La gesta argentina en el Maracaná desde una mirada bien tradicional de estos pagos: la gauchesca. Los cuchilleros campeones de América. Escribe Agustín Balestrelli.

La selección salió campeona en el Maracaná con un gol de emboquillada de Angelito Di María y a Di María yo no lo quería. Sí, en el estadio donde se produjo la gran herida hace siete años. La pelota viajó atrás de la espalda del lateral izquierdo brasilero desde los pies de De Paul. El ocho, volante, mixto, interno, polifuncional, metedor y pasador del equipo nacional. Y todo fue sueño todo fue emoción, sed de revancha. Argentina salió campeona contra Brasil y de visitante, en una copa que había sido planeada para jugar en Argentina. Esta mañana la copa llegó al país y los brasileros se levantaron con el íntimo puñal en donde más les duele, después de haber bailado el tin tin y la refalosa.

La sensación es que las cosas se acomodaron, arriba quedó D10s y en la cancha le rinden homenaje los mejores representantes, más un capitán que siente en la espalda el peso del mismo poncho con las mismas tiras que dibujan su mismo y eterno número, el diez. Al grupo lo dirige un hombre que para su cargo lo tildaron de caudillo inexperto y sin embargo supo desde el primer momento que para volver a hacer sentir el fuego sagrado entre sus dirigidos, la clave estaría en la competencia interna, nadie es titular salvo El Heredero, cuyo facón en la zurda rememora las hazañas de quien no fuera de este mundo.

En el laboratorio de la Scaloneta, lugar prohibido para las cámaras y espias, los cuchilleros arman sus estocadas, las hidalgas empuñaduras que sin llegar a picar, aunque con fervor de ver la sangre correr, lastiman lo mismo durante el entrenamiento con tal que sea su vida y no la del compañero la que esté en juego cuando la pelota ruede y ya no haya más especulaciones que el rival enfrente, las propias piernas para mantener el incesante espadeo. Si cabe hacer una excepción a esta altura para formar el once inicial, es justo que el cuchillero Martínez sea el elegido para quedarse por rato largo en el puesto de arquero. A su evidente habilidad con las manos, el mocito salamanquero de metro noventa y cuatro, sumó el arte de la intimidación: galopa desafiante con sus ojos negros cuando te mira a la cara y parece salido del mismo infierno antes de agarrarte en el mano a mano sin ocultar decirte que te va a comer como se comen los huesos del asado.

Tenemos cuchilleros de todos los palos, está el doctor Lo Celso que trabaja con pequeñas agujas en los puntos nerviosos, Lautaro que arriba capea solo y de lo lindo, gustoso con los grandotes se trensa a golpes y tarda en sacar el tramontina frente al arco. 

Abajo se descubrió al Cuti Romero, otro que sale deseoso hasta la mitad de la cancha a meterse en altercados con tal de blandir la vaina filosa y cazar delanteros por la espalda, con su par Otamendi ríen como hienas al final de cada faena. En el banco calienta el Papu Gómez que escucha los primeros acordes de la batalla y por su cuerpo entra a correr una descarga divina, ante los gritos que se intensifican, sabe que puede entrar, como cualquiera de sus compañeros, porque en La Scaloneta todos quieren estar, y suaviza el paso de su navaja por el afilador, dando ánimo.

En esta copa apareció el primer horrocrux: el tobillo maradoneano. Lo encontró Messi durante el partido contra Colombia, cuando cuchilleros cafeteros salieron al segundo tiempo con la idea fija de apuntar los arrebatos a su botín izquierdo. Luego en el pie derecho de Montiel, como un mensaje del más allá, un guiño de su inevitable presencia cuando juega la celeste y blanca, para darnos fé de que él estaba ahí haciendo fuerza junto a los jugadores. Este equipo son mucho más que once en la cancha. 

El que abandona no tiene premio

De entre los cuchilleros hay tres que están en cancha desde dos mil diez, y hay uno, el que más cicatrices cuenta en las retinas de sus ojos, desde dos mil seis, el capitán. Para volver a ganar un título con la selección mayor de fútbol masculino tardamos veintiocho años, siete mundiales, once copas américa. El resurgimiento del fútbol argentino  por parte de este grupo de jugadores y cuerpo técnico no se trató exactamente de pelear por la conquista de nuevas tierras, sino de sobrevivir partido a partido en el humilde rancho de su casa, defenderse del periodismo, de los traumas, las camas y no camas. Fueron en contra de una historia que había tomado tintes autodestructivos, que como una bola de nieve se agigantaba a cada nueva derrota.

Pero esta vez… Esta vez en el medio de la llanura de Ezeiza como el grupo de gauchos que se cansó de ser perseguido por gringos patanes sin oficio que visten las ropas y comen las migajas que les da el ejército, juraron cerrar filas, bajo la dirección de La Scaloneta, para la victoria.

QUE GANAS DE VERTE QUE TENGO SELECCIÓN.

Agustín Balestrelli

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