Víctor Guzmán fue un crack del fútbol mendocino de las décadas del sesenta y setenta. Explotó en Luján Sport Club para luego pasar por varios clubes de la provincia. Un delantero que llegó una tarde a caballo para ganarse su apodo: El Gauchito. Escribe Lucas Debandi.

En Luján de Cuyo circulan algunas leyendas de personas que trascendieron las fronteras de este pueblo del desierto. La mayoría de esas historias está ligada al límite que marca el río Mendoza, ahí donde se forma ese bajo que supo contener barriadas, un parque y que todavía guarda la cancha donde hace de local el Club de la ciudad. Ahí vivió su infancia Leonardo Favio, y ahí se formó Víctor Guzmán, el Gauchito.     

Callado pero atrevido, llegó al Bajo al paso: montado arriba de un caballo de su papá. Sabía que iba a causar revuelo, pero ese era él y lo quería dejar claro. Ató la rienda en el palenque de bicicletas de la cancha de Luján Sport Club y cuando cruzó la puerta principal ya se había ganado el apodo. Tenía dieciséis años.          

El sueño de ese pibe estuvo siempre arriba de un caballo o con una pelota en los pies. Pero lejos del sueño de plástico y televisión que viene hoy en la promoción junto con cada réplica de camiseta europea, en ese principio de década de 1960 se soñaba más terrenal, más grueso, con materiales más nobles. El sueño de todo jugador de Luján era quedar en primera porque el Club tenía acuerdos con YPF, que prometía un contrato de planta permanente para retener a los habilidosos cerca de la destilería. Una vida de futbolista medio tiempo, un sueldo estable con aguinaldo y vacaciones, y después una jubilación digna para echarse a descansar. Y eso fue a buscar Víctor Guzmán apenas se bajó del caballo. Era un delantero rápido, escurridizo, saltador. De esos que tiran siempre la pared y van a buscar, un devorador de espaldas.

Debutó en el primer equipo con diecisiete años y tuvo la suerte de llegar cuando se estaba gestando un vestuario místico. Era el grupo que integraba el Cabezón Bordeira y Fumagalli, ese arquero de barba y pelo largo que atajaba con camisetas de rugby, con su perra Jackie haciendo guardia al lado del arco durante todo el partido (como se puede ver en el mural de la calle Lamadrid). Era el grupo de los santafesinos imparables que vinieron a Mendoza a jugar al fútbol, también con contratos petroleros. Era el grupo de la bohemia, comandado por el técnico Tito Ortiz en la cancha y también en los asados, con su guitarra, su armónica y sus cartas de truco. Pero todavía no era el grupo del Pancho Monardez, el diez riojano, su eterno socio.

Ese Luján le ganó seis a uno a Independiente Rivadavia con tres goles de Guzmán. También hizo tres goles (en cuatro minutos) una tarde en la cancha de Andes Talleres, para empatar un partido que estaba tres a cero abajo. Ese Luján anduvo verdaderamente bien. Pero mejoró todavía más cuando se sumó Francisco Monardez, que venía de una aventura de película. El Pancho la estaba rompiendo con sus catorce años en el club Rioja Juniors cuando la Orquesta de Alfredo de Ángelis fue a tocar a la provincia de La Rioja. Alguien le dijo a la estrella del Glostora Tango Club que había un pibe que jugaba muy bien. De Ángelis lo fue a ver, se emocionó y lo recomendó para el club de su corazón: Banfield. El técnico del taladro se quiso congraciar con ese prócer de la época dorada del tango, y aceptó ver al chico en Buenos Aires. Cuando vio al pibito Monardez, que ya había cumplido los quince años, le dijo que tenía que entrenar con las inferiores. Pero como ya se había hecho el viaje, y para no quedar mal con Alfredo De Ángelis, lo dejó entrenar con la primera. Algo lo convenció y lo dejó quedarse.

Cuando llegó a Luján Sport Club, Francisco Monárdez venía de jugar con Sanfilippo y quedar libre después de 5 años defendiendo a Banfield en el Metropolitano contra los mejores equipos de la Argentina. Se juntó con el Gauchito en el bajo y se la hicieron pasar muy mal a varios defensores. Tanto, que un buen día vinieron desde River Plate a preguntar por Víctor Guzmán. La respuesta de Luján fue firme: diez millones de pesos. El club estaba muy bien parado en ese fútbol que todavía no estaba tan sometido a la crueldad del mercado como ahora. River arrugó pero avivó a otros, y apareció Platense que se lo llevó con la mitad de la plata. La fantasía de triunfar en Buenos Aires, que se nos susurra a los mendocinos en la televisión desde que somos chicos, de repente se le pintó al Gauchito como una posibilidad contante y sonante, y ya no hubo forma de decir que no. Se fue atropellado por el éxito pero sin haberlo pedido nunca. Y la ciudad le hizo saber que la fila de futbolistas argentinos buscando consagrarse era bien larga. Pensó en su amigo riojano y su decisión de ir a Mendoza después de cinco años allí, y decidió que él no estaba dispuesto a pasar tanto tiempo en un lugar que le era tan ajeno.

Se pegó la vuelta a su barrio, a sus caballos y a ser un laburante. Perdió el puesto en YPF pero consiguió trabajo en la Municipalidad. En esa época entró en la historia grande del fútbol mendocino. Jugó en Independiente Rivadavia, en Gimnasia y en San Martín, siendo parte de los equipos que escribieron las mejores hazañas que se han relatado por estos pagos. El día del 5 a 2 que le facturó el Lobo Legrotaglie a San Lorenzo en el Gasómetro, ese donde el árbitro les pidió que aflojaran porque parecía que el estadio se venía abajo del escándalo; ese día el Gauchito no solamente estaba en la cancha, sino que también hizo un gol y le cometieron dos penales. En San Martín se volvió a juntar con el Pancho Monárdez y en el setenta y dos les tocó enfrentar al River del Beto Alonso, que venía de hacerle siete goles a Independiente de Avellaneda. Pero el equipo chacarero sorprendió a todo el mundo y los pasó por arriba. Fue cuatro a uno con un golazo de Víctor Guzmán, después de un pase perfecto y de memoria de su amigo Francisco. En el Nacional del setenta y cuatro, San Martín ganó absolutamente todos los partidos de local.

La pelota le sonreía al Gauchito cuando llegó la mejor noticia. César Luis Menotti, hacía poco había llegado a la Selección Nacional y había armado tres equipos: uno con los jugadores de Europa; otro con los del torneo Metropolitano y un tercero con los jugadores que militaban en el interior del país. Víctor Guzmán sabía esto por la radio, pero se enteró que él iba a ser parte de este último equipo recién cuando pasó por debajo de su puerta el sobre de papel madera con el sello de la AFA, que adentro traía una citación prolijamente redactada con máquina de escribir y firmada por el mismo Menotti. Ese tipo de cartas eran muy raras en ese barrio: nunca antes un jugador salido de Luján Sport Club había sido convocado a la Selección Nacional. El Gauchito se subió a un avión y participó de una gira Argentina por Brasil, que ganó los dos partidos que jugó contra equipos locales. Guzmán fue uno de los mejores. Tanto así, que unos días después el sobre con la firma del Flaco volvió a aparecer por debajo de la puerta.

Ese fin de semana jugaban contra el Deportivo Maipú. Antes de que terminara un primer tiempo parejo, al rayo de sol de la siesta, sale despedido un pelotazo contra el área maipucina, despeje de un mediocampista de San Martín. El Gauchito Guzmán, convencido de que algún colaborador de Menotti lo estaba mirando, pica para adelante como si fuera una moto. En el arco, el Liebre Bertolo se tiene fé y sale a anticipar. Pero el botín del Gauchito la toca un segundo antes, y todo el peso del arquero se le estrola contra la pierna izquierda, que se rompe con un ruido seco, inconfundible.

Adolorido, sin poder caminar, le contesta la citación a Menotti. En una carta le miente problemas familiares, inventa una excusa para no viajar. Pero el parte médico le derrumba la torre de naipes: fractura de tibia y peroné. El diario Los Andes al otro día sentencia para todo el mundo lo que no se podía negar “Se lesionó el Gauchito Guzmán”.

La historia de esa selección es conocida, gana la primera Copa del Mundo para Argentina en el setenta y ocho. La historia de Víctor Guzmán, en cambio, se vuelve a partir de ahí más discreta, sale definitivamente del centro de las miradas. La medicina de esos años sin cirugías milimétricas era más limitada, y las patadas de esos años sin repeticiones en cámara lenta eran más duras. A más de uno se le terminó la carrera de una zancadilla artera. Se podría decir que este fue un caso, aunque intentara volver para resentirse de nuevo. Nunca se terminó de recuperar. Pero tampoco dejó de jugar. Si bien tomó la decisión de retirarse del profesionalismo después de un segundo paso por Luján y otro modesto por Chacras, él siguió jugando con amigos todos los fines de semana, de la misma manera que siguió dedicándose a los caballos y viviendo en Mayor Drummond. El último partido en el que se le conoce participación fue el que integró el equipo de Ex Empleados Municipales de Luján de Cuyo contra veteranos de Rioja Juniors, capitaneado por el Pancho Monárdez. El Gauchito Guzmán tenía setenta y un años. Y en casi todos esos años había hecho por lo menos un gol. En el patio de la casa de sus viejos, en las inferiores, en la cancha del Bajo, en Buenos Aires, en el Parque, en el Este. Uno de esos tipos que desde que se levantan, cada día de su vida piensan en meter la pelota entre los tres palos. Le hizo goles a todos menos a uno: el club de su pueblo, Luján Sport Club. Algunos dirán que el desierto abriga con su intemperie y enamora, otros que ata como una macumba. Pero muchos sabemos, y sabemos en el cuero, lo que sabía Tejada Gómez: Nadie se va de Mendoza, aunque piense que se va.

Lucas Debandi

La pintura que ilustra la nota es de Carlos Fredes

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