos dijo apenas nos vio, todos enfundados en nuestra llamativa indumentaria naranja.

— Qué alegría que tengo, volvió a repetir el hombre de la justicia, mientras se desabrochaba la negra camisa, y dejaba ver una camiseta azul con una franja amarilla en su pecho.

Miguel Hirám Ramón

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