Crónica de los festejos del sábado a la noche. Una explosión de alegría que parecía ir mucho más allá de una Copa América. El Obelisco eterno. Escribe Juan Stanisci.

– Esto no es una Copa América.

Adentrarse en la espesura del Parque Lezama cualquier día a la 1 de la madrugada, requiere alguna clase de inconsciencia. De fondo bocinas y gritos. Las calles se inundan de camisetas y banderas celestes y blancas. Un grupo de cuatro personas se prepara para cruzar ese parque donde hace cinco siglos desembarcó un tal Pedro De Mendoza, mientras uno comenta que el triunfo de la selección argentina en el Maracaná se parece a la toma del Cuartel del Moncada por los barbudos de Fidel Castro.

Unos metros antes el Hospital Argerich, símbolo de dolor y tristeza en estos tiempos, tiene una brisa de dulce felicidad. Un tipo cruza la avenida y se para al lado de un auto con una bandera argentina en el techo, que espera la luz verde del semáforo. “¡En el Maracaná hermano!”, grita metiendo la cabeza por la ventanilla del auto. El conductor toca bocina. No es el único. Las bocinas están por todos lados, solo falta Ulises atado al mástil oyendo su canción. El canto de las bocinas es el más dulce que este país escuchó en 28 años.

– Esto no es una Copa América. Esto es algo más.

En 1987 Argentina fue sede. La selección campeona del mundo, con Diego y todo, quedó cuarta. Pero la imagen que más queda son estadios semi vacíos para ver a los que hacía un año habían tomado el Estadio Azteca por asalto. En 1993 la avivada del Cholo Simeone, las manos de Goyco y los dos goles de Batistuta a México, no tuvieron su reflejo en las calles argentinas. Nadie salió a festejar un título que parecía menor por el bicampeonato y las tres finales en los últimos cuatro mundiales.

No claro, no fue la Copa América. Fueron años de lágrimas en los ojos y medallas de plata colgadas en el pecho. Y fue aprender a valorar esas medallas de plata. Entender que ganar una final no era algo que dependía solo de la voluntad. Y abrir el diario del lunes para leer llorando que si la espera fue porque el destino decía que Argentina tendría su propio Maracanazo, entonces valió cada llanto y cada frustración.

– ¿En el Maracaná, entendés eso?

Las callecitas de San Telmo tienen ese ¿Qué se yo? ¿Viste? Y en la noche del sábado conducen a un solo lugar: el Obelisco. En auto o caminando, la procesión canta que “Argentina ya salió campeón” y el “Brasil decime qué se siente” cobra un valor inesperado. Con barbijo pero abrazados con desconocidos, porque de otra manera no sería una celebración de un título tan esperado. Como después de los penales contra Holanda, Plaza de Mayo nos recibe como antesala del paraíso. Diagonal Norte es una peatonal enorme con forma de purgatorio. Todos y todas se unen en el grito más hermoso que puede dar un deporte: Dale Campeón.

El Obelisco tiene voz y cientos de miles de pies que se elevan unos centímetros del piso para dejar en claro que nadie en ese lugar es un inglés. Entre la multitud de camisetas celestes y blancas de todas las épocas, se distingue una azul y blanca. No es argentina. Es del Deportivo La Coruña, tiene la 12 en la espalda y un apellido: Scaloni.

“Mi tío laburaba en España cuando Scaloni jugaba en La Coruña y él iba a comer ahí”, cuenta Tomás Centola. “Le regaló esta camiseta y una pelota de la Copa UEFA firmada por todos los jugadores”. Dice que no se la puso esa noche, la tiene puesta desde la Copa América 2019 y se emociona recordando que su tío ya no está para ver estos festejos. Todos y todas las que estuvimos en el Obelisco o en cualquier plaza del país, lloramos pensando en cuanta gente falta para abrazar en medio de tanta alegría.

Tomás se levanta la camiseta del Deportivo La Coruña diciendo “pero hay algo más”. Sale la camiseta del Depor y queda a la vista una azul y roja con la número 8 y otro apellido: Domínguez. La casaca la usó Nicolas Domínguez y es del Bologna. “Fue compañero del jardín de mi hermana”, explica el hombre que sintetiza a esta selección en dos remeras.

“Que de la mano, de Lio Messi, todos la vuelta vamos a dar”. El canto que varias veces creímos que no se iba a dar, explota en un país que vuelve a ser un puño apretado gritando por Argentina. Como si el mundo se reordenara después de mucho tiempo, aparecen las parrillas con rueditas, los choris, las bondiolas y las hamburguesas. Somos almas que necesitaban el cariño de esos humos y esas multitudes desbordadas de felicidad.

El Obelisco apunta hacia arriba. No hace falta mirar. Sabemos que desde algún punto perdido en ese manto negro que es el cielo, alguien mira y sonríe. Todavía le falta un guiño más en este fin de semana de finales continentales. Argentina campeón en el Maracaná. Italia en Wembley contra Inglaterra. El Diego no se fue, nos abraza en este día y cada día.

Juan Stanisci

Twitter: @juanstanisci

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