“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“El Topo Daniele anduvo diciendo que estás para subir con la Primera. Pero no digás que yo te dije.“

  Salvo por la reconciliación con Jazmín, que empezó el domingo al mediodía en una pizzería “Ugi´s” y terminó a la tarde en un sórdido telo de la avenida Crámer, en la siguiente semana no pasó nada relevante. Continué con mi lenta recuperación a puro hielo, diclofenac, bayaspirinas y puteadas al Viejo Bustos, no me mandé ni un mensaje con el Santo y tampoco asomé el hocico lejos de mi madriguera, más allá de ir y venir a las escuelas. Como sabía que estaba bajo el radar de Lozano, hacía de cuenta que mi teléfono y mi computadora estaban intervenidos por ese famoso contacto de la Federal, así que ni siquiera me metí a las redes sociales con el objetivo de encontrar una mínima grieta en los altos murallones que me separaban de los dueños del circo.

  Mateo Casares, Ignacio y Guillermo Driscoll, el Armenio Mouratian y el Chelo Lozano.

  Cuando me sentaba a pensar en el tema, por una u otra razón terminaba descartando a los cinco. Aunque también, de a ratos, especialmente cuando tenía una botella de vino encima, me convencía de que a Guillermo Driscoll se le podía llegar, que la municipalidad de Almafuerte no era la Casa Rosada y que a él se lo podía encontrar tomando un café en los bares de esa cuadra como a cualquier hijo de vecino. Pero cuando se me pasaba el mambo, era otro cantar y volvía a las conclusiones de siempre: ni la Kawasaki ni el 128 estaban aptos para hacer una mínima tarea de inteligencia con un funcionario tan importante, y si no me daba para ir por él, el pez más chico de ese imaginario estanque de tiburones, menos para ir por los otros. El Armenio Mouratian e Ignacio Driscoll tenían custodia federal y se movían mucho por la Capital y por La Plata, Mateo Casares estaba acompañado por funcionarios las veinticuatro horas del día y el Chelo Lozano estaba custodiado por el Viejo Bustos, que me soplaba en la nuca desde hacía meses.

  Había pasado una semana desde nuestra merienda en el bar y, hasta ahí, el Santo tenía razón. No me daba la nafta para semejante movida. Cuando me repetí esto por centésima vez, tiritando frente a un caloventor moribundo y con el último sábado de abril por delante, me dije que lo mejor que podía hacer era aprovechar esa nada existencial para visitar al Bola, recordar tiempos mejores y ocupar la cabeza en otra cosa. Ya vendría el tiempo de barajar y dar de nuevo, y optar por otros caminos más terrenales.

  Me abrigué como si lo del Bola quedara en la Base Marambio, le di mecha al fiel Fiat 128 y encaré para La Olla, en los límites de Almafuerte. Todavía no eran las nueve de la mañana, soplaba un despiadado viento sur que tenía a toda la ciudad a raya y ya se adivinaba un manso y apagado día de otoño. Luego de parar en una panadería, crucé barrios fantasmas, llegué a Lamarque, atravesé la pituca zona de las quintas como si estuviera en puntitas de pie, dejé atrás el puesto de Gendarmería que había en la entrada de La Olla y me zambullí en el barro como si estuviera cabalgando un carpincho. Casi la quedo en un par de lagunas traicioneras, pero el 128 guapeó en ese territorio bombardeado por el duhaldismo, arrasado por el sciolismo e incinerado por el vidalismo, y me permitió llegar a la dirección que un par de semanas atrás el Mosca me había escrito en una servilleta: Huentecurá 1288. A mitad de la cuadra, unos vaguitos estaban rascando la olla de los últimos estimulantes mientras escuchaban los éxitos enganchados de Mario Luis y esperaban por algún incauto inversor.  

  Me subí el cuello de la campera hasta los ojos, me afirmé el gorrito hasta las cejas y bajé. Golpeé las manos antes de llegar a la vereda porque estaba muy de visitante y era evidente que el horno no estaba para bollos. La casa del Bola era pequeña y antigua, de un solo piso, tenía la reja hecha con pallets y estaba custodiada por dos centinelas: un perro de raza ladradora en el techo y un ovejero alemán jugando de líbero que se me vino al humo de inmediato. Segundos después, alguien abrió un ventiluz pegado a la puerta.

-Hola. ¿Está el Bola?

-¿De parte de quién? –preguntó el Bola, asomándose y dejando ver que lo había sacado de la catrera.

-De parte del novio.

-¿Sos vos, boludo?

-Y sí.

-¡Ah! No te reconocí –dijo, antes de desaparecer para buscar las llaves, y volvió a resurgir de entre las penumbras de su casa–. Pasa, vení. Y cerrá bien el auto que acá le robaron la billetera al Gordo Valor.

-¿Está muy fulero, Bola?

-¡Puf! Mis pibes duermen con llave en las piezas, con eso te digo todo. Encerrados hasta que los levanto para la escuela –me explicó rápidamente, antes de meterme dentro de su abrazo–. Estás helado, animal.

  El Bola estaba tibiecito, triste y preocupado. De las tres cosas me di cuenta antes de despegarnos para pasar a la cocina de su casa.

  A los diez minutos de charla, concluí con un suave cabeceo que si lo hubiera encontrado apenas desapareció su parrilla, tres meses atrás, me habría ahorrado océanos de saliva y de tiempo.

-La verdad de la milanesa es que me limpiaron como una papa, animal. Llegó el Páez, encima el puto vino con dos de seguridad, no policías, dos de esos mamaderas que andan con el palo y el handy. Y bueno, me dijo que me tenía que ir ese mismo día.

-Páez el de la muni.

-Páez, sí. Esto fue un sábado a la mañana. Y me dice que me podían meter como microemprendedor en no sé qué poronga y darme un puesto en los eventos del municipio o ahí mismo en la plaza, con todos los venezolanos. “Dejá”, le digo, “no me des nada. Pero decime quién te bajó la orden y qué le hice yo”.

-¿Y?

-Driscoll. El que era intendente, animal. El mogólico de Paéz me dice que apareció el Driscoll este, trompa de aquellos, y que le dijo al jefe que lo saque al gordito de la parrilla porque estaba ocupando terrenos privados, que ya estaban vendidos.

-¿Así te dijeron?

-Así como te lo estoy contando yo a vos. “Saquen al gordito”. Pero perdé cuidado, que sabés cómo lo estoy esperando a ese… Ya va a ser punto otra vez, vos quedate tranquilo.    

-Che, ¿y del club no se te acercó nadie a hablar?

-¿Del Furgón? No, qué se van a acercar.

-¿Y ahora qué estás haciendo con el laburo?

-¿Ahora? Y, tengo la parrilla acá en la puerta, acá mismo. Pero estaré tirando, qué sé yo, quince chorizos de mierda y cinco patys. No, esto es una miseria, vos viste lo que es. Por ahí los sábados a la noche vendo un par de pollos, un par de bandejas de fritas que hace mi señora. Pero en lo que es la semana, muerto. Muerto muerto. Y hará cosa de quince días tuve que vender la Rural, flaco, no me quedó otra que venderla para tirar estos pares de meses y después ver qué mierda hago. No me quedó otra, y mirá que le busqué mil vueltas.

-¿No probaste a ver qué era esa verga de emprendedor?

-Probé, probé. A los diez días me mandé para ver qué era, fui a un evento ahí en Los Maizales, pero no, vendí cincuenta chorizos de mierda en todo el fin de semana largo, si éramos como veinte puesteros vendiendo lo mismo. Los conos de fritas con cheddar sí, salían un poquito más, pero yo terminé comiendo chorizos como quince días seguidos. No, es un verso de esos culos roto del municipio, todos figureti que se querían sacar la foto y cayeron cuando tocó el Trío San Andrés. Andá a la concha de tu madre.

-Y, sí.

-¿Vos estás yendo a otra parrilla, animal?

-¿Yo? No, no. No, Bola. Y voy a venir acá, si los jueves termino más o menos cerca, acá en la 25.

-Ah, la de plaza Sarmiento. Más lejos que cerca.

-Estoy en dos minutos. El jueves ya vengo.

-Dale, venite. Si me decís que te queda cómodo…

-Igual… –casi me embalo, pero clavé las guampas–. Igual, Bola, vamos a ver qué onda, todavía se puede pelear lo del terreno. No te des por muerto.

  Le resumí la situación del club de los últimos meses, sin tocar aquellos temas que me tenían como protagonista, y le prometí que los pibes de la Agrupación íbamos a hacer todo lo posible para impedir esa venta. Nos despedimos cuando se despertó la señora y quedamos en encontrarnos el jueves.

  Volví a casa masticando el nombre de Ignacio Driscoll como si fuera un chicle. Era indignante y obscena su impunidad para borrar de un plumazo la parrilla de mi amigo y la cancha.

-¡Viejo y la concha bien de tu madre!

  Como les suele pasar a los cornudos, pensaba con amargura ya de vuelta, los de la Agrupación fuimos los últimos en enterarnos de lo que estaba sucediendo a nuestras espaldas. En el epicentro del poder de Almafuerte, el despacho del piso 3 de la municipalidad y el barrio cerrado Las Tejas, donde vivían Ignacio Driscoll y la mayoría de sus familiares, pero también en el último rincón del barrio más pobre del distrito, ya sabían que El Andén era cosa del pasado y nosotros un ciego con los ojos vendados yendo de camino al patíbulo.

  Frené en la calle que separa La Olla de Lamarque, porque el barrio del Bola pertenece a la localidad pero no lo parece. Vi la realidad de lleno, la segregación a cara descubierta: los gendarmes enfierrados, vallando la entrada como si fuera un ghetto; y reflexioné sobre todo lo demás: las calles de barro, las cinco o seis inundaciones anuales, la poca iluminación, los bondis llegando hasta ahí nomás, las ambulancias que no entran, los hijos del Bola que tenían que ponerles llaves a las piezas; y Driscoll, el hijo de mil puta de Ignacio Driscoll, pidiendo más mano dura en los medios como única solución para los problemas de la Argentina.

  Un gendarme con cara áspera y desaprobadora se acercó a ver qué me pasaba, porque literalmente estaba frenado en el medio de la calle, cortando el tránsito.

  Repasé la metáfora del ciego, la redundancia del ciego y los ojos vendados. Estaba mareado de odio.

-¡Eu, muchacho!

-Claro –me hablé en voz alta–. La chota. Ni venda ni ciego. Vamos al patíbulo, pero ahora ya sabemos que vamos al patíbulo. Antes no, boludo.

  Puse primera y arranqué, con el milico todavía lejos y un boludo gastando la bocina de su EcoSport.  

-¡Tirame el fideo, otario! ¡La concha bien de tu madre!

  El jueves a las dos de la tarde estaba de nuevo cara a cara con el Bola. Todavía estaba hecho mierda por la joda en el bar del Santo del martes, en la previa del feriado del primero de mayo, pero no le podía fallar a mi amigo.

-Nadie es profeta en su tierra, animal –tiró apenas me senté. 

  Estábamos solos, como si estuviéramos grabando una escena de Soy leyenda, ocupando dos cajones de cerveza vacíos y compartiendo una Manaos de pomelo que iba bastante al frente.

-La estudiaste a esa, ¿no? No me vas a decir que la sacaste de la galera.

-No, sí, sí… Queda bien, eh. Me la dijo un muchacho el otro día, un evangelista de acá que dejó atrás todos los pecados menos el de la merca.  

-Ah, sigue entrándole al merengue el vago.

-Como los mejores. Pero calza lindo la del profeta, animal, ¿o no? Si no cambia la mano, en cualquier momento creo que me largo de pastor. 

  Largué una carcajada y prendí el segundo Chesterfield del día. Le pasé uno.   

-Qué va a ser… –rumió, poniéndose de pie para sacar el chori del fuego.

-Y sí. Hay cada chanta. Algunos son peores.

-No te quepan dudas. El Driscoll este…

-Ah, ahí ya estamos hablando de otra categoría de hijo de puta.

-Vos sabés que yo casi lo mato. Al Driscoll este, digo. Casi lo mato, animal. 

  Un frío repentino me heló las piernas. Pité el cigarro y le miré las espaldas anchísimas, los hombros contraídos y el gorrito de lana de donde se le escapaban algunos rulos grises y blancos. No se había animado a decírmelo mirándome de frente. Ni siquiera me había dejado acomodar. Tampoco había esperado a que rompiéramos el hielo hablando de los partidos del fin de semana. El Bola se estaba sacando una mochila que le debía pesar toneladas.

-Jurame que muere acá esto que te cuento.

-Te lo juro –le respondí con seriedad.

  Me pasó el choripán y se ubicó a mi lado. Comenzó a narrar con un tono bajo y un profundo resentimiento en la mirada. Tanto bajó la voz, y tan metido estaba él para adentro, que hubo fragmentos que ni siquiera llegué a escuchar.

-Igual no hice nada. Pero… No, no me mandé una cagada de pedo. Casi lo bajo. Casi es que lo tuve a unos pares de metros, con un nueve en la mano. Y no me dio el cuero, animal. Llegué ahí y me cagué en las patas, se me pasó toda la locura en ese momento.

-¿Pero cómo fue, Bola?

-Y… Casi hago una de película, escuchá. Lo seguí. Me hice amigo en el Instagram y vi que andaba por el Lamarque, el club de rugby. Él es vicepresidente ahí, el mismo tío o abuelo fue que lo fundó.

-Ajá.

-Bueno, entrenan ahí en el club, es este mismo río que está acá atrás pero en la otra punta.

-Claro.

-Entrenan de noche los del rugby, de siete, siete y pico a nueve, nueve y media. Depende. Te estoy hablando de hace un mes atrás, mes y monedas atrás, yo estaba en la mala mala, fue cuando volví de aquel evento… Ahí hice un click, o se me aflojó un tornillo en la sandía, no sé, no sé qué mierda me agarró, pero al otro día vi esto del rugby y me di una vuelta por el club para verlo cara a cara. Como también entrenan pibas, chiquitos, y entra mucha gente de los torneos de fútbol, me mandé. Todo por la puerta, eh, bien legal, “hola, vengo a ver, qué sé yo”.

-¿No te pidieron nada?

-Nada. Bueno, entro, lo ubico en la segunda vez. Uno, dos, tres entrenamientos… El colorado va dos veces por semana, martes y viernes, y al

-Pará, ¿el colorado quién es?

-Driscoll, boludo. Ignacio, el que fue intendente. ¿No viste que son todos gringos, así, todos chupindanga, cara colorada?

-Ah, está bien.

-Bueno. Este va a ver a los gordos los martes y los viernes, los martes y los viernes. Primero lo quería ver cara a cara para hacerle un mano a mano, pero después… Después, cómo es esto, ya era otra la, la… Seis veces lo fiché, martes y viernes, como un relojito. Llega después, siete y veinte, siete y media, y sí o sí se va a las nueve en punto. Sí o sí. Saluda, qué sé yo, y nueve y cinco busca el auto, un Logan negro jamón jamón, una belleza de auto, y se toma el palo. Como están recaudando con estos torneos de fútbol que te digo, y entra gente de afuera, que no es de ellos, los jugadores y el mismo colorado mandan los autos al estacionamiento del fondo, allá bien pegadito al río. Hay un alambrado pero así nomás, viste que estos son ratas, le hacés así y pasás.

-¿No hay nadie en esa zona? Ahí en el río, digo.

-No, la nada misma es. No se ve un porongo ahí. Tenés el Acceso a unos doscientos, trescientos metros, el bosquecito y el río. Después alambrado y club. Y de acá del barrio, en la punta punta, hay quinientos metros, máximo, y ya estás en este alambrado que te digo. Vos te metés al río por ahí, por Río 1, y salís derechito al fondo del club. Derechito, no te ve ni el loro, olvidate.

-¿Vos fuiste por ahí?

-Sí –respondió, mordiéndose una uña–. Yo tengo una 9, acá viste que están choreando a dos manos. Un martes que, que me decido, digamos, día de mierda además, me pongo la 9 y arranco para allá. Me puse Off, me llevé dos atados de fasos y encaré.

-¿No te vio nadie?

-Nadie. Estaba así como ahora, pero allá abajo… ¿Tres de la tarde, día de mierda? Ni Mongo anda por ahí.  

-¿Y ahí, Bola?

-A las nueve en punto sale. Lo veo clarito, se lo ve clarito desde ahí porque hay unos reflectores a todo culo donde están los primeros coches… Y como es uno de los últimos en llegar, mete la nave al fondo, bien cerca del alambrado.

-¿Cerca cuánto?

-Y… Setenta, ochenta metros. O cincuenta, por ahí. Pero poco. Igual para el lado del río no se ve un porongo, es Vietnam ahí atrás.

-Claro…

-Y bueno, ahí no se me movieron las patas, amigo. Primero rompí un pedacito de alambre para mandarme y darle bien de cerca, y ya… llegando la hora… No, no… No, dije, “no, bueno, le tiro de acá”. Y no, cómo es esto, no me salió. No podía mover los dedos de las manos, animal.

-Encima estaba solo él.

-¡Solo, boludo! Solo… Ni un alma, él y yo. Y me puse a pensar, viste, no tenés que pensar. Pensé en mi vieja, pensé en la flaca, en los pibes… Me llegan a agarrar en esa, viste…

-¿Vos todavía se la querés poner?

-¿Al colorado? No… Sabés que no, Valentín –me respondió, poniéndose de pie para controlar la parrilla–. Vos sabés que creo que hasta lo perdoné. Ahí, en la situación, cómo es esto… “Vamos a hacer de cuenta que no pasó nada, Gordo. Vamos a casa, dejalo que sea feliz el garrrca este”. Te cuento a vos porque, qué sé yo, lo tenía acá metido y no lo podía largar, me estaba haciendo mal. Uno, viste, no, cómo es esto, no 

  Dejé de escucharlo.

  El asesinato de Ignacio Driscoll podía provocar un terremoto político de dimensiones incalculables. Sentí vértigo cuando lo pensé así, de manera fastuosa, pero era cierto y no podía sentir otra emoción que no fuera esa: matar a Driscoll significaba llegar a la tapa de los diarios nacionales, al noticiero de las 8, a la pantalla de Telefé y Canal 13; y era, principalmente, intervenir en la realidad de manera directa, metiéndole un puntinazo rastrero en el tobillo al círculo rojo del país. El problema era que meter semejante zapallazo provocaría, sin dudas, que salieran a buscarme los mejores sabuesos del país, gente de la AFI y de la Federal. O más. Porque estaba frente a un bondi de magnitudes que escapaban a mi superficial análisis de cómo funcionaban las fuerzas de seguridad.

  Sabía que si el Bola le había contado eso mismo a otra persona, yo debía olvidarme inmediatamente del tema porque caeríamos uno atrás del otro.  

-¿Con quién lo hablaste a esto, Bola?

-Con nadie, es lo que te decía.

-¿Nadie es nadie?

-Nadie, boludo. ¿No me escuchás? –se alteró conmigo por primera vez en una década de amistad–. Te lo conté porque a vos te veo como a mi psicólogo, como que me calmás. 

-Bola, tenés que tener cuidado porque hay cien que le quieren bajar la caña a Ignacio Driscoll. Y si llega a pasar que lo bajen, van a salir a desflorar ojetes de donde sea.

-Sí, qué no. Además me da vergüenza, ¿vos te pensás que me gusta contarte esto y de cómo no, no…?

-No seas boludo, no hay historia. Igual, vos quedate en el molde y por las dudas no digas nada.

-No, más vale que no.

-Ojalá que alguien se la dé.

-Ojalá, boludo. Cagador hijo de puta –tartamudeó por los nervios, lanzando un escupitajo.  

-Flor de turro, ese Driscoll… Estaría lindo que se la den.

-Ahora, no había como mi plan, eh… –se lamentó, mordiéndose los labios.

-¿Tan bueno era?

-¿Bueno? El mejor, animal. Salís de ahí fumándote un habano, como el Diego.                           

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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