“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“De acá no salimos vivos si llegamos a ganar.”

Bruno “Mudo” Díaz, Liniers 0 – Ferrocarril San Martín 1 (2007)

  -El ojo, loco.

-¿Qué?

-Te tiembla.

-¿Mucho?

-Parece un faro.

-La puta madre, boludo. Estoy recagado de frío.

-Dale, dale, acercate al fuego que ya te calentás.

  Ya seco, temblaba frente al balde de lata donde ardía la ropa que había usado. El Santo me alcanzó un cigarro prendido, me lo puse en la boca y ahí me quedé, con los brazos cruzados, de pie, dando saltitos para entrar en calor, esperando que pasara algo. Afuera, un helicóptero sobrevolaba al ras de los techos con una luz tan potente que daba la sensación de que éramos dos cucarachas escondidas en un agujero, y las sirenas de los patrulleros, de a ratos, nos aturdían tanto que al menos yo no escuchaba ni mis pensamientos.         

-¿Querés vino, Valen?

-Dame un trago. Me tiembla mucho, che.

-Te dije. ¿Lo hiciste, entonces?

-¿Eh?

  Lo miré. La bombilla colgada de una de las paredes del galpón lo iluminó de repente. Afuera alguien gritó de alivio.

-Me voy a poner otra campera porque estoy meado de frío.

-Pará. ¿Le diste o no, Valentín?

  Quizás, pensé, alguien me había visto la cara. Quizás, pensé, alguien me vio entrar a la casa. Quizás, pensé, mis huellas habían quedado en la carabina que más temprano que tarde encontrarían. Quizás, pensé, la sangre que me salía del dedo índice izquierdo había quedado en el alambrado del club. Quizás, pensé, Driscoll había sobrevivido a los tiros. Quizás, quizás, quizás. No recordé si le había pegado dos o tres tiros. No sabía si estaba muerto o no. No lo sabía. Había pasado todo demasiado rápido. Y Driscoll, de pronto, me pareció monstruoso, imbatible, poderoso. Inmortal.

-No sé, Manu.

  El Santo se estremeció.

-No sabés.

-No.

  Acerqué las manos al fuego hasta sentirlas y salí al patio para entrar a sacarle una campera al Mosca. Me detuve en seco a los pocos pasos, debajo de la lluvia, y una reacción instintiva me gritó que me quedara ahí para justificar el pelo mojado. Había un patrullero detenido en la puerta, del cual bajaron tres oficiales. Uno golpeó las manos, ubicándome con la mirada luego de hacerse una visera con la mano.    

-Manuel –hablé entre dientes.

-Tranquilo.

-Sí, oficial.

-Acérquese, caballero, por favor –me ordenó con la voz eleveda el que parecía al mando. Ya eran seis los tipos apostados en la puerta–. ¿Está solo en la casa?

-Está mi amigo.

-Digale que venga a su amigo.

-Pero está en silla de ruedas.

-Digale que venga en silla de ruedas, entonces.

-Manuel –lo llamé, mientras me acercaba al galpón–. Te busca la policía –agregué, y al llegar lo vi cubriendo la ropa con un par de troncos ya encendidos, tal como habíamos acordado.

-Tranquilo, respirá. Deciles que tenés el ojo así por el laburo, que los guachos te vuelven loco.

  Me di vuelta y encaré. De los seis, dos estaban de civil, tres con camperas azules y uno con un piloto negro. Uno de los de civil tenía un paraguas y era gordo. El otro tenía puesto un chaleco y parecía disfrutar de la lluvia. Dos de los de campera azul de la Bonaerense recibieron una indicación de este y salieron corriendo en dirección a la casa contigua.   

-Separe las manos del cuerpo, caballero –volvió a ordenarme el policía que llevaba la voz cantante, deslizando suavemente la mano derecha hacia la culata de su pistola. Era el que se cubría de la lluvia con un piloto negro.

-Sí, cómo no –hablé, ya a unos pocos metros, a la altura de donde comenzaba la construcción de la casa del Mosca. Mis piernas tenían la firmeza de dos hilos. Comencé a mirar caras, ojos, gestos de los verdugos. El gordo de civil emanaba poder y misterio. El del chaleco se sacó los anteojos de un bolsillo de su pantalón camuflado, se los colocó y me miró cuando yo ya me encontraba a menos de dos metros de la reja que nos separaba.

-¿Cazador?

-Quique. Sí, soy yo.

  Quique Vera, comisario de la 2° de Almafuerte, se colocó debajo del paraguas del gordo silencioso para verme mejor, dibujó una sonrisa que al lado del rictus parco y hambriento de su vecino alcanzó para iluminarme el alma y darme un poco de aire, y tiró una palmada de revés que impactó en el hombro del policía de piloto.

-Boludo, es el Cazador Rodríguez. El que jugaba en el Furgón.

-Ah –exclamó el del piloto negro, aflojando la rigidez de los brazos.  

-¿Quién vive acá, flaco? –me preguntó Quique, ya separado del gordo del paraguas, paseando los ojos por la reja para que yo la abriera. 

-El Mosca, Quique. ¿Te acordás? El de los ojos separados, cabezón, hincha del club –respondí, simpático, mientras hacía fuerza para despegar la reja del postigo.   

-Ah, sí, sí –mintió–. Mirá vos, Cazador –cabeceó, amistoso, esperando para ver quién iba al encuentro de quién. Me tiré a él y lo abracé como si fuera mi viejo. A los demás los saludé con un cabeceo que me salió medio sucio, trabado–. Caza querido, hermanito.

-Che, estoy con el Santo, Quique, no me lo hagás salir.

-No, no –me respondió Quique, alejándose un poco, ya con un cigarro en la boca–. ¿Están los tres solos?

-Está mi hermano también. Pero se fueron hace dos minutos y todavía no volvieron –respondí, con la cara dada vuelta para decirle al Santo que se quedara donde estaba pero más que nada para esconderla–. ¡¡Manu!! ¡Está Quique, dice que te quedés que no hay drama!   

-¿A dónde fueron, caballero? –tronó el gordo del paraguas.

  Lo reconocí. Era Silva, Secretario de Seguridad del municipio. Quique miró a sus compañeros con cierta confusión.

-¡¡Bueno!! –gritó el Santo.   

-A comprar escabio –tiré la moneda, con los huevos repentinamente puestos de moño, como si estuvieran subidos al carrito de una montaña rusa.  

-¿Escabio o falopa? –preguntó Silva, detrás de la humareda de su señorial Benson y Hedges.

-Che, ¿no serán los pibes de recién? –le preguntó Quique a lo que quedaba de su tropa, que se miraban entre ellos, y luego indicó algo.

-¿No escucharon gritos, muchachos? ¿No saben lo que está pasando? –volvió a hablar Silva, nervioso.

-Sí, escuchamos algo.

-Lo amasijaron al Nachito Driscoll, nene –se metió Quique, interrumpiendo la orden que le había dado a uno de los suyos –. Andá, traemelós.

-Uh –fue lo único que me salió decir.  

-Recién, hace veinte minutos. Va a ser una noche movida… Che, Silva, me parece que los dos de acá a la vuelta son amigos de estos muchachos. Acá el Cazador es buena gente, me parece que vamos a tener que ir al lado.

-¿Pero qué pasó, Qui…

  Silva me fulminó con la mirada. Me fulminó, me congeló, me prendió fuego, me derritió. Todo a la vez.

-Vera –habló después de dar la última pitada a su Benson y aplastarlo contra el barro–. ¿No ve que este muchacho está nervioso y sus características concuerdan con la descripción?

-Dejate de hinchas las pelotas –le respondió Quique. 

  Silva miró a su derecha. El tira raso que quedaba, de campera azul, dio un respingo.

-¿Antúnez fue el pelotudo, no?

-Sí, Silva.

-Llamameló, Molinari, que venga.

-Está a la vuelta.

-¡Y llamameló!

-Dejate de hinchar las bolas, gordo –insistió Quique, viendo partir al otro con un cabeceo en señal de desaprobación–. ¿Qué sos, maestro vos? –me preguntó.

-Sí, Quique. Profe.

-Silva, es maestro el muchacho. Era jugador. Son todos pibes laburantes estos, los conozco de toda la vida.

-Así que sos maestro… –rumió Silva.

-El barullo es porque se nos piantó un vaguito en la cara, que al parecer venía del río –me explicó Quique–. ¿No vieron nada acá, no escucharon nadie cruzar, nada?

-Nada, Quique, nada.

-¿El Santo tampoco?

  Levanté los hombros.

-Estuvimos juntos.

-Y bué…

  Los vecinos de enfrente, una pareja de cuarentones taciturnos, salieron a la vereda. En la esquina dobló una camioneta de la policía muy parecida a la que había visto minutos atrás. Otra cruzó la esquina con la sirena prendida, rumbo al río, como un rayo.

-Ahí están los pibes –señaló Quique en dirección a la camioneta, que se estacionó detrás del patrullero y del auto particular de Silva, un Audi bastante caminado–. Sí, tu hermano es. Salieron corriendo justo, justo, y el turro este se ve que entró a saltar por los techos.

  Una mujer con el pelo color ceniza atado con una cola de caballo, los labios pintados de rosa chicle y buzo reglamentario abrió la puerta trasera que daba a la vereda. Primero bajó el Mosca y después Fabricio. Silva prendió otro Benson. Le pedí uno pero se hizo el sordo. 

-Tomá uno de los míos, Caza.

-Gracias, Quique –respondí, luego de prender un Marlboro con la mano temblorosa. 

-Che, estos pibes se están mojando, Silva. Estamos perdiendo el tiempo acá.

  Silva sacó una mano del bolsillo y apretó la mía. Se la quiso llevar a la cara, acaso para olfatearla, pero di un tirón.

-¿Qué hacés?

-Eu, gordo. Tranquilo. Muchachos –recibió Quique a los pibes, que no entendían nada y miraron la escena temiendo lo peor–. ¿Los trataron bien?

-Para el orto nos trataron –respondió el Mosca, escondiendo los puños recientemente liberados dentro del buzo.   

-Zafaron porque iban a pasar la noche demorados. Digan que está el Caza y se aclaró el malentendido –Fabricio abrió los ojos de manera grotesca pero los volvió a su estado normal rápidamente y se mordió los labios.

-Qué malentendido, casi me matan –respondió el Mosca. 

-Bueno, bueno, ya pasó –lo acarició Quique–. ¿Este es el famoso Mosca, no, Cazador?

-Sí, Quique. Y este mi hermano.

-Sí, sí, lo tengo visto del Andén a Rodríguez chico. Barullero… –lo definió, y yo asentí.   

-Ahí está Antúnez –cortó Silva las presentaciones.

  Giramos la cabeza en dirección a la esquina, como si estuviéramos en el atril de una iglesia. Mosca y Fabri parecían los padrinos, Silva el cura, Quique mi viejo y yo el que está a punto de casarse. La novia venía al trote.

-Qué quilombo, viejo –se lamentó Quique, y miró con enojo al Mosca y a Fabricio–. Ahora, a ustedes dos se les da por ir a comprar escabio justo cuando esto era un quilombo de móviles. Son pelotudos, viejo, también… ¿No piensan, muchachos?

-Venga, Antúnez, venga –habló Silva, ignorando al comisario.

  Antúnez era morocho, tenía ojos achinados, el labio inferior caído y el superior sellado a los dientes, inmóvil. La hilera de dientes que dejaba ver era blanca y pareja; la otra, oculta, tenía varios casilleros vacíos. Antúnez se cuadró ligeramente, nos miró a uno por uno y respiró con fuerza para elevar un líquido nasal propio del que se está por resfriar.

  Silva me señaló con la punta de su carcomido Benson.

-¿Lo reconoce, Antúnez?

  El oficial se llevó dos dedos a su labio colgado, lo estiró y me miró con detenimiento.

-Mírelo bien –remarcó Silva.

-No.

-¿No qué? –preguntó Quique.

-¿No era un masculino alto, Antúnez? –refrescó Silva, acercándose con inquietud.

-No, pero… No estaba vestido así, secretario.

-¿Así cómo? Eso es lo de menos, ¿usted me está cargando, pelotudo?

-Y era más bajito –añadió el atacado.  

-El muchacho es maestro, Silva –murmuró Quique.

-Profe de historia.

-Profe de historia, más todavía.

-¿Está seguro que era más bajo? –remachó Silva, que no se entregaba–. ¿Mucho más bajo o apenas más bajito? No se veía nada, Antúnez.

-No, no –se convenció Antúnez–. Mucho más bajo. Además caminaba distinto.

-¿Pero qué dice? ¿Qué lo vio, caminar? Si está parado enfrente suyo.

-Perdón, tiene razón. Quiero decir –buscó con los ojos a Quique, para explicárselo solo a él–, es que el masculino que yo vi caminaba como un caco, señor. Con capucha, ocultándose.

-¿Así que caminaba como un caco? Como un caco… –repitió Silva, empecinado–. Usted es un flor de hijo de puta, Antúnez.

-No perdamos la calma, Silva. Vamos a seguir que perdimos diez minutos acá.  

-Antúnez, métase en la mierda del río y no salga hasta el domingo. Vaya, tomeselá de acá.

  Antúnez se quedó mirando a su superior. Como Quique cabeceó, el otro nos despidió con respeto, dio media vuelta y se fue por donde vino.

-¿De dónde sacamos a estos negros de mierda, Enrique? Nunca vi una cosa igual…

-La verdad que este Antúnez está para romper el boludómetro de chapa… Viendo lo pelotudo que es no me extraña un carajo que lo hayan esquivado como a un cono. Muchachos –le habló a dos oficiales que habían estado en la vereda de enfrente–: a seguir, dale. Vos, Peralta, andate a aquella, la que está sin cielo raso. Acompañamelo, Jonás.  

  Silva se nos había quedado mirando.

-Me voy para el club otra vez, Enrique. ¿Vos no serás transa, no, mutante? Te veo muy serio –lo atacó al Mosca, de camino a su auto.

-No, maestro. No se la agarre con nosotros. 

-Maestro la concha de tu madre. Estás más fumado que un jamaiquino, nene. Vos también, gordito, no te hagás el pelotudo con esa cara –se la agarró con Fabricio.

  A Quique le sonó el handy.

-Sí, Malena. Decime rápido –respondió.

  El mensaje de Malena lo escuchamos los cinco. Se estaban incendiando las Galerías Milman, ubicadas en Irigoyen y San Martín, frente a la plaza principal de Almafuerte.

-¿Cómo me decís? Repetime, por favor –imploró Quique, con un hilo de voz, viendo sin ver que Silva se subía a su nave al trote, escuchando sin escuchar que algunos vecinos del barrio comenzaron a gritar por el uso excesivo de la fuerza represiva, tocando sin tocar su handy desde el cual había manejado durante décadas los hilos subterráneos del municipio, de su municipio, pero que sin embargo esa noche parecía haberse rebelado para empezar a actuar por cuenta propia.

  Malena repitió el mensaje. Y agregó:

-Parece que fue intencional, comisario.

-Intencional –murmuró Quique–. La concha de mi madre.

  Arrastrando los pies, me despidió con un blando apretón de manos y se subió a la camioneta de la rubia en el lado del acompañante.

-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó el Mosca, cuando nos quedamos solos.

-Entremos, muchachos. Entremos ya. Me quiero ir a dormir porque me estoy por enfermar.

  El Mosca y Fabricio se miraron, ahogando una carcajada que dejaron estallar dentro del galpón.

-Manga de pelotudos –los recibió el Santo–. ¿Qué hicieron, se iluminaron por una vez en la vida?

  Deshecho, me senté en un banco. El Mosca y Fabricio no podían parar de reírse. 

-Una genialidad, boludo –respondí–. De otro planeta.

-De otro planeta… Ya está la noticia en el Clarín. Está muerto.

  No dije ni hice nada. Cerré los ojos, hundí las manos en los bolsillos de la campera húmeda y me escondí la cara con un poncho pulgoso que había sobre uno de los cajones apilados en el galpón.

-Tengo sueño, che. Me quiero ir a dormir ya. Ya.

-Pero contanos qué onda.

-Después. Mañana. No doy más. Mosca, decime en qué cama.

-¿En serio te vas? ¿Y si pasa algo?

-¿Qué más querés que pase, boludo? Ya está.

-¿Ya está?

-Dejalo que vaya a dormir.

-No puedo creer que sea tan cortamambo, chabón.

-Está cansado.

  Me sacudí por el frío, de pie, mirando de reojo la puerta. Saludé a uno por uno con un choque de manos, incluido Fabricio, con el que no nos tocábamos desde hacía una década. 

-Gracias, loco. Me salvaron. La verdad que me salvaron. Mañana hablamos y les cuento todo.

-Mañana es el cumpleaños de Dardo. Vamos a ir al cementerio.

-Bueno. Igual por ahí cuesta un poco salir de acá, esperemos que pase el bondi afuera.

-Esto se pica o se pica, no pasa nada –comentó el Mosca–. Escuchamos en la radio de los ratis que ya tenían como diez demorados, ¿o no, Fabri?

-Sep.

-Que pare un poquito la lluvia y salimos a quemar cubiertas, ¿sabés qué, bro? Se les pudre todo.

-Bueno –fue lo único que respondí.     

  Seguí al Mosca rumbo a la casa. Me dejó la pieza que había sido de sus abuelos, arcaica y helada, como detenida en el tiempo.

-Cualquier cosa llamá.

  Cabeceé y empecé a revolear los brazos para sacudirme el frío, metido dentro de los huesos, dentro del pelo, dentro de las tripas. En calzones, corrí hasta el baño para cagar de manera furibunda, como nunca en mi vida, y luego me sumergí en el anacrónico sarcófago donde quince años atrás dormían los abuelos del Mosca. Me puse boca abajo. Con escandalosa facilidad, como si no viniera de matar a alguien y no tuviera a toda la policía bonaerense buscándome a metros, del otro lado de la pared, rápidamente se formaron en mi cabeza imágenes incoherentes, irreales, ondulantes, y personajes que aparecían en lugares que no se correspondían con ellos. Me imaginé a Silva, el Secretario de Seguridad de Almafuerte, metido hasta la cintura en la mierda que bajaba por el río desde la parte alta del municipio hasta llegar a La Olla, y a su lado vi a Antúnez pasándole un mate y una linterna sin pilas. Sonreí. Y después se me apagó todo hasta el mediodía siguiente. 

  Abrí los ojos luego de haber soñado al Mosca contándome que Cristina Fernández de Kirchner había elegido a Alberto Fernández para que encabezara la fórmula presidencial por el peronismo.   

-Valentín. Che, Valentín. Va a ser Alberto. Che… Cristina eligió a Alberto, boludo. Despertate. Y no sabés qué quilombo que hay acá, quieren encanar al viejo Milman por lo de Driscoll.  

-No puede ser tan genia –respondí, creyendo que soñaba. Pero estaba despierto y afuera se adivinaba un cielo radiante. 

  El temblor en Almafuerte duró más de un mes. Y fue estremecedor.

  El escenario se empiojó de inmediato, porque el incendio de las Galerías Milman, en el centro de la ciudad, fue atribuido a gente de Driscoll, y por el asesinato de este fue señalado Carlos Milman. El dedo acusador: el bloque peronista encabezado por Marcelo Lozano, que presentó una denuncia en el Honorable Concejo Deliberante para que se investigaran las conexiones subterráneas entre los dos perjudicados de la inquietante e inexplicable noche del 17 de mayo.

  El caso de Driscoll tuvo en los primeros días una cobertura periodística prácticamente nula, opacado por el anuncio de CFK, pero ganó terreno en los medios cuando a las setenta y dos horas apareció una denuncia por abuso sexual de una menor contra el intendente Mateo Casares. Los periodistas de policiales y de política conectaron ambos acontecimientos, sumaron audios de “alto voltaje erótico” entre el funcionario a cargo de Almafuerte y la menor, también un contrato oscuro entre la inmobiliaria de Milman y la mujer de Ignacio Driscoll en un loteo de Lamarque, y la influencia del Armenio Mouratian en el medio más sensacionalista del país y en la UFI 11 de San Martín hizo el resto: Mateo Casares se vio obligado a tomar una licencia en el cargo de noventa días; la fiscal Martina Gómez, a cargo de la investigación del asesinato de Driscoll, puso en la mira a la familia Milman; y el peronismo local quedó con el escenario despejado para disputar seriamente las elecciones primarias y generales.

-Qué quilombito que armaste, paspado.

-Más o menos. Nos salvó lo de las Galerías.

-Y lo de la minita esta.

-Y lo de la minita esta, sí.

  Lo de Mateo Casares y la menor se amplió con el correr de los días. Se supo que había sido una relación extramatrimonial ocurrida en el 2015, meses antes de que aquel ocupara el cargo de intendente de manera interina. En ese momento, ella tenía diecisiete años y era compañera de colegio de la hija mayor de Casares. Los detalles que se iban sumando día a día, cuando pasó el primer impacto, los daban en los programas de chimentos de la tarde y con el Santo no nos perdíamos ni una coma: sabíamos que una mano negra había destapado la olla en el momento propicio, porque sin Ignacio Driscoll y Mateo Casares, el PRO de Almafuerte tenía el boleto picado para la rerereelección, pero no se nos cruzaba por la cabeza imaginar que, a fin de año, yo mismo escucharía la confesión de boca del dueño de esa mano negra, la misma que había lanzado las bombas molotov sobre el frente de las Galerías Milman.

-¿Cuándo cierran las listas?

-Doce, Manu. ¿A qué estamos?

-Hoy es treinta de mayo.

-Doce de junio. Quedan dos semanitas, este miércoles no, el otro.

-Se va a poner picante.

-Qué te parece. 

-El cumpleaños de Peto, digo. Cumple el doce de junio, ¿o no? Eso sí que se va a poner picante.

-Uh, cierto.

-¿Vos volviste a escabiar de aquella vez?

-No, ni en pedo. Pero estoy tranqui.       

  Me quedó una sola secuela: el temblor en el ojo derecho.

-¿Seguís durmiendo con la luz prendida?

-Sí, boludo.

  Dos secuelas: también dejaba las luces de la casa prendida durante todo el día.

-¿Y cuando estás con Jazmín?

-La careteo como puedo.

-Mirá que las minas se dan cuenta de todo, gil.

-No pasa nada.

  La realidad es que pasaba, y mucho: después de lo de Driscoll, había intentado volver a refugiarme en Jazmín porque era la única persona que podía hacerme olvidar por un rato de lo que había hecho, pero estaba distante, demasiado fría, como dolida profundamente por algo que no tenía reparación.       

-¿Y lo otro?

-¿Qué otro?

-Lo que flasheaste.

-Ah, no ya fue.

  Dos secuelas y un llamado de atención: raptos en los que tenía una espantosa sensación de irrealidad. Me había pasado en la escuela, en mi casa y en la calle.  

-Bueno, avisá cualquier cosa. Mirá que tengo un psicólogo que es un balazo.

-No, qué psicólogo, boludo. Estoy bien. ¿Pongo la pava?

-Ponete, ponete.

  Entré en la cocina del bar pensando que no solo estaba careteándola con Jazmín. También lo estaba haciendo con el Santo, porque casi no me había hecho falta disimular lo de las luces prendidas de noche con Jazmín: después de lo de Driscoll, solo dos veces había vuelto a dormir dos veces con ella, ambas después de haberle insistido durante un largo rato, y en ambas sintiendo que dormía junto a una esfinge que pronto me daría malas noticias.         

  Intempestivamente, Jazmín me avisó que el viernes 7 de junio se iba a Mendoza para trabajar en una película. Era jueves 6. El rodaje duraría catorce días, un paréntesis temporal que llegaba en un pésimo momento para distanciarnos. No quería quedarme solo, pero más que nada no quería que ella se quedara sola.

-¿Voy a dormir a tu casa?

-Hacé lo que quieras.

-Voy.

-Vení. Pero como quieras.

  Corté el teléfono, con un feo líquido corriéndome por las piernas, junté los materiales de lectura con los que trabajaría a la mañana siguiente, me abrigué hasta los dientes y caminé con desesperación rumbo a la estación Barrio Ferrocarril.

-Ida a Chacarita.

  Estrellé la cara contra la ventanilla, recordé que en el último viaje en transporte público había hecho lo mismo, volviendo roto de la clínica luego de la cagada a palos que me pegó el Viejo Bustos, y acepté con un dolor punzante, rotundo, agrio, que esa noche se había comenzado a resquebrajar algo con Jaz que a esa altura ya estaba roto en pedazos. Se me escapó una lágrima. El vagón, casi vacío, fue todo lo indiferente que puede ser un vagón helado que cruza los suburbios en un frío anochecer de invierno rumbo a la ciudad. Me sentí muy solo en el mundo y me arrepentí de lo que me había llevado hasta ahí: había hecho todo lo posible para merecerme esa noche, ese viaje, esa tristeza. Jaz se estaba yendo de verdad. Eran catorce días pero estaba cayendo en la cuenta de que iba a ser toda la vida. Jazmín se estaba yendo a la mierda. Comencé a llorar sin filtro. A la altura de Caseros, me sequé los ojos y me fui al furgón para fumar un cigarro.

-Qué olor a pucho, nene –fue lo primero que me dijo, apenas llegué.

-Disculpá, tenés razón. Estoy fumando un montón.

-Nosotras salimos a comer, ¿venís? –fue lo segundo que me dijo, una hora después.

  Me había quedado hablando con su amigo Damián, porque ella me recibió como si fuera un extraño, con un beso en la mejilla, y luego se metió en la pieza de su amiga Carlita con la excusa de que estaba preparando el bolso.

-Lamento mucho decirte esto, The Hunter, pero creo que estás sentenciado, –me había confesado Damián–. Dijiste las palabras que te dije que no tenías que decir.

-No es por eso, Dami.  

-No. No te puedo mentir. La verdad es que es por otra cosa. Pero las palabras prohibidas hicieron lo suyo.

-Que se vaya a cagar.

  Esto había sido un rato atrás. Jazmín estaba frente a mí, esperando mi respuesta a su invitación.

-¿Venís a comer o no?

  Damián me miraba con más cariño y respeto que ella. No había nada más que hacer ahí.  

  Todavía sin responder, le extendí la mano a él, agarré mi mochila, la sube y el atado de Chesterfield donde también guardaba unos pocos pesos, y le di un beso en la mejilla a Jazmín.

-No, vayan ustedes. Gracias. Me voy a casa.

  Nadie agregó nada. Dejaron que me fuera.              

  El cierre de listas con las candidaturas a nivel nacional, provincial y municipal coincidió con el cumpleaños de Peto, que lo festejó con el desconche acostumbrado. Ahí me enteré de que el Ferrocarril había pasado a la final del cuadrangular por el segundo ascenso a la Primera C. El domingo se jugaría la ida en cancha de Argentino de Quilmes, y la vuelta estaba pautada para las cuatro de la tarde del sábado 22, en el Andén. 

  También me enteré de cómo había quedado el panorama en Almafuerte: Juntos por el Cambio presentaría al deslucido, solitario y descolocado Guillermo Driscoll; en el Frente de Todos, por su parte, los muchachos habían decidido arrancarse las guampas en las PASO: competirían Albertito Rendo, Emiliano Trujillo, un par de lúmpenes más y Marcelo Lozano, al que se le había unido el impresentable hijo de puta de Beto Pérez, jefe de Ezequiel Cóceres.

-¿Alguien sabe algo de ese pancho?

-Ni idea, Gordo.

-Ni idea pero ahora sí que trabaja para Lozano.

  Miré al Santo, autor de la última frase.

-Tenés razón.

-¿Cómo “tenés razón”? ¿Cuándo no tiene razón el Santo?

-¿Y qué habrá pasado para que el Beto vaya atrás de Lozano? –preguntó el Mosca.

-Qué sé yo, Hernancito.

-Hay más chances de que entonces la interna la gane Lozano –especuló mi primo Juan.

-No creo –menosprecié al gordo forro de Lozano, pero en algún momento de la madrugada, volviendo a casa doblado como un faquir, me llegó un mensaje del Santo: “Che dice acá uno de los amigos de Peto que labura en la municipalidad que cerraron las listas con un cambiazo: van todos con Lozano en la interna, contra el guachin de la cámpora”.

-Trujillo –murmuré con la boca pegada en el teléfono–. Y… Vamos a ver qué pasa, Manu, tranquilo que falta una banda. Ponele que gana, mirá que después le tiene que ganar la elección posta posta al PRO, eh.    

  Seguí caminando, planteándome ya seriamente la posibilidad de que Marcelo Lozano gobernara Almafuerte. Llegué a casa con la certeza de que Marcelo Lozano gobernaría Almafuerte. Me acosté y vi que Jazmín estaba en línea. Le pregunté si me perdonaba todo lo que le había hecho en el último tiempo. Me respondió que lo haría si le contaba la verdad. Se la conté.

  Y no me contestó más.        

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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